viernes, 18 de enero de 2013

Estancamiento y progreso del marxismo



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Hablando en acto de masas en Stuttgart 1907
por Rosa Luxemburgo
(Este artículo fue escrito en 1903)


Recién cuando la clase trabajadora se haya liberado de sus condiciones actuales de existencia, el método de investigación marxista será socializado junto con todos los demás medios de producción para utilizarlo en beneficio de la humanidad y para poder desarrollarlo en toda su capacidad.
(Este artículo fue escrito en 1903, veinte años después de la muerte de Marx. Aquí Rosa trata un problema que a menudo se discute hoy, sobre todo en los círculos intelectuales: ¿es la doctrina marxista algo tan rígido y dogmático que no deja margen para la creatividad Intelectual?
Su respuesta es un no enfático. Demuestra que si en los últimos veinte años del siglo XIX hubo pocos aportes a la teoría marxista fuera de los escritos de Engels, ello no se debía a que el marxismo estaba perimido o era incapaz de seguir avanzando. Por el contrario; es que la lucha de clases no había llegado al punto de crear nuevos problemas prácticos que exigieran sus correspondientes avances teóricos. “Marx, en su creación científica, nos ha sacado distancia como partido de luchadores. No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades. Por el contrario, nuestras necesidades todavía no se adecúan a la utilización de las ideas de Marx.”
Su confianza en que las propias necesidades  de la lucha provocarían el surgimiento de marxistas capaces de elaborar y desarrollar la teoría revolucionaria se vio confirmada en poco tiempo. En los años turbulentos de las dos primeras décadas de este siglo aparecieron los aportes teóricos necesarios para garantizar el triunfo de la Revolución Rusa, como las teorías de Lenin sobre el partido, la cuestión nacional y el derecho de las naciones a la autodeterminación, y la teoría de la revolución permanente de Trotsky.
“Estancamiento y progreso del marxismo” apareció en Karl Marx: Thinker and Revolutionist Karl Marx: Pensador y Revolucionario), simposio recopilado por D. Riazanov (New York, International Publishers, 1927). La presente versión es de la traducción al inglés de Eden y Cedar Paul.)
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En su argumentación, superficial pero a ratos interesante, titulada Die soziale Bewegung in Frankreich und Belgien [El movimiento socialista en Francia y Bélgica] Karl Grün señala con acierto que las teorías de Fourier y Saint-Simon afectaron de manera muy diversa a sus respectivos partidarios. Saint-Simón fue el antepasado espiritual de toda una generación de brillantes escritores e investigadores de distintos campos de la actividad intelectual; los seguidores de Fourier se limitaron a repetir como loros las palabras de su maestro, incapaces de desarrollar sus enseñanzas. La explicación de Grün es que Fourier entregó al mundo un sistema, acabado, en todos sus detalles, mientras que Saint-Simon  entregó a sus discípulos un saco lleno de grandes ideas. Aunque me parece que Grün presta poca atención a la diferencia profunda, esencial entre las teorías de estos dos clásicos del socialismo utópico, pienso que su comentario es acertado. No cabe duda de que un sistema de ideas esbozado en sus rasgos más generales resulta mucho más estimulante que una estructura acabada y simétrica que no deja nada que agregar ni ofrece terreno para los esfuerzos independientes de una mente activa.
¿Explica esto el estancamiento de la doctrina marxista que se ha visto durante varios años? Es un hecho que —aparte de uno o dos aportes teóricos que señalan un avance— desde el último tomo de El capital y los últimos escritos de Engels no han aparecido más que unas cuantas popularizaciones y explicaciones excelentes de la teoría marxista. La esencia de la teoría quedó donde la dejaron los dos fundadores del socialismo científico.
¿Se debe ello a que el sistema marxista ha impuesto un marco demasiado rígido a las actividades intelectuales? Es innegable que Marx ha ejercido una influencia un tanto restrictiva sobre el libre desarrollo teórico de muchos de sus discípulos. ¡Tanto Marx como Engels se vieron obligados a negar toda responsabilidad  por las perogrulladas de muchos autotitulados marxistas! Los escrupulosos esfuerzos dirigidos a mantenerse “dentro de los límites del marxismo” han resultado tan desastrosos para la integridad del proceso intelectual como el otro extremo, que repudia totalmente el enfoque marxista y manifiesta la “independencia de pensamiento a toda costa”.
Pero es sólo en el terreno económico que podemos hablar de un cuerpo más o menos acabado de doctrinas legadas por Marx. La más valiosa de sus enseñanzas, la concepción materialista dialéctica de la historia, no se nos presenta sino como un método de investigación, unos cuantos pensamientos geniales que nos permiten entrever un mundo totalmente nuevo, que nos abren perspectivas infinitas para el pensamiento independiente, que le dan a nuestro espíritu alas para volar audazmente hacia regiones inexploradas.
Sin embargo, incluso en este terreno la herencia marxista, salvo pocas excepciones, no ha sido aprovechada. Esta arma nueva y espléndida se herrumbra por falta de uso; la teoría del materialismo histórico está tan incompleta y fragmentaria como nos la dejaron sus creadores cuando la formularon por primera vez.
No puede afirmarse, pues, que la rigidez y el acabado de la estructura marxista sean la explicación de que sus herederos no hayan proseguido la edificación.
Se nos suele decir que nuestro movimiento carece de personas de talento capaces de elaborar las teorías de Marx. Esa carencia es de larga data; pero la carencia en sí exige una explicación, y no puede plantearse como respuesta al interrogante fundamental. Debemos recordar que cada época forma su propio material humano; que si un periodo realmente exige exponentes teóricos, el periodo mismo  creará las fuerzas necesarias para la satisfacción de esa exigencia.
¿Existe una verdadera necesidad, una real demanda de mayor elaboración de la teoría marxista?
En un artículo acerca de la controversia  entre las escuelas marxista y jevonsiana en Inglaterra, Bernard Shaw, por afirmar que el  primer tomo de  El capital  le permitió un entendimiento total del marxismo, y que no había lagunas en la teoría marxista, a pesar de que Federico Engels, en su prefacio al segundo tomo de El capital, dijo que el primer tomo, con la teoría del valor, había dejado sin solución un problema económico fundamental, solución que no aparecería hasta la publicación del tercer tomo. Shaw realmente logró que Hyndman quedara un poco en ridículo, aunque Hyndman podría consolarse pensando que prácticamente todo el mundo socialista está en la misma situación.
El tercer tomo de El capital, con la solución del problema de la tasa de ganancia (el problema fundamental de la economía marxista) apareció recién en 1894. Pero en Alemania, como en otros países, se había utilizado para la agitación el material incompleto del primer tomo, la doctrina marxista se había popularizado y había encontrado aceptación sobre la base de este único tomo; la teoría marxista incompleta había obtenido un éxito fenomenal; nadie había advertido que había una laguna en la enseñanza.
Además, cuando el tercer tomo vio la luz, aunque llamó un poco la atención en los círculos cerrados de los expertos y suscitó algunos comentarios, en lo que concierne al movimiento socialista en su conjunto el nuevo volumen casi no impresionó en las grandes regiones donde las ideas expuestas en el primero se habían impuesto.  Las conclusiones teóricas del tercer tomo no provocaron intento alguno de popularizarlas, ni lograron amplia difusión. Por el contrario, entre los mismos socialdemócratas solemos sentir los ecos de la “desilusión” que tanto expresan los economistas burgueses con respecto al tercer volumen de El capital;  estos socialdemócratas demuestran así hasta qué punto habían aceptado la exposición “incompleta” de la ley del valor del primer tomo.

¿Cómo explicar tan notable fenómeno?
Shaw, quien (para usar su propia expresión) gusta de “reírse disimuladamente” de los demás, tiene un buen motivo para burlarse de todo el movimiento socialista, ¡en la medida en que se basa en Marx! Pero, de hacerlo, se “reiría solapadamente” de una manifestación muy seria de nuestra vida social. La extraña suerte de los tomos segundo y tercero de El capital  es prueba terminante del destino general  de la investigación  teórica en nuestro movimiento.
Desde el punto de vista científico, hay que considerar que el tercer tomo de El capital completa la crítica de Marx al capitalismo. Sin este tercer volumen no podemos comprender la ley que rige la tasa de ganancia; ni la división de la plusvalía en ganancia, interés y renta; ni la aplicación de la ley del valor al campo de la competencia. Pero, y esto es lo principal, todos estos problemas, por importantes que sean para la teoría pura, son relativamente poco importantes desde el punto de vista de la lucha de clases. En lo que a ésta concierne, el problema teórico fundamental es el origen de la plusvalía, o sea la explicación científica de la explotación, junto con la dilucidación de la tendencia hacia la socialización del proceso de producción, es decir, la explicación científica de las bases objetivas de la revolución socialista.
Ambos problemas encuentran solución en el primer tomo de El capital, que deduce que la “expropiación de los expropiadores” es  el resultado inevitable y definitivo de la producción de plusvalía y de la concentración progresiva del capital. Con ello queda satisfecha, en cuanto a teoría, la necesidad esencial del movimiento obrero. Los obreros, partícipes activos en la lucha de clases, no tienen un interés directo en la forma en que la plusvalía se distribuye entre los distintos grupos de explotadores; o cómo, en el curso de esta distribución, la competencia provoca ajustes en el proceso de producción.
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Foto: Rebelión espartaquista
Es por eso que, para la generalidad de los socialistas, el tercer tomo de El capital sigue siendo un libro cerrado.
Pero en nuestro movimiento lo que vale para la doctrina económica de Marx vale para la investigación teórica en general. Es totalmente ilusorio pensar que la clase obrera, que lucha por elevarse, puede adquirir por su cuenta gran capacidad creadora en el dominio de la teoría. Es cierto que, como dijo Engels, hoy sólo la clase obrera ha conservado interés 114 por la teoría y la comprende. La sed de conocimientos que demuestra la clase obrera es una de las manifestaciones culturales más notables de la lucha de clases contemporánea. En un sentido moral, la lucha de la clase obrera es también un índice de la renovación cultural de la sociedad.

Pero la participación activa de los trabajadores en el avance de la ciencia está sujeta al cumplimiento de condiciones sociales muy bien definidas.
En toda sociedad de clases, la cultura intelectual (arte y ciencia) es una creación de la clase dominante; y el objetivo de esta cultura es en parte asegurar la satisfacción directa de las necesidades del proceso social, y en parte satisfacer las necesidades intelectuales de la clase gobernante.
En la historia de luchas de clase anteriores, la clase aspirante al poder (como el Tercer Estado en tiempos recientes) podía anticipar su dominio político instaurando un dominio intelectual, en la medida en que, siendo una clase dominada, podía instaurar una nueva ciencia y un nuevo arte contra la cultura obsoleta del periodo decadente.
El proletariado se halla en situación muy distinta. En tanto que clase no poseedora, no puede crear espontáneamente en el curso de su lucha una cultura intelectual propia, a la vez que permanece en el marco de la sociedad burguesa. Dentro de dicha sociedad, mientras existan sus bases económicas, no puede haber otra cultura que la cultura burguesa.
Aunque ciertos profesores “socialistas” proclamen que el hecho de que los proletarios vistan corbata, utilicen tarjeta y manejen bicicletas son instancias notables de la participación en el progreso cultural, la clase obrera en cuanto tal permanece fuera de la cultura contemporánea. A pesar de que los obreros crean con sus manos el sustrato social de esta cultura, sólo tienen acceso a la misma en la medida en que dicho acceso sirve a la realización satisfactoria de sus funciones en el proceso económico y social de la sociedad capitalista.
La clase obrera no estará en condiciones de crear una ciencia y un arte propios hasta que se haya emancipado de su situación actual como clase.
Lo  más  que  puede  hacer  hoy  es  salvar  a  la  cultura  burguesa  del  vandalismo  de  la reacción burguesa y crear las condiciones sociales que son requisitos para un desarrollo libre de la cultura. Incluso dentro de estos límites, los obreros, dentro de la sociedad actual, pueden avanzar sólo en la medida en que creen las armas intelectuales que necesitan en la lucha por su liberación.
Pero esta reserva le impone a la clase obrera (mejor dicho, a los dirigentes intelectuales de la clase obrera) márgenes muy estrechos en el campo de la actividad intelectual. Toda su energía creadora está relegada a una rama específica de la ciencia, la ciencia social. Porque, en tanto que “gracias a la vinculación peculiar de la idea del Cuarto Estado con nuestra época 115 histórica”, el esclarecimiento relativo a las leyes del desarrollo social se ha vuelto esencial para los obreros en la lucha de clases, esta vinculación ha dado buenos frutos en la ciencia social y el monumento a la cultura proletaria de nuestro tiempo es… la doctrina marxista.
Pero la creación de Marx, que como hazaña científica es una totalidad gigantesca, trasciende las meras exigencias de la lucha del proletariado para cuyos fines fue creada. Tanto en su análisis detallado y exhaustivo de la economía capitalista, como en su método de investigación histórica con su infinito campo de aplicación, Marx nos ha dejado mucho más de lo que resulta directamente esencial para la realización práctica de la lucha de clases.
Sólo en la proporción en que nuestro movimiento avanza y exige la solución de nuevos problemas prácticos nos internamos en el tesoro del pensamiento de Marx para extraer y utilizar nuevos fragmentos de su doctrina. Pero como nuestro movimiento, como todas las empresas de la vida real, tiende a  seguir las viejas rutinas del pensamiento, y aferrarse a principios que han dejado de ser válidos, la utilización teórica del sistema marxista avanza muy lentamente.
Si, pues, detectamos un estancamiento en nuestro movimiento en lo que hace a todas estas cuestiones teóricas, ello no se debe a que la teoría marxista sobre la cual descansan sea incapaz de desarrollarse o esté perimida. Por  el contrario, se debe a que aún no hemos aprendido a utilizar correctamente las armas intelectuales más importantes que extrajimos del arsenal marxista en virtud de nuestras necesidades apremiantes en las primeras etapas de nuestra lucha. No es cierto que, en lo que hace a nuestra lucha práctica, Marx esté perimido o lo hayamos superado. Por el contrario, Marx, en su creación científica, nos ha sacado distancia como partido de luchadores. No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades. Por el contrario, nuestras necesidades todavía no se adecúan a la utilización de las ideas de Marx.
Así, las condiciones sociales de la existencia proletaria en la sociedad contemporánea, condiciones desentrañadas por primera vez por Marx, se desquitan con la suerte que le imponen a la propia teoría marxista. Aunque esa teoría es un instrumento sin igual para la cultura intelectual no se la utiliza porque, imposible de aplicar a la cultura burguesa, trasciende enormemente las necesidades de la clase obrera en materia de armas para la lucha diaria. Recién cuando la clase obrera se haya liberado de sus condiciones actuales de existencia, el método de investigación marxista será socializado junto con todos los demás medios de producción para utilizarlo en beneficio de la humanidad en su conjunto y para poder desarrollarlo en toda su capacidad funcional.

Chile: El financiamiento de la CIA a la Democracia Cristiana y su crucial papel en el golpe de 1973


Lunes, 14 de Enero de 2013 00:00 Paul Walder - Clarín

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Seguir la historia chilena contemporánea es como ingresar en un territorio oscuro, cerrado; se repiten los personajes y la trama se acerca a la tragedia. La historia de Chile de los últimos cincuenta años tiene, como las grandes tragedias, un sentido oculto, incluso más duro y cruel que el dolor y la sangre que baña la superficie.

La historia contemporánea, y por extensión la pasada, no responde exclusivamente a la historiografía ortodoxa ni a la agenda política. Eso es la apariencia. Como también lo es el hecho de contar con una historia propia, de nación independiente, soberana. Los grandes acontecimientos políticos de los últimos cincuenta años no fueron gestados sólo en Chile, como sí lo fue el crecimiento del movimiento social en busca de la justicia y libertad. Una fuerza oscura y silente, en la más completa extensión de estas palabras, se orquestó en Washington para impulsar en este rincón del mundo la peor tragedia de su corta historia.

La trama, escrita desde la Casa Blanca a inicios de la década de los 60 del siglo pasado, tuvo como objetivo frenar los procesos sociales en Chile y el ascenso de las fuerzas de Izquierda. Una estrategia puesta en marcha por Estados Unidos a través de diversos mecanismos, desde el adoctrinamiento militar e ideológico en la Escuela de las Américas al financiamiento de gremios empresariales, medios de comunicación y partidos políticos. En este punto, destaca el papel fundamental que jugó la Democracia Cristiana.

Esta es la línea de investigación del último libro del historiador Luis Corvalán Marquez, La secreta obscenidad de la historia de Chile contemporáneo, publicado por Ceibo Editores. El relato se inicia en los albores de los años sesenta, para terminar poco más de una década después.

La investigación de Corvalán Marquez está documentada, entre otros registros, por el informe de la comisión del Senado norteamericano que presidió Frank Church, sobre las actividades de la CIA en Chile. Una trama protagonizada por el mismo presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, el entonces director de la CIA, Richard Helms, y el secretario de Estado, Henry Kissinger. En años de guerra fría, la llegada al poder a través de elecciones de un gobierno de Izquierda anticapitalista en Sudamérica justificó todos los medios para eliminarlo: desde el financiamiento de partidos opositores, medios de comunicación, activistas de derecha, gremios, y claro está, las bien adiestradas fuerzas armadas.

Aun cuando la intervención de la CIA en Latinoamérica ya era muy activa, el caso chileno tiene especial relevancia. Era un proyecto socialista que surgía desde las urnas y se desarrolla acotado a la institucionalidad. Esto es precisamente lo que no tolera Washington: que Allende se convierta en un modelo latinoamericano y mundial. Washington, dice Corvalán Marquez, consideró que el eventual triunfo de la Izquierda en Chile cambiaría la correlación de fuerzas en el continente, estimulando procesos análogos, contribuyendo a que EE.UU. perdiera su hegemonía en la región. Para impedirlo, el gobierno norteamericano redobló su intervención en los asuntos chilenos. Dice el Informe Church que la CIA “financió actividades que cubrían un espectro amplio, desde la simple manipulación propagandística de la prensa hasta el financiamiento en gran escala de partidos políticos chilenos; desde sondeos de la opinión pública hasta intentos directos de fomentar un golpe de Estado”.

El proyecto reformista del PDC fue clave para los intereses estadounidenses, lo que está documentado en los tempranos vínculos entre el partido chileno y la CIA, que se profundizan durante los años siguientes hasta consumarse el plan B, que fue el golpe de Estado.

Aun cuando no está registrada la colaboración directa de la CIA en la salida neoliberal-binominal de la dictadura de Pinochet, hay numerosos antecedentes para afirmar que fue también articulada en Estados Unidos. Si el PDC, con Patricio Aylwin a la cabeza fue crucial para impulsar el golpe de 1973, hacia finales de los 80 el mismo Aylwin, representando al reformismo conservador, dirigió la transición neoliberal que mantuvo el modelo y la Constitución de Pinochet.

La DC apoyó el terrorismo de Estado

Los líderes de la Democracia Cristiana han levantado en estos días, como gran bandera moral, su rechazo a la violencia “venga de donde venga”, y su respeto por los derechos humanos. Desde los albores del gobierno de Eduardo Frei Montalva, el doble rasero DC se hizo evidente: en 1966 ese gobierno masacró a los mineros del yacimiento de cobre de El Salvador y poco después, en 1969, a los pobladores de Pampa Irigoin, en Puerto Montt.

El posterior apoyo DC a la conspiración, al golpe militar y al terrorismo de Estado es otra tremenda contradicción. Patricio Aylwin y los líderes de entonces proporcionaron cuadros técnicos a la dictadura, entre ellos Juan Villarzú y Alvaro Bardón, y sólo restaron su apoyo, dice el historiador Corvalán Marquez, cuando fue evidente que Pinochet no convocaría a elecciones.

“Lo que la directiva del PDC intentó luego del golpe, escribe Corvalán Marquez, no fue otra cosa que disputarle a la extrema derecha el ascendiente sobre los uniformados, buscando cooptarlos y hacerlos funcionales a sus propios fines”. Es cierto que este proceso tiene matices, como también lo tiene este partido con líderes no sólo impactados ante las violaciones a los derechos humanos, sino también víctimas del terrorismo de Estado, como Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno, o valientes defensores de los perseguidos, como Andrés Aylwin.
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Otra clara muestra de la insensibilidad democratacristiana ante las violaciones de los derechos humanos fue, más tarde, el apoyo de algunos de sus militantes, como Gutenberg Martínez, al gobierno terrorista de Napoleón Duarte en El Salvador. Hace poco, Ismael Llona escribió que “entre 1984 y 1989, los amigos de Gutenberg apoyaron a este gobierno e incluso lo asesoraron. El gobierno de Napoleón Duarte atropelló sistemáticamente los derechos humanos”.

Un proceso que se remonta hasta hoy. Recientemente, la Democracia Cristiana con los votos de los senadores Soledad Alvear y Patricio Walker aprobó el ascenso del juez Juan Manuel Muñoz a la Corte Suprema. Durante su carrera, este magistrado rechazó investigar crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar. “En política, dijo el presidente del PDC, hay que saber hacer negociaciones”.

Lo más lamentable es la mesura y cortesía del Partido Comunista al referirse a exabruptos anticubanos, antivenezolanos y anticomunistas de la DC y de parlamentarios como Patricio Walker. El pacto Concertación-PC que se está cocinando, debería tener al menos una ética elemental: respetar la historia y la verdad.

LOS ALBORES DE LOS 60

El paradigma reformista requería de los vínculos con el PDC, los que se inician, según el Informe Church, hacia comienzos de la década de los 60, cuando EE.UU. empezó a hacer importantes aportes financieros al partido chileno. El año 1962, dice el Informe, “el Grupo Especial aprobó 50.000 dólares para fortalecer al PDC”. Agrega que “el 27 de agosto del mismo año, el Grupo Especial aprobó el uso de un canal de financiamiento a través de un tercer país, presupuestando ciento ochenta mil dólares para los democratacristianos chilenos durante 1963 (…) La elección presidencial de 1964 -dice el Informe- fue el principal ejemplo de un proyecto electoral de gran envergadura. La CIA gastó más de dos millones seiscientos mil dólares en apoyar la elección del candidato democratacristiano (Eduardo Frei Montalva, N. de PF), en parte para impedir el ascenso al poder del marxista Salvador Allende”.

Además del apoyo brindado a los partidos políticos -continúa el Informe-, la CIA montó una masiva campaña de propaganda anticomunista. Fue una “campaña del terror, -afirma-, que hizo abundante uso de imágenes de tanques soviéticos y pelotones de fusilamiento cubanos, y que estuvo dirigida especialmente a la mujer”. Durante la tercera semana de junio de 1964, un grupo financiado por la CIA producía diariamente veinte spots radiales para Santiago y 44 para estaciones de provincia, además de programas noticiosos de doce minutos de duración -cinco veces al día- en tres radios de Santiago y 24 de provincia.

DIPUTADOS FINANCIADOS POR LA CIA

El Informe Church es elocuente sobre esta materia. En febrero de 1965 -dice- el Comité 303 aprobó 175.000 dólares “para un proyecto de acción política de corto plazo, orientado a brindar apoyo clandestino a candidatos preseleccionados que participarían en las elecciones parlamentarias chilenas de marzo de 1965. Según la CIA, veintidós candidatos fueron seleccionados por la oficina local de la CIA y el embajador; de ellos, nueve fueron elegidos”. Hacia 1970, agrega el Informe, la CIA había gastado en total casi dos millones de dólares en operaciones secretas en Chile.

La campaña presidencial de 1970 tuvo ciertas diferencias para la CIA. Esta vez decidió no apoyar a ningún candidato en particular, en tanto centró sus esfuerzos en desprestigiar la candidatura de Salvador Allende. Tal cosa debía llevarse a la práctica a través de lo que la Agencia denominó “una campaña de sabotaje”. En total, “la Agencia gastó de ochocientos mil a un millón de dólares en acciones clandestinas para influir en el resultado de la elección presidencial de 1970”.

“La campaña del terror -dice el Informe-, contribuyó a la polarización política y al pánico financiero posterior al 4 de septiembre. Temas que se habían desarrollado para la campaña electoral recién concluida –agrega- fueron explotados por la CIA con más intensidad durante las semanas posteriores al 4 de septiembre, en un esfuerzo por causar pánico financiero e inestabilidad política suficientes para provocar que, en función del golpe, se movilizara el presidente Frei o los militares chilenos”.

EL TRIUNFO DE ALLENDE Y EL PLAN DE NIXON

El 15 de septiembre de 1970 se celebró en la Casa Blanca una reunión en la que participó el presidente Nixon, el asesor para asuntos de Seguridad, Henry Kissinger, el director de la CIA, Richard Helms y el procurador general John Mitchel. En ella el presidente planteó que “un gobierno de Allende en Chile no era aceptable para EE.UU.”. Con este predicamento procedió a ordenar a la CIA que tomara medidas para impedir que Allende accediera al poder. “No importan los riesgos involucrados -dijo-; diez millones de dólares disponibles, más si es necesario; trabajo a tiempo completo de los mejores hombres que tengamos; plan de acción: hacer que la economía chilena aúlle; 48 horas para el plan de acción”, ordenó Nixon.

El plan de Estados Unidos contaba con el apoyo de las ideologizadas fuerzas armadas y de los medios de comunicación, principalmente El Mercurio, al que le entregó más de un millón y medio de dólares. Pero el papel del PDC fue fundamental.

“Este partido, argumenta el historiador Corvalán, podría haber jugado durante la UP el rol de un verdadero centro, como muchos de sus integrantes lo intentaron. No obstante, la colectividad terminaría plegándose a la polarizadora política norteamericana. ¿Debido a qué? En medida importante al gran peso de su sector conservador, que finalmente pasará a controlar el partido, todo ello correlacionado con la radicalización de su base social, en gran parte clases medias, derivada del inducido deterioro económico del país y de la campaña del terror”.

La campaña -señala el Informe Church- fue de enormes proporciones. Ocho millones de dólares se gastaron en los tres años que van desde la elección de 1970 hasta el golpe militar de septiembre de 1973. Se entregó dinero a los medios de comunicación, a partidos políticos de la oposición y, en cantidades más limitadas, a gremios del sector privado.

Los aportes que EE.UU. hiciera a los opositores no se repartieron por igual. Beneficiaron principalmente al Partido Demócrata Cristiano y al Partido Nacional, en ese orden. Los documentos norteamericanos desclasificados, así como también el Informe Church, son categóricos al respecto, dice Corvalán Marquez. Durante el gobierno del presidente Allende, EE.UU. continuó proporcionando enorme apoyo financiero al PDC, que excedía al que entregaba a los otros partidos, respaldo que ahora “ya no buscaba potenciar una alternativa modernizadora frente a la revolución cubana y que impidiera un triunfo electoral de la Izquierda, como en la década anterior, sino el derrocamiento de Salvador Allende”.

Si el PDC llegaba a algún tipo de entendimiento con el presidente Allende sería muy difícil la implementación del golpe que buscaba EE.UU., pues en ese caso las fuerzas golpistas quedarían aisladas, como sucedió luego del 4 de septiembre de 1970 y todavía durante 1971, afirma el historiador. Si el PDC se plegaba al golpe -como a la larga terminó ocurriendo-, todo se allanaría. Esto explica por qué la potencia del norte consideraba que este partido era una de las “fuerzas internas” más importantes a los efectos de provocar el derrocamiento de Allende.

El apoyo financiero que la CIA entregara al PDC, en todo caso, se canalizó hacia su ala más conservadora. El Informe Church lo confirma cuando se refiere a la resolución que el 8 de septiembre de 1970 tomara el Comité 40 aprobando un fondo de 250.000 dólares para que, con el fin de impedir el ascenso de Allende, “Frei y su equipo de confianza lo utilizara”. Bien sabemos que la orientación anticomunista y antiizquierdista que caracterizaba a ese sector no era, sin embargo, compartida por otros segmentos de la colectividad, como la encabezada por Renán Fuentealba.

DOLARES Y RADIOS PARA UN PDC GOLPISTA

El PDC distó mucho de jugar el rol de un verdadero centro político, afirma Corvalán, es decir, el rol de fuerza abierta a la negociación y al acuerdo. Por el contrario, convergiendo con una extrema derecha que había retomado sus tradiciones golpistas, cumplió una acentuada función polarizadora. Fue así como en 1971 comenzó a apoyar los paros gremiales. Luego, en diciembre de ese año, participó con el PN y el Frente Nacionalista Patria y Libertad en la llamada “marcha de las cacerolas vacías”.

“A comienzos de 1971 -sostiene el Informe- fondos de la CIA permitieron que el PDC y PN compraran sus propias estaciones de radio y diarios”, precisamente por cuanto serían los mensajes comunicacionales los que debían sembrar un estado de anormalidad sicológica en la población, generando, a través de las campañas del terror, miedos irracionales al “totalitarismo marxista”.

Para el periodo 70-73, el Informe Church registra periódicas entregas de dinero al PDC por parte de la CIA. Un detalle es el siguiente: “13 de noviembre (de 1970): el Comité 40 aprueba 25.000 dólares para apoyar candidatos de la Democracia Cristiana; el 22 de marzo (de 1971): el Comité 40 aprueba 185.000 dólares adicionales para apoyar al Partido Demócrata Cristiano; el 10 de mayo (1971): el Comité 40 aprueba 77.000 dólares para la compra de una imprenta para el diario del Partido Demócrata Cristiano. La imprenta no se compra -añade el Informe- y los fondos son utilizados para apoyar el diario; el 26 de mayo (1971): el Comité 40 aprueba 100.000 dólares para ayuda de emergencia que permita al Partido Demócrata Cristiano pagar deudas de corto plazo”.

Con los compromisos adquiridos por el PDC con la CIA los eventos tomaron una sola dirección. Así, el llamado al diálogo que hiciera Salvador Allende el 1º de mayo cayó en el vacío. Tanto o más cuando el 3 de ese mes el sector conservador de la DC asumiera el control formal del partido, cuya presidencia quedó en manos de Patricio Aylwin, quien se caracterizaba por su incondicionalidad al ex presidente Frei. El 5 de julio cayeron las máscaras, cuando Aylwin hizo una declaración en la que afirmó que “la mejor garantía para el restablecimiento de la normalidad democrática (era) la incorporación institucional de las Fuerzas Armadas al gobierno, con poderes efectivos para realizar las rectificaciones…”.

Luis Corvalán Marquez, en un texto titulado “La crisis de la dictadura y la mano de EE.UU. en la imposición de un recambio neoliberal” retoma, a partir de la mitad de los 80, la presión de Estados Unidos sobre la política chilena. Como el Departamento de Estado negocia el fin de la dictadura, acude a las mismas figuras que usó para sacar a Allende. El PDC vuelve a ser funcional a EE.UU., es el comodín contra la Izquierda y contra una dictadura que ya estaba obstaculizando el desarrollo del modelo neoliberal.

A partir de entonces, la historia es más cercana pero igualmente oscura. Aun cuando hay tantos antecedentes sobre los vínculos entre Estados Unidos y la oposición de entonces, mantenemos nuestra perplejidad al observar el giro que dio la Concertación, al apoyar las privatizaciones, la desregulación de los mercados, al abrazar el modelo neoliberal y la Constitución de 1980. En los múltiples trabajos e investigaciones sobre esa época, aún no hay una respuesta clara de la elite de la Concertación que explique este giro, que tiene características de traición. Al leer el texto de Corvalán, tal vez podamos concluir que las relaciones del PDC con EE.UU. y la CIA hacen de aquella voltereta algo innombrable.

PAUL WALDER

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 774, 11 de enero, 2013


Chile: Responsabilidad de civiles en el Golpe

Martes, 15 de Enero de 2013 00:00 Alvaro Cuadra*- Clarín
 
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Pocas veces se ha advertido la tremenda responsabilidad de los civiles en el golpe de estado de 1973. La dictadura chilena, finalmente, tuvo en carácter cívico – militar. Si bien Augusto Pinochet fue el rostro visible de la conspiración para instalar en nuestro país una atroz dictadura que costó miles de torturados y asesinados, se olvida que hubo muchos políticos de derechas que prepararon el camino y, más tarde, sirvieron como sostenedores y funcionarios del régimen. Basta examinar la prensa de la época para constatar que prominentes políticos de la CODE, la alianza de la derecha integrada por el Partido Nacional y la Democracia Cristiana, llamaban abiertamente a la intervención militar.

Durante el mes diciembre del año 2012, los abogados Eduardo Contreras Mella y Alfonso Insunza Bascuñan han presentado una querella criminal, inédita en la justicia chilena, en representación de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) y de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP) por delitos de lesa humanidad cometidos por uniformados y civiles, con una clara complicidad de la prensa de la época. De hecho, todos los informes sobre derechos humanos y algunos fallos judiciales precedentes han establecido que en Chile, en efecto, hubo cientos de detenidos, miles de ejecutados de manera ilegal, torturados, violados y violadas y hechos prisioneros sin juicio alguno.

Una importante fuente en torno a la participación de civiles, chilenos y extranjeros, en la conspiración que culminó con la dictadura de Pinochet, lo constituye el informe del senado norteamericano llamado Informe Church (1975) que establece con meridiana claridad la intervención de la CIA y los pagos a personeros de la política, las fuerzas armadas y la prensa en suelo chileno con el propósito de derrocar al gobierno constitucional del presidente Salvador Allende. De acuerdo a dicho informe, la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos invirtió ocho millones de dólares durante el periodo 1970 – 1973, financiando al diario de Agustín Edwards “El Mercurio” y al poderoso gremio de los camioneros para sostener una prolongada huelga durante 1972.

Hasta el presente, la justicia chilena ha acogido de manera débil y parcial las querellas presentadas contra personeros civiles responsables como autores o cómplices de graves delitos cometidos antes, durante y después del golpe de estado. De hecho, la querella presentada por los abogados Contreras e Insunza todavía no llega a manos de un juez a casi un mes de su presentación. La desidia de los tribunales nacionales contrasta con sus homólogos de otras latitudes como es el caso de Uruguay, a lo que se suma el desinterés de la prensa chilena de hoy por esclarecer estos temas, lo que está señalando con claridad que los civiles responsables de graves ilícitos todavía siguen impunes, muchos de ellos, en posiciones de poder hasta el presente.

A casi cuarenta años, la responsabilidad de los civiles en el golpe militar que sumió a Chile en su peor tragedia del siglo XX sigue siendo un imperativo ético y político pendiente. No es concebible una democracia más plena sin el esclarecimiento de los crímenes cometidos durante la dictadura de Augusto Pinochet, no es sano para un país vivir el clima de impunidad que ha caracterizado durante todos estos años nuestra institucionalidad democrática. Las nuevas generaciones de chilenos reclaman en las calles por la verdad y la justicia, única manera de superar el dolor y avanzar hacia un mañana más digno.

Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS


Justicia condena al Estado chileno a indemnizar a ex prisioneros de Isla Dawson
Martes, 15 de Enero de 2013 10:12 Colaboradores- Clarín

 El 10 de Enero del año 2008, 31 ex prisioneros políticos torturados, sometidos a trabajos forzados y confinados en los campos de concentración de Isla Dawson y Magallanes entre 1973-1974, durante la dictadura militar liderada por Augusto Pinochet, demandaron  por daños y perjuicios al Estado de Chile.

Hoy, después de cinco años de proceso, la “Demanda en juicio de hacienda de ex prisioneros políticos de Isla Dawson y Magallanes contra el Estado de Chile”, presentada por Elie Valencia, Miguel Loguercio, Baldovino Gómez, Héctor Avilés y otros, patrocinada por el abogado Víctor Rosas Vergara, ha tenido un fallo favorable en la sentencia de primera instancia notificada el 15 de enero de 2013 por la Juez Titular del 18º Juzgado Civil de Santiago, señora Claudia Donoso Niemayer.

Esta sentencia dictamina que los derechos humanos “son inherentes al ser humano durante toda la existencia de éste, no es posible sostener a juicio de esta sentenciadora que un Estado pretenda desconocer la reparación necesaria y obligatoria, ya que ello significaría el desconocimiento del Derecho Humano conculcado”. El  fallo también establece la “imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad”, y da “lugar a la acción indemnizatoria solicitada respecto del daño moral sufrido por los actores,” el que “este juzgado estima prudencialmente en $150.000.000 para cada uno de los demandantes, atendida la gravedad de las violaciones a los derechos humanos a que fueran sometidos los demandantes, que incluye el tiempo que se encontraron privados de libertad, tanto que fueran reconocidos como víctimas del Estado Chileno en el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, lo que naturalmente conlleva gran dolor y aflicción que provocan en un ser humano sujeto a aquellos, no sólo dolor físico inmediato sino que además un estado de vulnerabilidad interna con efectos permanentes”.

El Estado de Chile debiera moralmente acatar la resolución judicial y abstenerse de apelar esta sentencia. En un comunicado, los ex prisioneros demandantes hacen “un llamado al Consejo de Defensa del Estado de Chile a reconocer esta sentencia y establecer que en Chile se rechaza la tortura y la prisión política como sucedió en los campos de concentración de Isla Dawson. Estamos dispuestos a concordar con el Consejo de Defensa del Estado las formas de  facilitar la ejecución de este veredicto ejemplar del estado de derecho chileno en democracia”.




CHILE: ISLA DAWSON, CAMPO DE DETENCION DEL PINOCHETISMO
La isla del terror


La Justicia chilena fijó una indemnización para 31 ex presos políticos que fueron confinados a prisión en la región de Magallanes, donde soportaron torturas.

Por Christian Palma - Página 12

Desde Santiago

“Me sentí como el protagonista de una de esas películas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando llegamos al campo, algunos lloramos al ver tantas murallas alambradas. Había veintisiete. Era difícil de creer”, dijo Baldovino Gómez en 1989 a la desaparecida revista Análisis, férrea opositora a la dictadura de Pinochet. Gómez fue uno de los muchos prisioneros que tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 fueron confinados a la ya mítica Isla Dawson, ubicada a cien kilómetros de Punta Arenas, en el Estrecho de Magallanes. A ese lugar, donde literalmente se acaba el mundo, llegaron al menos cien prisioneros a los pocos días de la irrupción militar. Otras cifras hablan de hasta cuatrocientos presos recluidos en cuatro barracas, que estuvieron hasta octubre de 1974, cuando se clausuró el campo de concentración.

El 10 de enero de 2008, 31 ex prisioneros políticos de la Región de Magallanes, que fueron torturados y sometidos a trabajos forzados y confinados en los campos de concentración de Isla Dawson y Magallanes, demandaron por daños y perjuicios al Estado de Chile. Después de cinco años de esa acción legal, la demanda presentada por los ex prisioneros Elie Valencia, Miguel Loguercio, Baldovino Gómez, Héctor Avilés y otros, patrocinada por el abogado Víctor Rosas, tuvo un fallo favorable en la sentencia de primera instancia notificada por la jueza Claudia Donoso:

“Esta sentencia dictamina que los derechos humanos son inherentes al ser humano durante toda la existencia de éste, no es posible sostener que un Estado pretenda desconocer la reparación necesaria y obligatoria, ya que ello significaría el desconocimiento del derecho humano conculcado”, señala la sentencia. Establece además la “imprescriptibilidad” de los crímenes de guerra y de lesa humanidad y fijó una indemnización por el daño moral a los afectados, de 150 millones de pesos chilenos (320.000 dólares aproximadamente) para cada uno de los demandantes. Esto “atendida la gravedad de las violaciones a los derechos humanos a que fueran sometidos, que incluye el tiempo que se encontraron privados de libertad y que fueran reconocidos como víctimas del Estado chileno en el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura”.

Los demandantes estiman que el Estado de Chile “debiera moralmente acatar la resolución judicial y abstenerse de apelar esta sentencia”.

Desde Punta Arenas y capeando los fuertes vientos registrados ayer en la zona, Baldovino Gómez contó a Página/12 que “es un pequeño paso, pero importante, sobre todo porque se cumplen cuarenta años de la instauración de dictadura en Chile. Estos crímenes son imprescriptibles y de alguna manera se hace justicia. Acá hubo una práctica sistemática del Estado para agredir y vulnerar los derechos humanos”.

En la Isla Dawson, los presos eran obligados a hacer marchas y formaciones militares, hacer ejercicios y realizar trabajos forzosos. Su trabajo consistía en instalar postes y cables, llenar camiones con todo tipo de material, limpiar caminos, excavar canales, acarrear sacos de ripio al trote y recolectar helechos en descomposición de un pantano, para ser usados como abono.

Destacados políticos involucrados en el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende fueron enviados al lugar. Entre los detenidos de la UP se encontraba Orlando Letelier (asesinado en Washington por agentes del régimen militar de Pinochet en 1976), José Tohá (ministro de Allende, asesinado al comienzo de la dictadura), el ex senador Sergio Bitar (autor de un libro acerca de su paso por Dawson) y el ex ministro de Minería Benjamin Teplinsky, entre otros.

Según datos de www.daw son2000.com, agrupación de los hombres y mujeres que sufrieron la represión y violaciones de derechos humanos bajo la dictadura militar en la Patagonia magallánica, en la isla existían tres categorías de celdas. En el nivel uno, el prisionero contaba con ropa y frazadas; en el nivel dos, no se les daba frazadas, y en el tres, se les negaba acceso a ambas cosas. Simulacros de ejecuciones y acoso generalizado eran prácticas comunes en el interior de la isla. A los presos no se les permitía tener comunicación con sus familiares, excepto en la forma de una carta preimpresa estándar en la que se dejaban algunos espacios en blanco. De esta manera, los presos podían recibir a veces encomiendas y cartas de sus seres queridos, aunque éstos eran rigorosamente censurados. Los prisioneros se lavaban en un canal con agua servida y las comidas y barracas de alojamiento eran muy deficitarias.



jueves, 17 de enero de 2013

La crisis europea: una muerte anunciada


Fernando Duque


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En los grupos de animales superiores, el orden dentro del grupo social ha sido mantenido por el inteligente uso del poder por parte del líder de dicho grupo. Esto se da en el caso de las manadas de lobos, leones y chimpancés, y por supuesto también en grupos humanos. 


El hombre en su evolución civilizacional, se ha organizado históricamente primero en la familia primitiva, luego en el clan para posteriormente avanzar a la tribu. De este grupo social más numeroso se pasó a la ciudad-Estado y posteriormente, los humanos evolucionaron hacia el Estado nación. Finalmente este proceso evolutivo ha continuado, cuando los humanos han logrado crear el Estado supranacional o también denominado imperio.

En la enorme mayoría de los casos que relatan esta evolución, la transición o paso de la ciudad-Estado al Estado-nación, siempre se ha hecho gracias al poder, influencia y sabiduría de un líder poderoso y legendario dotado de características super humanas y en algunos casos características semi divinas. Este tipo de super líder es el que ha sido indispensable también en el cambio evolutivo del Estado nacional al Estado supra nacional.

Este fue el caso de la transición china, donde numerosos Estados feudales se lograron unir gracias al extraordinario liderazgo del legendario duque de Zhou muchos años antes de la era cristiana. Este fue el origen del imperio chino, cuyas características básicas aún perduran hasta nuestros días. De la misma forma, los grandes imperios nacidos después del renacimiento en occidente, también fueron creados gracias al enorme liderazgo y buen uso del poder de individuos con características excepcionales. Los príncipes de Castilla y Aragón, luego el emperador Carlos V y su sucesor Felipe II, crearon y consolidaron el poderoso imperio español en los siglos XV y XVI. Lo mismo ocurrió con la formación del imperio británico, donde la participación de Enrique VIII y su hija Isabel I, son factores cruciales en el nacimiento y desarrollo de ese gran imperio que floreció en el siglo XVIII, alcanzó su apogeo en el siglo XIX para entrar en decadencia en mitad del siglo XX.

Una evolución similar ocurrió con el imperio estadounidense a fines del siglo XVIII. Ahí, Washington, Hamilton, Jefferson y otros héroes de la revolución estadounidense, fueron los líderes claves en la organización y desarrollo de la unión americana, imperio que dominó el mundo durante la mayor parte del siglo XX. El gran imperio francés de fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, fue también el resultado de un líder con características extraordinarias y este líder se llamó Napoleón Bonaparte. La historia movida por personajes extraordinarios, se repite con la creación del imperio alemán y el imperio austro-húngaro de fines del siglo XIX. Por supuesto, algo parecido sucedió con la creación y consolidación del imperio soviético. Aquí el brillante rol de creador y organizador de Lenin, Troski y luego Stalin fueron factores fundamentales en el desarrollo y consolidación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los líderes de la revolución de octubre sólo siguieron el ejemplo que siglos antes habían mostrado Pedro I y Catalina La grande en el desarrollo del gran imperio ruso.

No obstante todos estos antecedentes históricos, hay una grande y única excepción a las leyes y principios de la historia que guían la creación de Estados supranacionales. Este caso único lo constituye el proceso de creación de la actual Zona Euro, la cual se creó y desarrolló después de la segunda guerra mundial.

La Zona Euro no ha sido el producto de una gesta heroica después de una gran revolución, donde un líder o un grupo de líderes excepcionales y con poderes superiores tanto en lo político como en lo militar, son capaces de avanzar del Estado nacional al Estado supranacional. Muy por el contrario, la Zona Euro actual, tiene su origen en la ideas de un filósofo francés llamado Jean Monnet. Para este visionario, la unificación europea sería el producto final de un largo y lento camino de pasos sucesivos e incrementales, donde planes y acciones de tipo económico irían creando gradualmente una tupida red de relaciones comerciales. Se pronosticaba que esta malla de lazos económicos, eventualmente producirían la unidad política de la región. En este tipo de estrategia de unificación supranacional, se puede detectar algún grado de influencia marxista, ya que se asume que la economía, es la base de todo proceso fundacional y por lo tanto, más importante que la política. En otras palabras, se pensó que la gradual unión económica, eventual y naturalmente produciría la unidad política.

Es así como el proceso de unificación económica en Europa se inició con la comunidad del carbón y del acero en 1951 y este proceso ha continuado con numerosos pasos e hitos secuenciales que han creado una malla de interrelaciones económicas entre los Estados que hoy conforman la Zona Euro. Un paso importante en este proceso unificador fue la creación de la moneda única. El Euro se creó en 1999 y se ha transformado en una moneda de intercambio internacional tan importante como el dólar o la libra esterlina. No obstante, todos estos enormes avances en el gradual proceso de integración económica europea, al parecer hay un pecado original de creación que está produciendo innumerables dificultades y una gravísima macro crisis. Existe la moneda única en una región aún formada por Estados soberanos e independientes y que dirigen autónomamente sus políticas monetarias y fiscales. En otras palabras, no existe un único ministerio de finanzas federal, ni tampoco existe un verdadero banco central federal que efectivamente dirijan y coordinen las políticas fiscales y monetarias de todos los Estados que conforman la Zona Euro. En otras palabras, no existe un gobierno central de verdad con poderes suficientes para formular leyes, ejecutarlas y adjudicarlas. Las instituciones que conforman la probable semilla de un futuro Estado federal y ubicado en Bruselas, son totalmente incapaces de cumplir las necesarias funciones de un sistema político unificado, poderoso y eficiente. Bruselas está muy lejos de ser Washington.

Es así como el barco europeo no tiene un sólo puente de mando y un sólo timonel. Muy por el contrario, tiene varios puestos de mando y varios timoneles. Esto no es un problema vital cuando el tiempo está calmado, pero sí es un gravísimo problema existencial cuando una tormenta perfecta se viene encima. La falta de unidad de mando es un gravísimo error en la ingeniería del diseño del sistema político que hoy conforma la actual Zona Euro. Este error fundacional es uno de los factores que explica la crisis y el dilema existencial que afecta al grupo de países que hoy conforman dicha comunidad.

Después de la gran recesión iniciada el año 2007 (la tormenta perfecta), la Zona Euro está en el hecho conformada por dos bloques de países distintos, antagónicos y cuyos intereses son irreconciliables. El norte incluye a países tales como Alemania, Finlandia, Holanda, y Austria. Ellos son herederos de una cultura calvinista, donde su principal característica cultural puede resumirse en el estoicismo. Es decir, la búsqueda del auto control, el orden y el trabajo constante y productivo. Por el contrario, el sur, conformado por Francia, Italia, España, Portugal, Irlanda y Grecia, son países con una cultura donde los valores principales son de tipo hedonista. En otras palabras, aquí lo importante es la búsqueda del placer, la aventura, el misticismo y la contemplación.

El norte calvinista, es una región con economía ordenada, estable y con altísima productividad. El sur es un sector con la economía en una aguda recesión y con baja productividad. El norte puede vivir y prosperar con una moneda sólida y sobrevalorada como es el euro. Por el contrario en el sur, la solidez, valor y peso del euro, es como una pesada ancla que los está hundiendo inexorablemente. Para los países no calvinistas del sur, la única alternativa viable para salir de la gigantesca crisis que lentamente los asfixia, es cambiar de moneda. Es decir, ellos deben retirarse de la Zona Euro y subsecuentemente devaluar la nueva moneda. Un aumento en la competitividad de los sureños, basada en la reducción de salarios y en la eliminación de su estado de bienestar, con toda seguridad los empujaría al caos y al abismo. Es así como la moneda dura y el ajuste estructural que ellos están sufriendo se ha transformado en una trampa mortal para los Estados del sur. Estos países sólo pueden aumentar su competitividad mediante una drástica devaluación de su moneda. De esta forma, sus productos de exportación tendrían la oportunidad de competir con éxito y con ello aumentar las exportaciones substancialmente. Así se podría empezar a salir del abismo en el cual ya se encuentran.

No obstante, el miedo a una drástica pero momentánea caída del ingreso, producto de una salida de la Zona Euro, y las consecuentes penurias y miserias que esto produciría en el corto plazo, impide que los países del sur tomen la decisión adecuada. Sus líderes están paralizados por el temor a una violenta y abrupta recesión y sólo se limitan a seguir implementando los errores del modelo neo liberal, políticas que son exigidas por el mercado, los ricos, los inversionistas y el Fondo Monetario Internacional.

En el intertanto, Bruselas continúa produciendo medidas incrementales y de parche en su vano intento por resolver la catástrofe. Se crean fondos para comprar bonos soberanos y se le dan nuevas funciones al llamado Banco Central Europeo para supervisar y controlar algunos bancos. Pero se rechazan los eurobonos y la creación de un Ministerio de Hacienda Federal con poderes políticos suficientes para dirigir con mano firme la política monetaria y fiscal de la región.

Como resultado de esta política errada, los Estados del sur de Europa, están cayendo en una crisis política, social y económica de gigantescas proporciones. Las justas demandas de la inmensa mayoría de los europeos del sur, no son satisfechas y el descontento sube como una lava de un volcán listo para explotar. La economía del sur ya lleva casi 5 años de recesión y ello ha creado una infinidad de problemas. El ingreso per cápita promedio de la inmensa mayoría se ha desplomado, mientras los ricos siguen manteniendo ingresos altos, parecidos a los de antes de la crisis. La cesantía crece a niveles insoportables. Ya han aparecido las ollas comunes y algunos ciudadanos se suicidan en desesperación. Los expertos vaticinan que la recesión se extenderá por al menos dos años más. Si ello ocurre, esto significaría que para el año 2015 se habrá cumplido el crítico periodo de 7 años de vacas flacas. Se habría cerrado así el ciclo necesario para crear las condiciones objetivas de la revolución. Este es un punto crucial de la teoría de la revolución elaborada por los cientístas políticos estadounidenses Brinton y Davies. La agonía del sur en los próximos dos o tres años crearía así mayores dificultades económicas, y esto sin duda produciría nuevas crisis sociales y políticas.

Utilizando la teoría de la revolución de Brinton y Davies, se podría pronosticar que si las actuales tendencias no se cambian, a partir del año 2015 se empezarán a producir violentas manifestaciones, las que a su vez tendrá que ser violentamente reprimidas con su trágico saldo de cientos y tal vez miles de muertos y heridos. Estos eventos, sí crearán las condiciones subjetivas de la revolución. La brutalidad represiva probablemente alienará a la elite intelectual de los países del sur de Europa. Ellos se darán vuelta contra la elite económica y política y eventualmente conformarán el liderazgo de un probable periodo extremadamente turbulento y revolucionario.

Estos conatos revolucionarios probablemente serán de extrema derecha o de extrema izquierda, pero de todos modos su signo dominante será un profundo odio al neo liberalismo y al status quo dominante. Es así como Francia, Italia, España, Portugal Grecia e Irlanda se podrían hundir en agudos conflictos políticos y sociales de impredecibles características. No obstante la probable caída del sur en el abismo, a la larga también podría producir la caída del norte, ya que los europeos del norte, perderían vitales mercados para sus exportaciones. De esta forma, todo el sistema político llamado Zona Euro, entraría en un agudo proceso de destrucción revolucionaria. Por su parte, la caída de la Zona Euro no sólo produciría caos y destrucción en su vecindario, sino que como resultado de esta crisis europea el planeta perdería uno de sus motores económicos principales. La falla de un motor crucial, naturalmente repercutiría negativamente en el funcionamiento de los otros motores que el mundo todavía tiene. Si Europa cae, con seguridad Estados Unidos y Japón entrarán también en recesión y si ellos caen al abismo, es probable que el resto del planeta se hunda en un caos parecido al del año de 1929. La gran recesión global de los años 2007-2008, se habría así transformado en una depresión global, donde China, Rusia, África y América Latina, también sufrirían los coletazos de la catástrofe europea.

Como consecuencia de todos estos eventos, el mundo aprenderá que los Estados supranacionales o imperios sólo se pueden crear siguiendo las leyes de la historia. Es decir, estos sistemas políticos superiores son el producto de seres humanos extraordinarios, verdaderos super hombres que han sido capaces de empujar el carro de la historia y pasar del Estado nacional al Estado supranacional. Desafortunadamente, políticos normales tales como la señora Merkel y el señor Hollande y los burócratas de Bruselas; están muy lejos de las condiciones suficientes y necesarias para transformar el caos actual en los Estados Unidos de Europa.

F. Duque Ph.D. - Cientista Político - Puerto Montt, Diciembre 2012

Nota biliográfica: Para un breve pero magistral análisis de los errores cometidos en el diseño e implementación de la estrategia para crear la Zona Euro después de la segunda guerra mundial. Sírvase ver Timothy Garton Ash “The crisis of Europe. How the union came together and why it’s falling apart”Foreign Affairs September-October 2012. Vol. 91 Nº 5 Pgs. 2-15; sírvase ver también “Good bye Europe” The Economist, December 8th 2012 pgs. 11-12.


Luxemburgo, una Rosa roja para el siglo XXI



por Néstor Kohan

"Su energía impetuosa y siempre en vilo aguijoneaba
a los que estaban cansados y abatidos, su audacia intrépida
y su entrega hacían sonrojar a los timoratos y a los miedosos..."
Clara Zetkin

"El socialismo no es, precisamente, un problema de
cuchillo y tenedor, sino un movimiento de
cultura, una grande y poderosa concepción del mundo...
Carta de Rosa Luxemburgo a Franz Mehring"
(febrero de 1916)


Apenas 80 años de un asesinato. Eso indica la fría marca del calendario. Recordada desde un continente como el nuestro, que ha sufrido durante el siglo XX —para no mencionar los anteriores— represiones, matanzas y genocidios salvajes a manos de las clases dominantes, su muerte podría computarse simplemente como una más de las tantas víctimas del capitalismo. Un número, solo eso, en la aridez de la estadística. No es el caso.

Las revoluciones del futuro, que las habrá no por mandato predeterminado de LA Historia (con mayúsculas) sino por la voluntad colectiva y el accionar político de los pueblos latinoamericanos, recuperará la memoria de cada uno de esos mártires masacrados y desaparecidos por el capitalismo. El combate socialista por el futuro se desarrollará entre nosotros no solo pensando en un porvenir “luminoso” sino fundamentalmente —como señalaba Walter Benjamin para el caso europeo— a partir del recuerdo imborrable de todos nuestros compañeros oprimidos, explotados y asesinados de la historia pretérita.

Entre todos ellos y ellas el ejemplo de Rosa Luxemburgo ocupará uno de los primeros lugares. Su memoria sigue aún hoy descolocando y desafiando la triste mansedumbre que actualmente pregonan los mediocres con poder.

Partiendo de esta realidad, cabe preguntarse, ¿por qué se torna imperioso recordar hoy, precisamente hoy, a Rosa cuando muchos otros nombres también ligados al socialismo internacional apenas son aptos para rellenar los libros de historia? Este modesto artículo tiene por objetivo el intento de comenzar a responder esa acuciante pregunta.

En primera instancia constatamos que el simple recuerdo de su figura, siempre sospechada de “hereje” por los que hasta ayer nomás monopolizaban el estandarte de la “ortodoxia” marxista, resulta de una incomodidad insoportable para una tradición de pensamiento que ella estigmatizó sin piedad en Reforma o revolución y en La crisis de la socialdemocracia: el reformismo.

El aniversario de su muerte constituye la gran mancha negra de la socialdemocracia, supuestamente “abanderada de los derechos individuales” frente a las corrientes por ellos —los profetas rosados de la democracia burguesa— despectivamente denominadas “jacobinas, blanquistas, partisanas, leninistas” del socialismo.

Se sabe. Los responsables de su asesinato (como el de Liebknecht) fueron Gustav Noske, Scheidemann y Friedrich Ebert. El nombre de este último bautizó incluso a una conocida fundación de la socialdemocracia alemana que durante los años ’80 coqueteó con posiciones “progresistas” cooptando mediante grandes sumas de dinero a numerosos intelectuales latinoamericanos presurosos de olvidar su pasado revolucionario.

El trauma histórico de este asesinato quedó siempre latente. Ni siquiera Willy Brandt cuando fue alcalde de Berlín en la última posguerra fue capaz de ponerle una placa recordatoria al puente desde el cual fue arrojado al agua el cuerpo sin vida de Rosa (una placa que sí puso la aún más derechista y reaccionaria democracia cristiana alemana, solo para ironizar sobre sus rivales electorales). El solo hecho de mencionar su nombre seguramente haría temblar los labios de todos aquellos partidarios de la reunificación alemana que han vuelto a poner en el primer plano de la política contemporánea al neonazismo, al antisemitismo y a la política de gran potencia —eurodólar mediante— del Reicht alemán.

En este cansado fin de siglo, cuando muchos disidentes y herejes vuelven a la nave madre y al hogar común de la socialdemocracia (el ex PC Italiano a la cabeza) propagandizando una supuesta “tercera vía”, convendría entonces reencontrarse con la herencia insepulta de Rosa y sus demoledoras críticas al reformismo.

Pero volver a respirar el aire fresco de sus escritos también nos permite reactualizar la inmensa estatura ética que tiñó en ella al socialismo en momentos en que socialistas “renovados” del cono sur —como por ejemplo el canciller chileno— marchan presurosos a Londres a socorrer al dictador Pinochet en nombre del “realismo”, de la razón de estado, de la “gobernabilidad” y del pragmatismo socialista. Exactamente los mismos ejes y las mismas banderas contra las cuales dirigió sus ácidos dardos Rosa en las mejores de sus polémicas.

Su palpitante actualidad nos invita además a replantearnos toda una gama de cuestiones teóricas que aún hoy están a la orden del día en la agenda política de los revolucionarios. Y que seguramente lo estarán en el siglo que viene.

Sucede que, además de refutar y combatir despiadadamente al reformismo, Rosa también fue una dura impugnadora del socialismo autoritario. En un folleto que ella escribió durante 1918 en prisión sobre la naciente revolución rusa, hundió el escalpelo en los peligros que entrañaba ante sus ojos cualquier tipo de tentación de separar el ejercicio del poder soviético de la democracia obrera y socialista.

Ante la crisis y el derrumbe de la burocracia soviética (que dilapidó el inmenso océano de energías revolucionarias generosamente brindado por el pueblo soviético desde 1917 hasta la victoria sobre el nazismo, pasando por el triunfo de la guerra civil) aquellas premonitorias advertencias de Rosa merecen ser seriamente repensadas. Más que todo si tomamos en cuenta que además Polonia y Alemania —donde actuó políticamente Rosa—, fueron dos países cuyos modelos de socialismo autoritario y burocrático análogos al soviético entraron en crisis terminal y se derrumbaron como un castillo de naipes hace apenas una década.

Aquel célebre folleto crítico sobre la revolución rusa fue publicado póstumamente con intenciones polémicas por Paul Levi —un miembro de la Liga Spartacus y del KPD alemán, luego disidente y reafiliado al SPD. Cabe agregar que Rosa cambió de opinión sobre su propio folleto al participar ella misma de la revolución alemana. Sin embargo, aquel escrito fue utilizado para intentar oponer a Rosa frente a la revolución rusa y sobre todo frente a Lenin (de la misma manera que luego se repitió ese operativo enfrentando a Gramsci contra Lenin o más cerca nuestro al Che Guevara contra la Revolución Cubana). Se quiso de ese modo construir un luxemburguismo descolorido y “potable” para la dominación burguesa.

Al resumir sus posiciones críticas hacia la dirección bolchevique, cuya perspectiva revolucionaria general compartía íntimamente, Rosa se centró en tres ejes problemáticos. Les cuestionó la catalogación del carácter de la revolución, su concepción del problema de las “guerras nacionales” y la relación entre democracia y terror.

No solo Lenin (en su famosa crítica del folleto de Junius, seudónimo de Rosa) y Trotsky le señalaron sus errores. También Lukacs en Historia y conciencia de clase tomó partido en el debate. Entre esos señalamientos figuran en primer término su subestimación de la forma política consejista (que asumió en Rusia el carácter de soviet) como una alternativa radical frente a la democracia burguesa. En ese sentido creemos que Lukacs había dado en el clavo cuando —sin dejar de reivindicarla como un faro metodológico para el marxismo— le señaló a Rosa su inconsecuencia al no diferenciar las transformaciones específicamente políticas de las revoluciones burguesas (Inglaterra-1688 y Francia-1789) de la revolución socialista (Rusia-1917). En aquellas primeras dos se trataba, según Lukacs, de depurar el Parlamento, mientras que en 1917 se había intentado en cambio suplantarlo por los soviets.

Y en ese punto se puede ubicar la radical diferencia entre un tipo y otro de revolución, pues en la transición al socialismo no se trata ya de acelerar o retardar el desarrollo autónomo e independiente de la economía por parte del estado sino, por el contrario, de dirigirla conscientemente (una opinión donde el Che coincidirá evidentemente con Lukacs en sus debates sobre el cálculo económico y el sistema presupuestario de financiamiento).

Al mismo tiempo Rosa, siempre según la opinión de Lukacs, habría subestimado en aquel folleto el papel cumplido en la revolución rusa por las fuerzas no proletarias y por lo tanto en su esquema habría terminado desdibujado el lugar y la función estrictamente hegemónica del partido proletario sobre el resto de las fracciones sociales que habían participado del octubre insurrecto.

Si bien es cierto que aquel escrito adolece de este tipo de equivocaciones, también resulta insoslayable que Rosa acertó al señalar algunos agujeros vacíos cuya supervivencia a lo largo del siglo XX generó no pocos dolores de cabeza a los partidarios del socialismo.

Entre estos últimos creemos que Rosa sí tuvo razón cuando sostuvo que sin una amplia democracia socialista —base de la vida política creciente de las masas trabajadoras— solo resta la consolidación de una burocracia. Según sus propias palabras, si este fenómeno no se puede evitar, entonces “la vida se extingue, se torna aparente y lo único activo que queda es la burocracia”. La historia, en el caso del socialismo europeo, le dio lamentablemente la razón.

La necesaria vinculación entre socialismo y democracia política y los riesgos de eternizar y tomar como norma universal lo que era en realidad producto histórico de una situación particular, es decir, el peligro de hacer de necesidad virtud en el período de transición al socialismo, constituye el eje de su pensamiento que probablemente más haya resistido el paso del tiempo.

Pero esta crítica de Rosa, dura y sin contemplaciones a pesar de su ferviente adhesión al bolchevismo, no implica soslayar la necesaria crítica que hoy debemos hacer a las formas “democráticas” (en realidad republicanas parlamentarias, no democráticas) con que el capitalismo ejerce su dominación y su hegemonía en las sociedades modernas occidentales. Una crítica desarrollada a fondo por el intelectual que fue más lejos —incluso más allá de la misma Rosa— al pensar las condiciones de una revolución anticapitalista en Occidente, Antonio Gramsci.

Esta crítica a la forma republicana de dominación burguesa —como la denominó Marx en su célebre 18 Brumario de Luis Bonaparte— resulta impostergable para nosotros los latinoamericanos, pues en nuestros países el imperialismo norteamericano después de financiar y sostener a las dictaduras militares más sangrientas de la historia, apostó a implementar su reformulación neoliberal del capitalismo con regímenes políticos donde funciona el Parlamento y los tribunales “independientes”.

De modo que uno de nuestros principales desafíos contemporáneos y futuros consiste en tratar de recuperar y sintetizar al mismo tiempo el reclamo de Rosa sobre la necesaria vinculación de socialismo, participación popular y democracia revolucionaria en los países donde los trabajadores ya han tomado el poder y la crítica impiadosa de Gramsci hacia los regímenes políticos donde aún domina el capital internacional y sus expresiones nacionales. Ambos pensamientos apuntan a una misma problemática política.

Si la pregunta básica de la filosofía política clásica de la modernidad se interroga por las condiciones de la obediencia al soberano, el conjunto de preguntas que delinean la problemática del marxismo apuntan exactamente a su contrario. Es decir que desde este último ángulo lo central reside en las condiciones que legitiman no la obediencia sino la insurgencia y la rebelión, no la soberanía que corona al poder institucionalizado, sino la que justifica el ejercicio pleno del poder popular. Antes, durante y después de la toma del poder.

Allí, en ese terreno nuevo que permanecía ausente en los filósofos clásicos del iusnaturalismo contractualista, en Hegel y en el pensamiento liberal, la teoría política marxista tal como la elaboraron Rosa, Lenin y Gramsci ubica el eje de su reflexión. En ese sentido, el socialismo no constituye el heredero moderno, mejorado y perfeccionado del liberalismo moderno sino su negación antagónica.

Si hubiera entonces que situar la filiación que une la tradición política iniciada por Marx y que Rosa desarrolló en su espíritu —contradiciendo muchas veces su letra— a partir de la utilización de su misma metodología, podríamos arriesgar que el socialismo contemporáneo pertenece a la familia libertaria más radical y es —o debería ser— el heredero privilegiado de la democracia directa roussoniana.

Desde esta óptica —bien distinta a la de quienes legitimaron los “socialismos reales” europeos amparándose en el perfeccionamiento de la tradición ilustrada dieciochesca— se torna comprensible los presupuestos desde los cuales Rosa dibujó las líneas centrales de su crítica al socialismo burocrático.

En cuanto al problema de la controvertida relación entre “espontaneidad” y vanguardia —otro de los núcleos centrales de su pensamiento político—, podemos también apreciar su apabullante actualidad.

Esta otra serie de interrogantes hoy reaparece con otro lenguaje y otro ropaje. No es ya el problema de la huelga de masas —que Rosa analizó a partir de la primera revolución rusa de 1905— sino más bien el de los movimientos sociales (la subjetividad popular) y su vinculación con la política. Aquí sus escritos, releídos desde nuestras inquietudes contemporáneas, tienen mucho para decirnos.

También aquí Lenin y Lukacs cuestionaron a Rosa. Le criticaron el haber subestimado no solo el lugar de los consejos o soviets como forma política de nuevo tipo sino también el papel de la conciencia socialista en la necesidad de organizarse en partido (y de entablar una polémica abierta con el oportunismo).

Sin embargo, no deberíamos olvidar que en este rubro ella cuestionó incluso antes que Lenin el papel de “guía” que Kautsky monopolizaba entre las filas de la II Internacional. Lo cierto es que tanto Rosa como Lenin terminaron de romper amarras no solo política sino también epistemológicamente con el marxismo kautskiano-plejanoviano en los primeros años de la Guerra Mundial. En ambos casos la problemática del sujeto —el proletariado como clase, el partido como organización— fue el detonante de esa inmensa ruptura epistemológica.

Revisitar entonces los escritos de Rosa centrados en ese horizonte seguramente nos permitiría recuperar a Lenin de otra forma, despojados ya de todo el lastre dogmático que impidió utilizar todo el arsenal político de quien Gramsci no dudó en catalogar como “el más grande teórico de la filosofía de la praxis”.

Creemos que esto es así porque a partir de un contrapunto entre las posiciones de Rosa y Lenin se podría entender que cuando este último hablaba de “llevar la conciencia desde afuera” al movimiento obrero —tesis de factura kautskiana cuyas consecuencias epistemológicas extrajo hasta el paroxismo Louis Althusser— no estaba defendiendo un externalidad total frente al movimiento social “espontáneo” sino una externalidad circunscripta en relación con el terreno económico. El “afuera” desde el cual Lenin defendía la necesidad de un partido político socialista remitía a un nivel que no se dejaba subsumir dentro de la práctica economicista, pero no implicaba —como lo leyó el stalinismo en política y el althusserianismo en epistemología— situarse en un “afuera” opuesto al movimiento social.

Esta última deformación del pensamiento de Lenin derivó en una concepción burocrática del partido encerrado en sí mismo que facilitó enormemente todas las injustas acusaciones de “sustitucionismo” con que hoy la socialdemocracia denosta a los revolucionarios en todo el mundo. El partido debe ser parte inmanente del movimiento social —como lo demostraron Gramsci en el movimiento consejista turinés o nuestro Mariátegui frente a las masas indígenas peruanas—, nunca un “maestro” que desde afuera lleva una teoría pulcra y redonda que no se “abolla” en el ir y venir del movimiento de masas. Entre el sentido común, la ideología “espontánea” del movimiento popular, y la reflexión científica, es decir, la ideología del intelectual colectivo, no debe haber ruptura absoluta. Cuando esta última se produce se pierde la capacidad hegemónica del partido y crece la capacidad hegemónica del enemigo que cuenta en su haber con las tradiciones de sumisión, con las instituciones del poder y hoy en día con el monopolio de los medios de comunicación mundial.

De modo que las posiciones de Rosa y de Lenin —polémicas entre sí— en última instancia serían integrables en función de una difícil pero no imposible dialéctica de la organización política como consecuencia y a la vez impulsora del movimiento social. La hegemonía se construye desde adentro. La conciencia de clase es fruto de una experiencia de vida, de valores sentidos y de una tradición de lucha construida que ningún manual puede llevar desde afuera, pues se chocará indefectiblemente —como de hecho ha sucedido en la historia— con un muro de silencio e incomprensión.

Otro de los núcleos donde Rosa Luxemburgo polemizó fue en el campo de la “cuestión nacional”, uno de sus flancos más débiles. Todo el problema alrededor del cual gira la reflexión de Rosa, como también la de Lenin, Otto Bauer, Stalin o Trotsky, etc., es aquella que se pregunta qué deben hacer los partidarios del socialismo, los críticos del capitalismo, frente a una situación de opresión de naciones que son mantenidas por la fuerza en el status de colonias o semicolonias por la mano de uno o más imperialismos.

Desde el marxismo latinoamericano debemos presurosamente aclarar que dicho problema es bien distinto al que en nuestra América afrontó Mariátegui cuando intentó descifrar el problema de la nación. En este último caso no se trataba de una nación ya constituida histórica, social y culturalmente, aunque oprimida por otra con mayor poder, sino el de una nación aun inacabada —tal como era entonces Perú—, sin integración racial y con un desarrollo desigual y combinado de su cultura (la blanca y mestiza —heredera de la conquista y la colonización europea— y la cultura indígena autóctona).

Cuando Rosa, Lenin y los demás marxistas de su época discutían, tenían como presupuesto compartido la reflexión sobre unidades nacionales —opresoras u oprimidas— ya constituidas. Y en ese rubro Rosa, de origen judío y de nacionalidad polaca, se opuso a la independencia de Polonia (proponiendo que los proletarios polacos enfrentaran a la burguesía polaca uniéndose junto con los revolucionarios rusos en una gran federación).

Esa posición errónea en parte se explica por los residuos epistemológicos que Rosa seguramente había heredado de Engels y su teoría —de factura hegeliana— sobre los llamados por él “pueblos sin historia”, pequeñas “nacioncillas” que no tenían derecho a existir. Pero tampoco habría que subestimar la posición política de Rosa dentro de Polonia, como militante del Partido Socialdemócrata Polaco (SDKP) y enemiga a muerte del socialpatriotismo —encarnado en el Partido Socialista Polaco (PPS)— que terminó en 1914 entregando los partidos socialistas europeos en brazos del militarismo imperialista burgués.

Lenin, a su turno enemigo de la política de gran potencia del zarismo ruso, levantó como consignas la unidad y la independencia de Polonia —en concordancia con la posición de Marx y la primera Internacional al respecto— y el derecho a la autodeterminación de las naciones.

La historia del siglo XX, con sus opresiones que todavía hoy no concluyen —sino allí están los recientes bombardeos norteamericanos sobre Iraq para recordárnoslo— a pesar de la pomposamente llamada “globalización”, le dio en este punto preciso, creemos, la razón a Lenin. Pues a pesar de que hoy existe una tendencia objetiva a la regionalización y a construir bloques económicos y políticos que superan las barreras estrechas del estado-nación (un impulso acorde con el movimiento transnacional del capital) sin embargo, no han desaparecido los conflictos nacionales.

Dentro de estos últimos ha cobrado cada vez mayor fuerza la dimensión cultural como un componente central de la nación —una veta en la que Rosa fue realmente precursora junto con el austromarxismo—. Y si esto no fuera así, ¿cómo explicarnos la apabullante exportación planetaria de valores nacionales norteamericanos, vía el Mc Donald, la Coca Cola, y toda la industria cultural de la imagen —cine y video—, garantía imprescindible de su hegemonía mundial?

Cuando la globalización del capital subsume formal y realmente al mundo, decaen las soberanías de los estados-naciones más débiles, las de los países del Tercer Mundo. En ese nuevo contexto la problemática del imperialismo —y su necesario correlato: la opresión nacional— se ha modificado pero no ha desaparecido. No es cierto que el mundo viva en una interdependencia absoluta, donde todos los polos de las relaciones de poder son intercambiables. Sigue habiendo, lamentablemente, opresores y oprimidos. Si bien es cierto que la hegemonía mundial del capital asume una tendencia hacia la desterritorialización, ello no implica que hayan desaparecido las naciones.

Tanto en el terreno político (con el resurgimiento ultrarreaccionario del neonazismo alemán, el Frente Nacional en Francia, los separatistas italianos y otros movimientos por el estilo), como en el filosófico (el discurso de “la diferencia” en un mundo donde el valor mercantil tiñe en su homologación dineraria todos los colores culturales del color único del capital) el problema de la nación —y su potencial opresión— sigue vigente. En ese contexto mundializado, las naciones oprimidas tienen cada vez menos poder. Ya no solo son oprimidas económica o comercialmente. Hasta ven amenazadas sus valores y tradiciones culturales. De modo que, tomando en cuenta las variaciones históricas, hoy no nos podemos dar el lujo de soslayar la implicación contemporánea que este debate de principios de siglo tiene para los partidarios socialistas del florecimiento mundial de las culturas y las naciones.
Otro de los ejes donde Rosa incursionó con notable éxito —de un modo mucho más equilibrado y justo que en el problema nacional— fue en la relación entre socialismo y religión.

Sabido es que en la “ortodoxia” plejanovista-kaustkiana de la II Internacional —de la cual fue una clara continuación filosófica el DIAMAT de la época stalinista— el marxismo era concebido como una ciencia “positiva” análoga a las naturales, cuyo modelo paradigmático era la biología. Ciencia que Plejanov veía como arquetipo al bautizar a la filosofía de Marx como “monismo” siguiendo a Haeckel y que Kautsky intentaba imitar, sintetizando a Darwin con Marx, en un más que dudoso matrimonio de materialismo histórico y evolucionismo.

Desde esos parámetros ideológicos no resulta casual que se intentara trazar una línea ininterrumpida de continuidad entre los pensadores burgueses ilustrados del siglo XVIII y los fundadores de la filosofía de la praxis. En ese particular contexto filosófico-político, la religión era concebida —en una lectura apresurada del joven Marx (1843) —simplemente como el “opio del pueblo”.

Aún educada inicialmente en esa supuesta “ortodoxia” filosófica —desde la cual batallará contra el reformismo de Bernstein y con la cual romperá amarras alrededor de 1915— Rosa Luxemburgo se opuso a una lectura tan simplificada del materialismo histórico en torno al problema de la religión.

Ante el estallido en 1905 de la primera revolución rusa, Rosa como parte de los socialistas polacos de la parte de Polonia que en ese tiempo era rusa, escribió un corto folleto sobre El socialismo y las iglesias. En él cuestiona crispadamente el carácter reaccionario de la iglesia oficial que intentaba separar a los obreros polacos del socialismo marxista, manteniéndolos en la mansedumbre y la explotación. Hasta allí su escrito no se diferenciaba en absoluto de cualquier otro de la época de la II Internacional.

Pero al mismo tiempo —y aquí reside lo más notable de su empeño— intenta releer la historia del cristianismo desde una óptica marcadamente historicista que descentra completamente la óptica de la ilustración “materialista” dieciochesca. Así afirma que “los cristianos de los primeros siglos eran comunistas fervientes”. En esa línea de pensamiento reproducía largos fragmentos que resumían el mensaje emancipador de diversos apóstoles como San Basilio, San Juan Crisóstomo y Gregorio Magno.

De ese modo Rosa retomaba el sugerente impulso del último Engels, quien en el prólogo de 1895 a Las luchas de clases en Francia no había tenido miedo de homologar el afán cristiano de igualación humana con el ideal comunista del proletariado revolucionario. Una lectura cuya tremenda actualidad no puede dejar de asombrarnos cuando grandes sectores populares religiosos rompen amarras con el carácter jerárquico y autoritario de las iglesias institucionales para asumir una práctica de vida íntimamente consustanciada con el comunismo de aquellos primeros cristianos.

Llegado este punto del análisis deberíamos preguntarnos, ¿qué presupuestos filosóficos permitieron a Rosa incursionar con tanta fortuna en temáticas tan diversas? La respuesta resulta aquí inequívoca. La lectura filosófica de Rosa remite hoy al problema del método.

Ninguna categoría ha sido más repudiada, castigada y desechada en las últimas décadas que la de “totalidad”. Las vertientes más reaccionarias del posmodernismo —que no solo cuestionan a la modernidad, lo cual no deja de ser una tarea impostergable, sino que también rechazan todo proyecto de transformación y emancipación social— y del pragmatismo han asimilado toda visión totalizadora con la metafísica. A esta última a su vez la igualaron con el pensamiento “fuerte” y de allí (sin mediaciones) han sostenido que en ese tipo de racionalidad se encuentra implícita la apología de la violencia irracional y el autoritarismo.

De este modo han intentado desechar, junto con los grandes relatos de la historia todo proyecto de emancipación y junto con la categoría de “superación” (aufhebung) cualquier visión totalizadora del mundo.

Ahora bien, esa categoría tan vilipendiada —la de totalidad— es central en el pensamiento de Rosa y de su crítica de la economía capitalista. Ella consideraba que el modo de producción capitalista nunca se puede comprender si fragmenta cualquiera de sus momentos internos (la producción, la distribución, el cambio o el consumo). El capitalismo los engloba a todos en una totalidad articulada según un orden lógico que a su vez tiene una dinámica esencialmente histórica. De allí que cuando intente explicar en las escuelas del partido el nada fácil problema de “¿Qué es la economía?” dedique buena parte de su exposición a desarrollar no solo las definiciones de la economía contemporánea sino particularmente la historia de la disciplina.

Esa decisión no era caprichosa ni arbitraria. Estaba motivada por la misma perspectiva metodológica que llevó a Marx a conjugar lo que él denominaba el “modo de exposición” y el “modo de investigación”, dos órdenes del discurso científico crítico que remitían al método lógico y al método histórico. Para el marxismo revolucionario que intenta descifrar críticamente las raíces fetichistas de la economía burguesa no hay simple enumeración de hechos —tal como aparecen a la conciencia inmediata en el mercado, según nos muestran las revistas y periódicos actuales de economía— sin lógica. Pero a su vez no hay lógica sin historia, pues una lógica sin historia —por ejemplo la canonización materialista del DIAMAT válida para todo tiempo y espacio— deriva indefectiblemente en la metafísica.

Pues bien, la categoría que permite articular en el marxismo a la lógica y a la historia es la de totalidad, nexo central de la perspectiva metodológica que Rosa encontró en Marx, como bien señaló Lukacs en Historia y conciencia de clase. No importa si sus correcciones a los esquemas de reproducción del capital que figuran en el tomo II de El Capital son correctas o no. Lo importante es el método empleado en ese análisis. Pudo quizás equivocarse en sus conclusiones pero no se equivocó en el método. Eso es para nosotros lo importante.

La categoría de totalidad no gira en el vacío ni flota en el aire. La sociedad humana concebida como totalidad es el resultado de una praxis histórica. En esta última, en la categoría de praxis reposa la segunda y no menos importante categoría de su marxismo revolucionario. No hay posibilidad de ciencia, al menos en el marxismo, sin praxis. Las totalidades sociales no se suceden en la historia de manera automática. Son los seres humanos y su praxis colectiva (su “actividad crítico práctica” como la llamaba Marx en sus Tesis sobre Feuerbach) las que logran derribar sistemas y crear otros nuevos.

Toda la reflexión de Rosa gira metodológicamente en torno a este horizonte categorial. Retomar hoy ese ángulo nos parece de vital importancia, sobre todo si tomamos en cuenta que en las dos últimas décadas se ha intentado fracturar toda perspectiva de lucha global contra el capitalismo en aras de los “micropoderes”, los “microenfrentamientos capilares”, etc., etc. Sin cuestionar la totalidad del sistema capitalista, toda crítica al sistema se vuelve impotente.

Es cierto que ya no podemos seguir hundiéndonos en sistemas metafísicos que únicamente toman en cuentan el carácter de clase (por más que se disfracen con el ropaje “materialista dialéctico”) sin cuestionar al mismo tiempo la dominación sexista, generacional, el autoritarismo pedagógico, la destrucción de la ecología, el racismo, etc., etc. Los reclamos de los nuevos movimientos sociales tienen una racionalidad que no se puede negar. Pero si no logramos articular sus reclamos puntuales y fragmentarios en una totalidad que los integre —sin disolverlos— hay capitalismo para rato. El abandono de la categoría de “totalidad” expresa entonces —como señaló hace poco Jameson— la impotencia de los nuevos movimientos sociales al no poder construir una alianza entre todos sus reclamos puntuales. Superar esa impotencia (legitimada filosóficamente por las filosofías de la “diferencia” y la ya cansadora polémica contra la herencia de Hegel) implica reactualizar la herencia metodológica que Rosa Luxemburgo supo desarrollar en su crítica de la economía política y en su crítica radical de la “civilización” capitalista.

Esta última resume seguramente lo más explosivo de su herencia y lo más sugerente de su mensaje para el socialismo que viene, el del siglo XXI.

Cuando Rosa termina de cortar sus vínculos con la tradición determinista “ortodoxa” de la II Internacional —aquella misma que la llevó, según el Gramsci de los Cuadernos de la cárcel, a concebir la crisis del capitalismo y la huelga general como “la artillería pesada de la guerra de maniobra”— formula una consigna que hoy tiene absoluta actualidad: “Socialismo o barbarie”.

Inserta en su folleto de Junius (1915), esa consigna resulta superadora del determinismo fatalista y economicista asentado en el desarrollo imparablemente ascendente de las fuerzas productivas. Según esta última concepción, durante décadas considerada la versión “ortodoxa” del marxismo, la sociedad humana marcharía de manera necesaria, ineluctable e indefectible hacia el socialismo. La subjetividad histórica y la lucha de clases a lo sumo lo que podrían hacer es acelerar o retrasar ese ascenso de progreso lineal.

Pero Rosa rompe con ese dogma dieciochesco y plantea que la historia humana tiene un final abierto, no predeterminado por el progreso de las fuerzas productivas (ese viejo grito moderno del más antiguo “¡Dios lo quiere!”, tal como irónicamente afirmaba Gramsci). Por lo tanto, el futuro solo puede ser resuelto por el resultado de la lucha de clases. Podemos ir hacia una sociedad desalienada y una convivencia más humana, el socialismo, o podemos ir hacia la barbarie.

Y cuando hoy hablamos de “barbarie” —concepto tomado por Rosa no del Manifiesto comunista en el cual era erróneamente utilizado para caracterizar a los pueblos de la periferia colonial, sino del último Engels— estamos pensando en la barbarie moderna, es decir, la civilización globalizada del capitalismo. Nunca hubo más barbarie que durante el capitalismo moderno del siglo XX. Como ejemplos contundentes pueden recordarse el nazismo alemán con sus fábricas industriales de muerte en serie; o el apartheid sudafricano —régimen político insertado de lleno en la modernidad blanca, europea y occidental— o, más cerca nuestro, los regímenes argentinos y chilenos de la década del 70 quienes realizaron un genocidio burocrática y racionalmente planificado aplicando torturas científicas.

A 80 años de su muerte y a escasos márgenes del siglo XXI, la roja herencia de Rosa sigue siendo un incentivo para no bajar los brazos y no permitir que continúe la barbarie.