martes, 29 de octubre de 2013

EL ESCÁNDALO DEL HAMBRE



El derecho a la alimentación entre ecología campesina y producción agroindustrial
EL ESCÁNDALO DEL HAMBRE
José Carlos Bonino

La tierra puede ser vista como una superficie generatriz que nos da hospitalidad, con la cual dialogamos a lo interno de un proceso de reciprocidad e interdependencia, que se funde como proceso natural en la agricultura y tiene como escenario global la biósfera.

O puede ser vista como un valor patrimonial, como un factor económico más de la producción de alimentos, induciendo artificialidad a los procesos naturales con prácticas basadas en una visión compartimentada, mecanicista y a-biótica de la agricultura.

La agricultura de hoy, insuficiente e insostenible

Hoy por hoy, de las 200 mil especies vegetales selváticas según el bio-geógrafo Jared Diamond, sólo algunas miles son idóneas para la alimentación humana y sólo algunas centenas han sido adaptadas al consumo humano.[1] Tres cuartos de los productos alimenticios de todo el mundo derivan de siete especies de plantas: el trigo, el arroz, el maíz, la papa, la yuca, el sorgo y la cebada y, por lo que concierne al ser humano, la mitad del aporte calórico y proteico de los tres primeros cereales.[2]

Por otro lado, la tercera parte de las tierras del planeta son utilizadas para cultivo y pastoreo. A estas actividades se dedican 1,3 billones de personas, mismas que representan la mitad de la fuerza de trabajo mundial.[3] La agricultura consume casi dos terceras partes del agua obtenida de lagos, ríos y fuentes acuíferas en todo el mundo.

Una tonelada de cereales producidos en régimen agroindustrial, en una monocultura con tecnología moderna, exige cerca de nueve veces más energía de la base ambiental (de la bio-capacidad del territorio en cuestión) que la que se demandaría si se utilizaran métodos y técnicas agro sostenibles.

En la actualidad, las prácticas agrícolas no sostenibles sobre-utilizan la base ambiental global. En estas prácticas, el 90% de la energía utilizada directa o indirectamente, proviene de la utilización de productos químicos, maquinaria agrícola y sistemas de riego que aumentan las emisiones de CO2.  Se prevé un aumento de la temperatura superficial global  de 2,4° C en el periodo 2010 – 2020. [4] Se pronostica, además, que la degradación del clima erosione la producción global de alimentos en un 20%; a la vez que se prevé que el número de personas que sufren hambre se incremente de los actuales 925 millones a 1200 millones para el 2025.[5]

Ante al aumento de la demanda alimentaria global, el estrés ambiental que deriva del cambio climático, reduce la capacidad de respuesta tanto del sector agrícola industrial como del tradicional. Además, cerca del 10-12% de la producción mundial de cereales, se desvía de la autosuficiencia y seguridad alimentaria a la producción de agro-combustibles.

Técnica campesina, Revolución Verde y vulnerabilidad alimentaria

La producción agroindustrial vigente ha impulsado la modernización de la agricultura, empernándola en la extrema movilidad de los recursos, para poderlos trasladar de una utilización a otra y responder, así, de modo flexible, a las fluctuaciones de la demanda. En la agricultura, la movilidad de los recursos es lenta. Los agricultores tradicionales son poseedores de recursos inamovibles, en substancial desventaja con relación a la mayoría de las actividades económicas y, más aún, frente a la progresiva desmaterialización y transnacionalización de la economía. La Revolución Verde volvió la agricultura menos eco-compatible en el afán de volverla más industrializada, fraccionando el continuum de la producción de alimentos para convertirla en  algo más voluble. Los costos sociales de esta injerencia se han traducido en vulnerabilidad alimentaria para millones de personas en el mundo.


La moderna producción agrícola, caracterizada por una fuerte mecanización, una producción en régimen de monocultura y orientada a mercados lejanos, afronta las adversidades ambientales, climáticas y agronómicas, recurriendo al uso intensivo de capital y a la manipulación bio química de los procesos de crecimiento en la producción de alimentos. Un ejemplo límite en el cual el ambiente circundante viene excluido casi del todo, se encuentra en el cultivo de verduras en viveros, sobre películas de agua con un grado de nutrientes controlado y un microclima recreado ad hoc.

En el extremo contrario, la técnica campesina tradicional se apoya en la diversificación de las especies cultivadas destinadas, muchas veces, al auto-consumo; al uso de variedades diferentes de la misma especie; a la mano de obra familiar y a los mercados de proximidad; con tecnologías eco-compatibles adecuadas al contexto agroecológico, maduradas y perfeccionadas en el tiempo durante generaciones.

En el actual sistema alimentario, las fases que llevan un producto agrícola desde el lugar de su cultivo en el campo, hasta el lugar donde se consume son generalmente: siembra, cuido, cosecha, transporte primario, almacenamiento, transformación agroindustrial, comercio al por mayor, transporte secundario, comercio al detalle y consumo final. Esta larga cadena de pasajes del llamado circuito largo, constituye uno de los puntos de fractura del moderno sistema de producción, circulación y consumo alimentario: el circuito largo ignora el cálculo de la contaminación que puede verificarse en cada una de estas fases. En la actualidad, cada producto viaja 50% más que en 1979, y nadie paga un impuesto por la contaminación que generan estos traslados. Cerca de tres cuartos del consumo de energía de la cadena alimentaria, se da fuera de las dos primeras y dos ultimas fases (transporte primario, almacenamiento, transformación agroindustrial, comercio al por mayor, transporte secundario) del sistema alimentario moderno.


Además, el circuito largo está caracterizado por una elevada intermediación en la que múltiples actores económicos explotan fragmentos de valor adjunto del articulado proceso, que va del cultivo al consumo y, en particular, a la transformación agroindustrial.

Por lo que concierne a la distribución y al comercio de los alimentos, éstos vienen monopolizados por 4 o 5 cadenas de supermercados,[6] que se reparten el mercado, cuyo poder crece en los países empobrecidos del hemisferio sur.

En este ámbito, la agricultura industrial en régimen de monocultura, con uso intensivo de capital e imput externos, destinado al circuito largo, tiene ventajas ante la producción familiar campesina caracterizada por el uso intensivo de trabajo en un régimen de policultura, con rotación de cultivos y destinada al circuito corto.

La agricultura, vista en una dimensión local, tiene una población o comunidad que pone en práctica toda una serie de conocimientos para interactuar con el entorno, conocimientos que, progresivamente, se van cimentando y acumulando un know how, constituido por experiencias almacenadas en la memoria autobiográfica, primero, y en la tradición local de la comunidad, luego.

Observar el mundo rural a través de la óptica de la eficiencia económica y el productivismo, no habla de los pequeños productores campesinos (entre el 75-80% de la población sobrevive gracias a la producción de subsistencia de los pequeños productores[7]), quienes trabajan la tierra para dar seguridad alimentaria a sus familias; producir sus propias semillas, plantas medicinales, alimentación para sus animales y materiales de construcción para sus casas. De este modo, ellos garantizan su autosuficiencia alimentaria y un lugar en la comunidad, misma en la que se ayudan  mutuamente y pueden ser socorridos en momentos de necesidad.

Los agricultores campesinos invierten sus ganancias en relaciones sociales y destinan parte de los productos de las cosechas o de la cría de animales, a fiestas, matrimonios y funerales, ofrendas  a lo interno de la red comunitaria a la que pertenecen; ello para garantizarse un lugar en la comunidad, con una praxis disciplinada por los mecanismos de control social, orientados a la consecución de equilibrio, pero nutriéndose también por las transformaciones que derivan del conflicto social.

El mundo rural ha sido regulado a lo largo de su historia por una relación de reciprocidad, redistribución e intercambio.[8] Con la irrupción de la modernización de la agricultura, este triangulo eco-compatible ha visto extrapolada una de las esquinas: el intercambio y, a partir de esto, ha sido reelaborado el todo; ha sido realizado un reordenamiento en el cual la ganancia, a través del intercambio, se ha convertido en el ethos de las relaciones alimentarias. Las lógicas subyacentes a la reciprocidad y a la redistribución, han sido reelaboradas junto a su capital simbólico, como el prestigio, la confianza y solidaridad, sucesivamente monetizadas y disciplinadas por el crédito y la deuda. La visión moderna de la agricultura y su lógica no desaparecen lo existente, lo reelaboran y reordenan (como en este caso), instalando una nueva lógica hegemónica acorde a sus intereses, en lugar de la lógica intrínseca que sustentaba el mundo rural.

El empresario agroindustrial tiene bien claro su objetivo: enriquecerse produciendo alimentos y tratar de obtener la máxima productividad inmediata de la tierra. Se trata de dos racionalidades dicotómicas: el saber ecológico-campesino y la lógica económica-empresarial.[9]

La globalización y el epistemicidio de los saberes campesinos tradicionales

Las comunidades campesinas representan un problema para el modelo agroindustrial dominante  y para la doctrina económica que lo fundamenta. Estas comunidades se encuentran en una línea de frontera comportamental; en una línea de confín ilegible, con instrumentos de la economía moderna formal: prefieren la propiedad comunitaria a la propiedad individual; compran y venden poco; no tienen cuentas en el banco, ni tarjetas de crédito; son, pues, números inútiles para las cuentas del gran capital. 

Los promotores de la globalización (al tiempo que convierten la agricultura en algo más y más fragmentado mediante la Revolución Verde), han reservado para los campesinos del hemisferio sur un complejo procedimiento de ingeniería social.[10]


Este proceso, según las diferentes zonas del planeta, comenzó hace tres o cuatro décadas y se agudizó con el Consenso de Washington [11] en 1989, en coincidencia con el final del bipolarismo. Este mecanismo, se inició con el abandono estatal de las políticas de crédito y ayuda a los pequeños productores campesinos; escenario que tuvo su continuidad en el éxodo rural, que ha alimentado la descampesinización y la progresiva urbanización. Sucesivamente, estos trabajadores de la tierra llegados a las metrópolis fueron amontonados en las ciudades en forma desordenada, con la intención de convertirlos en consumidores de mercancías y, sobre todo, de servicios, anteriormente privatizados por el consenso de Washington. Su llegada ocasionó el derrumbe de los salarios urbanos, que incrementó la mano de obra a bajo costo, abriendo las puertas al modelo maquilero en el ámbito de la internacionalización industrial: mercancías que viajan por el mundo en busca de -en su jerga institucional- paraísos laborales, con bajos salarios, débil legislación laboral y gobiernos tolerantes. Paralelamente, transfieren también la sobreproducción agrícola del norte, altamente subvencionada, para competir con la producción local, con poco valor adjunto y muy debilitada por el abandono estatal del campo.

Una revolución hecha a costa del hemisferio sur 
A mediados de los años 70, las Naciones Unidas dieron su apoyo a la Revolución Verde en la reunión mundial de la alimentación en 1974 “para eliminar el hambre en el mundo en una década”. La Revolución Verde fue propuesta como la mejor forma de proveer alimentos a una población mundial en crecimiento constante, y prometió, además, el aumento de los  rendimientos gracias al uso intensivo de la química. Una parte considerable de los pequeños agricultores obtuvo rendimientos más elevados gracias a ella; pero este resultado fue alcanzado a costa de la pérdida de la biodiversidad; de la contaminación de los suelos; de los cuerpos hídricos y de la atmósfera. Además, la agricultura industrial barrió las diferentes agriculturas y ecologías locales en el planeta, y produjo una mayor dependencia económica, tecnológica y alimentaria de los países empobrecidos, en relación a los países ricos y, por consiguiente, aumentó la deuda externa.


Para pagar los intereses de la deuda externa, los países empobrecidos se vieron obligados a orientar su producción hacia la agricultura industrial, bajo un régimen monocultivista para la exportación, sacrificando la soberanía alimentaria y la producción interna; así como incrementando la importación de alimentos básicos para sus poblaciones. Además, se vieron obligados a liberalizar sus economías. Tres motivos empujaron a estos países a liberalizarse: algunos porque necesitaban crédito internacional, aceptando en cambio programas de ajuste estructural promovidos por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; otros abrieron sus mercados para entrar en los acuerdos de libre comercio, por miedo a quedar al margen de la “globalización”  o porque convenía a la élite local de turno; un tercer grupo de estos países, se liberalizó en el contexto del Consenso de Washington,[12]  visto como la solución a la crisis de la deuda del sur, en los años ochenta.[13]  

En la fase de las liberalizaciones, los países redujeron sus tarifas y eliminaron las cuotas que protegían la producción autóctona. Privatizando las instituciones estatales que se ocupaban de proteger a los pequeños productores, alimentaron, de hecho, la incapacidad de las políticas publicas internas de incidir en los modelos de oferta alimentaria, ya que buena parte de los instrumentos abolidos, como los subsidios, el poder de compra-venta estatal de cereales (para incidir en los precios del mercado) y la creación de techos de precios para los productos agrícolas (presentes en las canastas básicas de diferentes países), prácticamente, desaparecieron; y las políticas sectoriales, en este ámbito, fueron subordinadas al alcance de los equilibrios macroeconómicos, decididos en los grandes institutos financieros del norte.

La factura social fue pagada por los países de baja renta, en los cuales la agricultura es la base principal de subsistencia para el 50-90% de la población.[14] Esto responde al hecho que los países del hemisferio sur son más vulnerables, ya que utilizan entre el 70-80% de la renta en gastos ligados a la alimentación; es decir que, ante las variaciones de su poder adquisitivo, su renta se erosiona más rápidamente; mientras que en los países ricos, en alimentación, apenas se usa entre el 10-15%.

Las corporaciones y la privatización de la naturaleza

“En marzo de 1998 el ministerio estadounidense de la agricultura y una empresa privada (la Delta and Pine Land) depositaron la patente de una técnica de transgénesis llamada Control de la expresión de los genes: en realidad una planta genéticamente manipulada que produce una semilla estéril. Dos meses después, la Monsanto compró esa empresa y su patente que luego depositó en más de 80 países”.[15]


Este hecho representa un parte aguas y el inicio de la privatización de la biomasa y la  reserva biogenética. No se puede vender a un campesino lo que ya produce (las semillas) o lo que dispone en abundancia de la naturaleza. Representa, igualmente, el punto de fractura a-biótico porque para privatizar una patente, por medio de un programa genético (una variedad de maíz presente en el campo del campesino), es necesario prohibir al agricultor que siembre el grano que cosecha; es decir, que realice la práctica fundadora de la agricultura, expropiando así un bien común propiedad de toda la humanidad.[16] La esterilidad del grano permite a las transnacionales que su programa genético sea prisionero, es decir que se autodestruya en el campo del campesino.

Las transnacionales que se dedican al negocio de la mercerización de la reserva biogenética tienen un poder cada día más incisivo sobre la seguridad alimentaria; este poder, además, está concentrado en pocas transnacionales: las tres más grandes (Monsanto, Dupont, Syngenta) controlan el 47% del mercado mundial de semillas patentadas.[17]

En la actualidad se asiste al creciente poder de los grandes carteles internacionales de la alimentación, de decidir qué producir y en qué cantidades, ejerciendo su poder fáctico en el frágil sistema alimentario mundial, sobre todo en los países más empobrecidos,  caracterizados por vulnerables realidades locales, muchas veces semi-analfabetas, de trabajo artesanal y comercio informal. De este modo, disponen de un recurso casi igualmente peligroso y estratégico que las armas: el acceso a la alimentación.

Hace tres décadas eran miles las compañías de distribución de semillas, instituciones públicas de mejoramiento de simientes, hoy existen sólo diez grandes corporaciones que controlan más de dos tercios de la venta de semillas.

De decenas de industrias de abono que operaban en el mercado hace tres décadas, hoy, apenas tres controlan el 90% de las ventas de agroquímicos en el planeta.[18] De casi mil industrias en el sector de la biotecnología hace quince años, actualmente diez concentran más de tres cuartos de las ganancias, con una posición hegemónica en el mercado.

Según la FAO,[19] 30 millones de dólares al año serían suficientes para reducir a la mitad, antes del 2015, el numero de personas que sufren de hambre; es decir, menos de una décima parte de las subvenciones acordadas para la agricultura de los países ricos del hemisferio norte.[20] Las estimaciones de la FAO afirman que al final del 2010 habían 925 millones de personas con desnutrición, de las cuales, el 98% se concentra en los países empobrecidos.

Se trata de un problema estructural, de la dificultad en el poder de compra de esa tercera parte de los habitantes del planeta, quienes ganan menos de dos dólares al día. Al mismo tiempo, Jean Ziegler, ex relator de las Naciones Unidas  para el derecho a la alimentación, afirma que la agricultura actual podría alimentar a doce billones de personas; el doble de la población actual.
  
En el ámbito del desmantelamiento del estado nacional, de la privatización de sus sectores estratégicos y de la transnacionalización de la economía, las tendencias centrífugas de la globalización expulsan cada día a más personas del contrato social, [21] situación que no favorece la tutela de la soberanía económica y alimentaria. En este contexto, los estados-nación se han convertido en un actor más en el cuadro geopolítico de una basta gama de redes transnacionales. El ingreso de grandes transnacionales en el mercado terriero ha provocado una fractura en la soberanía nacional. La agenda agrícola rural en la actualidad está siendo dictada por los intereses delagrobusinnes y esta alimentando el global land grab,[22] una especie de subarrendamiento de millones de hectáreas de tierras nacionales (en países como Etiopia, Camboya, Mali, Filipinas) que están terminando en manos de inversionistas privados, coludidos con las élites gobernantes de estos y otros países empobrecidos del Sur.   

Los fertilizantes sintéticos y el abandono de la policultura

La modernización de la economía agrícola y la Revolución Verde han llevado a la utilización masiva de fertilizantes sintéticos y al abandono progresivo de la policultura. Las consecuencias han sido numerosas: fractura del ciclo natural a causa de la sobreutilización de la tecnología; la intensificación del uso de agua, de la energía y del suelo; pérdida de la agrodiversidad;  pauperización de los conocimientos campesinos; éxodo rural y sucesiva descampesinización; crecimiento demográfico urbano, concentración de la propiedad y proletarización de la clase campesina; interdependencia alimentaria entre los hemisferios norte y sur, y la consiguiente vulnerabilidad del tríptico: seguridad, autosuficiencia y soberanía alimentaria.


Además, se empieza a hablar de “epistemicidio de los saberes milenarios campesinos” [23] ligados a la producción de alimentos. La agronomía y las políticas de desarrollo se han edificado en el desconocimiento de los saberes tradicionales, que se pierden a medida que el éxodo rural quiebra el nexo entre campesinos y tierra; como resultado, el 70% de la población más pobre en el mundo, vive y trabaja en áreas rurales.[24]

La lógica económica neoliberal imperante ha promovido una agricultura de régimen monocultivista. Esta lógica ha provocado una fractura en el ciclo natural, obstaculizando la lucha contra los parásitos de las plantas, ya que la misma ignora la tendencia de la naturaleza a sostener la biodiversidad, provocando la desaparición de los antagonistas naturales. Los monocultivos son raros en la naturaleza, además de ser verdaderos paraísos para las enfermedades de las plantas y la proliferación de los insectos. Actualmente, los cultivos del planeta se ven afectados por estas enfermedades que destruyen el 13% de los mismos; el 15%, por los insectos y el 12% por las malas yerbas, para llegar a un total de cerca del 30%.[25]

Como respuesta al aumento de la resistencia de las plantas a los pesticidas y al empobrecimiento del suelo, los mismos que promovieron la Revolución Verde, hoy proponen una solución a través de la nanotecnología,[26] la ingeniería genética y la biología sintética.[27] Esta revolución genética tiene como objetivo la expropiación y el monopolio del acceso y control de los recursos vivos; además del conocimiento asociado a patentes. En la visión de sus promotores, la combinación del aumento de la población y el colapso de los ecosistemas, nos ponen ante una situación de “emergencia tecnológica”, en la que las corporaciones agroalimentarias y sus centros de investigación deben tener la libertad de usar la ingeniería genética y la biología sintética como instrumentos de bio-seguridad; ello con el objetivo de adaptar cultivos y animales de cría a las variables condiciones climáticas. Al mismo tiempo, se deben desarrollar los agro-combustibles para proteger el status quo ante la crisis que se producirá por el eminente fin del petróleo, sobre el cual ha sido fundado nuestro desarrollo y nuestra tecnología.

Como resultado, tenemos la mercerización de la biomasa que, según Path Mooney del movimiento canadiense ETC,  más de un cuarto de ésta es ya mercadería.[28]

En los últimos siete años, en efecto, la especulación de los alimentos ha contribuido a exacerbar la compleja geografía del hambre planetario. Luego de la crisis financiera en el hemisferio norte, ha ocurrido el derrumbe de las acciones, títulos y formas de inversión tradicionales. Después de una intensa campaña conducida por los Lobby de los bancos, políticos liberales y fondos de inversión, las materias primas, en particular las alimentarias más seguras (por seguras se entiende aquéllas indispensables para la sobrevivencia), se han convertido para los inversionistas de la bolsa en un “buen refugio” como sucede con el oro en periodos de carestía; ocasionando, en consecuencia, la inestabilidad de los precios. Los instrumentos financieros derivados como los future, inventados como instrumentos de cobertura contra los riesgos comerciales, se han vuelto un medio para apostar sobre la tendencia de los precios de los alimentos, que han pasado de ser alimentos para nutrirnos a un asset financiero.

Los grandes bancos implicados como la Goldman Sachs, Bank of America, Citibank, Deusche Bank y Hsbc[29], realizan intermediaciones entre el producto real, los especuladores y una élite que representa al 1% de la población mundial, con el objetivo de generar grandes ganancias. Entre los grandes bancos, los intermediarios financieros y la economía real de los pequeños productores tradicionales (que en el mundo garantizan la alimentación de entre el 75 y 80% de la población [30]), se interpone  una distancia sideral; como se expresa por ejemplo, entre una pequeña parcela de tierra de un país en el sur y las oficinas, con sus relucientes pisos de mármol, de la bolsa de Chicago, mismas en la que, en fracciones de segundo, se mueven virtualmente miles de toneladas de granos básicos, arroz, maíz, trigo, sin que un sólo grano se mueva de los conteiner donde se encuentran almacenados. Un reciente informe de la FAO y del OCSE afirma que el precio de las materias primas en la próxima década tenderá a crecer entre un 15% y un 40% en el periodo entre 2010 y 2019, respecto al periodo 1997-2010.[31]

¿Fantasías románticas?

Hoy en día, entrados a la curva descendente de la producción y disponibilidad mundial de petróleo, la agricultura industrial viene privada de su elemento fundante, el carburante fósil a bajo precio. Así las cosas, prepararse para el cambio, dirigiéndose a una agricultura post-fósil [32] podría ser el inicio de la solución. Misma en la que el uso de la química no sea necesario, gracias a la rotación de los cultivos y a la diversidad de las especies en la misma parcela; se tenga mayor cuido de la interdependencia entre los diferentes tejidos vitales del ecosistema donde se cultiva¨; una migración paradigmática hacia sistemas agrícolas bio-diversificados y respeto a las especificidades locales.


Criticar el modelo industrial de producción agrícola no presupone un regreso romántico a la tierra; ni una invitación a convertirnos todos en campesinos; más bien, significa reflexionar sobre los efectos alterantes que la agricultura industrial ha ocasionado en un planeta con recursos limitados; así como un llamado a asumir nuestras responsabilidades individuales ante la agricultura y la sostenibilidad. Lo que sucede en la agricultura tiene efectos en la nutrición, en la salud, en la igualdad de género y en la estabilidad social. En nuestro tiempo, se está asistiendo al desmantelamiento de la agricultura sostenible, de los sistemas alimentarios locales y del entramado social y comunitario, en los cuales dicha agricultura reposa; situación que está empujando a poblaciones enteras a la vulnerabilidad alimentaria y, por ende, social.

Nos encontramos ante dos modelos antitéticos de subsistencia, que la Vía Campesina ha sintetizado como el Episteme del conocimiento científico versus la Mentis de los agricultores locales. Ante dos modelos agrícolas y alimentarios en el que uno debe prevalecer sobre el otro, la decisión es política y, antes que política, ética. El problema del derecho a la alimentación como el de todos los derechos humanos “no es justificarlos, cuanto protegerlos, no es un problema filosófico sino político”.[33] Por esto, sus soluciones  no serán científicas, ni técnicas, sino políticas.

El hambre, enfermedad psicofísica invalidante, es el fragmento de un rompecabezas más complejo, en el cual convergen las vulnerabilidades de nuestro tiempo.

Notas:

[1] Jared Diamond, Guns, Germs and Steel, The Fates of Human Societies, 1997; Armi, acciaio e malattie, Einaudi, Italia 2005.
[2] Paul Hawken, Amory Lovins e Hunter Lovins, Capitalismo Naturale Edizioni Ambiente, Italia, 2001
[3] Luca Colombo, Fame produzione di cibo e sovranità alimentare, Jaca Book, Italia, 2002
[4] Intergovernmental Panel on Climate Change: http://www.ipcc.ch/
[5] Fao, The State of Food Insecurity in the World 2010, scaricabile dal sito www.fao.org.
[6] Stéphane Parmentier, Improvvisamente apparve la fame, Le Monde Diplomatique, Italia, 2009
[7] Riccardo Bocci, Giovanna Ricoveri, Agri-Cultura. Terra Lavoro Ecosistema, Bologna Emi, Italia, 2006
[8] Karl Polanyi, La grande trasformazione, Giulio Einaudi editori s.p.a. Italia, 1974.
[9] Víctor M. Toledo, La racionalidad ecológica de la producción campesina. En E. Sevilla Guzmán y M. González Molina (eds), Ecología, Campesinado e Historia. La Piqueta, España, 1993.
[10] Vandana Shiva, The violence of the green revolution: Third World agriculture, ecology, and politics, 1992, pag. 20.
[11] El llamado «Consenso de Washington» es producto de un acuerdo consensuado entre representantes del complejo político-económico-militar-intelectual (BM, FMI, BID, Reserva Federal EUA, Agencias Económicas del Gobierno EUA, funcionarios del Gobierno EUA, miembros del Congreso y grupo de expertos) con relación a diez instrumentos de política que se pueden agrupar en cinco ámbitos: El paquete fiscal (disciplina fiscal, focalización del gasto público y reforma tributaria); el paquete financiero (liberalización financiera y prudente supervisión); el paquete del sector externo (tipos de cambio competitivos, políticas comerciales liberalizadas, eliminación de los aranceles y fomento a la inversión extranjera directa), y el paquete de la Reforma del Estado (privatización de las empresas públicas, desregulación de la economía y garantía para los derechos de propiedad intelectual) (Moreno, 2004).
[13] ibidem.
[14] Wolfgans Sachs, Tilman Santarius, Commercio e agricoltura. Dall’efficienza economica alla sostenibilità sociale e ambientale, Emi, Italia, 2007
[15] Jean Pierre Berlan (ed.) La guerra al vivente, organismi geneticamente modificati e altre mistificazioni scientifiche, Editorial Bollati Boringhieri, Italia, 2001,
[16] ibídem.
[17] Gruppo ETC, De quien es la naturaleza: El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida. Noviembre 2008.
[18] ibídem.
[20] Stéphane Parmentier, Improvvisamente apparve la fame, Le Monde Diplomatique- Il Manifesto, Italia, 2009
[21] Saskia Sassen. Critique de l’état, Territoire, Autorité et Droits, de l’époque médiévale à nos tours. Editorial, Demopolis, France, 2009.
[22] Del verbo to grab, agarrar, arrebatar.
[23] Silvia P. Vittoria, Via Campesina 2009.
[24] Wolfgans Sachs, Tilman Santarius, Commercio e agricultura. Dall’efficenza economica alla sostenibilità sociale e ambientale,. Emi, Italia, 2007.
[25] Paul Hawken, Amory Lovins e Hunter Lovins, Capitalismo Naturale. Edizioni Ambiente, Italia, 2001.
[26] ¿Qué pasa con la nanotecnología? Regulación y geopolítica.  Grupo ETC; vigilando el poder, monitoreando la tecnología, fortaleciendo la biodiversidad.
[27] La biología sintética representa un salto cuántico en biotecnología, mucho más allá de transferir genes entre especies: busca construir microorganismos vivos auto-replicantes, completamente nuevos, que tengan el potencial (parcialmente probado / parcialmente teórico) de convertir cualquier biomasa o insumo de carbono en cualquier producto que pueda fabricarse a partir de carbono fósil, y mucho más. En otras palabras, desde la perspectiva de la biología sintética, el recurso base para el desarrollo de materiales comercializables y “renovables“ (que no sea petróleo) no lo encontramos solamente en el 23.8 % de la biomasa terrestre que ya se usa y comercializa anualmente, sino también en el restante 76.2% de biomasa que ha permanecido hasta hoy fuera de la economía del mercado. LINK:http://www.etcgroup.org/sites/www.etcgroup.org/files/synbio_ETC4COP11_esp_v1.pdf
[28] Los amos de la biomasa en guerra por el control de la economía verde, Junio 2012   http://www.etcgroup.org/sites/www.etcgroup.org/files/biomassbattle_US_esp_v5_4print3Sep2012.pdf
[29] Andrea Baranes (ed.), Scommettere sulla fame, crisi finanziaria e speculazioni su cibo e materie prime. Fondazione Culturale responsabilità Etica, Dicembre 2010, Italia.
[30] Riccardo Bocci, Giovanna Ricoveri, Agri-Cultura. Terra Lavoro Ecosistema, Emi, Italia, 2006.
[31] Oecde and Fao, Average commodity prices to rise in 2010-2019, http://www.agri-outlook.org/
[32] Commercio e agricoltura: dall’efficienza economica alla sostenibilità sociale ambientale (a cura di) Wolfgans Sachs, Tilman Santarius. Emi Italia, 2007.
[33] Norberto Bobbio, L’età dei diritti, Einaudi editore, Italia, 2005
Publicado por Revista Libre Pensamiento 

DIALOGOS - ENTREVISTA A THEOTONIO DOS SANTOS, AUTOR DE LA TEORIA DE LA DEPENDENCIA “Vuelve el clima de querer saber más y discutir”




Imagen: Pablo Piovano

Fue uno de los fundadores de Clacso y sigue siendo un animador de los congresos de sociología. Theotonio dos Santos, que en los ’60 desarrolló su teoría de la relación de América latina con el capitalismo mundial, dialogó con Página/12 en la casa que fue la peña de los Parra sobre su historia y acerca de por qué hoy la polémica volvió a ser intensa.

Por Martín Granovsky - Página 12

Desde Santiago

Sopla un viento fresco en la tarde de Santiago de Chile. Una ventaja es que el viento se llevó el smog y la cordillera queda visible ahí atrás, hermosa. En la calle Carmen, a la vuelta de la Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez, está la casa que perteneció a los Parra. Una habitación era de Violeta, que se suicidó a los 49 años, en 1967. La casa entera fue una peña cultural y política muy activa en los años ’60 y sobre todo luego de 1970, cuando asumió el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. El sociólogo brasileño Theotonio dos Santos, entonces exiliado en Chile, era uno de los habitués de este lugar que recuerda como “muy bonito, muy agradable, con un contenido emocional muy fuerte”.

–¿Cantaban?
–Claro.

–¿Y tomaban?
–Por supuesto. Víctor Jara también estuvo acá. Con una presencia muy fuerte. Vine a Chile en 1966 como exiliado. Estuve dos años clandestino en Brasil. Como estaba condenado a 15 años de prisión, me pareció complicado escapar de la cárcel. Tenía un buen esquema clandestino en Polop, Política Operaria, donde nuestra presidenta Dilma Rousseff inició su militancia. Hicimos algunas tentativas contra la dictadura.

–¿Estabas en Chile cuando asume Allende en 1970?
–Desde 1966 hasta seis meses después del golpe. Estuve refugiado en la Embajada de Panamá, que era la última en tener guardias chilenas del lado de afuera. Un pequeño departamento de cien metros cuadrados con 350 personas. Nos numeramos todos y hacíamos turnos para sentarse. Nos sentábamos y nos parábamos por turno. Después presté mi casa a la embajada. Era más grande.

–¿Hicieron extraterritorial a tu casa?
–Sí. Después salimos los últimos nueve y montaron allí un centro de tortura. Yo iba a vender la casa, pero el gobierno la expropió. En Domingo Cañas. Hoy es un memorial en homenaje a los muertos y torturados.

–Muchos de los chilenos están sorprendidos y no tienen una explicación de por qué ahora proliferan los memoriales y además se habla del gobierno de Allende.
–El rol de la represión es el terror, porque no se puede reprimir a todos. Al final la dictadura mantuvo su presencia en el sistema de poder, incluso con el dictador como senador. El temor era la vuelta del golpe y eso generó un tremendo cuidado. Ese proceso lo vivimos en la década del ’80.

–¿Es por un cambio generacional?
–Una parte no vivió la dictadura y se siente más libre. Mucha gente hoy es más abierta, más relajada. En Brasil los exiliados volvimos en 1979 con la amnistía, pero aún había dictadura. Recién en 1989, cuatro años después del comienzo de la democracia y luego de la nueva Constitución, tuvimos elecciones directas.

–¿Qué análisis hacés hoy de Allende 1970-73?
–Edité un libro en Venezuela con artículos escritos y publicados en la revista Chile Hoy en esa época. Recogí todo eso. El proceso chileno fue un momento de un crecimiento popular y los dirigentes no tenían tanta claridad de hasta dónde se podía ir. Entre 1964 y 1970 el gobierno de Eduardo Frei llegó a un cierto nivel de reformas. La gente quería ir más lejos. Por eso no se podía producir un avance real sin tocar los intereses de los grandes capitalistas, y los grandes monopolios nacionales e internacionales. En el sector minero, por ejemplo, Allende hizo una nacionalización avanzada, tomando en cuenta las ganancias excepcionales. El punto es que nadie votó en contra. Ni la derecha ni la democracia cristiana. O sea que había una enorme presión moral masiva en favor de la medida. En el caso de la industria muchos capitalistas abandonaron sus empresas y los trabajadores descubrieron que podían regirlas. Se paga en Harvard para aprenderlo, pero hay gente que sabe hacerlo. Los japoneses, por caso, utilizaron la experiencia de sus propios sindicatos para dinamizar el circuito productivo de las fábricas.

–¿Y qué funcionó mal?
–La respuesta de la derecha se fue organizando también, para endurecerse. Sobre todo luego de que no funcionara el cerco económico, algo severo porque Chile depende incluso de importaciones para abastecerse de alimentos. A veces con menos productos atiendes a más gente si hay un proceso de distribución de ingresos, cosa que ocurrió. Pero lo que más sensibilizó fue la apertura de gestión y de participación, con grandes manifestaciones de masas y una extraordinaria alegría. El proceso ganaba cada vez más fuerza y eso generó la preparación del golpe.

–¿Lo conociste personalmente a Salvador Allende?
–Yo tenía mucha relación con Clodomiro Almeyda y otros compañeros de la dirección del Partido Socialista. Lo conocí a Allende, pero poco. Lo entrevistamos en la revista. Era un tipo simpático, pero muy de la generación de los ’‘30, con una postura muy formal. Con buena formación.

–Senador, tres veces candidato a presidente antes de ganar en la cuarta, como después sucedería con François Mitterrand y Lula...
–Con una gran facilidad de comunicación. La formalidad se entiende en su momento final. Avisó al pueblo chileno que no saldría vivo.

–De conversaciones con amigos de Allende uno puede sacar la conclusión de que el suicidio no fue una decisión del momento. Ya lo había resuelto antes.
–Mira, cuando se suicidó Getúlio Vargas, un amigo brasileño coincidió con Allende, que en 1954 era senador, en un viaje a China, y él le preguntó detalles.

–¿Estás hablando de Flavio Tavares, que era dirigente estudiantil y luego fue periodista?
–Exactamente. Cuando Vargas se suicidó, una revista publicó un artículo llamado “El suicidio como arma política”. El suicidio sería la demostración de que no hay posibilidad de acuerdo frente a la violencia de la derecha. Por eso la figura de Allende es y será cada vez más una expresión de alternativa frente a la derecha.

–¿No fue un suicidio romántico, en el sentido de que Allende decidió encarnarse en la Historia?
–El romanticismo es un instrumento de los pueblos. La burguesía en su fase revolucionaria fue romántica. Ahora no tiene mucho, porque tiene lo que quiere. La voluntad es un gran elemento del romanticismo. Se entrega a los pueblos la idea de que su lucha es una decisión definitiva.

–Estamos hablando de una personalidad sin cultura de la violencia.
–Bueno, en general las organizaciones populares y los trabajadores no recurren a la violencia, al contrario de la terrible violencia de las clases dominantes ante la posibilidad de perder mucho y la pelea por conservar lo que tiene. La clase trabajadora, en cambio, lucha por algo que pretende alcanzar. No tiene ese sentido patrimonial de los ricos, que naturalizan la pobreza y ven como normal defender el patrimonio y los valores propios. En Chile la derecha puede aparecer con cierto respeto por los instrumentos legales, pero en la realidad muy dura y muy violenta. “El golpe era necesario”, decían. “No somos brutos ni violentos.” Y explicaban con una pretendida racionalidad: “Tenemos que reaccionar ante la dictadura del proletariado”. Cuando Chile vivía en democracia, ¿no? Y no había un ejército frente al Ejército, aunque hubiera sectores que buscaran contar un poder de fuego propio. Luego las propias Fuerzas Armadas se comprometieron dentro de Chile y fuera del país para liquidar a cualquier militar que apareciera como una alternativa a su poder. Así fue el asesinato del general chileno Carlos Prats y del boliviano Juan José Torres.

–Dirigentes políticos y académicos aún dicen: “Theotonio fue profesor mío”. ¿De qué?
–Enseñaba una introducción a las ciencias sociales. Era gente muy joven. También dicté cursos de posgrado y muchas, muchísimas charlas. Los alumnos eran en general de muy buena calidad. Claro, el ambiente llevaba a la gente a buscar instrumentos para pensar, porque el proceso era muy desafiante.

–Sin que uno busque trasladar épocas, ¿cuál es el nivel de interés actual?
–Crece todo el tiempo. En los ’80 o ’90 el interés bajó. Parecía que para privatizar sólo había que conocer las técnicas. Desde el 2000 hay una inquietud creciente y vuelve el clima de querer saber más, de discutir, de debatir. Esta juventud actual, como ve una cierta derrota de la izquierda en períodos anteriores, se identifica con aspiraciones y al mismo tiempo tiene cierta idea de que necesita ir más lejos. Cuando digo más lejos me refiero a criticar lo que existe, a construir nuevos liderazgos... Y entonces estamos frente a personas que quieren construir su propia vida. Mi hija de 10 años me dijo: “Papi, déjame vivir mi vida”.

–¿Y tu respuesta?
–Que no es tan fácil, pero que tiene derecho.

–Al mismo tiempo, Theotonio, en Sudamérica vivimos el neoprogresismo, como dice Ignacio Ramonet.
–Hablamos de gobiernos de centroizquierda o más a la izquierda, como en el caso de Bolivia, Venezuela o Ecuador. Es parte del proceso de hacerse cargo. El riesgo es, después de un período de Estados corruptos y sin capacidad de regulación, adaptarse a las viejas formas y alentar el desinterés. Pero cuando eso ocurre las nuevas generaciones advierten falta de eficacia. Es clave reducir la distancia entre el aparato burocrático y la población, para que sea parte del proceso de innovación y de decisiones.

–No debe ser fácil en un país con la magnitud de Brasil, por ejemplo.
–Sí, pero hay elementos que facilitan políticas comunes. El 98 por ciento tiene televisión, un instrumento muy bien manejado por la derecha.

–Bien manejado, pero sin éxito político electoral.
–Claro, porque manejan tesis que no dan en la realidad. El riesgo, de cualquier manera, es que por ejemplo el PT gana, pero no tiene mayoría electoral propia y debe recurrir a partidos tradicionales. No son el viejo coronelismo sino clase media o profesionales que ganan prestigio como para dirigir a la población. Sin embargo, son patrimonialistas con el Estado. La izquierda no logró crear una mayoría suficientemente organizada y activa para sostener un proceso de transformación más radical. Si sólo rascás el sistema, vas a terminar perdiendo autoridad.

–Rascando no ganás mientras tanto mayor legitimidad popular.
–El sector miserable de Brasil, de menos de 100 dólares de ingreso por mes, tuvo un gran cambio por la política de becas. Representaron 40 millones. Este sector primero está agradecido por ese cambio y entonces aparece la derecha y quiere tentarlo. Pero no cuaja. Ahora, cuando ya tenés comida mínima y compraste heladera querés más. Entre los obreros hubo una mejoría del sueldo mínimo. Se sienten gratificados por los cambios y forman una nueva clase media con trabajadores calificados. Son otros 40 millones. Los 80 millones totales crean una mayoría que vivió un mejoramiento importante. Atención, eso sí, a las deudas personales de quienes están contentos y quieren más. Quieren un mejor sistema de transporte o un sistema de salud que los atiendan. Por eso la exigencia de mayores servicios sociales. En Brasil las manifestaciones de junio comenzaron protestando por la tarifa de transporte, pero siguieron con la salud.

–¿Cuál es la recepción de los brasileños ante el programa de llegada de médicos cubanos?
–Nuestra academia forma elites corporativas que se reproducen para esa misma élite. Los médicos en Brasil, bajo la influencia de ese sistema, forman especialistas sin que quieran atender los problemas del grueso de la población, de situaciones muy inmediatas, que dependen de prevención y de aspectos sanitarios. No formamos médicos para esto. Los cubanos se especializaron sobre todo desde el ‘80 en formar clínicos generales para prevenir y para atender necesidades inmediatas. Como quieren ganar dinero no quieren ir a trabajar donde viven sectores populares. Los cubanos ya atienden a 70 países, no sólo sobre la base de la formación sino de la innovación en biotecnología. Es un gran tema: en los Estados Unidos la derecha más conservadora paralizó la actividad del gobierno en protesta por los intentos de reforma, incluso leve, de la política de salud pública. Resulta que el Estado existe para atender necesidades de la gente y no sólo para desviar recursos hacia el uno por ciento que vive a costa del resto, ¿no es cierto? El corporativismo es corriente incluso entre gente de izquierda, del mismo modo que generó irritación entre sectores de clase media que sectores pobres pudieran vivir en construcciones bonitas diseñadas por Oscar Niemeyer, que eran baratas porque se basaban en un sistema industrial. El problema es que a veces una parte de las franjas medias no sólo quiere consumir más sino que quiere una base institucional que le garantice lo que consiguió. Un texto de Trotsky sobre la Revolución Rusa dice que las revoluciones son conservadoras. Cuando la gente avanzó y siente que va a perder lo que consiguió, tiende a ser más conservadora. Al mismo tiempo, la gente busca instrumentos para garantizar el avance logrado. Por eso los choques en el sistema representativo. Porque en medio de las elecciones no hay mecanismos suficientes de participación.

–En 2009 le pedí a Eric Hobsbawm, al final de una entrevista, que me recomendara dos libros. Primero mencionó El 18 Brumario, de Carlos Marx. Luego Anna Karenina, de Leon Tolstoi.
–Yo empiezo con un libro que no es fácil de leer, pero vale la pena: El Capital, de Carlos Marx. Abre horizontes. Y si vamos a un plano literario diría que Guerra y paz, de Leon Tolstoi, es muy importante porque da una dimensión de la grandiosidad del proceso histórico. Es clave tener la noción de que la subjetividad humana es parte de un universo que la trasciende y la incluye.