miércoles, 14 de agosto de 2013

¿Terrorismo?


Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”. De hecho, el autor de estas líneas aparece mencionado en un listado de la Fundación contra el Terrorismo en la república de Guatemala, pudiendo afirmar que yo no me considero para nada un terrorista. ¿Lo seré sin saberlo? ¿En qué consiste exactamente ser un terrorista?

terroristas

Lunes, 12 de Agosto de 2013
Por Marcelo Colussi


Si bien puede haber grandes diferencias entre los que así son designados, nadie que reciba ese mote se reconoce -mucho menos se ufana de ser- “señor del terror” sino, en todo caso, luchador social. Con lo que vemos que es muy difuso el término, equívoco, hasta incluso engañoso. En verdad ¿quién es “terrorista”? ¿Qué significa con precisión ser un “terrorista”?

Siendo estrictos, no hay una definición unívoca del término. En todo caso, puede advertirse desde el inicio que su nombre mismo ya presenta una carga negativa: evoca el terror. Un acto terrorista, por tanto, más que significado político -según la lógica con que usualmente se usa en Occidente- es sinónimo de “salvajismo”, comportando un mensaje ético, emotivo, más cercano a lo visceral que a la conceptualización racional. Carga que no tiene, por ejemplo, la llamada guerra convencional. Quien mata en guerra es un héroe. Ninguna bomba inteligente de alta tecnología es asesina, es terrorista, pero sí lo son, por ejemplo, quienes resisten a la ocupación estadounidense en Irak. O, según las nuevas leyes antiterroristas que vamos viendo por diversos países latinoamericanos, quienes se oponen a las industrias extractivas de capitales globales (minería, explotación petrolera o gasífera), o quienes simplemente alzan su voz como protesta por la carestía de la vida. ¿Tiene sentido eso, o se trata sólo de un discurso de dominación, un ejercicio de poder? En el Manual de Entrenamiento Militar de la Escuela de las Américas de Estados Unidos puede leerse como una sana recomendación para sus alumnos, por ejemplo: “aplicar torturas, chantaje, extorsión y pago de recompensa por enemigos muertos”. ¿Eso es guerra limpia o terrorismo? Más aún: ¿es posible que haya guerra limpia? El terrorismo, ¿en qué categoría entra?

Pero entonces, en definitiva: ¿qué es el terrorismo? ¿Hay alguna definición seria al respecto? De hecho se han aportado varias, pero los mismos ideólogos que debaten sobre sus propiedades no terminan de encontrar una versión convincente. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de América en uno de sus Informes anuales sobre “Tendencias del Terrorismo Mundial”, antes de definirlo siquiera comienza diciendo que “la maldad del terrorismo siguió azotando al mundo este año, desde Bali hasta Grozny y hasta Mombasa. Al mismo tiempo, se libró intensamente la guerra mundial contra la amenaza terrorista en todas las regiones, con resultados alentadores”, con lo que, ante todo, se parte de una valoración: el terrorismo es intrínsecamente “malo”. Acto seguido lo caracteriza diciendo que “se constituye, tanto en el ámbito interno como en el mundial, en una vía abierta a todo acto violento, degradante e intimidatorio, y aplicado sin reserva o preocupación moral alguna”.

El ex presidente George Bush declaró durante su mandato que “no se cansará, no titubeará y no fracasará en la lucha por la seguridad del pueblo estadounidense y por un mundo libre del terrorismo. Seguiremos sometiendo a nuestros enemigos a la justicia o les llevaremos la justicia a ellos”. Claro que esa justicia puede ser la invasión militar, obviamente, pasando por sobre el derecho internacional y las resoluciones de la ONU. En nombre de la lucha contra este declarado “flagelo”, está visto que puede hacerse cualquier cosa. ¿Tan malo es el “terrorismo” que da lugar a todo tipo de intervención, incluidas guerras preventivas -hasta con armamento nuclear, como llegó a pretender en algún momento la Casa Blanca contra Irán muy recientemente- o hay ahí “gato encerrado”? Obviamente el hecho de concebir una situación tan tremendamente compleja como ésta en los maniqueos términos de “buenos” y “malos” (versión hollywoodense por cierto) nos advierte que ahí hay demasiada mentira acumulada.

De acuerdo a datos suministrados por el mismo gobierno federal de Washington, el “terrorismo” mata en el mundo, en promedio, 11 personas por día, la misma cantidad que muere por hambre… ¡en menos de un minuto!, o que contrae el VIH cada cinco minutos. Pero curiosamente la Casa Blanca utiliza 100 veces menos presupuesto en su lucha contra el SIDA que lo que emplea para su guerra preventiva contra el “terrorismo”. ¿Acaso representa una mayor amenaza a la seguridad de la especie humana el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” que la pandemia de SIDA que hoy día nos aqueja, o la hambruna crónica que sigue habiendo?

El tema es complejo, y estamos dominados por un cargado discurso ideológico que la manipulación mediática de estos últimos años nos legó y sigue alimentando a diario: algunos soldados (en general blancos, rubios, amantes de la libertad y la democracia según se nos dijo -y de la Coca-Cola-) suelen ser los “buenos” en toda esta urdida historia, y los “terroristas” -que curiosamente no son blancos…ni toman Coca-Cola- suelen ser los “malos”.

¿Son prácticas “terroristas” las guerras de guerrillas, las guerras de liberación nacional, las luchas anticolonialistas? ¿Cuándo empiezan a ser “terroristas” las acciones militares? Por cierto que el campo conceptual es amplio, difuso, cargado ideológicamente. Si lo que busca el “terrorismo” es crear conmoción y pavor -según una sesgada visión-, eso fue lo que logró, por ejemplo, la invasión angloestadounidense en Irak, a punto que así se designó oficialmente la operación (“Conmoción y pavor”); y no se la llamó “invasión terrorista”. ¿Quiénes son más “terroristas”: las guerrillas antiimperialistas latinoamericanas o los grupos musulmanes antisionistas?, ¿el ejército israelí o la ETA vasca?, ¿las tropas rusas en Chechenia o los comandos chechenios en Rusia?, ¿las bombas nucleares que podrían lanzar Estados Unidos o Israel sobre Irán o los zapatistas de Chiapas?

Como vemos, las posibilidades que pueden caer bajo el arco de “terrorismo” son por demás de amplias: una bomba en un restaurante, una emboscada a una unidad de un ejército regular, un ataque aéreo de un país contra otro, son todas acciones igualmente violentas, con resultados similares: muerte, destrucción, terror en los sobrevivientes. ¿Cuál de ellas es más “terrorista”? Y por otro lado -quizá esto es lo esencial-: ¿quién las define como “buena” o “mala”?, si se quiere: como “terrorista” o como “no-terrorista”.

Es obvio que el término no es nada inocente; su utilización arrastra una tácita condena: habría una violencia legítima -la que puede ejercer un Estado contra otro, o la que ejerce contra insurrectos que se alzan contra el orden constituido-, y una violencia no legítima a la que le cabe el mote -por cierto despectivo- de “terrorismo”. La diferencia estriba no precisamente en una consideración ética (la violencia es siempre violencia, y ninguna es más “buena” que otra) sino en un ordenamiento jurídico que se desprende, en definitiva, de relaciones de poder.

El atentado contra las torres del Centro Mundial de Comercio de New York en el 2001 es un acto terrorista, pero no lo es -al menos así lo presenta la prensa oficial que moldea la opinión pública mundial- un manual militar como el citado más arriba. ¿Cuál de las dos lógicas en juego es más “terrorista”? Y si fuera cierto que la destrucción de esos edificios fue un acto auto-provocado por el gobierno federal de Washington para justificar su proyecto de guerras preventivas, ¿eso es terrorismo o no? Es terrorismo de Estado, pero la prensa oficial no habla de eso. Pinochet, en su lucha contra los “terroristas subversivos”, ¿no era él un terrorista por los métodos empleados? ¿No fueran las peores expresiones de terrorismo de Estado las guerras sucias que ensangrentaron los países latinoamericanos las décadas pasadas? Pero oficialmente esas fueron guerras “contrainsurgentes” y no “terroristas”. ¿Quién lo decide?

Si lo distintivo de un acto “terrorista” es la búsqueda de población civil no combatiente como objetivo, el 80 % de los muertos en las guerras habidas desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 a la fecha se encuadra en este concepto; actos, sin duda, por los que ningún militar ni político ha sido juzgado en calidad de “terrorista”. ¿Podría ahora abrírsele un juicio al presidente de Estados Unidos como terrorista por las dos bombas atómicas utilizadas contra población civil? ¿Por qué no?

Hoy por hoy, en un mundo absolutamente dominado por los montajes mediáticos, en forma insistente se ha ido metiendo la idea del “terrorismo” como uno de los peores flagelos de la humanidad. De manera casi refleja suele asociárselo con maldad, crueldad, barbarie; y por cierto, en esa visión parcial e interesada, esas prácticas nos alejan de la civilización supuestamente democrática, presunto punto de llegada de la evolución cultural (léase: economías de mercado con parlamentos formales). Dentro de esa lógica hemos terminado por no poder distanciarnos de la falacia impulsada por los planes de dominación geoestratégicos de Washington de “terrorismo = malo, estamos contra él o somos un terrorista más”. Merced al impresionante juego manipulatorio de los medios masivos de comunicación suele ligárselo a cualquier forma de protesta, en general conectada con los países más pobres y postergados. En esa dimensión, hoy pasan a ser terroristas cualquier trabajador desocupado que protesta, o quien reclama aumento de sueldo, o un estudiante que pide más presupuesto para educación. De hecho, el autor de estas líneas podría serlo.

Todo estos montajes son intrínsecamente perversos, traicioneros, sádicos, propio de fanáticos fundamentalistas. Un “terrorista” -según ese orden discursivo- es un delincuente subversivo, un apátrida; en definitiva: un monstruo inhumano. Por supuesto que los autores del manual de la Escuela de las Américas, aunque inciten a la tortura y a la corrupción, no son “malos”, porque lo hacen en nombre de la guerra contra el terrorismo, que es, a no dudarlo, una “guerra buena”.

¿Quién en su sano juicio podría alegrarse y festejar por la muerte violenta de unos niños, de una señora que estaba haciendo sus compras en el mercado, de un ocasional transeúnte alcanzado por una explosión? Pero ahí está la falacia, lo perverso del mensaje sesgado con que el poder se defiende: se presenta la parte por el todo, mostrando sólo un aspecto -con ribetes sentimentales- de un conjunto mucho más complejo. ¿Alguna vez los medios muestran las escenas dantescas que sobrevienen a los bombardeos “legales” de una potencia militar? ¿Alguna vez se habla de las monstruosidades propiciadas por la pedagogía del terror de un manual como el de la Escuela de las Américas? ¿Sufre más una víctima que la otra? ¿Es más “buena” y “respetable” una violencia que otra? Y fuera de un amarillismo oportunista bastante execrable que constituye una grosera pornografía de la pobreza, ¿cuándo el hambre del mundo es considerado un verdadero problema por los poderes tomándose acciones reales en su contra?

Está claro que la dimensión del fenómeno es infinitamente más compleja que la malintencionada simplificación con que los poderes fácticos presentan el problema. El maniqueísmo n juego, en definitiva, ahoga las posibilidades de soluciones reales. Son tan víctimas los civiles que mueren en un atentado dinamitero hecho por un grupo irregular como los que caen bajo el fuego de un ejército regular. ¿Por qué los regulares serían menos asesinos que los irregulares?

El mundo sigue siendo injusto, terriblemente injusto; la distribución de la riqueza que el sistema capitalista crea es de una inequidad espantosa. El hambre sigue siendo principal causa de muerte de la población mundial, hambre evitable, hambre que debería desaparecer si se repartiera algo más equitativamente el producto social que creamos los humanos. Esa injusticia estructural en las relaciones interhumanas es el principal exterminio que enfrentamos a diario; pero eso no es la gran noticia, de eso no se habla mucho. Hoy el “terrorismo internacional” se presenta como el peor de los apocalipsis concebibles, y en la lucha contra él -así nos dicen al menos- vale todo.

Es por eso que sigue teniendo vigencia lo que, en 1981, firmaban numerosos Premios Nobel como “Manifiesto contra el Hambre”, y que debemos seguir levantando como principal estandarte por un mundo mejor: “Cientos de millones de personas agonizan a causa del hambre y del subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional que reina en la actualidad. Está teniendo lugar un holocausto sin precedentes, cuyo horror abarca en un sólo año el espanto de las masacres que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de este siglo y que desborda por momentos el perímetro de la barbarie y de la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias. […] El motivo principal de esta tragedia es de carácter político.”
Por tanto el enemigo y principal amenaza para la humanidad no es el impreciso y siempre mal definido “terrorismo”; sigue siendo la injusticia, aunque nos hayan querido hacer creer estos años que estaba un tanto pasado de moda hablar de ella.



AGENCIA DE COMUNICACIÓN RODOLFO WALSH

EGIPTO: Más de cien muertos en el asalto policial contra la oposición en El Cairo

Los Hermanos Musulmanes cifran los muertos en al menos 600 personas


 El País es  El Cairo 14 AGO 2013



Manifestantes pro Morsi huyen de los gases lacrimógenos. / K. DESOUKI (AFP)

El asalto policial a las dos acampadas de protesta de los islamistas ha causado más de cien muertos. La agencia France Presse cifra los fallecidos en 124, los Hermanos Musulmanes estiman que unas 600 personas han muerto en los desalojos. Testigos sobre el terreno han asegurado a las agencias que los agentes han empleado fuego real para dispersar a los manifestantes, aunque Interior lo ha desmentido. La policía también ha empleado gases lacrimógenos sobre la multitud. Dos agentes de seguridad han muerto por disparos mientras intentaban desmantelar las tiendas de campaña, según la agencia oficial citada por Reuters.

Unos potentes altavoces han avisado a los acampados en la plaza de Al Nahda de El Cairo de que había llegado su última oportunidad de abandonar las protestas y, al contrario que otras veces, finalmente el Gobierno ha cumplido sus amenazas. Las fuerzas de seguridad egipcias han irrumpido esta madrugada en los campamentos que mantenían en El Cairo los partidarios del depuesto presidente, Mohamed Morsi, desde el golpe de Estado del pasado 3 de julio. La protesta más grande es la de la mezquita de Rabá Al Adauia donde los acampados se contaban por miles

El Twitter del portavoz de los Hermanos Musulmanes, Gehad el Haddad, no deja de lanzar denuncias y en él puede leerse que "la policía ha incendiado una tienda de campaña sin ni siquiera preocuparse por ver si había gente dentro; había mujeres refugiadas en su interior". La Hermandad ha convocado a sus fieles a concentrarse en otro campamento, en la plaza Mustafá Mahmud, en Giza.

No ha existido muro ni barricada capaz de detener la acción de los agentes. Las tiendas de campaña instaladas en la plaza de Al Nahda han ardido y formado columnas de humo negro que señalan, en la distancia, el punto en el que se ha producido el desalojo. Poco a poco, todo se ha ido reduciendo a escombros y pronto no quedará nada. Las proporciones del campamento que los seguidores de Morsi levantaron junto a la mezquita de Rabá Al Adauia hacen más difícil su total desmantelamiento, aunque la policía ha ido tomando el control de la zona después de traspasar sus barreras de cemento.

Los enfrentamientos se han extendido por diversas zonas de Egipto tras el asalto. Varias iglesias han sido atacadas en el sur del país. La información sobre la autoría son confusas, según la agencia Efe. La agencia oficial Mena culpa a los islamistas y estos aseguran no estar tras los incendios.

Esta madrugada, el Ministerio del Interior renovaba su oferta de ofrecer una salida segura a los manifestantes, sabedor de que si nadie respondía a la invitación no era debido a las horas intempestivas del anuncio sino a la determinación de los seguidores de Mursi de no abandonar las calles. En su comunicado, el Ministerio añadía que su decisión de esperar ha estado motivada por su deseo de llegar a una solución pacífica a la crisis. Durante los últimos días, tanto el Gobierno interino como los Hermanos Musulmanes y sus simpatizantes no habían hecho más que declararse amigos de la paz y el diálogo pero, tal y como se esperaba, el fin de las sentadas no ha sido pacífico.

Todavía reina la confusión y, mientras se suceden los enfrentamientos entre los agentes y los seguidores del expresidente, las fuerzas de seguridad han cortado las calles aledañas a unas concentraciones que se han quedado sin manifestantes. Unos 200 personas han sido detenidas, incluido el veterano dirigente de los Hermanos Musulmanes Mohamed el Beltagy, informa Reuters, y los servicios de tren que conectan la capital egipcia con el resto del país han sido suspendidos hasta nuevo aviso, ante el temor del Gobierno a que los islamistas reciban refuerzos. Según Al Jazeera, el Banco Central de Egipto ha ordenado el cierre de todos los bancos a mediodía (hora local, misma hora española). Según la agencia estatal Mena, en la localidad de Sahag, en el centro de Egipto, los manifestantes pro Morsi han quemado una iglesia. Otras protestas se están desarrollando en otras ciudades.

Las imágenes de la matanza


  1. Dos mujereshablan con uno de los heridos tendidos en el suelo después de una represión policial egipcia en el ampamento de protesta por los partidarios del depuesto presidente Mohamed Morsi y los miembros de la Hermandad Musulmana. STR (AFP)


  2. Varios miembros de las fuerzas de seguridad egipcias vigilan a un grupo de manifestantes arrestados durante el asalto a uno de los dos asentamientos de los simpatizantes del depuesto presidente Mohamed Mursi en la plaza del Nahda, cerca de la Universidad de El Cairo. AHMED ASSADI (EFE)

  1. Uno de los manifestantes permance detenido mientras las fuerzas de seguridad tratan de seguir controlando el campamento.Engy Imad (AFP)

sábado, 10 de agosto de 2013

Uno de los mayores crímenes imperialistas contra la población civil. Este genocidio continúa impune. Hiroshima y Nagasaki: De la diplomacia atómica al genocidio


9 agosto 2013 Cubadebate

El 6 de agosto de 1945 es lanzada el primer ataque atómico contra una nación. La víctima fue la ciudad de Hiroshima.

El 6 de agosto de 1945 es lanzado el primer ataque atómico contra una nación. La víctima fue la ciudad japonesa de Hiroshima.
Por Ernesto Limia Díaz

A las 11: 05 a.m. del jueves 9 de agosto de 1945, un bombardero de la fuerza aérea de Estados Unidos arrojó sobre la ciudad japonesa deNagasaki una bomba fabricada a base de plutonio 239 en laboratorios controlados por el Pentágono, que provocó 100 000 muertos (39 000 al momento de estallar). Apenas tres días antes, a las 8:15 a.m. del lunes 6, un piloto estadounidense había lanzado en Hiroshima otro artefacto nuclear construido a partir de uranio 235, que causó 260 000 muertos (50 000 por el impacto inicial). El presidente Harry S. Truman justificó el genocidio con el argumento de que resultaba necesario concluir la guerra contra Japón, para «traer los chicos a casa». Lo logró: el 15 de agosto el emperador Hirohito realizó una alocución radial para todo el país, en la que anunció a sus cerca de ochenta y seis millones de súbditos la rendición incondicional. Un testigo presencial narró que los sobrevivientes de Hiroshima iban bajando la cabeza poco a poco, a medida que lo escuchaban. Muchos lloraban, pero todos en silencio, sin una voz, sin una protesta (Arrupe, 1952: 94).

La diplomacia atómica ensayada en Hiroshima y Nagasaki por la Administración Truman causó un total de 360 000 víctimas en 1945, pero sus secuelas llegan hasta hoy y afectan a varias generaciones. Todo ser humano sensible debiera hacerse una pregunta: ¿cómo pudo ocurrir tal barbarie?

El año en que concluyó la Segunda Guerra Mundial

En 1945 la victoria de la coalición antihitleriana era cuestión de poco tiempo: a fines de enero en el Frente Occidental los aliados finalmente consiguieron contener la contraofensiva alemana en los densos bosques y montañas de Las Ardenas, mientras que en el Frente Oriental el Ejército Rojo había arrollado las defensas nazis en Polonia para avanzar, incontenible, hasta Frankfurt del Oder, a menos de cien kilómetros de Berlín. Nadie dudó de la capacidad de la URSS, que había soportado el peso fundamental de la guerra y recibido los embates más potentes de la maquinaria militar fascista, para asestar el golpe definitivo contra Hitler. Henry Kissinger ha reconocido que los círculos de poder en Estados Unidos vieron con suma preocupación cómo «los ejércitos soviéticos ya habían rebasado todas sus fronteras de 1941 y se encontraban en posición de imponer unilateralmente el dominio político soviético al resto de la Europa oriental» (Kissinger, 2004: 396).

La Conferencia de Yalta reunió a los tres principales líderes que luchaban contra el fascismo: Iósif Stalin (URSS), Winston Churchill (Gran Bretaña) y Franklin D. Roosevelt (Estados Unidos)

La Conferencia de Yalta reunió a los tres principales líderes que luchaban contra el fascismo: Iósif Stalin (URSS), Winston Churchill (Gran Bretaña) y Franklin D. Roosevelt (Estados Unidos)

El escenario era propicio para organizar una conferencia entre los máximos líderes de Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS, que convinieron reunirse entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 en Yalta, un balneario en la península de Crimea recién liberada del invasor nazi. Para el día inaugural, el alto mando militar de las fuerzas aliadas preparaba una sorpresa destinada a impresionar al máximo representante soviético: un golpe aéreo masivo cuyos posibles blancos eran Berlín o a la ciudad de Dresde, antigua capital de Sajonia. Intimidar a Iósif Stalin significaba potenciar la capacidad de negociación del presidente Franklin D. Roosevelt, hombre de amplia educación y cierta ética política, que había apostado al fortalecimiento de la alianza norteamericano-soviética para preservar la paz. El general David M. Shlatter, comandante en jefe del ejército del aire de la Fuerza Aliada Expedicionaria, lo confirmó en una nota: «Creo que nuestra fuerza aérea es la mejor baza que podemos aportar en la mesa del tratado de posguerra, y que esta operación le añadirá mucha más fuerza, o mejor, hará que los rusos conozcan mejor su poder» (Pauwels, 2004: 91).

Entretanto, en Estados Unidos avanzaba hacia la fase de prueba el proyecto Manhattan, destinado a diseñar y producir bombas nucleares. Habían sido invertidos cerca de dos mil millones de dólares e involucrados más de ciento treinta mil trabajadores bajo la dirección científica de Julius Robert Oppenheimer y Enrico Fermi.

Franklin D. Roosevelt tenía la salud gravemente quebrantada. Alarmado por las constantes fluctuaciones de la presión arterial, su médico lo alertó de que solo podría reponerse si evitaba el estrés. No hizo caso. Viajó 14 000 millas para llegar a Yalta, donde quería ultimar las bases para la Organización de Naciones Unidas (ONU), que iba a ser constituida en el mes de abril en San Francisco, California. Otro tema prioritario dentro de la agenda de Roosevelt fue garantizar la incorporación de la URSS a la guerra contra Japón.

El presidente norteamericano salió satisfecho de la Conferencia de Yalta; de la mayor importancia resultó el compromiso soviético de declarar la guerra al imperio japonés, tres meses después de la derrota de Alemania.

Las inclemencias del tiempo postergaron hasta el 13 de febrero la operación sobre Dresde; ese día la «Florencia alemana» fue pulverizada por el impacto de 750 000 bombas incendiarias que elevaron la temperatura por encima de los 100 oC, y las llamas abrasaron toda materia orgánica. Un informe de la policía local calculó que cerca de un cuarto de millón de personas murieron quemadas o por asfixia.

Un desenlace fatal sepultaría la alianza entre Estados Unidos y la URSS: el 12 de abril de 1945 falleció Roosevelt como consecuencia de una hemorragia cerebral. Lo sucedió Harry S. Truman, granjero de clase media que combatió durante la Primera Guerra Mundial. Sin haber pasado de la enseñanza secundaria, era un típico producto de la maquinaria política de Kansas City, en Missouri, que con frecuencia habló y actuó impulsivamente, pero su eficiente labor en el senado como presidente de la Comisión Investigadora del Programa de Defensa Nacional lo catapultó a la fórmula presidencial demócrata en 1944. Sin experiencia en política exterior, ni invitado a participar en ninguna decisión clave durante sus tres meses como vicepresidente, su ascenso al despacho oval debió de preocupar al liderazgo soviético, pues tras el ataque nazi contra la URSS en 1941 Truman había propuesto un curso de acción extremo: «Si vemos que Alemania va ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia va ganando debemos ayudar a Alemania, y de ese modo hacer que maten a todos los que puedan […]» (Kissinger, 2004: 412).

Toma de posesión del presidente Harry S. Truman.

Toma de posesión del presidente Harry S. Truman.

A las 7:00 p.m. del propio 12 de abril, Truman se juramentó como presidente y sostuvo un breve intercambio con el gabinete. Al finalizar la reunión se le acercó Henry L. Stimson, secretario de la Guerra y veterano político en Washington que había ocupado cargos en varias Administraciones desde William McKinley. Le dijo que necesitaba informarle sobre un asunto de la mayor urgencia, referente a un vasto proyecto en curso para producir un explosivo de poder destructivo increíble. Según afirma Truman en sus Memorias, esta fue la primera noticia que recibió sobre la bomba atómica. Al día siguiente James F. Byrnes, exdirector de movilización de guerra de la Administración, le explicó con «tono muy solemne que estaban perfeccionado un explosivo capaz de destruir el mundo entero»; poco después Vannevar Bush, jefe de la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico, le dio una versión detallada sobre el proyecto Manhattan (Truman, 1956: 24-25, t. I).

Impresionado con lo que escuchó sobre la bomba atómica, el flamante mandatario decidió que después de la Conferencia de San Francisco, nombraría a James F. Byrnes como secretario de Estado, en sustitución de Edward R. Stettinius.

Presidente Harry S. Truman.

Presidente Harry S. Truman.

Desde su entrada al despacho oval en la Casa Blanca, Truman se planteó un problema que quería “resolver”: la alianza con la Unión Soviética, pero varios de los principales jefes militares estadounidenses reclamaban mantener la cooperación. Los generales George C. Marshall y William F. Deane le plantearon que el Ejército Rojo actuaba con mucha seriedad en el cumplimiento de sus compromisos, y su entrada en la guerra contra Japón era básica para solucionar el conflicto en el Lejano Oriente. Sin embargo, otro actor político era favorable a sus propósitos: Winston Churchill abogaba por la ruptura y cablegrafiaba constantemente a Washington para transmitir su preocupación por los intereses «expansionistas» de la Unión Soviética en Europa Oriental y el presunto incumplimiento de los acuerdos de Yalta respecto a Polonia, tras la instauración de un gobierno en Varsovia que calificaba de títere al servicio soviético, pues no fue incluida la oposición anticomunista polaca exilada en Londres. Al respecto, el primer ministro británico proponía realizar una declaración anglo-norteamericana que cuestionara a Stalin en términos duros.

Un informe del Departamento de Estado presentado al presidente evaluaba que las presiones antisoviéticas de Churchill estaban condicionadas por su interés de preservar una relación de iguales con Estados Unidos, pues como resultado de la guerra Gran Bretaña se había convertido en potencia de segundo orden. Tras profundizar sobre el tema con Stettinius y con Charles Bohlen, experto en cuestiones soviéticas que actuó como intérprete en todas las entrevistas celebradas entre Roosevelt y Stalin, Truman apuntó el día 13 de abril: «Yo comprendí que la colaboración militar y política con Rusia era todavía tan importante que el tiempo no estaba aún lo suficientemente maduro como para hacer una declaración pública sobre aquella situación difícil, y aún no resuelta, de Polonia» (Truman, 1956: 42, t. I).

El 25 de abril el presidente Truman intervino ante el plenario de la conferencia constitutiva de la ONU en San Francisco:

Nada es más esencial para la futura paz del mundo, que una continuada cooperación de las naciones que tuvieron que reunir la fuerza necesaria para derrotar la conspiración de los poderes del Eje por dominar el mundo. Aunque estos grandes Estados tienen la responsabilidad especial de imponer la paz, su responsabilidad se basa en las obligaciones que recaen sobre los Estados, grandes y pequeños, de no emplear la fuerza en las relaciones internacionales, salvo en defensa de la ley (Kissinger, 2004: 413).

Tras esta retórica se escondían propósitos adversos a la paz mundial. Al convertirse Estados Unidos en garante global del capitalismo, la Unión Soviética se constituyó en una amenaza para sus intereses geopolíticos, pero a Truman le resultaba imposible desconocer el rol de la URSS en la derrota del fascismo: el 30 de abril los sargentos Mijaíl Yegórov y Melitón Kantaria escalaron hasta lo más alto del Reichstag protegidos por el fuego de su pelotón y colocaron la bandera roja, teñida con la sangre de millones de soviéticos. Poco después, el martes 8 de mayo de 1945 el mariscal Wilhelm Keitel firmó en Berlín el acta de capitulación incondicional de Alemania.

La diplomacia atómica a nombre de la libertad

Concluida la Conferencia de San Francisco, Truman comenzó a valorar el empleo de la bomba atómica para conminar a Japón a rendirse. Algunos de sus asesores le sugirieron crear una comisión que presentara una propuesta fundamentada y designó a Henry L. Stimson para presidirla, pero el resultado final estaba decidido de antemano. Consultaron a científicos del proyecto Manhattan y evaluaron consideraciones del Departamento de Estado y el Pentágono; a saber: el gran poder destructivo de una bomba atómica, la situación en Japón, la magnitud de las bajas estadounidenses si Hirohito no aceptaba la rendición incondicional, y la prometida intervención soviética en el conflicto. También analizaron una variable que pone en evidencia la temprana preocupación de Estados Unidos por preservar su rol como gendarme mundial: qué tiempo demoraría la URSS en fabricar un arma nuclear, razón que tuvo un peso inobjetable en el proceso de toma de decisión que condujo a pulverizar Hiroshima y Nagasaki.

El 1.º de junio de 1945 la comisión presentó su recomendación: lanzar la bomba atómica sobre Japón sin previo aviso, lo antes posible. Según manifestó Truman en sus Memorias, el general Marshall aseguró que la invasión del archipiélago nipón para forzarlo a rendirse, costaría 500 000 vidas estadounidenses. El presidente aprobó el dictamen. Calificaba a los japoneses de «salvajes», «despiadados» y «fanáticos», y según decía, solo los militares japoneses serían la meta de esta operación; las mujeres y los niños no serían afectados. Nunca dijo cómo podrían evitarlo.

Hirohito, emperador japonés de la época.

Hirohito, emperador japonés de la época.

Los japoneses no podían ya sostenerse en el conflicto, y Estados Unidos conocía que en el plano militar estaban en una situación estratégica desesperada. Un informe publicado con posterioridad a los hechos por la Secretaría de la Guerra, estableció que se hubieran rendido probablemente antes del 1.º de noviembre de 1945, y, sin duda, antes del 31 de diciembre. Así lo apreciaron los cientos de jefes militares y civiles japoneses entrevistados cuando se realizó el estudio. La inteligencia norteamericana estaba al tanto, había descifrado el código de comunicaciones nipón e interceptaba sus mensajes. El 13 de julio el canciller Shigenori Togo telegrafió a su embajador en Moscú: «La rendición incondicional es lo único que obstaculiza la paz». Solo pedían a cambio de deponer las armas preservar la figura del emperador Hirohito, sagrada dentro de su cultura (Zinn, 2004: 307).

Un día antes de que comenzara en Potsdam, dentro de la zona de ocupación de la URSS, la conferencia que sostuvieron Truman, Stalin y Churchill entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945, se produjo en Alamogordo, Nuevo México, la prueba de efectividad de la bomba atómica. Era el aviso de los términos en que se plantearía el nuevo orden mundial, y a la vez un anuncio del instrumento que serviría para esos fines: el arma nuclear.

Los tres estadistas se encontraron en Cecilienhof, casa de campo situada en un gran parque que sirvió de residencia al último príncipe heredero de Alemania. Fue un diálogo de sordos. Churchill tuvo que marcharse el 25 de julio porque perdió las elecciones en su país y lo sustituyó Clement Attlee. El resultado práctico de la reunión fue el principio de un proceso que dividió a Europa en dos esferas de influencia. El incidente de mayor significación no estaba en la agenda: Truman trató de intimidar a Stalin con la noticia de que Estados Unidos contaba con la bomba atómica. Se lo llevó aparte y observó su reacción mientras se lo informaba. El representante soviético se mantuvo impávido, sin mostrar ningún interés especial. Solo agradeció el gesto.

Conferencia de Postdam.

Conferencia de Postdam.

Durante la Conferencia de Potsdam, Truman retomó el tema del Lejano Oriente y Stalin prometió ayudar en el esfuerzo de guerra contra Japón, pero en realidad el interés norteamericano formaba parte del golpe que preparaba Estados Unidos. El 28 de julio el secretario de la Armada James Forrestal registró en su diario que apreciaba a James F. Byrnes «con muchas ganas de acabar con el tema de Japón antes de que entren los rusos» (Zinn, 2004: 308).

Cuatro días después de que se despidieran los «Tres Grandes», un bombardero B-29 arrojó la carga de muerte sobre Hiroshima. En la ciudad vivían unos cuatrocientos mil habitantes, que a las 8:15 a.m. preparaban confiados la primera comida del día. A una primera explosión que semejó el rugido de un huracán de fuerza 5, siguió otra cuando la bomba estalló a 570 metros de altura de la ciudad, con una violencia indescriptible. El padre Pedro Arrupe, rector de la orden jesuita en Nagatsuka, localidad ubicada a unos seis kilómetros del centro urbano, describió el efecto del impacto:

En todas direcciones fueron disparadas llamas de color azul y rojo, seguidas de un espantoso trueno y de insoportables olas de calor que cayeron sobre la ciudad, arruinándolo todo: las materias combustibles se inflamaron, las partes metálicas se fundieron, todo en obra de un solo momento. Al siguiente, una gigantesca montaña de nubes se arremolinó en el cielo; en el centro mismo de la explosión apareció un globo de terrorífica cabeza. Además, una ola gaseosa a velocidad de quinientas millas por hora barrió una distancia de seis kilómetros de radio. Por fin, a los diez minutos de la primera explosión, una especie de lluvia negra y pesada cayó en el noroeste de la ciudad, un mar de fuego sobre una ciudad reducida a escombros (Arrupe, 1952: 66-67).

Víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

El sacerdote narró en sus memorias que apenas se podía avanzar entre tanta ruina, de la que intentaban salir unas ciento cincuenta mil personas que huían a duras penas. No podían correr, como quisieran, para escapar cuanto antes de aquel infierno, a causa de las espantosas heridas que sufrían. Lo más impresionante eran los gritos de niños que corrían como locos pidiendo socorro o que sollozaban sin encontrar a sus padres. De repente, unas doscientas mil personas por auxiliar, pero de los 260 médicos que vivían en la ciudad, 200 murieron en el primer instante, y entre los que salvaron la vida, muchos estaban gravemente heridos. Todos estaban conmocionados, nadie comprendía lo sucedido. Solo al día siguiente, cuando llegaron personas de otras ciudades para socorrer, lo supieron: «¡Ha explotado la Bomba Atómica!». «¿Pero qué es la bomba atómica?»: «Una cosa terrible» (Arrupe, 1952: 90).

En cumplimiento de lo acordado, el 8 de agosto la URSS declaró la guerra a Japón, pero ni el efecto brutal causado en Hiroshima ni la decisión soviética pudieron cambiar el curso de los acontecimientos: el día 9 otro B-29 lanzó una bomba nuclear sobre Nagasaki. Truman quería forzar la rendición de Hirohito y demostrar que en la paz solo Estados Unidos podría imponer su voluntad, sin el estorbo de «aliados» indeseables.

Poco después saldrían a relucir otros hechos, que ponen de manifiesto las razones del genocidio: el 9 de octubre de 1945 la Junta de Jefes de Estados Mayores Conjuntos del Ejército de Estados Unidos aprobó la directiva 1518: «Concepción estratégica y plan de utilización de las fuerzas armadas de los Estados Unidos», que previó la posibilidad de asestar el primer golpe nuclear sorpresivo contra la Unión Soviética. Y en la directiva 432/d del Comité Unificado de Planificación Militar, emitida el 14 de diciembre de ese propio año, se afirmó: «La bomba atómica es la única arma que los Estados Unidos puede emplear eficientemente para el golpe decisivo contra los centros fundamentales de la URSS» (Gribkov et al., 1998: 48).

La humanidad jamás deberá olvidar esta atrocidad, cometida en nombre de la libertad y la paz. Como recomendara Julius Fucik al pie de la horca: «Estad alertas».

Víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Destrozos causados por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Destrozos causados por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Destrozos causados por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Destrozos causados por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Víctimas de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Bibliografía

ARRUPE, PEDRO (1952): Yo viví la bomba atómica, Madrid-Buenos Aires, Ediciones Stvdivm de Cultura.
GRIBKOV, A. I., M. V. KIZENKOV, V. N. KOTOV, M. I. NAUMENKO, P. YU. RACHKOVSKI, L. I. SANNIKOV, V. V. SOLOVIOV, M. G. TITOV (1998): Al borde del abismo nuclear, Moscú, Editora Gregori-Peidzh.
KISSINGER, HENRY (2004): La diplomacia, México, D. F., Fondo de Cultura Económica.
PAUWELS, JACQUES R. (2004): El mito de la guerra buena. Los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.
SCHLESINGER JR., ARTHUR M. (1970): Los mil días de Kennedy, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.
TRUMAN, HARRY S. (1956): Memorias, Barcelona, Vergara Editorial.
ZINN, HOWARD (2004): La otra historia de los Estados Unidos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.

viernes, 9 de agosto de 2013

El cambio climático es el más rápido desde el tiempo de los dinosaurios. Solo las movilizaciones populares a escala mundial podrán detener la destrucción de la humanidad a manos del delirio criminal del capitalismo


Según la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. habrá ciudades sumergidas

Más de 1.700 ciudades de EE.UU., incluidas Boston, Nueva York y Miami, quedarían parcialmente por debajo de la línea de la marea alta a finales de este siglo.

La Prospección Antártica Británica, advirtió que el deshielo en la Antártida causado por el cambio climático borraría de la faz de la Tierra toda Holanda, Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.


El primer pueblo norteamericano que desaparece a causa del cambio climático

Kivalina, un pueblo mayoritariamente de esquimales, pero con todas las características del mundo moderno, era hasta hace apenas horas un verdadero desconocido del pueblo norteamericano: sin embargo sus 400 habitantes han pasado a un papel protagónico al conocerse que se trata del primer pueblo que desaparecerá bajos las aguas del Mar de Bering, en unos diez años, como consecuencia de los efectos del cambio climático.

 2013  La República uy




Kivalina, que apenas sí figura en los más detallados mapas de Alaska y es desconocido para las cartas geográficas de Estados Unidos, tiene no obstante uno de los niveles de vida más altos del país y una condición envidiable: sus pobladores autóctonos de la región mantienen buena parte de sus costumbres ancestrales, pero también disfrutan del confort y las ventajas del mundo moderno en su recóndito territorio helado.

Sin embargo Kivalina, asentada en una pequeña península sobre las arenas de las playas del mar de Bering ha sido condenada por los científicos para desaparecer antes de 2020: sus habitantes podrían entrar en la historia como los primeros refugiados estadounidenses del cambio climático, según publica la cadena BBC.

Otros once pueblos en Alaska en peligro de alta escala

El cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense, construyó un muro defensivo a lo largo de las playas en 2008: hace poco un temporal arrasó las defensas y el pueblo debió ser evacuado de emergencia. Los ingenieros están seguros que para 2025 la península será inhabitable.

El problema es que el pueblo no es el único con ese destino: al menos otros tres asentamientos esquimales de menor tamaño están en el mismo peligro inminente en tanto ocho de más envergadura también corren riesgo en el futuro inmediato.

Además del problema social que implica, los televidentes norteamericanos están preocupados también por sus bolsillos: el Estado calcula que el traslado de cada pueblo en peligro costará al menos US$500 millones, en tanto los habitantes exigen por su derecho a tener carreteras, casas y escuela como hasta ahora.

“El gobierno de Estados Unidos nos ha impuesto este estilo de vida occidental, nos ha dado sus cargas y ahora espera que recojamos nuestras cosas y nos mudemos. ¿Qué clase de gobierno hace eso?” se pregunta Collen Swan, líder del consejo de Kivalina.

El cambio climático es el más rápido desde el tiempo de los dinosaurios

Es el proceso más acelerado que ha registrado el planeta desde la extinción de los dinosaurios, hace 65 millones de años.

 El País es Madrid AGO 2013 


Una familia de osos polares atrapada en un iceberg por el deshielo. / Dennis Bromage / Barcroft Media /Cordon Press

El cambio climático no es una novedad en la historia del planeta, pero el calentamiento actual, provocado por la actividad de la especie humana —y esto sí que es insólito—, es al menos diez veces más rápido que los producidos, por causas naturales, en los últimos 65 millones de años, es decir, desde la extinción de los dinosaurios. Alertan al respecto los científicos que han aunado el conocimiento actual sobre el cambio climático en un informe especial de la revista Science. Y puntualizan que el aumento de las temperaturas de unos cinco grados centígrados que se registró al finalizar la última Edad de Hielo en la Tierra es aproximadamente el mismo que puede producirse a finales de este siglo, respecto a la media de 1986-2005. En ese momento, las olas de calor extremo en verano o las lluvias torrenciales serán la norma cada año y no la excepción.

“Sabemos que en los cambios del pasado los ecosistemas respondieron a cambios de temperatura de unos pocos grados a lo largo de miles de años, pero la trayectoria climática sin precedentes en la que estamos ahora conlleva un cambio en décadas, lo que significa órdenes de magnitud más rápidas”, ha explicado Noah Suresh Diffenbaugh, uno de los autores de la investigación. “Estamos ya viendo que algunas especies afrontan el reto del ritmo acelerado de cambio”, añade.

Hace 20.000 años, al final de la Edad de Hielo, la Tierra experimentó un aumento de temperatura de unos cinco grados centígrados. A medida que se retiraba hacia latitudes más altas la capa helada que cubría gran parte de Norteamérica, las plantas y los animales recolonizaron las tierras que iban liberándose, explican los científicos de la Institución Carnegie y de la Universidad de Stanford autores del nuevo informe.

Hace 55 millones de años, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera era comparable a la actual, según muestran los estudios de paleoclima. En aquel tiempo, el Ártico no tenía hielo en verano (fenómeno que, según los climatólogos, se dará de nuevo dentro de unos años) y en las tierras cercanas hacía suficiente calor como para que vivieran allí palmeras y caimanes.

Los modelos que elaboran los científicos para describir la evolución del clima futuro indican que, si las emisiones de CO2 no se controlan, las temperaturas en Norteamérica, Europa y Asia Oriental habrán subido de dos a cuatro grados entre 2046 y 2065, y cinco o seis grados por encima de la media actual a finales de siglo. Esos modelos climáticos permiten analizar la respuesta física de la atmósfera y de los océanos a los cambios en las concentraciones de gases de efecto invernadero. “Con un escenario de futuro de altas emisiones, el mayor cambio climático se registra en las latitudes altas del hemisferio norte, pero todos los territorios del planeta se calientan dramáticamente”, señala Chris Field, director del Departamento de Ecología Global de la Institución Carnegie.

Los científicos analizan en su informe los efectos de estas alteraciones sobre los ecosistemas y advierten que muchas especies tuvieron en el pasado que adaptarse o migrar, ante la presión del calentamiento, para evitar la extinción. Pero la situación puede no ser ahora la misma: “Hay dos diferencias clave para los ecosistemas, en las próximas décadas, en comparación con el pasado geológico”, señala Diffenbaugh en un comunicado de Stanford. “Una es la rapidez del moderno cambio climático y la otra es que actualmente hay múltiples presiones humanas que no están presentes hace 55 millones de años, como la urbanización y la contaminación de las aguas”. Los científicos han calculado la velocidad de desplazamiento que necesitarían las especies para alcanzar zonas con temperatura adecuada: en gran parte del planeta tendrían que migrar al menos un kilómetro al año hacia los polos o hacia las zonas altas de las montañas.

El informe de Science señala que es posible atenuar los efectos del cambio climático si se ralentiza y se reduce su magnitud controlando las emisiones de gases de efecto invernadero que lo provocan. “Pero hay una inercia”, recuerda Diffenbaugh. “Si cada nueva planta de energía o fábrica en el mundo produjera cero emisiones, todavía presenciaríamos el impacto [del calentamiento global] debido a las infraestructuras existentes y a los gases ya emitidos”.

Los científicos recuerdan que hay incertidumbres en las proyecciones climáticas ante el futuro, como el efecto de las nubes o el ciclo del carbono, pero afirman que la mayor incertidumbre reside en el nivel que alcanzarán de las emisiones de la actividad humana.




Según la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. habrá ciudades sumergidas




















Publicado Agosto 2013 Escrito por Colaboradores - Clarín

Más de 1.700 ciudades de EE.UU., incluidas Boston, Nueva York y Miami, quedarían parcialmente por debajo de la línea de la marea alta a finales de este siglo, según un nuevo estudio sobre el cambio climático. Según un análisis publicado en las 'Actas de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU.' esta tendencia se debe a los gases de efecto invernadero ya acumulados en la atmósfera, y unas 80 ciudades podrían quedar bajo las aguas incluso mucho antes, ya en la próxima década. "Incluso si mañana mismo pudiéramos detener las emisiones globales, Fort Lauderdale, Miami Gardens, Hoboken y Nueva Jersey quedarán bajo el nivel del mar", dijo el autor principal del estudio, Benjamin Strauss, de la organización Climate Central, subrayando que reducir drásticamente las emisiones detendría la subida del nivel del mar solo lo suficiente para salvar unas 1.000 ciudades. No es la primera vez que un estudio advierte que el calentamiento global puede inundar o incluso hacer desaparecer ciudades enteras. Así, el mes pasado, la Prospección Antártica Británica, advirtió que el deshielo en la Antártida causado por el cambio climático borraría de la faz de la Tierra toda Holanda, Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. RT

jueves, 8 de agosto de 2013

[Libro] Fidel y la Revolución Cubana: Una introducción


3/8/2013por  Néstor Kohan - Nahuel Scherma    

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A 60 años del asalto al cuartel Moncada una historia de la revolución cubana y de Fidel Castro que periodiza la revolución y analiza sus principales debates.
Tanto dentro de Cuba como a nivel mundial, trazando un hilo conductor entre José Martí, Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Fidel y el Che.

Si el Che Guevara es el símbolo mundial de la rebeldía juvenil, su amigo y compañero Fidel Castro (1926) representa la máxima expresión de las rebeliones antiimperialistas y socialistas del Tercer Mundo. Su historia personal es indistinguible de la Revolución Cubana pero no se detiene allí. También aparece en primer plano en la crisis de los misiles EEUU-Cuba-URSS, en toda la insurgencia latinoamericana, en la contestation estudiantil del ’68 europeo, en los levantamientos negros de EEUU, en la liberación de Vietnam, en la descolonización del África, en el fin del apartheid, en las actuales protestas —post muro de Berlín— contra la globalización capitalista…

El controvertido y polémico Fidel condensa las aspiraciones, las resistencias y los sueños rebeldes de numerosos pueblos, no sólo del cubano, contra el capitalismo, el imperialismo y el neoliberalismo. Por eso resulta tan odiado por los poderosos del planeta, sus monopolios de (in)comunicación y la CIA.

Rigurosamente documentado, Fidel para Principiantes, de Néstor Kohan —también autor de los libros 'Gramsci para principiantes' y 'Marxismo para principiantes'— combina la investigación académica y la divulgación pedagógica, la historiografía y la teoría marxista con la agilidad narrativa de los cómics. Sus textos teóricos y diálogos, pensados como una introducción a la historia d ela revolución cubana para las nuevas generaciones, están ilustrados por el joven artista Nahuel Scherma, integrante del grupo «Cine Insurgente».



Edición en inglés de este libro publicada en Estados Unidos

Fidel y el Che en los años '60

Fidel y Chavez, líder de la revolución bolivariana en Venezuela

Fidel, Alfonso Cano e Ivan Márquez, comandantes de la insurgencia de las FARC-EP de Colombia

Fidel dialogando de pedagogía popular con uno de los autores de este libro