viernes, 26 de julio de 2013

Venezuela: ¿Es posible la vía pacífica?

Fuente: revista de Chile PUNTO FINAL

Julio 2013  

Las corrientes en pugna toman posiciones para la confrontación final que se asoma en lo inmediato. Allí, en la realidad, sabremos la fuerza, la capacidad teórica y práctica de la Revolución.



La Revolución Venezolana es un laboratorio de la vía pacífica al Socialismo. Lo que aquí pase será escuela para los revolucionarios del mundo, seremos muestra de lo bueno y de lo malo, ningún intento de construcción de Socialismo podrá ignorar nuestra experiencia, seremos alerta y confirmación, referencia para las revoluciones del futuro. Veamos.

Cierre del ciclo reformista

La Revolución Venezolana atraviesa una turbulencia que surge por el cierre del ciclo reformista de la revolución. Éste parece ser común a todas las revoluciones pacificas, se caracteriza por la convivencia de la revolución y la contrarrevolución en el terreno político, económico y social burgués. La revolución conquistó el gobierno pero las leyes, las relaciones sociales, económicas y políticas, la cultura, continúan siendo burguesas.

En este periodo, la Revolución se comporta de manera reformista, está limitada por la legalidad burguesa, la lleva al extremo, tensa al máximo las posibilidades de cambio contenidas en la democracia burguesa. Este comportamiento de sincerar a la democracia burguesa, de despojarla de hipocresías, de hacer cumplir sus postulados, evidencia su falsedad y su imposibilidad, y conduce inevitablemente a un enfrentamiento con el sector capitalista de la sociedad para el que la democracia burguesa es sólo un postulado, un adorno de los discursos en las fechas patrias, un ropaje insincero de su acción de explotación y despojo de la riqueza social, nunca mandamientos a cumplir.

La fase reformista de la Revolución Pacifica es de preparación de los campos en pugna para un desenlace que es inevitable. De manera solapada se establece una batalla en el alma de la sociedad: los oligarcas intentando profundizar el espíritu egoísta base del sistema capitalista, y los Socialistas, el gobierno socialista, intentando elevar el sentido de fraternidad, de visión de sociedad. El éxito de la Revolución en este enfrentamiento dependerá de la Conciencia del Deber Social, del sentido de sociedad, que se haya acumulado.

Simultáneamente la contrarrevolución, que ha perdido su instrumento electoral como medio de dominación, ensaya salidas violentas y coloca a la Revolución en el gran dilema, la paradoja, de la vía pacífica: “la burguesía no respeta sus propia legalidad, se coloca al margen de ella, y la Revolución, confinada a la legalidad burguesa, es incapaz de defenderse, cae inerme víctima de la agresión“.

Las fuerzas en pugna

En el cierre de este ciclo se encuentra nuestra revolución. ¿En qué condiciones llegamos a ella, cuáles son las características, cuáles son los actores en este escenario?

Nuestra naturaleza de país rentista petrolero permitió, en este periodo reformista, el surgimiento de una fracción de la burguesía nutrida con la renta petrolera, que ahora disputa mejores cotas de participación en la economía a la burguesía tradicional e influencia decisiva en el gobierno. Por otra parte, los errores cometidos en el pago de la deuda social efectuado de manera meramente filantrópica, de caridad, sin organizar, ni concientizar, sin politizar a los beneficiarios, creó una masa que reacciona más a los estímulos materiales que a los estímulos morales.

El paisaje se completa con una clase obrera dividida entre los sectores economicistas tradicionales y los grupos que impulsan una suerte de “control obrero” que desemboca en la transformación de capas de dirigentes sindicales en empresarios de las empresas del Estado y a la masa obrera en inercia política confinados a los mezquinos límites de su centro de trabajo. Y por último, un sector de la clase obrera que en el proceso se reconoció como clase y entendió su papel histórico de impulsadores del Socialismo, adquirió Conciencia del Deber Social.

En estas condiciones nos acercamos al desenlace del periodo reformista. Las fuerzas, las tensiones se expresan con claridad. Veamos.


El primer elemento en el cuadro es el asesinato de Chávez, que tiene como consecuencia el afloramiento descarnado de las contradicciones sociales que el fuerte liderazgo del Comandante mantenía atenuadas. La lucha por el poder se agudiza, es así que se realizan las últimas elecciones presidenciales.

En estas elecciones emergieron las debilidades del campo chavista y la Revolución consigue triunfar con sólo doscientos mil votos. El gobierno de Nicolás Maduro comienza debilitado y desconocido por la burguesía tradicional. Inexplicablemente, el campo bolivariano no ha hecho un análisis, un estudio, de los resultados. Su origen, sus consecuencias, esta carencia, lo debilita aún más y torna necesariamente errático su accionar. Se sostiene por la inercia del alto prestigio del Comandante Chávez, por su extraordinaria conexión amorosa con el pueblo humilde.

Las fracciones de las burguesías se enfrentan por la diferencia en su relación con el gobierno revolucionario: una colabora mientras fluya la renta petrolera, la otra, aun fluyendo la renta, tiene aspiraciones de conquistar el gobierno, conspira. De esta manera la posibilidad de avanzar al Socialismo es atrapada por esta especie de chantaje de la burguesía, del capitalismo: “Si me alimentas (con dólares de la renta) no te ataco, si avanzas hacia el Socialismo dejarás de alimentarme, te ataco”. Esta fracción de la burguesía lo que propone es un “pacto con el diablo”: si lo aceptas vendes tu alma y pierdes el apoyo de tu base, caes, si no lo aceptas te debilitas y caes.

La fracción de la burguesía directamente enfrentada tiene dos vertientes que se complementan, se influyen mutuamente. Una, la golpista, considera que el gobierno está suficientemente débil y que es hora del golpe. La otra prefiere llegar a las elecciones municipales del 8 de diciembre que han convertido en un plebiscito, en un referéndum revocatorio, y así piensa dar la estocada final a la Revolución. Estas dos fracciones burguesas coinciden en desconocer al gobierno y juntos construyen un poder paralelo que desembocará en el golpe o en las elecciones transformadas en un plebiscito deslegitimador.

Encrucijada final

Ahora las fracciones de la burguesía plantean una constituyente que es el desconocimiento “legal” de la Constitución del 1999, una bandera electoral y simultáneamente la justificación “jurídica” del golpe, de esta manera se colocan abiertamente en la fractura de la legalidad.

Es así que la Revolución Pacifica llega a la encrucijada final, en ella nos encontramos: “Si respetamos la legalidad burguesa, si nos convertimos en sus garantes, seremos irremediablemente derrotados por las fracciones de las burguesías que nos acechan como hienas. Si rompemos la legalidad seremos deslegitimados internacionalmente y se podría justificar cualquier tipo de agresión. ¿Cómo salir de este laberinto… podremos?

En estos días demostraremos si la vía pacífica hacia el Socialismo es posible, o sólo es una ilusión que irremediablemente se desgasta, se debilita hasta extinguirse y da paso al fascismo que castiga los mejores sueños de los pueblos y sanciona con crueldad la ilusión de vivir en paz, de construir el Reino de Los Cielos aquí en la tierra sin modificar la estructura, la cultura capitalista.

Con el rompimiento de la legalidad burguesa por parte de la contrarrevolución, lo que ocurrirá en cualquier momento, se colocará inevitablemente el enfrentamiento en un escalón superior. La crisis hará estallar en la práctica el orden establecido, entonces la pugna será por establecer un nuevo orden: ellos intentan nuevas formas que remocen la dominación, nosotros debemos avanzar hacia la forma Socialista. Sería reaccionario luchar por defender la legalidad burguesa que la realidad ya desechó, la Revolución no puede ser doliente, defender lo que a la burguesía compete.

Sectores conscientes de la clase obrera, los petroleros, han entendido este nuevo escenario que se abre con las acciones francamente golpistas de la oposición, con sus declaraciones, su obstinación de no reconocer al gobierno revolucionario triunfante en las elecciones, su descaro en reconocer sus conversaciones conspirativas con el Departamento de Estado gringo preparando el golpe o la invasión. Estos obreros, en un gesto de valentía teórica y práctica, le salen al paso a la conspiración y al chantaje de la oligarburguesía, proponen un rumbo que está expuesto en un comunicado titulado “LOS PETROLEROS RESTEAOS CON MADURO”. El manifiesto tiene muchas enseñanzas, dibuja aspectos importantes del momento y de la confrontación futura, merece la pena detenernos en él.

Lo primero que establece el comunicado es la Lealtad con Maduro, cuando dice:
No hay atajos, la suerte de la Revolución, del Socialismo, del país, será la suerte de Maduro, de su gobierno. Y la suerte, el destino de la clase obrera está determinado por su capacidad de entender el momento histórico y contribuir decididamente a la construcción del Socialismo“.

Y concluye con esta advertencia:

“Ese es el deber de la clase obrera, somos responsables directos de que este gobierno siga transitando el camino que nos señaló Chávez: ¡hacia el Socialismo! De nosotros, de nuestro apoyo, de nuestro aporte, de nuestro ejemplo depende el éxito en este objetivo. No rehuímos el reto, estaremos siempre con Maduro, señalando errores, haciendo críticas, reconociendo triunfos, aciertos, pero siempre con él, que es estar al lado del sueño de Chávez.

Que ninguna oligarquía se engañe, la nueva o la vieja, que el imperio no se engañe, si continúan sus planes contra el gobierno Bolivariano y Revolucionario de Nicolás Maduro, nos encontrarán firmes, sin grietas, como un solo bloque, y haremos todo lo que haya que hacer. Frente a la constituyente oligarca haremos una Constituyente Obrera, Socialista, Anticapitalista, Antiimperialista, estableceremos las leyes revolucionarias, socialistas, no nos temblará el pulso. Aquí no podrán aplicar su hipocresía de dar un golpe y después elecciones para seguir con el mismo sistema, si se atreven no habrá estabilidad hasta retomar el rumbo al Socialismo“.

Las corrientes en pugna toman posiciones para la confrontación final que se asoma en lo inmediato. Allí, en la realidad, sabremos la fuerza, la capacidad teórica y práctica de la Revolución Pacífica, de su liderazgo, de su base social, para seguir adelante.



Bancos Centrales y su equivocado viraje político

por Hugo Fazio

El Ciudadano

En junio los mercados financieros en todo el mundo, incluido desde luego Chile, incrementaron notoriamente su inestabilidad luego que la Reserva Federal norteamericana anunciase que, de darse determinadas condiciones, procedería en el curso del año a reducir su política de estímulo monetario para ponerle fin en 2014. 

Ese comunicado se colocó en lo fundamental en línea con una desacertada memoria anual del Banco Internacional de Pagos, que sirve de coordinación e intercambio de opiniones para los principales bancos centrales, señalando que los institutos emisores no pueden hacer ya mucho más y deben entrar a considerar el “inevitable” repliegue futuro. Por las medidas que se propusieron Martin Wolf en Financial Times sostuvo que era un plan para empujar a las grandes economías a la depresión, que los grandes bancos centrales contribuyeron a evitar a fines de la década pasada con sus medidas de estímulo. ¿Cómo explicarse el viraje en sus conductas y particularmente el de la Fed? Para el premio Nobel Paul Krugman está respondiendo a presiones políticas cuando la economía norteamericana se encuentra enfrentada a una “depresión de baja intensidad”. 

El execonomista jefe del FMI, Kenneth Rogoff, por su parte, la entiende como una tregua en el largo conflicto por las políticas a seguir entre los “halcones” y las “palomas” de la Reserva Federal. En los países emergentes la inestabilidad se expresó ante todo en el retiro de recursos financieros, que ingresaron copiosamente con anterioridad buscando la rentabilidad que no obtuvieron en los países desarrollados.

En los últimos días de junio el Banco Internacional de Pagos (BIP), donde se coordinan los principales bancos centrales del mundo, dio a conocer su memoria anual sosteniendo que “está quedando cada vez más claro que los bancos centrales no pueden hacer ‘todo lo que haga falta’ para devolver a las aún débiles economías a un crecimiento fuerte y sostenido”. Es decir, dio a entender que prematuramente podía ponerse fin a las políticas de estimulo cuando aún en las grandes economías persisten tasas de desempleo extraordinariamente elevadas.

 El resto del texto se refiere a cómo efectuar el repliegue. “(…) los bancos centrales –indicó el BIP- tienen muy presente que la dimensión y el alcance del inevitable repliegue futuro no tiene precedentes. Esto magnifica la incertidumbre que comportan la salida y el riesgo de que ésta no está exenta de contratiempos”. La responsabilidad de los pasos a dar se la deja a los respectivos bancos centrales. La Reserva Federal, el BCE, el Banco de Japón, el Banco de Inglaterra ”tienen algo muy delicado de sopesar: los riesgos de un repliegue prematuro y los riesgos de seguir demorándolo”, aconsejando que la determinación se efectúe en forma planificada y “asentado en una recuperación sólida”, que claramente aún no se produce. “La historia muestra –concluyó el BIP – que las decisiones de política monetaria resultan más acertadas cuando se ignoran aspectos de conveniencia política cortoplacistas (…)” Visto en la perspectiva de la situación actual las políticas de estímulo monetaria deberían mantenerse, aunque ellas resultarán siempre limitadas en una situación contractiva o de bajo crecimiento si no van unidas a medidas fiscales en la misma dirección.

“En pocas palabras –resumió la formulación del BIP Martín Wolf en Financial Times – sugiere que el sector privado debe incurrir en grandes excedentes financieros, mientras los agentes fuertemente endeudados pagan la deuda y mientras los gobiernos deben tener déficit más pequeños. (…) se trata –concluyó- de un plan para una depresión (27/06/13). En efecto, todas sus propuestas son contractivas cuando el gran problema de los países industrializados es que la demanda agregada sigue siendo baja y la tasa de desempleo continúa siendo muy elevada. En la eurozona, según las últimas cifras oficiales correspondientes a mayo, sigue creciendo.

En el caso de EE.UU., como recalcó Stephen S. Roach. “durante 21 trimestres desde principios de 2008, el consumo personal real (ajustado por la inflación) ha aumentado a una tasa anual promedio de tan solo 0,9%. Este es lejos –subrayó- el período más prolongado de debilidad en la demanda real de consumo estadounidense desde fines de la Segunda Guerra Mundial y una tremenda desaceleración respecto del ritmo de crecimiento del consumo anual real precrisis, del 3,6% entre 1996 y 2007. Como el consumo de los hogares estadounidenses –añadió Roach- representa aproximadamente el 70% de la economía, esa brecha de 2,7 puntos porcentuales entre las tendencias precrisis y poscrisis es de 1,9 puntos porcentuales. Si están buscando la causa del desempleo estadunidense inaceptablemente elevado –concluyó-, no busquen más” (31/05/13).

El análisis del BIP comete adicionalmente el error de no considerar el cuadro fiscal existente en la eurozona y EE.UU. En la primera sigue predominando la suicida política de austeridad que mantiene a su economía en una larga recesión, mientras que EE.UU. desde marzo está sometido al “secuestro” es decir a una constante reducción del gasto público que se suma al incremento en los gravámenes a las familias desde comienzos de año. En esas condiciones apresurar el retiro de los estímulos monetarios, por temor a una supuesta inflación futura, resulta absolutamente errado.

La repercusión en los mercados financieros no se produjo a partir de la memoria anual del BIP, ya venía de antes, pero se intensificó fuertemente al producirse la declaración de la Reserva Federal de que hacia fines de año podría reducir su política de relajamiento cuantitativo, de US$85.000 millones mensuales que a la fecha sigue sin modificarse, de cumplirse una serie de condiciones, que el desempleo baje y la inflación se acerque a la meta del 2% anual, alejándose el peligro de tasas de deflación o de incrementos en el IPC muy reducidos que lleve a reproducirse el largo período de estancamiento experimentado por la economía nipona. “La compra de activos –puntualizó- variará conforme a la marcha de la economía” (20/06/13). Las estimaciones revisadas de evolución económica en la reunión de la Reserva Federal de los días 18 y 19 de junio fueron que el crecimiento de 2013 se moverá en un rango de 2,3% a 2,8%, la tasa de desempleo bajará del 7,3% – 7,5% de la fuerza laboral cifrado en su reunión de marzo a 7,2% – 7,3%, para descender el año próximo a 6,5% – 6,8%, siendo la primera de estas dos cifras la tasa de desempleo que se propone como objetivo. Destacó, además, que la economía muestra resilencia a los recortes del gasto público en la medida que los consumidores impulsan el suyo.

Estimaciones que fueron cuestionadas rápidamente cuando el tercer y último cálculo del producto en el primer trimestre efectuada por el Departamento de Comercio cifró su crecimiento en solo 1,8%, cuando antes lo había calculado en 0,6 puntos porcentuales más. Esta reducción la fundamentó en un fuerte menor crecimiento del consumo, la diminución de las exportaciones y un bajo aumento de la inversión empresarial, en circunstancias que las sociedades no financieras disponen de US$1,8 billones en efectivo y activos líquidos.

Martín Wolf calificó este anuncio como un ajuste monetario “prematuro”. “Si la Fed hubiera sido más cuidadosa –escribió- esta restricción monetaria prematura no habría provocado la caída de los precios de los instrumentos financieros más importantes del mundo” perjudicando “gravemente” el proceso de recuperación. “La manera correcta de proceder –subrayó el economista de Financial Times- (…) es destacar las condiciones no los cronogramas”, así como la necesidad de efectuar una “gestión adecuada de las expectativas” (27/06/13).

Paul Krugman, luego de valorar los esfuerzos de la Fed en el período precedente por impulsar la economía y no olvidarse del crucial tema del desempleo, criticó el cambio en su discurso cuando el “estado de la economía” estadounidense “equivale a una depresión de baja intensidad, y los desacertados mensajes de la Reserva reducen la posibilidad de que esa depresión sea breve” (03/07/13). ¿Por qué este cambio? “(…) yo supongo –se contestó- que lo que realmente está pasando (…) conscientemente o no están respondiendo a las presiones políticas (…). Es triste y deprimente. La razón fundamental por qué la economía sigue deprimida (…) es que muchos responsables políticos (…) han olvidado que la creación de empleo era su misión más importante. Hasta el momento, la Reserva era una excepción, pero ahora parece que se une al grupo”. En la Unión Europea, para citar un ejemplo extremo, en mayo en doce meses los desempleados aumentaron en cifras interanuales en 1.324.000 y en la eurozona en 1.344.000. Los mayores incrementos se produjeron en Chipre de 11,4% a 16,3% y Grecia, en este caso a marzo, de 22,2% a 26,8%. En EE.UU., en junio había 11,8 millones de personas sin trabajo y la tasa de participación laboral fue de 63,5%, una décima superior a mayo, continuando en niveles mínimos en tres décadas. La tasa de desempleo se mantuvo en 7,6%.

“Los principales bancos centrales del mundo –comentó, por su parte, Kenneth Rogoff, ex economista jefe del FMI- siguen expresando su preocupación por las repercusiones que puede generar su lucha contra la recesión. Es un error. Comparado con los riesgos políticos, sociales y económicos que conlleva la persistencia del lento crecimiento económico tras una crisis financiera de las que ocurren una vez cada cien años –argumentó- un arranque sostenido de inflación moderada no es algo por lo que preocuparse” (30/06/13).

“En Estados Unidos –añadió-, la Reserva Federal ha puesto nervioso a los mercados de bonos al indicar que la relajación cuantitativa ha llegado a su fin. La salida propuesta –reflexionó- parece reflejar una tregua entre los halcones y las palomas de la Fed. Los halcones obtuvieron liquidez masiva –detalla-, pero ahora que la economía está fortaleciéndose, los halcones insisten en abandonar los estímulos. Esta es una variante moderna de la receta clásica que consiste en comenzar a ajustar antes de que la inflación cale profundamente, aun cuando el empleo no se haya recuperado completamente”.

El temor a una inflación que en la actual coyuntura no está presente conduce, demuestra la experiencia histórica, a revertir o detener los procesos de recuperación. “Y seria una catástrofe –concluyó Rogoff- si la recuperación descarrilara por una excesiva devoción a los dogma antinflacionarios, igual que cuando algunos bancos centrales eran excesivamente devotos del patrón oro, durante las décadas de 1920 y 1930”. Ni en EE.UU. ni la eurozona existe inflación mientras que Japón hace esfuerzos desesperados por revertir el cuadro deflacionario que durante largos años ha golpeado a su economía.

El Banco Central Europeo (BCE), a través de su presidente, Mario Draghi, efectuó una declaración en que comunicó el acuerdo aprobado por unanimidad, es decir con el voto también del Bundesbank, de mantener su actual mínimo histórico de tasa de interés, de 0,5% nominal anual, “por un período de tiempo prolongado”. Agregando que hacen “lo posible para reaccionar ante la volatilidad en los mercados a su vez consecuencias de sucesos que tuvieron lugar fuera” de Europa (05/07/13). En su texto el BCE constató la improbabilidad de que las actuales circunstancias la inflación supere su meta de 2% en el mediano plazo a causa “de las debilidades generales de la economía”.

Casi simultáneamente el Banco de Inglaterra se pronunció en la misma dirección cuando Mark Carney, su nuevo gobernador –el primero extranjero en sus 319 años de existencia- llevaba solo cuatro días en el cargo. En su comunicado estableció que sus tasas de interés permanecerán más tiempo en sus mínimos históricos y confirmando su programa de emisión monetaria por la vía de compra de activos.

La inestabilidad financiera creada por la posición adoptada por la Fed acentuó la salida de inversiones efectuadas a los mercados emergentes. Durante junio a ello se sumó las noticias provenientes desde China poniendo en duda su nivel de crecimiento, que el director del Centro de Estudios Económica de la Universidad de Fudau (Shangai), estima que en 2013 crecerá “en torno al 7% por los próximos años, que sigue siendo una buena tasa de expansión” (03/07/13). En las últimas cinco semanas completadas al cierre de junio, “los inversionistas han retirado –informó The Wall Street Journal- US$1.200 millones de los US$100.000 millones en activos de fondos mutuos dedicados a los bonos de los mercados emergentes (…) la mayor salida ininterrumpida de capitales desde 2009. Los ingresos de capitales privados a los mercados emergentes –añadió- ascendieron a US$4,2 billones entre 2009 y 2012 (…)” (02/07/13). Es un flujo de recursos que, sin duda, tiene un impacto no menor, aunque todavía es muy inferior a los producidos en la crisis mexicana de 1994 o la asiática iniciada a mediados de 2007.


jueves, 25 de julio de 2013

Lucha de clases y sentido de la vida: el motor de la historia


 
Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo y con sus hechos los traicionan. Benito Juárez



 Julio de 2013 


El sentido de la vida no solo no es algo del pasado, sino que no podrá serlo nunca. El sentido de la vida es, junto a la lucha de clases, el motor de la historia. O, dicho de otro modo, la lucha de clases no puede ser entendida sin analizar su relación con las cuestiones de sentido de la vida...

Nuestra realidad hoy es el fruto de un proceso histórico, desarrollado a la luz de la lucha de clases, donde las cuestiones de sentido de la vida han jugado un papel fundamental, aunque a no pocos intelectuales hablar en estos términos les parezca propio de un pensamiento irracional  casi primitivo y, por tanto, impropio de la modernidad, donde, se supone, estas cuestiones han quedado superadas y relegadas a espacios privados de alcance personal y subjetivo, desde donde reminiscencias del pasado se pueden hacer presentes con normalidad.

Nosotros, en cambio, pensamos que tal hipótesis no puede estar más equivocada: nuestra sociedad actual no solo maneja sus propios códigos de sentido que le han permitido ser lo que es hoy y funcionar como funciona en la actualidad, sino que, además, sin analizar estas cuestiones a lo largo del proceso histórico que ha vivido occidente en los últimos siglos, es imposible comprender ninguna de las dos cosas: ni el proceso histórico como tal, ni la situación actual.

El sentido de la vida no solo no es algo del pasado, sino que no podrá serlo nunca. Ni en esta ni en ninguna otra sociedad. El sentido de la vida es, junto a la lucha de clases, el motor de la historia. O, dicho de otro modo, la lucha de clases no puede ser entendida sin analizar su relación con las cuestiones de sentido de la vida. Son estas cuestiones las que permiten, en última instancia, que una determinada ideológía de clase dominante pueda ser asumida como ideología hegemónica por el conjunto de la sociedad, sometiendo así a las clases dominadas a los intereses de las clases dominantes, cuyo modelo de sociedad hacen suyo y, por ende, actúan en defensa de los intereses de la clase dominante como si estuvieran defendiendo con ello los suyos propios. Lo que la lucha de clases es en el plano de la realidad material, el sentido de la vida, como reflejo de ésta, lo es en el ámbito de la hegemonía cultural. No hay hegemonía cultural que no se haya basado en cuestiones de sentido de la vida para imponerse socialmente, y no hay proceso de cambio revolucionario real que, a una vez que se desarrolla al amparo de la evolución y los cambios en la estructura económica, no esté relacionado, de una forma o de otra, con cuestiones de sentido de la vida.

La imposición de una hegemonía de clase, principalmente si está basada en el consentimiento como principal mecanismo de acción existencial, toma siempre de las cuestiones de sentido su carácter hegemónico.

Así, cuando los códigos de sentido que son propios de ese modelo hegemónico son mayoritariamente asumidos como válidos por el global de la sociedad, tanto por los miembros de las clases dominantes, como, sobre todo, por los medios de las clases dominadas, el consentimiento, la aceptación social de la hegemonía, es un hecho. En cambio, cuando estos códigos de sentido comienzan a tambalearse, incluso aunque la hegemonía se pueda seguir sustentando sobre la imposición de la violencia, la represión y la coacción, tal hegemonía habrá entrado en una profunda crisis de la que difícilmente podrá salir victoriosa a la larga, salvo que sea capaz de volver a imponer sus códigos de sentido como mayoritariamente aceptados y compartidos por el conjunto de la sociedad, ya sean los mismos que habían dejado de ser efectivos y habían provocado la crisis de hegemonía, ya sean otros que resulten de la reformulación y adaptación al proceso histórico de esos primeros, o ya sean unos nuevos que nazcan a la luz de lo acontecido en las luchas sociales y políticas, así como en las transformaciones de tipo económico, que son propias a todo periodo de crisis de hegemonía. Un periodo en el que, como afirmase Gramsci, los viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Por ello, los momentos más potencialmente revolucionarios, entendiendo por revolución el avance hacia un cambio de modelo que contenga cambios de orden cualitativo y no meramente cuantitativo, no son, lejos de los que se pueda creer desde una perspectiva marxiana clásica, los momentos de mayor penuria en la condición económica de las clases explotadas, sino los momentos donde, unida a los condicionamientos económicos, la cuestión de sentido entra en crisis, donde los sujetos de una sociedad se rebelan contra el sistema socio-cultural hegemónico, cuando ya no aceptan como eficientes los criterios socio-culturales de sentido impuestos por las clases dominantes. Gramsci lo llamaría crisis de hegemonía. Si bien es cierto, claro, que cuanto peores son las condiciones económicas de la sociedad mayor será la posibilidad de que tal sociedad, al menos en lo que toca a sus clases dominadas, acabe por perder la confianza en la plena incuestionabilidad del sacro hegemónico establecido y, en consecuencia, deje de hacer suyas las respuestas de sentido que emanan de él.

Cuando la vida del hombre carece de sentido, mejor dicho, cuando el sistema socio-cultural impuesto ya no es capaz de satisfacer las exigencias de sentido vital de la mayoría de sus ciudadanos, cuando el modelo sacro/religioso hegemónico dejar de ser absoluto e incuestionable per se, entonces la revolución, no solo política o económica, sino en su máxima expresión como revolución civilizatoria, está próxima, es inminente. Por el contrario, mientras las clases desfavorecidas encuentren acomodo en el sistema social que los explota y ello quede justificado por una cuestión de sentido, ya pueden ser periodos de hambre y penuria, de recortes sociales o cualquier otra forma de ataque contra los derechos e intereses de las clases explotadas, que pocos serán los cambios en el sistema económico y social imperante ya que, pareciera, lo que más atormenta al ser humano a lo largo de la historia no es el hambre, que es ley de la naturaleza buscar comida cuando no se tiene, si no el desconocer la finalidad de su existencia. El hambre produce revoluciones políticas coyunturales que, incluso, pueden llegar a ser reversibles y remplazadas con el tiempo por aquel mismo modelo político y económico al que habían conseguido derrocar temporalmente -como trístemente sabemos por propia experiencia en nuestra historia socialista revolucionaria-, pero solo la decadencia en los modelos de sentido produce revoluciones civilizatorias. La historia está llena de ejemplos. 

No es, pues, como pensaba Hegel, la lucha por la libertad y el reconocimiento lo que mueve la parte “thymótica” de la existencia en su evolución, como motor de la historia, a través del proceso histórico. Es la capacidad -o no- que tenga una determinada ideología dominante, es decir, vinculada a una determinada realidad concreta expresada en lucha de clases, de someter tales deseos a los códigos de sentido que le sean propios como ideología dominante, viendo con ello los individuos saciados sus deseos más profundos, incluidos aquellos que nacen de la lucha por la libertad y el reconocimiento.

Tales deseos no son ni podrían ser nada, de no ser por su vinculación con la lucha de clases, es decir, por su relación entre diferentes sujetos, integrantes de diferentes clases sociales, que representan intereses antagónicos, y que, efectivamente, solo pueden ser entendidos, unos y otros, sobre su comparación con su opuesto, pero no desde la base de querer y poder apoderarse, como expone la dialéctica hegeliana, de aquellas cosas que son también deseadas por quienes no pueden poseerlas ni apoderarse de ellas cuando otro ser humano ya lo ha hecho, sino desde la percepción que cada cual pueda tener de su capacidad para controlar -o no- el devenir de su propia existencia, la capacidad para satisfacer –o no- sus propias necesidades vitales y, por supuesto, su relación con la propiedad -o no- de los medios de producción que han de servir para abastecer de lo necesario para la satisfacción de tales necesidades.

Las clases dominantes son clases dominantes porque existen clases dominadas, y los sujetos de las clases dominantes solo se pueden reconocer como tales porque existen sujetos a los que pueden percibir como dominados, eso es cierto. Pero, precisamente, por esa misma razón, si fueran la lucha por el reconocimiento y la búsqueda de la libertad, en sí mismos, los valores y motivos que mueven al hombre a actuar y a mover la historia, a llevarla desde unos estados civilizatorios a otros, nunca el sujeto de las clases dominadas aceptaría someterse, por consentimiento, al orden social representativo de los intereses de clase de la clase dominante, pues, en su comparación con ésta, se reconocería a sí misma como clase dominada, y ello impediría que pudieran sentir saciados ni sus deseos de libertad ni sus ansias de reconocimiento respecto a ese otro -como afirma Hegel-, pues ni es libre ni es reconocido socialmente aquel que es excluido del poder político y económico y es relegado a una situación de sumisión y explotación, y si en algún momento acepta tal situación como válida o natural, no será porque su miedo a la muerte o cualquier otra cosa semejante le haya paralizado en su afán de ser reconocido o en su lucha por la libertad, sino que será porque el “otro”, la clase dominante, habrá conseguido convencerle, por vía del sentido, de que así lo haga.

Lo que fusiona en un mismo proyecto histórico a dominados y dominantes, no es ni el Estado –como afirma Hegel- ni la coacción que se pueda imponer a través del mismo, es el sentido de la vida, son las hermenéuticas de sentido que se desarrollan  al amparo de la dialéctica existente entre los deseos e intereses de las diferentes clases sociales, pero expresada en forma de hegemonía cultural, política, económica e ideológica de la clase dominante.

El Estado es un mecanismo más en manos de las clases dominantes, pero por sí mismo no es capaz de poder garantizar la unión de intereses, en un mismo proyecto histórico, o, mejor dicho, la confusión de intereses de las clases dominantes y las clases dominadas en un mismo modelo de sociedad histórica. De hecho, cuando ha logrado hacerlo no ha sido sobre la base de su capacidad de coacción, sino sobre su transmutación ideológica en un proyecto colectivo, de tipo emocional y profundamente vinculado con cuestiones de sentido, como es la “nación”, agente ideológico que otorga sentido de identidad y pertenencia, esto es, sentido, a la vida de las personas, y que absorbido por la ideología burguesa en no pocas ocasiones consigue confundir al individuo de la clase dominada y hacerle creer que forma parte de un mismo proyecto común de intereses colectivos no determinado por relaciones de clase, sino por la común pertenencia a una misma colectividad de intereses: tal cual ha sido y es el modo de funcionamiento del nacionalismo burgués como ideología.

La dialéctica del amo y el esclavo de la que Hegel nos habla no puede ser, pues, una simple cuestión de deseos innatos, de luchas por la satisfacción de estos o aquellos deseos, sino una cuestión de realidades materiales y sociales, reflejada, como bien viese Marx, en forma de lucha de clases. La lucha de clases es el motor de la historia y se expresa, desde el punto de vista del “thymos”, no en deseos satisfechos o insatisfechos, sino en cuestiones de sentido que sirven para anular o enmascarar éstos, independientemente de que estén o no estén satisfechos. De hecho, mientras exista un código de sentido que se imponga como hegemónico, tales deseos no podrán aparecer, ante la consciencia de los hombres, sino como satisfechos.

El intocable de la India que se sienta satisfecho con su condición de tal, porque esté firmemente convencido de que es un producto delkarma y que, por tanto, debe asumirlo así, y actuar en consecuencia, para poder evolucionar, en la siguiente vida, hacia otra de las capas superiores de la sociedad hindú, jamás de rebelará contra el sistema de clases que hace posible esa realidad social, ni despertará deseos ni de libertad ni de reconocimiento alguno, tampoco se verá como esclavo, ni como un marginado, ni como un oprimido, y si alguno de estos pensamientos apareciera, si no le hace dudar de tales códigos de sentido que dan explicación y valor a su realidad subjetiva como miembro de una clase explotada, humillada y marginada, serán rápidamente anulados por el efecto de sus propias creencias y sus propios códigos de sentido interiorizados. Los guerrilleros maoístas, en cambio, que han dejado de creer en tal modelo de sentido, sí están dispuestos a luchar a muerte contra el sistema político y económico que hace posible la división de clases en la India, y no porque les mueva ningún deseo innato de libertad o reconocimiento, sino porque han comprendido que la libertad de los oprimidos solo podrá venir de la mano de la derrota de los opresores y el derrocamiento del sistema político y económico que los ampara, incluido, por supuesto, el propio código de sentido que le es inherente y que sirve para que otras muchas personas que siguen creyendo en él, pese a ser de clases oprimidas, no piensen siquiera en liberarse de su situación, pues para ellos tal liberación se deberá dar en la próxima reencarnación y no en esta vida de miseria y explotación que viven ahora. Ningún guerrillero creerá verdaderamente en el karma ni en nada de la metafísica hinduista que justifica el sistema de castas. 

Así, como afirma Zizek, “cualquier universalidad que pretenda ser hegemónica debe incorporar al menos dos componentes específicos: el contenido popular auténtico y la deformación que del mismo producen las relaciones de dominación y explotación. [...] La hegemonía ideológica no es tanto el que un contenido particular venga a colmar el vacío universal, como que la forma misma de la universalidad ideológica recoja el conflicto entre (al menos) dos contenidos particulares: el popular, que expresa los anhelos íntimos de la mayoría dominada, y el específico, que expresa los intereses de las fuerzas dominantes.[1].

Las clases dominantes, cuando uno de estos proyectos tiene éxito, consiguen así imponer su ideología dominante sin necesidad de que ésta exprese únicamente la defensa de sus intereses de clase, sino que también es capaz de abrir un espacio, real o imaginado, para que los sujetos de las clases dominadas puedan verse reflejados en lo propuesto, a nivel de códigos de sentido, por tal ideología dominante, y, con ello, puedan sentir que sus deseos más profundos, tanto a nivel de identidad, como a nivel de reconocimiento, como cualquier otro deseo que pueda adquirir un carácter similar (el deseo de pertenencia a una comunidad que comparte un proyecto de vida y unas finalidades históricas colectivas, por ejemplo, citado por Zizek como clave en el éxito del fascismo entre las masas de varios países durante la primera mitad del siglo XX), se están viendo plenamente satisfechos. Ello, finalmente, genera una adhesión emocional del sujeto al normal funcionamiento del sistema que garantiza su implicación no solo en el normal funcionamiento del mismo, sino, llegado el caso, incluso en la defensa del mismo de cualquier peligro que pueda amenazarlo.

La lucha de clases, pues, es el motor de la historia. Pero esa lucha de clases tiene una forma de hacerse presente en los hombres ante la historia, y esa forma no es otra que las cuestiones relacionadas con las hermenéuticas de sentido hegemónicas, con las cuestiones de sentido de la vida. La lucha por apropiarse de la hegemonía cultural, expresada en forma de hermenéutica de sentido dominante, es una manifestación fundamental de la lucha de clases, es, ella misma, lucha de clases. Las clases sociales no solo se enfrentan por el control de los medios de producción, sino que lo hacen también -deben hacerlo- por el control del dominio sobre las cuestiones de sentido de la vida. Cuando una de ellas consigue apoderarse de tal control e imponer como hegemónica su propia ideología expresada en forma de hermenéutica de sentido, su control sobre el resto de clases sociales, y, por tanto, sobre los medios de producción, está garantizado.

De la misma manera, si una clase dominada quiere derrocar a la clase dominante, además de ser absolutamente necesario que sus integrantes hayan dejado de asumir como propio el marco de sentido que les estaba proporcionando como válido y universalmente aceptable la clase dominante, debe de luchar también por imponer su propio código de sentido dominante, y solo en aquellos casos donde la sociedad pudiera funcionar sin la existencia de clase social alguna, porque la acción de las clases dominadas, en su lucha contra el poder de las clases dominantes así lo haya logrado, la hermenéutica de sentido que sea propia de esa sociedad no expresará hegemonía alguna, sino el verdadero estado de la evolución histórica en que el antagonismo de clase habrá dejado de existir y, por tanto, el proyecto de sentido será verdaderamente un proyecto colectivo donde los intereses de todos los miembros de la sociedad se fusionan en un mismo proyecto histórico.

Se dará entonces una hegemonía cultural y una hermenéutica de sentido que ya no será el reflejo del dominio de una clase sobre otras, sino la expresión simbólica, en el mundo de las ideas y de la consciencia social, de la inexistencia de dominio, esto es, de una sociedad basada en la justicia social, la cooperación mutua, la igualdad y la solidaridad: “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.

A su vez será esa sociedad donde los sujetos que en ella vivan ya no darán sentido a sus vidas a través del egoísmo, el individualismo o la competitividad, pues, de acuerdo a las propias necesidades del sistema productivo, convertidas en hermenéutica de sentido como expresión ideológica de tales necesidades, serán la solidaridad, la cooperación, la identidad en la igualdad y la confianza en la justicia social lo que hará de esos seres humanos los sujetos virtuosos que la propia estructura económica de la sociedad demande, y, con ello, no habrá el menor espacio ni al conflicto social por cuestiones económicas ni a la cosificación de los seres humanos por el efecto de su tener, esto es, expresados a través de tales relaciones de posesión, en la terminología de Fromm, como meros exponentes del modo de existencia vinculado al tener, sino que será la sociedad del ser humano en su máxima expresión como sujeto referido al modo de existencia del ser: el sujeto comunista.

[1] Zizek (2010): “En defensa de la intolerancia”. Editado por el diario Público para su colección “Biblioteca del Pensamiento crítico”. Madrid.

martes, 23 de julio de 2013

Construyendo ahora el poder popular




por Iñaki Gil de San Vicente


Ponencia para debatir en II Formazio Mintegia de Askapena.Rebelión



1.- ¿Qué es el poder?
  1. Como sucede en todo período de crisis sistémica, las certezas anteriores estallan hechas añicos ante la re-aparición de situaciones complejas y desconcertantes. Complejas porque integran diversos procesos, componentes y factores internos que evolucionan con autonomía relativa, dificultándonos la visión coherente de lo nuevo. Y desconcertantes porque nuestras cómodas certidumbres anteriores se muestran impotentes para comprender lo que sucede, su novedad y sus relaciones con el pasado. Ahora vivimos una situación de esas. Más todavía, para un movimiento popular como Askapena dedicado a profundizar en el internacionalismo la crisis está suponiendo, como mínimo y espero que se me corrija, la aparición de tres retos: uno, adecuar la teoría internacionalista al nuevo contexto mundial provocado por la crisis; dos, responder al endurecimiento del imperialismo en respuesta a las resistencias populares agudizadas por la crisis mundial; y tres, cómo explicar estos y otros retos a las nuevas militancias que acuden a Askapena y que, todavía, no tienen un nivel suficientemente desarrollado de praxis internacionalista.

  2. De hecho, estos tres retos que ahora cito --hay más, pero no podemos analizarnos aquí-- también acucian a todos los movimientos populares aunque es sus respectivos campos de intervención. Todos ellos, en mayor o menos escala, se enfrentan a la urgencia de adecuar su visión teórica a los cambios surgidos con la crisis; también a la urgencia de ampliar su práctica para responder a los ataques del poder explotador al que se enfrentan en su campo de intervención; y por último, deber explicar estos y otros cambios a la nueva militancia, militancia joven, pero también a quienes se había desenganchado en los años pasados y ahora vuelve a la lucha tras un período de ausencia, o de participar en otros movimientos, organizaciones, sindicatos, grupos, partidos, etc. Quiero decir que son, en el fondo, problemas objetivos y comunes aunque con formas diferentes en cada caso.

  3. Es obvio que en esta charla no podemos tocar los dos primeros problemas, porque antes que nada es Askapena como colectivo el que ha de hacerlo, porque conoce mejor que nadie su situación y el contexto mundial en el que incide. Pero sí voy a intentar aclarar algunas cuestiones que superan las estrictamente internacionalistas, que superan por ello a Askapena, pero que también le influyen determinantemente. Me refiero a la problemática del poder popular en el presente y en el futuro.

  4. ¿Qué es el poder popular? Antes que nada debemos explicar qué es el poder a secas. Por tal cosa entendemos una contradictoria relación social de unidad y lucha de contrarios, en la que, por un lado, una minoría dispone de una estructura material y simbólica que le garantiza seguir siendo propietaria de las fuerzas productivas así como seguir explotando a la mayoría no propietaria de nada; por otro lado, una capacidad de resistencia, lucha y oposición de esa mayoría explotada, que le permite frenar algunos de los golpes de la minoría explotadora y asestar otros, impidiendo que empeoren sus condiciones de vida o mejorándolas incluso, en un proceso de lucha permanente, una vez dura y abierta, otra vez latente y oculta.
  5. Es fundamental saber que el poder es una relación de lucha que gira alrededor del control de las fuerzas productivas en cualquiera de sus formas; control por la minoría, por el capital, o control por la mayoría, por el pueblo trabajador. Una relación de lucha permanente de contrarios antagónicos e irreconciliables en la que la burguesía tiene una enorme superioridad de medios de poder opresor, mientras que el pueblo trabajador apenas tiene sub-poder nacional de clase. Es decisivo saber que la clase dominante se apropia del derecho exclusivo y monopólico de la violencia en sí, al margen de sus formas, prohibiendo al pueblo hasta la mínima posibilidad de ejercicio de un poder defensivo propio, y menos aún violento.

  6. .Cometemos un error si reducimos el poder explotador a una mera máquina de violencia, o sólo a una relación de fuerzas en el plano de la democracia burguesa con sus instituciones y parlamentos, o a una relación interpersonal cotidiana independiente de la política y al margen de los grandes intereses capitalistas que se mueven y deciden en espacios desconocidos por la gente o en instancias de imposible acceso y nulo control incluso por el parlamentarismo burgués, o a un conjunto de imposiciones ineludibles socioeconómicas que determinan nuestra vida y que creemos que vienen de lugares miseriosos como el mercado mundial, las finanzas o la globalización.

  7. El poder explotador incluye estas y otras características, pero es mucho más que eso; es, en definitiva, la totalidad de la sociedad burguesa que funciona como unidad de explotación cuyo objetivo único es el de asegurar su expansión, o en el peor de los casos, su continuidad. El concepto de poder burgués es la expresión de la esencia de esta clase social criminal que sólo funciona en base a su perpetuidad. Dicho en crudo, el poder capitalista es el capitalismo en el poder, excluyendo del poder decisivo a cualquier otro que no sea capitalista.


2.- ¿Qué es el poder popular?
  1. ¿Existen poderes no capitalistas dentro del capitalismo? Sí, son los poderes populares, pero enanos, puntuales, gotas diminutas en un océano opresor, y siempre en peligro inmediato de ser aplastados por el poder dominante. Islitas a punto de ser devoradas por un tsunami represivo. Son logros de poder efectivo en su área de lucha, en el problema que han resuelto para el pueblo explotado, en la conquista que han logrado, pero apenas más. Es importante saber que la lucha consigue victorias efectivas, aunque pequeñas o medianas, y siempre inseguras y en peligro.

  2. Ocurre que nos han formado y que pensamos dentro de la ideología dominante, burguesa, y por tanto creemos que fuera del sistema parlamentarista democrático-burgués y franco-español sólo existe el desierto, la nada, la imposibilidad de conquistas palpables, y no es cierto. Si estudiamos la historia y el presente con el método marxista vemos que sí existen momentos de poder conquistado por el pueblo en reivindicaciones muy concretas. Pero hay que advertir inmediatamente que es un poder, además de muy precario, también debilitado internamente en una cuestión clave: la de no atreverse a cambiar la forma de propiedad existente, es decir, de acabar con la propiedad privada tal cual se muestra en la injusticia a la que se combate.

  3. La esencia del poder capitalista es la propiedad privada, burguesa. Cualquiera de las cuasi infinitas formas de expresión de la propiedad burguesa genera su propia forma de opresión, explotación y dominación. Cualquiera de ellas. No existe ninguna situación en el capitalismo, desde lo más cotidiano y aparentemente intranscendente, hasta la sede del Gobierno, que no se sustente sobre la propiedad burguesa de los medios de producción, en general, y de las formas ocultas pero muy efectivas mediante las que esa propiedad privada explota en y mediante la vida cotidiana, mediante el Gobierno, etc.
  4. Por esto, cualquier conquista popular que alcance una situación de poder, por reducido, que sea, ha de avanzar decididamente a la supresión de la forma concreta que adquiere la propiedad burguesa en ese problema. Por ejemplo, una fábrica que se va a cerrar echando al paro y a la miseria de decenas o centenas de familias. La lucha obrera no puede limitarse a buscar un nuevo empresario que compre la fábrica, sino que debe recuperarla, reabrirla y ponerla en marcha bajo el poder obrero autogestionado. Otro tanto hay que decir, por ejemplo, en la lucha internacionalista: no solo hay que enviar ayuda humanitaria a los pueblos que la necesiten, hay que ayudarles a que se independicen del imperialismo.

  5. La existencia de la propiedad burguesa, su aceptación o rechazo intransigente separa al poder capitalista del poder popular en todas y cada una de las reivindicaciones. Si no se avanza hacia la superación de la propiedad privada en el área concreta de lucha en la que el movimiento popular u obrero ha logrado fuerza suficiente, entonces no llega a materializarse realmente la forma de poder basado en la propiedad colectiva, comunal, o como queramos definirla ahora sin mayores precisiones.

  6. Es la naturaleza burguesa o socialista de la propiedad la que define la naturaleza reaccionaria o revolucionaria del poder. Por ejemplo, frente al problema de las viviendas, de su carestía, de los desahucios, etc., si el movimiento popular y las fuerzas políticas que se dicen revolucionarias no ponen explícitamente como objetivo acabar con la propiedad privada del suelo, socializándolo, transformándolo en suelo público, si no se atreven a dar este paso cualitativo por las razones que sea, generalmente electorales, si no se supera esta cobardía o este electoralismo, nunca se acabará con el problema de la vivienda, y con cualquier otro.

  7. Ahora bien, la conquista de victorias radicales, de situaciones de poder popular por pequeños que sean, no se logra de la noche a la mañana, sino que se requiere tiempo, organización y estrategia. Hasta ahora, la experiencia acumulada muestra que, a grandes rasgos, los movimientos populares, y cualquier lucha, empiezan creando pequeños contrapoderes, desde grupitos sindicales hasta asociaciones vecinales y sociales de cualquier tipo, pudiendo avanzar luego a situaciones de doble poder que, tal vez, desemboquen en el poder popular.

  8. Por contrapoder se entiende la mínima pero suficiente creación de una resistencia inicial organizada y dotada de un objetivo preciso, resistencia que por el solo hecho de existir advierte al poder al que se enfrenta que va a encontrar una oposición, y que si actúa bien puede concitar apoyos y esperanzas, ampliarse y avanzar en sus movilizaciones. Si ese contrapoder se coordina con otros, se relaciona con movimientos y grupos más amplios, etc., y si mantiene su coherencia y rectitud a pesar de todo, puede llegar el momento en que consiga crear situaciones de doble poder en la opresión a la que se enfrenta, es decir, que pueda tutear, exigir y vencer al poder explotador.

  9. Los contrapoderes aparecen mediante una intrincada mezcla de espontaneísmo y organización. Pese a todos los problemas, siempre sobrevive una pequeña memoria de lucha organizada, y siempre existe un «instinto de resistencia», de modo que, según los casos, unas veces el colectivo que inicia la lucha aparece sólo debido al instinto de resistencia, otras veces debido sólo a la memoria organizativa, aunque lo más frecuente es que exista una confluencia de ambas. Esta tercera posibilidad es más probable cuando el pueblo trabajador lleva años sosteniendo una larga lucha de liberación nacional de clase.

  10. Las situaciones de doble poder se dan en todos los procesos en los que el aumento y la confluencia de fuerzas organizadas en contrapoderes permiten lanzar una ofensiva al poder opresor al que se enfrenta, llegando a una situación de empate de fuerzas en ese conflicto concreto. Por ejemplo, el movimiento euskaltzale puede paralizar leyes contra la lengua vasca durante un tiempo, y hasta puede conseguir avances en el derecho al uso de nuestra lengua nacional, en un momento de debilidad o indecisión de poder franco-español en esa temática. Pero el movimiento euskaltzale sabe que se trata de una muy inestable y fugaz situación de doble poder en esa reivindicación ya que la situación general es de contraofensiva estatalista contra la lengua. Esa situación de doble poder, por tanto, será muy breve porque el imperialismo español intentará recuperar su poder perdido y derrotar la conquista democrática.

  11. En el contexto actual, los momentos de doble poder plantean el decisivo problema de las relaciones entre la lucha obrera y popular, la lucha teórico-política e ideológica y la lucha institucional, problema siempre presente una vez llegado a un nivel de fuerza sociopolítica e institucional apreciable, problema agudo en los procesos de Huelga General, en los electorales, en todos los que la interrelación de esas tres formas de lucha debe ser ágil.

  12. Por ejemplo, la acción en los ayuntamientos, Diputaciones, Parlamentos y Gobiernos varios en los períodos electorales puede entrar en tensión con las luchas populares y obreras que han llegado a situaciones decisivas de doble poder en las que es necesario avanzar en la radicalización para obtener y garantizar la victoria concreta. Sectores que actúan en la lucha institucional pueden opinar que tal o cual lucha radical debe esperar a que se celebren las elecciones, o debe atemperar durante ese tiempo su dureza por «intereses electorales».

  13. Y es que las situaciones de doble poder se caracterizan por agudizar la cuestión de la propiedad burguesa vista antes, porque afectan más profundamente a todo lo que implica la propiedad privada. Por ejemplo, las luchas contra los abusos del capital financiero en cualquiera de sus formas, desde los desahucios hasta los recortes sociales en Kutxabank, pasando por el cierre de empresas por la ausencia de préstamos bancarios, todo esto debiera radicalizar al movimiento popular y obrero en un momento en el que sectores institucionalistas creen que una política de acuerdo con la burguesía aumentaría la fuerza electoral e institucional de la izquierda soberanista. Surge así algo más que una diferencia, surge una contradicción entre el movimiento popular y obrero y la acción institucional.

  14. La efectiva y ágil interacción entre estas formas de lucha, a la que debemos añadir la teórico-política e ideológica, es uno de los «eternos problemas» de la política revolucionaria que tiene un decisivo contenido político-organizativo que veremos en su momento. Ahora debemos explicar el paso de una situación de doble poder a una de poder popular en la reivindicación concreta por la que se lucha. Existe una diferencia sutil pero importante entre el avance de los contrapoderes a la situación de doble poder, con respecto al avance de los dobles poderes hacia las situaciones de doble poder. La diferencia no es otra que se trata de una fase cualitativamente más avanzada de lucha, lo que determina todo.

  15. En la fase del contrapoder los objetivos son limitados y aislados, ceñidos a problemas concretos aunque exista una coordinación con otros conflictos, lo que apenas alerta al Estado burgués. En la fase en la que una o varias victorias materializadas de situaciones de doble poder avanzan de su mera coordinación a una unificación lógica e inevitable de objetivos, estrategias y tácticas para acelerar el ritmo y ampliar fuerzas, en esta fase es muy probable que el Estado sea ya consciente del peligro que se avecina y empiece a movilizar su doctrina y sistema represivo.

  16. Una vez producido este salto cualitativo, que se caracteriza por el hecho de que la conciencia política pasa a dirigir la lucha general como expresión teórica de la necesidad de acabar con la propiedad burguesa e instaurar la propiedad socialista en el conjunto de la sociedad, sobre todo en las fuerzas productivas, dado este salto, la burguesía también da el suyo en el sentido represivo. Desde luego que hablamos de un proceso complejo, con sus ritmos desiguales de avance, con sus retrocesos y estancamientos pero lo vemos desde la ley del desarrollo desigual y combinado, lo que nos permite apreciar la tendencia a la unificación en las luchas de masas y a la polarización entre el pueblo trabajador y la burguesía y su Estado.

  17. El verdadero poder popular va apareciendo en escena conforme confluyen luchas parciales, se unifican políticamente en lo esencial, y avanzan hacia la creación de un Estado diferente, opuesto al burgués, e imprescindible para garantizar la superación histórica de la propiedad burguesa. Hasta este momento, los pequeños e inseguros poderes populares concretos, muchas veces derrotados, reflejaban sólo los inciertos logros puntuales de la lucha de liberación, desde este momento el poder popular unitario aparece en escena agudizando el odio y la rabia burguesa.


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3.- ¿Qué el es pueblo trabajador?
  1. Es uno de los conceptos claves para comprender el método marxista de definir las clases sociales y para marcar la diferencia entre nación burguesa y nación trabajadora. No podemos alargarnos ahora en el método dialéctico que exige el uso de los llamados «conceptos flexibles» en contra de la estrechez positivista, y de las limitaciones del kantismo. El concepto de pueblo trabajador ha sido empleado desde el siglo XIX en la teoría revolucionaria pero por razones que se expondrán fue interesadamente abandonado por el reformismo. Fue y es un concepto vital para organizar la lucha contra el nazi-fascismo o contra toda forma de poder burgués en la que su esencia dictatorial aparezca claramente por sobre su forma democrática externa. Por esto es imprescindible para toda lucha de liberación nacional de clase, como la vasca.

  2. En método marxista del estudio de las clases sociales correlaciona dos niveles: uno, el general al modo de producción capitalista basado en la unidad y lucha de contrarios entre el capital y el trabajo a escala mundial; otro, el concreto, el de cada formación económico-social específica, en la que luchan no sólo dos clases antagónicas como la burguesía y el proletariado, sino también otras como el campesinado, las llamadas «clases medias», o «sectores sociales intermedios», «franjas liberales», etc.; y en la que tanto la burguesía como el proletariado tienen fracciones internas como mediana y pequeña burguesía, o la clase trabajadora en el sector servicios, en el financiero, etc.

  3. Según en la fase de concreción o abstracción teórica, o de precisión política, etc., en el que nos encontremos, simultanearemos un nivel con otro, el general con el particular, para conocer mejor la realidad. No hace falta decir que dentro de este método también están presentes el impacto de la explotación de sexo-género y de la opresión nacional en ambos momentos, el genérico a todo el modo de producción capitalista, como el particular en una nación oprimida en la que el sistema patriarco-burgués es especialmente necesario para asegurar los beneficios del bloque de clases dominante en ese país.

  4. Mientras que en el nivel más general de las dos clases opuestas en el mundo, la que tiene el capital y la que sólo tiene su fuerza de trabajo, apenas debemos recurrir a los factores de sexo-genero, etno-nacionales, políticos, culturales, etc., por que su nivel de precisión se mueve en el plano esencial de la explotación y de la producción y realización del plusvalor; mientras esto es así, en el nivel de cada país, o región del mundo, debemos recurrir siempre a la explotación de sexo-género, a la opresión nacional, a la situación sociopolítica, a la historia, etc., para enriquecer lo más posible el estudio concreto de las clases enfrentadas. Cuanto más precisos queramos ser en el conocimiento de la lucha de liberación nacional de clase y antipatriarcal en un pueblo oprimido, más deberemos conocer los pormenores de su historia, de su contradictoria identidad nacional, de los componentes patriarcales de su lengua y cultura popular.

  5. Pues bien, teniendo esto en cuenta, el concepto de pueblo trabajador permite, primero, compaginar ambos niveles de estudio de las clases a escala general y particular; y segundo y sobre todo, facilita la compresión del sujeto colectivo que lucha contra el capital en un país determinado, sujeto colectivo más amplio que la clase trabajadora en cuanto tal pero a la vez centralizado por ésta, que es su núcleo vertebrador. El manido concepto de «hegemonía» sólo resuelve sus antinomias y lagunas si lo incluimos dentro de las prácticas políticas del pueblo trabajador, centralizado por el proletariado, en su esfuerzo por atraer e integrar a las «clases medias» a la lucha revolucionaria, y a sectores de la vieja pequeña burguesía en proceso de desaparición.

  6. El papel de la pequeña burguesía en el proceso revolucionario está debatido desde la mitad del siglo XIX en el sentido de que debe contarse con ella para las primeras victorias revolucionarias, imprescindibles, aunque debe desconfiarse profundamente de ella en la medida en que el poder popular y el Estado obrero avancen en la socialización de las fuerzas productivas. La «hegemonía» político-cultural lograda por el poder popular antes de la revolución será fundamental para mantener a ese sector pequeño burgués dentro del proceso revolucionario cuando avance en la progresiva socialización de las fuerzas productivas.

  7. La definición economicista y estructuralista de clase social no sirve para entender el concepto de pueblo trabajador porque en éste, como se ha dicho, la conciencia, la subjetividad, tiene tanta importancia como la explotación asalariada y la no propiedad de fuerzas productivas. La dialéctica entre conciencia-en-sí y conciencia-para-sí es clave en el pueblo trabajador porque la conciencia-para-sí es la que introduce el componente antipatriarcal, independentista, socialista, etc., en la conciencia-en-sí. Sin esta dialéctica no existe en la práctica clase trabajadora, y menos pueblo trabajador. La «hegemonía» sobre las clases medias, franjas intermedias y, a otro nivel, sobre la pequeña burguesía, descansa fundamentalmente sobre la capacidad de la conciencia-para-sí del pueblo.

  8. Esto sucede porque son muy grandes los desniveles de conciencia, opción política, formación intelectual, intereses corporativistas y sectoriales dentro de las clases explotadas, y son más grandes aún las de origen nacional y opción estatalista. La definición estrictamente economicista no puede integrar en un todo coherente tal diversidad objetiva y subjetiva, siendo necesario un concepto de clase y de pueblo en el que realidades tan aparentemente distantes como las de sexo-género, nacionales, políticas, socioculturales y costumbristas, generacionales, y cada vez más religiosas, por citar algunas, han de tener cabida una vez demostrada la objetiva e innegable unidad básica que les recorre a todas ellas: la explotación capitalista en una nación oprimida dentro de un sistema patriarco-burgués irracionalmente consumista.

  9. Si negamos la existencia objetiva de la explotación, abandonamos la teoría marxista y caemos en cualquiera de las múltiples versiones de la ideología burguesa neokantiana y positivista por muy disfrazada de progresismo que se presente. El concepto de pueblo trabajado se basa en la dialéctica entre lo esencial, unitario y básico de la realidad objetiva de la explotación estructurante, y lo cada vez más complejo y variado de las formas concretas y particulares con las que se presenta tal realidad. La distancia entre las formas externas concretas y la base estructural es tanta que debemos realizar un esfuerzo teórico permanente para descubrir la dialéctica entre lo superestructural y lo estructural, por usar un lenguaje conocido.

  10. El concepto de pueblo trabajador fue desapareciendo de la praxis marxista occidental desde finales de la II GM por el empobrecimiento del stalinismo, por el pacto interclasista keynesiano de la socialdemocracia y reforzado por la «coexistencia pacífica» con el imperialismo, por el poder de absorción de la Academia sobre el marxismo académico obsesionado por fabricar modas intelectuales de usar y tirar, y por la deriva reformista de los principales PCs hacia el eurocomunismo y su versión reformista del gramscismo. La escasa o nula importancia dada a la opresión nacional en el grueso de las corrientes del mayo’68 aceleró el olvido de este concepto sin el cual no se entiende la oleada de guerrillas de liberación nacional anti nazi-fascistas en buena parte de Europa entre 1941 y 1945.

  11. En Euskal Herria el estatalismo del PC de España abortó toda reflexión creativa sobre el derecho/necesidad a la independencia de clase, a la vez que aparecían pequeñitos grupos de un marxismo libresco, economicista y estructuralista. Su incapacidad para comprender qué sucedía en Euskal Herria y quién era el sujeto colectivo de liberación, se hicieron patentes casi desde principio de ETA. Navegando en un huracán de escisiones, represiones y crisis de crecimiento, ETA recuperó en la segunda mitad de la década de 1960 el concepto de pueblo trabajador adecuándolo a la realidad de entonces; un acierto teórico de grandes consecuencias prácticas. Sin extendernos ahora, todas las escisiones posteriores se caracterizan por abandonar este concepto, además de otras coincidencias elementales.

  12. Un punto decisivo en esta recuperación y actualización del concepto de pueblo trabajador fue el de la existencia de una conciencia nacional de clase como exigencia ineludible, es decir, de no explotar a nadie, de no vivir a costa del sudor ajeno. Por tanto la pequeña burguesía no pertenece al pueblo trabajador porque vive de su explotación. En la década de 1970 sectores de la pequeña burguesía tenían conciencia nacional, pero no era de clase trabajadora vasca. Lo que entonces era ETA militar conocía esta contradicción y advertía de que esa clase podía volverse contra la lucha de liberación o podía apoyarla, y que dependía de la clase obrera lograr su apoyo.

  13. Pero lo que entonces era ETA p-m sí incluía a la pequeña burguesía en el pueblo trabajador. Pensamos que aquí radica una de las primeras causas de fondo de su posterior desintegración reformista, estallido en varias corrientes enfrentadas e integración en el sistema y hasta en el Estado ocupante. Y es que si no se define bien al sujeto revolucionario y por consiguiente al reaccionario, se irá dando bandazos de un lado a otro, hasta la desaparición. Sectores de la pequeña burguesía de entonces tenían conciencia nacional pero no de clase, y la mayoría de ella aceptó complacida la solución española de descentralización administrativa, apoyando por acción u omisión la represión del independentismo socialista.

  14. El pueblo trabajador está compuesto en el capitalismo actual por una base o centro cohesionador formado por la clase trabajadora, y dentro de esta por la fracción productora de valor, pero siempre integrando al sector servicios y al financiero, sean explotados continuos y permanentes, a tiempo parcial, en precario o en subempleo. Sobre esta base o alrededor de este centro están las crecientes masas en desempleo estructural, de dependientes del salario directo o diferido, del salario social, de las ayudas públicas oficiales o privadas como Cáritas u otras asociaciones asistenciales, como mujeres explotadas en el trabajo doméstico, juventud trabajadora en paro o en el paro invisible que son los estudios, pensionistas, jubilados, etc., todas ellas y ellos dependientes directa o indirectamente del salario familiar en cualquiera de sus formas o de la ayuda exterior, pero sin medios de producción propios, y por tanto sin posibilidad de explotar a nadie.

  15. Estas son las esferas decisivas del pueblo trabajador, sobre todo la primera. Pero existen otras dos. Una, la más cercana, es la compuesta por las denominadas «capas intermedias», «clases medias», «autónomos», «profesiones liberales» que no explotan fuerza de trabajo, que viven de su trabajo asalariado o no, y que por razones ideológicas burguesas se creen económicamente fuera de la clase trabajadora pero se sienten oprimidos nacional y hasta socialmente por el Estado español. La crisis puede abrirles la conciencia de clase y reforzarles la conciencia nacional, asumiendo su verdadera pertenencia de clase cuando ven reducirse sus salarios o medios de vida, deteriorarse su calidad de vida, o quedarse en el paro, en el nuevo subempleo, e incluso en la fracción de los «nuevos vagabundos».

  16. Por último, queda una cuarta área que mayoritariamente está objetiva y subjetivamente fuera del pueblo trabajador, la pequeña burguesía, aunque sectores muy reducidos pueden integrarse en los espacios más distantes. Nos referimos a esas franjas crecientes de la muy pequeña burguesía envejecida que se ha arruinado, que cierra sus negocios, tiendas, comercios y pequeños talleres obsoletos. Que tienen conciencia nacional pero soberanista, todavía no independentista no socialista aunque un trabajo concienciador y un programa táctico de avance al independentismo puede atraerlos a las partes más débiles del pueblo trabajador porque ya han dejado de vivir gracias a la explotación de seres humanos, pero todavía no han desarrollado conciencia socialista.

  17. Como se aprecia, el pueblo trabajador es una realidad clasista compleja, viva, fluctuante, con diversos niveles de conciencia, pero con un mínimo esencial irrenunciable: la conciencia nacional de clase. Entre sus diversos niveles existe un vaivén de sectores y grupos que pasan del trabajo estable al precario, al subempleo, al paro de corta duración, que pasan del trabajo directamente productivo al indirectamente productivo, y viceversa; o que ya no trabajaran nunca por el paro estructural a una determinada edad, por la explotación del trabajo doméstico, por las jubilaciones, etc. Si la clase trabajadora es una relación social colectiva en permanente movimiento interno, tanto más ocurre en el pueblo trabajador, sobre todo cuando en él se integran trabajadoras extranjeras que sociopolítica, cultural y hasta lingüísticamente se han nacionalizado vascos, independentistas y socialistas vascos y vascas.



4.- ¿Qué es el movimiento popular?
  1. De la misma forma que para saber qué es la clase trabajadora sobre todo hay que estudiarla en sus luchas, en su acción, para saber qué es el pueblo trabajador hay que estudiarlo en su praxis, con la diferencia de que mientras la clase trabajadora lucha sobre todo en el ámbito fabril y sindical, el pueblo trabajador también lo hace en los movimientos populares, además de en el fabril y sindical dado que su centro, su base, es proletaria, trabajadora, obrera. Se cometen dos errores garrafales provenientes del unilateralismo economicista: creer que el pueblo trabajador no lucha sindicalmente, sino sólo en los movimientos populares; y creer que el movimiento obrero no lucha en los movimientos populares sino sólo en los sindicatos. Ambos niegan la unidad interna que los recorre.

  2. El movimiento popular es una de las formas de intervención del pueblo trabajador, siendo las otras dos fundamentales, el movimiento obrero y el movimiento social. Por fundamentales entendemos las que afectan a la estructura elemental de reproducción de la propiedad burguesa y franco-española en Euskal Herria, habiendo otras también importantes pero de impacto menor, en las que no podemos extendernos ahora. La distinción entre estas tres formas fundamentales de lucha --langile mungimendua, herri mugimendua eta gizarte mugimendua-- surge tanto de las opresiones a las que se enfrentan como de los grados de conciencia sociopolítica nacional de clase que por lo general existen en esas formas de lucha.

  3. El movimiento obrero en un primer momento se enfrenta contra el empeoramiento de las condiciones de vida y de trabajo, contra el aumento de la explotación, etc.; pero en perspectiva histórica y revolucionaria, esta lucha ceñida sólo a la defensa de lo existente o a su mejora dentro del sistema capitalista, no resuelve apenas nada, aunque siempre es imprescindible. El movimiento obrero debe atacar la base del capital, o sea, el sistema salarial, el sistema de extracción de plusvalor y su transformación en plusvalía. La diferencia entre la primera y la segunda radica en que la segunda, la lucha contra el salario, demuestra que nunca puede existir el salario justo, que nunca puede existir eso que la ideología burguesa define como «justicia social». Al contrario, todo salario es objetivamente injusto, por tanto hay que acabar con el salario y con la propiedad privada, que viene a ser lo mismo.

  4. El movimiento popular es mucho más amplio y extenso en sus campos de intervención que el movimiento obrero porque también son más numerosos los sujetos que integra. Por ejemplo, el movimiento Askapena lucha contra el imperialismo, lo que le enfrenta indirectamente al sistema salarial y además en sus peores formas de plasmación, las impuestas por el imperialismo a los pueblos del llamado Tercer Mundo. Miremos por donde miremos, todos los movimientos populares, todos ellos, terminan chocando de un modo u otro con la objetividad de la explotación nacional de clase y patriarco-burguesa. Es inevitable porque malvivimos en una sociedad capitalista, y negarlo es retroceder al abismo de la derrota.

  5. El movimiento popular tiene la virtud de atacar no solamente al proceso de producción de valor, que también por cuanto está unido al movimiento obrero, sino a la vez y en muchas cuestiones sobre todo al proceso de reproducción de las condiciones de producción, es decir, al proceso en el que se reproduce la dominación franco-española y la legitimidad hegemónica alienante de la burguesía autonomista y foralista vasco-española con su bloque social de apoyo. La reproducción de las condiciones de producción capitalista es a la vez reproducción de su poder opresor.

  6. Esto es debido a que el movimiento popular, más que el obrero y mucho más que el movimiento social, actúa en cuestiones decisivas como la Amnistía, el derecho/necesidad de la lengua vasca, la cada vez más importante lucha contra la irracionalidad consumista y el desarrollismo, la recuperación de la unidad naturaleza-especie humana, la lucha contra la drogodependencia, la reivindicación del deporte popular y del tiempo libre y crítico, la lucha contra la corrupción, la lucha contra los desahucios y la injusticia financiera, el movimiento vecinal, el movimiento educativo, el movimiento juvenil, y un largo etcétera.

  7. Del mismo modo que estas y otras luchas afectan directa o indirectamente al sistema salarial, sobre todo afectan a su legitimidad y a su efectividad de reproducción, ya que a diario presentan en la vida cotidiana del pueblo una crítica de las opresiones que sufre, y cada vez más frecuentemente avanzan a ofrecer al pueblo trabajador alternativas concretas a esas opresiones e injusticias, de modo que la legitimidad del poder dominante y su reproducción general se ven cuestionadas en el interior mismo de la vida cotidiana de las clases explotadas, que no sólo en la fábrica. Si esta lucha obrera mina la raíz productora del capital, el movimiento popular además mina su raíz reproductora.

  8. Dos son los grupos decisivos del movimiento popular que minan otros dos esenciales puntos de la reproducción del poder capitalista franco-español en Euskal Herria: uno es la lucha antipatriarcal abertzale, y otro es la lucha por la (re) construcción del complejo lingüístico-cultural euskaldun, los componentes progresistas existentes en la cultura popular euskaldun. En el capitalismo la reproducción de la fuerza de trabajo dócil y plenamente explotable es una necesidad imperiosa. La síntesis entre (re) construcción de la identidad progresista vasca y la lucha antipatriarcal abertzale debilita la raíz misma de la reproducción de la fuerza de trabajo alienada, sumisa y hasta colaboracionista.

  9. La lucha antipatriarcal --que no sólo el «feminismo»-- abertzale es parte esencial del movimiento popular, del independentismo socialista, porque vertebra la totalidad de la reproducción de Euskal Herria y buena parte de la producción de plusvalor. Y esto es decisivo porque una movilización sistemática, global y diversificada por parte del movimiento antipatriarcal abertzale desvela y descubre la estructura entera de la opresión que padece Euskal Herria. Nada puede quedar oculto, y menos el terrorismo masculino, a la crítica antipatriarcal porque esta va incluso a las raíces opresoras precapitalistas que facilitaron la victoria capitalista y su explotación nacional de clase.

  10. El movimiento antipatriarcal, por tanto, cuestiona nuestra historia desde la victoria del patriarcado pre-cristiano, que no sólo la historia «moderna». Quiere decir esto que son puestos en crítica todos los cimientos profundos del capitalismo vasco-español y casi todos de la misma Euskal Herria tal cual se ha ido formando bajo las presiones patriarcales del pasado que se niega a desaparecer y que tiene una de sus fuerzas en el cristianismo; bajo las presiones del sistema patriarco-burgués desde los siglos XIII-XIV; bajo las presiones de la indiferencia ante esta realidad de las matxinadas y de la lucha de clases desde la mitad del siglo XIX; bajo las presiones de las invasiones extranjeras y bajo el debilitamiento teórico y práctico reciente del feminismo abertzale en un momento en el que se endurece la contraofensiva patriarco-burguesa.

  11. Esta larga historia se ha asentado sobre la explotación de sexo-género y su adecuación a los intereses de las clases dominantes. La actual estructura clasista vasca, por ejemplo, también es el resultado de la larga explotación de la fuerza de trabajo sexo-económica. Otro tanto debemos decir de la versión oficial, machista, de nuestra historia, por muy progre que aparente ser. Tampoco se libra la versión oficial de la cultura vasca e incluso de la cultura popular. Muy imprecisamente se utiliza el término «transversal» para denotar la presencia del patriarcado en la sociedad, pero la realidad es más salvaje y cruda: patriarcado y opresión nacional de clase forman una unidad.

  12. El movimiento popular por la (re) construcción del complejo lingüístico-cultural euskaldun es la otra arma decisiva para minar la reproducción del poder dominante. Lo es porque la lengua es el ser comunal que habla por sí mismo, y la cultura es la producción y distribución colectiva de los valores de uso. Desde esta perspectiva, lengua y cultura son irreconciliables con la cultura mercantilizada burguesa, mercancía con un valor de cambio producida por su industria político-mediática. La lucha irreconciliable entre el valor de uso de la cultura popular y el valor de cambio de la industria cultural burguesa también se libra obligatoriamente en el interior de la explotación asalariada y en la reproducción del poder dominante.

  13. Dado que el capitalismo se caracteriza también por ocultar la unidad de contrarios entre valor de uso, valor y valor de cambio, la burguesía puede sobornar, cooptar e integrar en la mercantilización de la cultura y en la manipulación de la lengua a sectores intelectuales que en el pasado habían luchado por el derecho/necesidad de la (re) construcción del complejo lingüístico-cultural euskaldun. Frente a esta realidad actual, el movimiento popular euskaltzale, con toda su diversidad, se encuentra ante un debate: ¿cómo recuperar el derecho democrático elemental al uso de la lengua, y cómo unirlo a la necesidad de que sea una recuperación emancipadora?

  14. La respuesta sólo es posible desde el interior del movimiento popular como el eje rector y baremo valorativo de la eficacia de la acción institucional y del patrocinio privado, si lo hubiera. Como en el resto de opresiones y necesidades nacionales vascas, el fracaso de las instituciones prestadas por el reino de España es patente, teniendo en cuenta lo que se podría haber avanzado si se hubiese seguido una estrategia digna y coherente.

  15. Para concluir sobre el movimiento popular, hay que decir que tanto la lucha antipatriarcal como la lucha por la (re) construcción euskaldun son dos pilares en las relaciones entre el movimiento popular en su conjunto y los movimientos sociales. Lo que les diferencia es simplemente la conciencia nacional de clase. El movimiento popular es parte del proceso de liberación, y debe respetar con escrupuloso cuidado los desniveles de conciencia y las identidades que pueden haber y hay en las bases menos formadas de los movimientos. Los movimientos sociales se caracterizan por no tener tan clara la conciencia nacional, o por no tenerla en absoluto, e incluso por ser algunos de ellos abiertamente franco-españolistas.

  16. El embrión del movimiento popular apareció en los años de plomo de la dictadura franquista, lo que le ha dado una impronta decisiva que es el secreto de su continuidad pese a los altibajos. Los movimientos sociales nacieron al calor del mayo’68 y en buena medida impulsados por esas izquierdas arriba vistas que apenas han valorado la objetividad de la opresión nacional, o que la han negado directamente, lo que también les ha dejado cierta herencia. Más aún, tras la interesada moda de las ONGs se ha producido un boom de grupos y colectivos cuyos nombres todos conocemos, directamente relacionados con las doctrinas de contrainsurgencia. Aunque otros muchos han ido abriéndose a las justas reivindicaciones vascas.

  17. Nada de esto anula la valía democrática de los movimientos sociales, en absoluto, simplemente aclara que la interacción de unos y otros movimientos es necesaria para aumentar las fuerzas democráticas, progresistas, soberanistas e independentistas frente al endurecimiento del imperialismo franco-español. Más aún, los movimientos sociales de primera hornada, se adelantaron a los populares en reivindicaciones que el independentismo no valoró correctamente en su momento, y que luego se han demostrado imprescindibles.


5.- ¿Cómo se organiza el poder popular?
  1. Antes de responder a cómo se organiza el poder popular hay que responder para qué se organiza; básicamente dicho: para ser fuerza impulsora y garante del avance en la lucha y para impedir que fructifiquen las tendencias a la burocratización, dirigismo y sustitucionismo inherentes a la verticalidad de la forma-partido y al poder disolvente del parlamentarismo. Ambos peligros se han materializado demasiadas veces en la historia de los pueblos, y en la nuestra, como para no ser tenidos en cuenta.

  2. Por tanto, internamente, el movimiento popular ha de organizarse de manera tal que todas las áreas de lucha, todas las reivindicaciones y todas las injusticias contra las que se combate tengan su correspondiente unidad organizativa interna. No es lo mismo luchar contra el desarrollismo consumista, a favor de un ecologismo socialista y antiimperialista, que movilizarse por la cultura y la lengua vasca, etc. Las diferencias son lo suficientemente llamativas como para comprender la necesidad de organizaciones específicas en cada una de ellas.

  3. Retrasar la formación de estas organizaciones específicas, o tardar en mejorar las que ya existen y son muchas, es perder un tiempo muy valioso teniendo en cuenta la rapidez del ataque franco-español a las condiciones de vida de nuestro pueblo, y sobre todo la intensificación del su imperialismo con el apoyo de la burguesía autóctona.

  4. Simultáneamente, debe avanzarse en la coordinación de las organizaciones ya existentes, en la mejora de sus relaciones y en la generalización planificada de encuentros en los que se debata todo lo planteado. Generalmente no se tiene en cuenta que los aparatos de Estado dedicados a la mantener su poder no se detienen nunca, nunca cogen vacaciones, mientras que por el lado de la izquierda es relativamente débil la conciencia del valor del tiempo político. Peor aún, además de la intervención permanente del Estado, hay otra fuerza reaccionaria mucho más dañina: la invisible e imperceptible capacidad de alienación del capitalismo.

  5. El debate sobre la forma organizativa del poder popular ha de partir, también, de la agudización de tres problemáticas a las que deberá darse una respuesta organizativa en ese debate: una es ¿cómo organizar un movimiento popular que intervenga en el creciente mundo del empobrecimiento, de la depauperación de la tercera edad, de las formas de miseria familiar que intenta ocultarse, y que es un caldo de cultivo para la derecha? El empobrecimiento es un arma en poder del imperialismo franco-español, a no ser que el movimiento popular cree un frente específico, o coordine y refuerce los ya existentes.

  6. Otra es, ¿cómo reforzar los movimientos populares y sociales que intervienen en el área de la cotidianeidad, de la «privacidad», en donde se refuerzan las cadenas autoritarias, el terrorismo racista y patriarcal, la sumisión a la «figura del Amo»? La debilidad del feminismo abertzale en esta área se agrava con el empeoramiento del poder del sistema patriarco-burgués. Pero es un espacio cotidiano decisivo en la reproducción de valores reaccionarios o de valores revolucionarios, dependiendo de si se interviene en su él y cómo. Si perdemos este espacio, y no lo estamos ganando, habremos perdido una de las fuerzas generadoras de conciencia nacional de clase y antipatriarcal decisivas en el período de 1965-95.

  7. La última es, ¿cómo prepararse para el más que probable recorte de los derechos de expresión mediante la Red, mediante Internet, decisivos para el movimiento popular por razones obvias? Los datos disponibles advierten que el imperialismo está preparando recortes sucesivos en el tiempo para que el tijeretazo no sea sentido como brutal, sino dosificado como el veneno para no provocar una resistencia masiva. La forma organizativa del poder popular guarda mucha relación con la política concienciadora y con los medios de lucha teórico-política. Abordar desde ahora esta cuestión es una necesidad creciente.

  8. Apreciamos, por tanto, tres fases. En la primera se trata de coordinar los colectivos, grupos y organizaciones ya existentes, impulsando a la vez las que hagan falta. La segunda, es profundizar en el debate sobre lo que une en lo básico al movimiento popular y al social, y lo conectan con el poder popular como conquista decisiva; y la tercera, la fundamental, será impulsar una organización específica para el movimiento popular, formada por la militancia que asume lo que une, que respeta las diferencias, y que es consciente del valor estratégico inestimable del movimiento popular en la creación del poder popular.

  9. Solamente así, podremos ir creando las condiciones para que en una futura Euskal Herria independiente el Estado y las demás instituciones estén controladas desde fuera por el Poder Popular, garante de los objetivos histórico irrenunciables.