miércoles, 11 de diciembre de 2013

La izquierda sin objeto


por Maximiliano Riesnik (Cátedra Che Guevara – Colectivo Amauta)

Dic.13 :: Grandes debates - La Rosa Blindada


¿Hemos perdido el rumbo? ¿Cuál es nuestro objetivo como izquierda? Reflexiones a partir de nuestra historia y nuestra historiografía.


La izquierda sin objeto (1)

Porque no son los calendarios los que
nos atan a rememorar a los nuestros,
a los Héroes de Trelew y M.R. Santucho,
que aspiramos no sean
“los últimos guevaristas” (2)
No estamos en retirada, no hicimos las maletas al grito del último que apague la luz. No nos fuimos de vacaciones sin goce de sueldo, ni el trabajar por la revolución nos da una paga. Nos es imposible desensillar hasta que aclare. Somos hijos de la Tempestad (3) y aprendimos a navegar en aguas turbulentas. Tal vez, por hacernos cargo de la derrota de nuestros hermanos mayores y sentirla como propia, ya no tenemos con que llorar y no nos queda otra que luchar (4).

Por qué, como, con quienes y para qué luchamos son preguntas-problemas, y debates indispensables. Ya se ha dicho que cuando una sociedad se plantea un problema, es, como en una ecuación matemática, porque la respuesta ya está latente de manera más o menos explícita. Y si existen problemas matemáticos que llevan décadas y décadas hasta que logran ser resueltos, como pretender resolver los sociales de un plumazo.

Deodoro Roca planteo alguna vez que hay dos clases de sujetos sobresalientes: los que hacen grandes preguntas y los que hacen grandes respuestas (5) . Si intentáramos hinchar nuestras espaldas para caber en algún sayo, cual deberíamos elegir.

Decíamos que no estamos en retirada, pero somos conscientes que la ofensiva todavía no podemos encabezarla. Nos proponemos entonces, contribuir a ese sujeto colectivo que se pregunta y repregunta. Dadas las condiciones objetivas en las que nos encontramos como corriente especifica de la gran familia de la Izquierda, la reflexión es el medio con el que contamos para reconstruirnos. Porque aceptar la derrota no es sentirse vencido.

Con un grupo de compañeros nos propusimos estudiar el surgimiento de la Teoría de la Dependencia y sus principales directrices. Partimos de la disputa que por los años 50´ y 60´ se entablo en torno a cual debía ser el camino para alcanzar la liberación nacional. Nuestra propuesta consistía - y consiste, seguimos desarrollando los encuentros- en distinguir los dos grandes cuerpos ideológicos que se enfrentaban en ese terreno para ver que herramientas podíamos aprovechar en el presente para comprender e intervenir en momentos históricos donde, vuelven a surgir de forma más o menos tímida, proyectos de liberación.

Por ponerle nombres a las cosas, pero reconociendo las trabas conceptuales que esto puede acarrear, identificamos un primer grupo que nombraremos progresistas-reformistas y otro grupo (donde caben los Teóricos de la Dependencia) que llamaremos radicales-revolucionarios. Ninguna de estas corrientes se desarrollan y confrontan para llenar páginas y libros en bibliotecas. Son el resultado y la alimentación de distintos proyectos sociales, económicos, culturales, es decir, políticos. Y si bien ambos son continuadores de aportes y proyectos que existían previamente a su intervención, vienen a cristalizar y condensar modelos de sociedades que estaban en disputa y a la orden del día. Por poner un ejemplo concreto, programas de industrialización por sustitución de importaciones para unos y programas como el que planteaba la Segunda Declaración de la Habana para otros, eran objetivos tan claros y diferenciables que permitían dividir aguas en el revuelto mar de no hace más de 50 años.


Ahora bien, seguir desarrollando argumentos y posiciones de uno u otro bando seria adelantarnos, como ya dijimos, a un estudio que todavía no concluimos. Lo que viene a continuación, es lo que queríamos acercar a propósito de una derivación con la que nos encontramos en el estudio de lo antes mencionado.
Al avanzar en la lectura de los teóricos de la dependencia, nos encontramos que otros intelectuales - otra vez, expresión teórica de fuerzas políticas- discutían con aquellos acerca del por qué y del como de la Revolución para alcanzar la Liberación Nacional.

André Gunder Frank

Los tres autores con los que nos enfrentamos a la discusión: Andre Gunder Frank (teórico de la dependencia) Rodolfo Puiggros (peronista revolucionario) y Milcíades Peña (trotskista) (6) .

Como todo aquello que es permeable comparar, es porque existe por lo menos un rasgo que es común a todos. En este caso, eso que los distingue pero a la vez los vincula es que plantean un problema del cual derivan sus conclusiones. la gran pregunta que les surge es: Cual es el carácter de la naturaleza de la conquista y colonización en América Latina, y de ahí, al responderse esa pregunta, sentencian cual es la tarea y acción a desarrollar. Dejamos para el final nuestra posición acerca de esta metodología de derivación.

Así, mientras Frank y Peña ven en la inserción de la Vieja Europa en la Vieja América como la incorporación de Nuestraamerica al capitalismo en escala mundial, 

Puiggros ve en la conquista colonizadora la rehabilitación del feudalismo decadente que tuvo su partida de defunción con el amanecer del capitalismo en España. Primer punto de divergencia. Conquista del desarrollo capitalista o conquista de la reacción feudal. Y hay también un subpunto de divergencia al interior de los que sostienen que la conquista y colonización fueron capitalistas. Mientras Peña sostiene “que no se puede ´condenar´ la colonización dado el hecho irrefutable de que resultaba económicamente necesaria…”, Frank no se esfuerza en justificar ningún aporte producido por la conquista. Esta oposición surge del hecho de que peso se le atribuye al desarrollo de las fuerzas productivas como premisa para lograr una transformación social.

Una vez que los autores definen su caracterización de la conquista, sus argumentos se vuelcan en sostener esa defensa.

Rodolfo Puiggrós

Puiggros se pregunta, como podríamos sostener que la conquista fue capitalista con los siguientes siglos de atraso y estancamientos que sufrieron los pueblos. Y podríamos poner en palabras de Frank como respuesta: producto de que entramos al capitalismo de manera dependiente, nuestro “desarrollo” capitalista es por su naturaleza nuestro subdesarrollo. El estancamiento y atraso no son incompatibles con un desarrollo capitalista dependiente y en escala imperialista. Solo falta explicitar la segunda divergencia. ¿Somos dependientes porque somos atrasados o somos atrasados porque somos dependientes?. Sostener una u otra posición determina un objetivo inmediato. Si es el atraso el que justifica la dependencia, luchar por la justa causa de la liberación nacional respecto de las potencias opresoras, es el camino para lograr un desarrollo interno y desde ahí, alcanzando ser una nación fuerte, cortar las amarras con el Imperialismo colonial. Ahora, si es la dependencia la condición suficiente del atraso, pensar en desarrollarse sufriendo una relación de dependencia respecto del Imperialismo, es pedirle peras al olmo. Y como existe un sujeto social (lumpenburguesia) que al interior de las naciones oprimidas cumple el rol de ejecutar políticas de desarrollo (lumpendesarrollo) impuestas por los países opresores, ya no es suficiente la liberación nacional para alcanzar la independencia. Si partimos de la diferencia de desarrollo económico entre naciones industrializadas y subdesarrolladas, encontramos nuevos términos de oposición histórica: nación explotadora y nación explotada. El antagonismo irreconciliable de estos términos, no elimina la lucha de clases en el seno de ninguna de ambas, pero determina una diferencia cualitativa. Los trabajadores de los países explotadores luchan contra los grupos dominantes internos. Por su parte, la tarea del campo popular en los países explotados tiene una doble misión: recuperar el fruto de su esfuerzo que es usurpado por las oligarquías nativas y, sin tregua, lucha también por rescatar de las manos del imperialismo, a la nación sometida al régimen de explotación internacional. Así, a la lucha por la liberación nacional es necesario incorporarle, a la par, la lucha por la emancipación social (7).

Milcíades Peña

Ahora bien, no podemos avanzar sin arrojar una crítica que pensamos, arrastran los autores en su análisis de las formaciones sociales producto de la conquista y colonización. Como militantes revolucionarios, son sus definiciones políticas las que se esfuerzan en sostener y argumentar con el estudio sistemático. Lejos de las becas y de la academia, reivindican la mejor tradición de la filosofía de la praxis. No es eso lo que nos incomoda sino que lo aplaudimos. De lo que no estamos tan seguros, y es una de las tantas preguntas pendientes con que nos fuimos encontrando, es cual debe ser el uso de la historia. Ni nos detenemos a discutir como es y ha sido utilizada por los sectores dominantes. Está claro que la construcción que se ha conformado desde lo que conocemos como la Historia Oficial forma parte de otra de las herramientas con las que han contado nuestras oligarquías y burguesías autóctonas para someternos. Entre otros males, la mentira es inherente a la reproducción capitalista. Por eso centramos la discusión al interior de los que aspiran a otro orden social. ¿Qué es apropiarnos de la historia?, ¿El análisis objetivo de la historia nos impone un quehacer determinado?, ¿Debemos utilizarla como herramienta de diagnostico o como justificación del tratamiento a aplicar?

Es que la lucha en que se batían los autores al descifrar los resultados de la conquista encerraba una premisa que es fácilmente hallable en sus cruces a partir del estudio de la historia. Unos y otros al fundamentar su posición sobre que pasó, definen cuales son las tareas por realizar. La historia deja de ser experiencias concretas de los pueblos en su desenvolvimiento, para convertirse en arsenal teórico que justifica la praxis presente. Al confinarla a eso, a la par de resaltar la acción militante de quien la utiliza, trastoca la verdad histórica de los propios pueblos. Para ser más claros, no es el juicio a cerca de que si fue conquista feudal o capitalista lo que ponemos en foco en este punto. Ese debate lo defendemos como necesario y vigente. Solo que no nos convencemos de que del resultado o posición que tomemos de ese estudio de la historia debamos desarrollar un cuerpo teórico que determine las acciones políticas a llevar a cabo. Vemos que por el contrario, los autores citados definen de su interpretación del carácter de la naturaleza de la conquista y colonización, su carácter de la naturaleza de la Revolución en Nuestraamerica. Sostenemos la posibilidad de que apartándonos de determinismos, etapismos y dogmatismos, los sucesos transcurridos en la Historia son herramientas de comprensión, pero que de ninguna manera pueden ni deben atarnos a acciones presentes. Como dijera Mariátegui “El pasado nos interesa en la medida en que puede servirnos para explicarnos el presente. Las generaciones constructivas sientes el pasado como una raíz, como una causa. Jamás lo sienten como un programa (8).

No queríamos cerrar estas reflexiones pasando por alto una referencia acerca del título que lo precede. Cuando León Rozitchner escribe “La izquierda sin sujeto” - texto contemporáneo a la discusión de los tres autores mencionados- la pregunta que merodeaba en el arco de la izquierda era como se alcanzaba el socialismo. Estaba claro el horizonte, lo que se debatía era el camino que se debía transitar. El objetivo de la izquierda era uno y bien definido, conquistar la Revolución Socialista. Se debatían los medios, los tiempos y los sujetos, pero no había dudas de la necesidad y posibilidad (más o menos mediata) de realizar la Revolución.

Los aportes de Puiggros, Frank y Peña, contribuyeron a clarificar el sujeto de la izquierda a la par de conformarlo. Pero en los procesos históricos, lo alcanzado en momentos de ofensiva revolucionario no se vuelven conquistas eternas. Porque la historia no es ni lineal ni progresiva. Se desenvuelve con avances y retrocesos. Los procesos revolucionarios no se perfeccionan, se refundan. Esto no quiere decir comenzar de cero una y otra vez. Pero exige partir del presente, absorber las experiencias, para proyectar y ejecutar las tareas a realizar.

La contraofensiva que ensayaron los Estados-Naciones al servicio de los sectores dominantes, son conocidas por todos. Las feroces dictaduras militares que regaron Nuestraamerica de sangre. Las transiciones democráticas que prosiguieron para terminar de derrotar en la moral, la Idea de la Revolución. En conjunto, no solo detuvieron la marcha de la Revolución. También consiguieron volver difusas las sendas. Y peor aún, intentaron que olvidáramos hacia donde íbamos.

A más de un cuarto de siglo de todo aquel proceso, y siendo concientes que nos llevaron a los mejores entre los buenos -nuestro recuerdo de los héroes de Trelew- debemos decidir qué camino retomamos, continuamos y/o construimos. Y es en esa encrucijada, en donde nos vuelve la duda de si no se debe comenzar por preguntarnos si tenemos, como izquierda, nuestro Objeto.

En nuestra memoria corta, al decir de Benjamin, proyectada en las luchas latinoamericanas, encontramos: México de Chiapas y aquel “Otro mundo es posible”. Venezuela bolivariana del “Socialismo del Siglo XXI”. Ecuador y Bolivia con el despertar del Mito, que demostraron que la conquista y colonización no han podido matar (9) . Se enmarca un ciclo de reaparición del campo popular como protagonista de la historia. Ahora bien, alcanza con este renacer de Nuestraamerica o es necesario avanzar antes que se apague la mecha… sin alcanzar la dinamita (10).

Es que cambio social o revolución socialista no es solo una transmutación semántica, es también delinear un sendero especifico del objetivo que se persigue en la transformación del orden social. Las términos encierran conceptos que modifican los contenidos, y sin ser la esencia, los conforman. No exigimos definiciones políticas revolucionarias, aprendimos que eso no se exige, se realiza. Solo nos preguntamos, y preguntamos, si como hace medio siglo atrás, tenemos claro nuestro objetivo como izquierda.

NOTAS

(1) En referencia a “La izquierda sin sujeto” de León Rozitchner.
(2) “Los últimos guevaristas”, texto de Julio Santucho.
(3) “La Tempestad” de Luis Valcárcel prologado por J. C. Mariátegui.
(4) En alusión a “Los que luchan y los que lloran” de Ricardo Masetti. Novela, documento periodístico y declaración política, síntesis que alcanza la literatura comprometida.
(5) El difícil tiempo nuevo” de Deodoro Roca.
(6) Los textos que enfrentamos son: “Lumpenburguesía y Lumpendesarrollo” de Andre Gunder Frank; Debate Rodolfo Puiggros- A.G. Frank; “Antes de Mayo” de Milciades Peña.
(7) Utilizamos un material de Marcelo Quiroga Santa Cruz, revolucionario boliviano, para desarrollar este análisis.
(8) En “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”. En el mismo texto, encontramos también en palabras de Mariátegui esta sentencia “…los hombres y mujeres debemos ser lo más radicales que podamos, pues la historia se encarga de los reformismos”.
(9) La Idea del Mito, como herramienta revolucionaria, en “Siete ensayos de la realidad peruana” de J. C. Mariátegui.
(10) Sabemos que la historia no es lineal, que se puede escribir de a saltos, pero no es menos cierto que existen continuidades que actúan como hilos conductores, que permiten comprender los procesos. Entre la Revolución Cubana en 1959 y las experiencias que surgen sobre los albores del siglo XXI, ubicamos la Insurgencia colombiana como nexo que ha permitido mantener en vigencia las rebeldías en Nuestra Patria Grande. 

LAS RAÍCES DEL “PROGRESISMO”

 (Apuntes)

por Asdrúbal Pereira Cabrera... 
Rosa Luxemburgo en un mitín en Berlín



... "Los peores enemigos de nuestra América no son los que defienden, con sus intereses, el inmovilismo. Los peores son aquellos que se disfrazan de progresistas, ponen el acento en el desarrollo, hablan de reformas, ignoran a los pueblos y a pretexto de perseguir la común felicidad en la paz, están al servicio del imperio. Los que se llenan la boca con los males y ocultan las causas. Los que se quejan y a veces asumen actitudes de censores; pero se abrazan al victimario frente al cual, transidos de fino amor y respeto, ponen los ojos en blanco y extienden la mano..."

 Editorial de Carlos Quijano, semanario Marcha, 14 de abril de 1967.

Últimamente abundan los artículos que critican al gobierno progresista y/o analizan las consecuencias de su accionar.

Escasean en cambios los artículos que sondean en la raíz de sus orígenes.

Recordé la carta que el Che enviara a José Medero Mestre y cito “…Desgraciadamente, a los ojos de la mayoría de nuestro pueblo, y a los míos propios, llega más la apologética de un sistema que el análisis científico de él. Esto no nos ayuda en el trabajo de esclarecimiento y todo nuestro esfuerzo está destinado a invitar a pensar…

... Por ello, porque piensa le agradezco su carta; lo de menos es que no estemos de acuerdo.”

Caminando por la feria sabatina de La Teja encontré el pequeño opúsculo de Rosa Luxemburgo “Reforma o revolución”. Lo compré.

La tarde calurosa contribuyó a que comenzara a leerlo y no pude dejarlo. Su vigencia me atrapó.

Tenía frescas sus discusiones con Lenin sobre varios aspectos, en especial los organizativos, pero estaba lejos de su enfrentamiento a  Bernstein si bien hace años lo había leído.

Rosa Luxemburgo tenía razón. Sus análisis tienen 115 años de plena vigencia. Ponen al orden del día las preguntas que es imprescindible hacerse en la actual coyuntura. La discusión con Bernstein no era táctica como muchos socialdemócratas alemanes pretendieron. No hacerse las preguntas que plantea han regado las semillas de la confusión de la cual la derecha se benefició y sigue beneficiándose.

Rosa era una estratega, un águila - diría Lenin - porque "miraba desde lo alto y muy lejos" aunque discrepara con ella. Anticipó el camino que recorrería el sistema capitalista hacia “el caos y la barbarie” que como dice Fidel “ha llegado a poner en riesgo la sobrevivencia de la humanidad y del planeta” y argumentó la necesidad histórica del socialismo para impedirlo.

Bernstein dio al capitalismo una versión de "izquierda" con su "revisión del marxismo" argumentos para negar sus crisis. Lo hizo de modo oportunista luego de la muerte de Engels del cual era amigo. Aún después de la primera guerra mundial argumentó que de las cenizas y el dolor ya purificados por el fuego se pondría en práctica un avanzado programa social.

No fue el único ni el primero que buscó la cooptación política de la fraseología revolucionaria, fue sí el que más desarrollo dio a su teoría en su época y cuando murió, en 1932,  consecuente hasta el final, no reconoció las crisis capitalistas. Un año después, en su patria, triunfaría el nazismo.

Tuvo sí razón en que el capitalismo podía reformarse.

Los teóricos que lo continuaron no han podido, entre otras cosas, explicar para Europa por qué bajo el programa de reformas la propiedad del capital no se democratizó sino que se concentró, por qué regresó el desempleo y el deterioro de la clase media o por qué los socialistas a los que ellos contribuyeron ideológicamente han perdido más elecciones de las que lograron después de ser gobernantes.

Rosa tuvo razón en su debate con Bernstein. Sorprendentemente las argumentaciones de este último gozan de muy buena salud en nuestro país.

Ella inicia su obra diciendo que no contrapone la revolución social a las reformas, a la lucha diaria por las mejoras en la vida de los trabajadores y el fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Dice: "Entre las reformas sociales y la revolución social existe para la socialdemocracia un lazo indisoluble: la lucha por reformas es el medio; la revolución social, su fin". Bernstein renuncia a la transformación social, y hace de las reformas sociales su fin. No era una discusión sobre medios sino sobre fines.

Decía Brenstein: "Reconozco abiertamente que para mí tiene muy poco sentido e interés lo que comunmente se entiende como "meta del socialismo". Sea lo que fuere, esta meta no significa nada para mi y en cambio el movimiento lo  es todo. Y por tal entiendo tanto el movimiento general de la sociedad, es decir, el progreso social, como la agitación política y económica y la organización que conduce a este progreso".

Gramsci se preguntaba (cito de memoria): si no hay un fin ¿hacia dónde se camina?

Se estaba preguntando si cualquier reforma conduce a transformar la realidad en beneficio de los trabajadores. Si el reformismo establece como único método de acción política aquel en el que el progreso resulta de la dialéctica de conservación-innovación, ¿qué se conserva y que se cambia si no hay un fin hacia donde se busca llegar?

Dónde se ubica quien gobierna: ¿en un cambio de forma que no altera los elementos constitutivos del sistema y sus relaciones, que fortalecen esa estructura o sistema o en la destrucción de esos elementos constitutivos y sus relaciones para dar paso a una nueva estructura o sistema?




Dice Rosa: ... "en cada período histórico la lucha por las reformas se lleva a cabo dentro del marco de la forma social existente. He aquí el meollo del problema".


Por ello las reformas llevadas a cabo por el progresismo operan para perpetuar el sistema, para sostenerlo, para darle aire. No intentan cambiarlo sino fortalecerlo.

Pero hay reformas que pueden causar inestabilidad y debilitamiento del sistema. Son aquellas que sin cambiar la estructura o sistema pueden tener una potencialidad revolucionaria. Me refiero a todas aquellas que acrecientan el poder social, económico, político y cultural de los dominados en tanto ese poder acrecentado se oriente a cambiar el orden dominante existente.

Sólo el análisis de la "situación histórica concreta" puede dar respuestas.

El fin de Bernstein no era el socialismo que para él "no significaba nada". El "movimiento lo es todo" implica un fin: conservar el capitalismo que admiraba como fuerza de "desarrollo".

Es decir el "desarrollo" del capitalismo con sus eventuales reformas. Cuando los capitalistas condicionan la redistribución de los excedentes a mantener inalteradas sus ganancias Bernstein planteaba que el eje del programa de la socialdemocracia debía ser el de actuar a favor del "crecimiento económico", del "crecimiento de la producción y la productividad". En ese objetivo los "progresistas" fundamentan la conciliación de clases.

El sindicato, dice, "es un necesario órgano intermedio de la democracia" y es "socialista" porque promueve el bienestar general y no solo el interés de sus miembros. Tiene que ser "responsable" por eso el progresismo (la socialdemocracia) no promueve una política que ahogue el sentimiento de responsabilidad para no convertir a toda la población en pordioseros.

El sindicato es útil porque disciplina las demandas obreras en beneficio del crecimiento económico: "los trabajadores saben muy bien hasta dónde pueden llevar sus reivindicaciones". Saben -continúa- que "Un aumento de los salarios que lleve a un aumento de los precios no significa una ventaja para la comunidad, sino que acarrea elementos más dañinos que beneficiosos. Les exige también renunciar al democratismo doctrinario para ganar eficacia".

La tarea del progresismo es mantener el orden y la estructura capitalista "mejorándola".

Bernstein formula una revisión de las teorías de Marx y Engels. Decía que había que hacer correcciones a la teoría para hacerla avanzar "desde el punto donde ellos la dejaron". Se presentaba como un renovador de las ideas de Marx. Jugando con su vieja amistad con Engels, comenzó a publicar sus críticas revisionistas en 1896 cuando ya Engels no podía responderle.

Rosa Luxemburgo asumió la tarea.

Desde su postulado de equilibrio de mercado, Bernstein negó la teoría del valor de Marx, y desde allí negó la explotación, negó la tendencia a la concentración del capital, negó la contradicción entre producción y realización del plusvalor y por tanto la tendencia a la crisis; los monopolios y los cárteles eran para él una superior organización "socializada" de la producción que garantizaría el desarrollo capitalista constante, y que junto a la expansión del sistema bancario darían al capitalismo una capacidad ilimitada de adaptación y corrección de desequilibrios; la ampliación de la propiedad capitalista mostraba la vocación distributiva del capitalismo, debido a que el progresismo (socialdemocracia) debía favorecer ese crecimiento y acelerar esas tendencias virtuosas presionando desde los sindicatos y el parlamento por reformas para impedir excesos de "industriales individualistas miopes". Asimismo, la socialdemocracia (progresismo) debía acompañar las acciones para expandir internacionalmente ese crecimiento (guerras e imperialismo). Eso era para él "socialismo".

Otros "teóricos" plantearon dar un paso adelante de Bernstein quien tanto había trabajado para "reformar" al marxismo en beneficio de la burguesía. Consideraron necesario, entre otros objetivos, liberar al "socialismo" de las "escorias del materialismo histórico".

martes, 10 de diciembre de 2013

Nelson Mandela, una herencia ambivalente



Por Pepe Gutiérrez-Álvarez
Kaos en la Red, 6 de diciembre, 2013

Acaba de fallecer Nelson Mandela, seguramente el negro africano más admirado y apreciado en la historia. Su biografía atraviesa la segunda mitad del siglo XX, y culmina con todos los honores posibles, es ya un icono.

Ahora, los representantes de la derecha neoliberal que, a la manera de Reagan y Thatcher, le trataron de "peligroso terroristas", se apremian por depositar el ramo de flores más grande sobre su tumba. Lo podemos ver en el "homenaje" que el thatcheriano Vargas Llosa, acaba de publicar en "El País", y cojan la lupa y miren: ni media palabra sobre los posicionamientos de Mandela por el socialismo, las luchas de liberación, su admiración por el Che y por la revolución cubana. De buen seguro, a su sepelio asistirán estadistas y coronas, mucha gente que en su día fueron buenos amigos del régimen racista, gente comos dignatarios del Pentágono que tuvieron a Mándela en sus listas como "terrorista" hasta después de ganar unas elecciones...

Mándela será en verdad llorado por millones de personas anónimas que a lo largo de varias décadas, se jugaron la vida y la libertad contra un régimen que el propio Mandela situó después del nazismo en perversión. En su inmensa mayoría serán personas que se sienten más libres que en los años de ignominia, cuando un "nativo" podía ser vejado, maltratado, torturado o asesinado por la policía. Las terribles fuerzas represivas de un sistema que era considerado como un ejemplo para África. Un sistema que no tuvo problemas diplomáticas hasta que su continuidad se adivinó imposible, y que gozó de apoyos incondicionales, por ejemplo de Israel. Por ejemplo, de la España de Felipe González que le siguió vendiendo armas cuando ya estaba siendo desahuciado, y muchos gobiernos habían dejado de hacerlo.

Dicen que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, y Mandela no es culpable del festival de cinismo que ha rodeado sus últimos años, desde que garantizó que la revolución que predicaba se quedaría en las puertas de la propiedad, de esas riquezas sobre las que alguien dijo que el oro de los blancos era también la sangre de los negros.

Su historia es la de una larga resistencia a la opresión racista y social, que una cosa es indisociable de la otra, se desprecia al negro para robarle sus riquezas.

De haber muerto en los años cincuenta podrían haber sido comparado con cualquiera de los grandes jóvenes líderes negros que, como Antonio Lembele o Steve Biko (al que aquí conocemos sobre todo con el rostro de Denzel Washington en Cry Freedom), dos líderes radicales que marcaron con su potente personalidad el movimiento de resistencia.

De haberlo hecho después del proceso de Rivonia su figura habría podido resultar equiparable a la trágica y magnífica de Patricio Lumumba, un nombre que es en sí mismo una acusación contra la inane monarquía belga y el colonialismo.

Pero Nelson siguió siendo alguien de una talla excepcional en los años del ostracismo, era ya un anciano cuando le llegó la liberación, pero emergió como un líder imaginativo, alguien a la altura de unas circunstancias especialmente complicadas, y dejó el poder con el prestigio intacto, aunque hay luces y sombras en el balance objetivo de su actuación. Pero incluso en el caso de que se puedan juzgar severamente algunas de sus posiciones, no hay duda que fue el artífice de la reconciliación racial que sacó a Sudáfrica del "apartheid", impidiendo que el país cayera en una guerra civil. Pero esa fue una fase. Una etapa inicial en un continente en el que el dilema entre el socialismo o la barbarie (neoliberal), se está haciendo cada vez más evidente que en ningún otro.

Ahora todo aquello parece quedar lejos, una historia que se narra de una manera personalizada, con cuatro generalizaciones sobre el "apartheid", un régimen que sirvió, ante todo y sobre todo, para caber más ricos a los ricos y más pobre a los pobres

Mandela, el incorruptible, el que no se rendía, comenzó a ser mundialmente reconocido cuando en los años ochenta, la crisis abierta, con las movilizaciones masivas en las calles, las muertes y las torturas de los resistentes, convertía a Sudáfrica en uno de los centros de la atención pública de todo el mundo, y familiarizó a muchas personas con términos hasta entonces extraños como boers, bantú, bantunstanes.

Palabras que vinieron acompañada de nombres como los de Steve Biko, Desmond Tutu, Walter Sisulu, pero sobre todo con Nelson y Winnie Mandela, la olvidada pareja protagonista del gran drama histórico del apartheid en su última fase, después de la cual comenzaría una nueva etapa en la historia de Sudáfrica en la que el racismo era apartado de las leyes, y el CNA conseguía gobernar con una mayoría absoluta, dentro de la cual se podían contar los votos de muchísimos blancos que también creían que el apartheid merecía morir, y ser enterrado como una variante colonial del nazismo, como una muestra especialmente cruel de la "supremacía blanca".

En este tiempo, y en el que le sigue, el prestigio de Nelson y Winnie Mandela han superado al de todos los gobernantes de la época. Muy pocas veces en la historia una pareja ha conseguido, reunir tras de sí un apoyo nacional e internacional tan vasto, hacía mucho tiempo que líderes proscritos no daban un salto histórico -revolucionario- que les llevara desde la prisión y la humillación, a protagonizar un cambio histórico incompleto pero impresionante, y recibir los máximos honores. Incluido el Nobel de la Paz para Nelson compartido con De Klerk, lo cual no deja de ser una paradoja, aunque este del Nobel a veces parece tan disparatado como el Oscar, y aunque no se lo dieron a Hitler o Franco (aunque no faltaron propugnadores), se lo dieron a Kissinger, seguramente peor de todos.

Así es que, aunque situados después de la ruptura matrimonial en ángulos diferentes, Nelson y Winnie, cada uno a su manera, siguieron representando la historia viva de Sudáfrica, una historia en movimiento que sigue ocupando las portadas de los medias, y sobre la cual sigue valiendo la pena tratar de ofrecer un "mapa" que nos ayude a situarnos en uno de los grandes episodios de la historia del siglo XX, y cuya importancia para el devenir del continente africano resulta incuestionable. Sudáfrica es el país más desarrollado de un continente para el cual el siglo XXI solo presenta malos augurios.

Al liderar una revolución a medias, Mandela se convirtió en el "rostro" de la oposición y de la superación del apartheid en los periódicos, la radio, la televisión y el cine. En sus últimos años de cárcel, su nombre fue asociado a todo tipo de acontecimientos y manifestaciones multitudinarias que gritaban su nombre, y las embajadas y consulados sudafricanos de todo el mundo se veían asediados por gente que gritaba lo mismo. En estos años, resultó extraña la entidad, empezando por el Nobel de la Paz, que al repartir un premio de carácter solidario o humanístico no tuviera a Mandela entre sus galardonados en tanto que su efigie ocupaba en los murales y panfletos un lugar cercano al "Che" Guevara. Fue también entonces cuando se publicaron numerosos libros, más sobre Mandela y Winnie que sobre Sudáfrica, siguiendo el mismo hilo: servían para iluminar los acontecimientos que les había tocado vivir, porque representaban al pueblo, y porque su causa era la verdadera, o al menos la más representativa. En el 2002, Nelson fue aclamado por todos los representantes del continente reunidos en Durban para celebrar la creación de la Unión Africana.

El potencial de este carisma no podía pasar desapercibido para el cine y la TV, y de ahí que una de las principales cadenas de la TV pública norteamericana le dedicara una superproducción a su nombre (Mandela, con Danny Glover como protagonista) que tuvo la virtud de suscitar la indignación de la llamada "Mayoría Moral". Los "medias" republicanos lo tacharon de "comunista" y de "terrorista". Palabras que también estuvieron en la boca de la Margaret Thatcher o del demócrata-cristiano alemán Helmuth Kolh, el padrino de Merkel y cia.

Pero Mandela se convirtió en un hueso atravesado en la garganta de los conservadores británicos cuando, en julio de 1988, el estadio de Wembley de Londres se puso hasta la bandera para escuchar un concierto musical con la reunión del mayor plantel de grandes de la música popular de nuestro tiempo. Desde la cárcel, Mandela llegó a convertirse en un reclamo desafiante gritado por millares y millares de manifestantes y de huelguistas de su país.

Por entonces, aunque fuese modestamente, también se crearon colectivos antiapartheid en varias capitales españolas. Esta campaña se compuso de las actividades clásicas de denuncia del racismo, actividades callejeras con pancartas, recogidas de firmas, propuestas parlamentarias, charlas y mesas redondas, y naturalmente, la edición de libros y folletos. Inmerso en esta actividad. Fue esta conexión la que permitió más tarde que Mandela hiciera una escala en Barcelona, invitado por el Ayuntamiento de la ciudad. En aquella ocasión, Mandela pudo hablar a un extenso público congregado en la plaza de Sant Jaume...

Poco después, tal como había predicho el mismo ante una audiencia que lo consideró quimérico, fue elegido el primer presidente negro de Sudáfrica, y protagonizaba el acontecimiento liberador más importante finales del siglo XX, de una década de derrotas para todos los movimientos de liberación, incluyendo los que en la vecindad con Sudáfrica habían provocado la caída del odioso ultraimperialismo portugués, y habían contribuido al "regalo" de la revolución de los claveles en Portugal, que tanta ilusión causó en una generación que acabaría haciendo la vida imposible al franquismo y conquistaría las libertades democráticas en España.

En aquella coyuntura, Mandela creyó que lo primero era acabar con el apartheid, y abordar los grandes cambios que la mayoría social del país venía exigiendo mientras eran salvajemente reprimidos.

Desde entonces, muchas cosas han cambiado en Sudáfrica y en el mundo, pero lo más importantes es que, primero, que el apartheid ha quedado atrás sin que haya tenido lugar ninguna hecatombe humanitaria, y segundo, que Sudáfrica ha adquirido un sentido muy diferente para el continente africano. Dejó ser el centro contrarrevolucionario coligado con Washington para sostener y complementar los ejércitos "contras" que acabarían arruinando en no poca medida las perspectiva de mejoras democráticas y sociales en Angola, Costa Verde y Mozambique, sino que, por el contrario, emergía como la portavoz más fuerte y autorizada de un continente que parece condenado a ocupar permanentemente las páginas más calamitosas de los noticiarios.

Mandela marcó un etapa de la historia sudafricana, el país más rico del continente, donde la clase trabajadora es mayoritaria y sigue estando organizada aunque las burocracias sindicales han hecho estragos. Comenzó como un continuador de la tradición pacifista y gradualista puesta en la práctica por Mahatma cuando vivió allí, pero luego consideró que la luchar armada se había hecho ineludible. Fue uno de los portavoces de la Carta de la Libertad, un programa que no separa la libertad de la igualdad. Su actuación gubernamental fue, cuanto menos insuficiente. Sudáfrica ya no sufre el látigo del racismo, pero se ha hecho todavía más desigual que cuando gobernaban los racistas.

Si tuviera que escribir una escueta esquela a Mandela, lo haría citando un poema de Miquel Mati i Pol, que dice
Ara es demá. (Ahora es mañana.)

No escalfa el foc d´ahir (No calienta el fuego de ayer)
Ni el foc d´avui, (Ni el fuego de hoy,)

I haurem de fer u foc nou. (Y tendremos que hacer uno fuego nuevo.)

domingo, 8 de diciembre de 2013

La Revolución de Octubre en cuatro palabras

por Pepe Gutiérrez-Álvarez


La historia de la revolución rusa no es está maldita, ni es arqueología. Está viva, y necesitamos hacer nuestras lecturas y nuestros balances. Este es uno muy sintético que trata algunos puntos claves.

1. La recusación. La premisa central de toda aproximación del pensamiento único” (la historia se acaba con el capitalismo democrático) a la historia soviética es que todo fue ¡un desastre desde el primer día” (Antonio Muñoz Molina)...De lo que se desprende, consecuentemente, que toda tentativa de ruptura con este último, lleva al desastre, al totalitarismo inherente a todas las utopías.

No hay pues, a donde ir (Cioran)

Desde los más diversos medios establecidos (diarios, ensayos, documentales, etc.), en que, de no haber sido por los bolcheviques, el régimen zarista (mal liderado por un zar ingenuo y bienintencionado, Cf., Nicolás y Älejandro, una notable película de Franklin Schaffner)) habría acabado siendo una monarquía parlamentaria. En un documental sobre el Ejército Rojo emitido en el programa Segle XX del Canal 33, se afirma que el general Denikin quería que “los rusos decidieran libremente su destino”)

El bolchevismo fue totalitario desde el primer día, desde el primer momento trató de exterminar a sus adversarios, Lenin quería vengarse de la muerte de su hermano (el arrepentido Evgueni Evtuchenko); por lo tanto, Stalin no hizo más que continuar la obra de su maestro, en cuanto Trotsky, podía ser más brillante, pero no era mejor. Ya puesto en esta lógica, se le pueden sumar los nombres que se quieran: Rosa Luxemburgo, Durruti, Che, Pol Pot, Mao, mezclando personajes tan extremos como los que se puedan dar bajo otros mantos, por ejemplo, del cristianismo…

Este ha sido el canon establecido por la historiografía dominante después del desplome de la URSS en 1991, y de todo lo demás. En algunos casos, estas conclusiones se adornan con el aval de la apertura de los archivos soviéticos, como si esto dividiera la historiografía sobre Octubre en un ante y un después.

2. El canon neoliberal. Entre los años sesenta y setenta, la historiografía sobre la URSS conoció un auge extraordinario. Se fue estableciendo un nuevo enfoque en oposición:

--a la de los “cold warriors” del tipo Robert Conquest (la historia de la URSS era una historia del mal que permitía al autor justificar su apoyo entusiasta a la agresión USA al Vietnam, entre otras cosas);
--b) a la historia oficial establecida por el estalinismo en fases sucesivas, siendo la última la derivada del XX Congreso del PCUS, que apenas había sido cuestionada por los partidos comunistas más evolucionados…

Con sus diversas matizaciones establecidas por sus diferencias en relación al carácter socialista de su punto de mira, esta historiografía más allá de la guerra fría”, fue presidida por la figura imponente de E. H. Carr, inicialmente un historiador conservador que acabó adoptando algunas de las premisas propuestas por Isaac Deutscher, no en vano la viuda de este, Tamara Deutscher, sería su más firme colaboradora. Su breviario, La revolución rusa. De Lenin a Stalin, es un resumen apretado de dicho punto de mira. Al lado de estos, cabe distinguir una extensa pléyade de investigadores y ensayistas: Moshe Lewin, Stephen Cohen, Pierre Broué, Georges Haupt, y otros muchos, entre los que se incluye nuestro Fernández Buey por muchos de sus trabajos. De una manera u otr, todos ellos han reconocido los aportes de la oposición de izquierdas antiestalinista, la que salvaguardó el honor del socialismo..

Desde los años ochenta, la “nomenklatura” neoliberal (en la que no han faltado numerosos “arrepentidos” como François Furet o Antonio Elorza) que se impondría hasta en la última emisora de radio, ha tratado de borrar todas estas aportaciones para imponer como tesis única, la URSS como “imperio del mal”.

3. La opción neozarista. La Rusia zarista era un gigante con los pies de barro, un Imperio con unas estructuras sociales tan anacrónicas como injustas, el atraso y la miseria extrema fue denunciada a lo largo de todo el siglo XIX, durante el cual conoció una revolución industrial animada sobre todo por el capital extranjero (británico sobre todo). En ningún momento apareció una burguesía democrática digna de tal nombre, entre otras cosas porque, desde 1848, la burguesía internacional temía más a la clase obrera que a las viejas castas. En 1905 se demostró que solamente la alianza entre obreros y campesinos podían llevar a cabo las tareas democráticas básicas: reforma agraria, libertad de las nacionalidades oprimidas, la separación entre la Iglesia y el Estado, etcétera. Como país dependiente, Rusia fue utilizada como “carne de cañón” de la Entente durante la “Gran Guerra”. Después de la revolución de febrero (marzo en el calendario europeo), el gobierno provisional se mostró incapaz tanto de firmar la paz unilateralmente (estaba atado a Gran Bretaña y Francia), como de aprobar las medidas democráticas que le exigían los soviet de obreros, campesinos y soldados. La única opción de orden –burgués y terrateniente- en Rusia era la de una dictadura militar de tipo fascista. El ejército blanco recompuesto con la ayuda inapreciable de las potencias occidentales, no tenía como objetivo ninguna democracia. Su principal característica era el antisemitismo, sin embargo, esos trazos desaparecen en muchas de las evocaciones documentales de la época.

De haber triunfado la contrarrevolución, el movimiento obrero y la democracia habrían sufrido un trato no mejor que el que le dispensó el franquismo al español. En cuanto a la representatividad de la mayoría bolchevique, de no haber existido en grado superlativo, difícilmente habría superado todos los embates, sobre todo considerando que en un principio, su única defensa fueron las milicias obreras.

La historia, la literatura, los líderes soviéticos, nunca ocultaron la existencia de un terror rojo justificado como legítima defensa. Siempre fue, por lo tanto, la apertura de los archivos refrendaron o ampliaron lo que ya se sabía. Los bolcheviques habían asido testigos de la “Gran Guerra” (a la que se opusieron radicalmente), y no se detuvieron en miramientos en defensa de una revolución cuya victoria entendían como primordial para el socialismo internacional. Sibn lo que quedaba de la revolución, la Rusia soviética casi desarmada por Stalin (que eliminó a la élite más preparada del Ejército Rojo, que despreció todas las informaciones sobre una eminente ocupación nazi), nunca habría derrotado a Hitler, dando un nuevo curso a la guerra mundial.

4. Una revolución legitima. La toma del Palacio de Invierno no fue un golpe de Estado, sus consecuencias humanitarias fueron irrisorias en comparación con los golpes de Estado pensados contra una mayoría social a la que pretende aterrorizar. El gobierno provisional apenas si representaba una minoría dentro de los soviets. El gobierno soviético inicial cumplió todas sus promesas, firmó la paz con Alemania, dio la tierra a los campesinos, puso a las empresas en sistema de autogestión y, lo que era mucho más difícil, demostró su carácter internacionalista reconociendo el derecho de autodeterminación de los pueblos oprimidos, para ellos, el régimen zarista era un cárcel de pueblos. Esta primera época quedó reflejada en la Constitución soviética de 1918 que proclamaba la Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado. En este tiempo, Lenin se paseaba entre la multitud sin escolta.

En aquellos “buenos tiempos” al decir de Trotsky, se vivieron numerosos momentos que dejaron constancia de la ingenuidad y la buena fe de la revolución, por ejemplo, los guardia rojos detuvieron a Wrangel y lo dejaron libre, porque dio su palabra de que no se levantaría contra los soviets, Alejandra Kollontaï “combatió” la huelga de los funcionarios de su ministerios, llorando a lágrima viva, Lunarchaski dimió cuando le llegó la noticia de que los Guardias Rojos habían destruido algunas piezas artísticas, lo cual no era cierto. Los bolcheviques intentaron gobernar con otras fuerzas políticas, pero estos interpretaron el tratado de Brest-Listovk como una traición, y promovieron atentados armados contra los líderes bolcheviques, en algunos casos, en colaboración con los servicios secretaros británicos que fueron especialmente activos. No fue hasta finales de los años veinte, que las potencias imperialistas desistieron en sus afanes restauracionistas.

Hasta finales de los años veinte, los políticos e intelectuales opuestos al gobierno pudieron exiliarse, por la misma época tiene lugar la NEP y una fase de activismo cultural y artístico excepcional. Hasta 1927, el PCUS apoya incondicionalmente todas las tentativas del Komintern. En 1921, Lenin propuso que la sede de ésta estuviera fuera de Rusia.

5. Una revolución traicionada. Sin embargo, no es cierto que gangrena burocrática comenzase después de la muerte de Lenin. Esta enfermedad, de entrada, se entiende por el atraso secular del país, por el dominio cultural que los funcionarios del antiguo régimen siguen manteniendo sobre la población. Una población que podía estar con la revolución, pero que seguía con un pie en su estadio anterior marcado por el analfabetismo, el antisemitismo, el machismo, el alcoholismo, etc. La guerra civil deja a la vida económica y social, al borde del abismo. Los soviets no pueden funcionar cuando ha desaparecido la mayor parte de la industria. Las medidas tomadas entonces por los bolcheviques contra otras minorías revolucionarias, así como los recortes en derechos democráticos reconocidos de siempre en el partido, fueron fatales…

En este contexto, el Estado se convirtió en el epicentro de la vida, y el partido se confunde con el Estado. Gran parte de la vanguardia había muerto en la guerra, otra parte está con los bolcheviques porque son los que han ganado. El viejo partido de gente que se la juega por una revolución que exigió grandes sacrificios, deja paso al nuevo partido de la “promoción Lenin”. Parte del aparato (la Checa), ha crecido utilizando métodos bárbaros, de hecho, son ellos los que imponen una solución drástica a la revuelta de Kronstadt. Son “cuadros” que se creen con derecho a una recompensa, sobre todo aquellos que, como Stalin, confunde la revolución con sus ambiciones personales. No es por casualidad que “el último combate de Lenin” (que este quiere llevar a cabo con Trotsky), parta de la idea de que la URSS era un “Estado obrero burocráticamente degenerado”.

Aquí cabría una discusión muy importante sobre la vida social y cultural posrevolucionaria, el partido que, se fue quedando aislado en el curso del avance revolucionario, acabó asumiendo un papel excesivo a todos los niveles, incluyendo la vida cotidiana.

En realidad, sus escritos de esta época son los primeros textos de lo que luego será la Oposición de Izquierdas. Sin embargo, su muerte deja a Stalin sin rival, y permite que Stalin (más Zinóviev, Kámenev y Bujarin), se vista con el traje del “marxismo leninismo”. Convertido en un icono, Lenin es citado y manipulado como el referente “verdadero” y “legitimador” del “marxismo-leninismo”, algo que no existió mientras vivió, que no pudo haber existido desde el momento en que su pensamiento estaba siempre abierto a la crítica y a la reconsideración- Lo dicho: sus últimos escritos son una crítica, una reconsideración de muchas de las cosas que se habían hecho, amén de los apuntes para un análisis muy lúcido de una nueva realidad….

6. La revolución se postuló como la antesala de una revolución internacional, como (la ruptura) del primer eslabón de la cadena imperialista, una hipótesis que fracasó en su primera fase (1918-1923, sobre todo en Alemania), pero que dejó abierta una vía que pudo repetirse en otras ocasiones. Sin el potencial apoyo de la clase obrera mundial, no habría sobrevivido, el imperio británico tuvo que ceder en sus afanes contrarrevolucionarios “porque no quería ver un soviet en Londres”. El socialismo en un solo país se fundamentó en la idea de que el socialismo ya estaba en marcha, tal como había quedado después de la guerra. Cambió el internacionalismo por el nacionalismo, de manera que el Komintern tuvo que abandonar su estrategia para convertirse en la expresión de la política exterior rusa, se “rusificó”.

Aunque deformada y traicionada, la revolución rusa siguió siendo un referente pala los trabajadores como antes lo había sido la toma de la Bastilla para la izquierda democrática. Desde los años treinta, este imaginario se confundió con otro, con el de un país miserable y atrasado que se ponían en la primera línea de las naciones con un crecimiento económico fulgurante, como modelo de un desarrollo económico alternativa (planificado en función de la mayoría social) que el imperialismo les negaba, de ahí que para muchos, las críticas a la naturaleza ambivalente de la URSS y al estalinismo, les pareciera parte de la propaganda anticomunista. Este modelo fue el animó al general Giap, como él mismo cuenta en sus memorias, incluso lo fue para el laborismo británico de principios de los años cuarenta. Este “socialismo” ha llegado convertirse en un modelo fracaso, incluso en lo contrario que en un modelo, pero en otros tiempos, tuvo un carácter movilizador.

Por otro lado, sin el miedo a la URSS y al “comunismo”, el imperialismo no habría permitido el avance de muchas revoluciones anticoloniales (de cuba sin ir más lejos), ni el capitalismo habría transigido tanto tiempo con las conquistas sociales inscrita en lo que se ha llamado un tanto abusivamente, “Estado del Bienestar”.

Esta historia no es agua pasada, ni mucho menos. No lo es tampoco, 1789, el pasado no se archiva, sigue vivo.

Todavía es importante defender sus razones y su legitimidad, y no olvidar los avances que trajo consigo, ahora más evidente cuando el capitalismo se ha quedado sin oposición. No obstante, una de las tareas más importantes de la izquierda militante actual ha sido desplazar las cuestiones hacia las denuncias concretas del neoliberalismo, abogando por nuevos alternativas en base a la máxima participación democrática posible. 


“Necesitamos pensar la unidad de América Latina desde abajo y desde la lucha social”


por Claudio Katz


29.Nov.13 La Rosa Blindada -  Batalla de ideas
Intervención de Claudio Katz en el debate sobre el libro «Simón Bolívar y nuestra independencia (Una lectura latinoamericana)». [Buenos Aires, ediciones La Llamarada-Yulca-Amauta Insurgente, 2013] de Néstor Kohan. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires (UBA), 21 de octubre 2013

 

Buenas noches. Muchas gracias por la invitación. Es un gusto participar en la presentación y debate sobre este libro porque es un libro excelente. Es importante en un momento en el cual Simón Bolívar tiene mala prensa. La derecha está muy enojada con Bolívar porque en los últimos años ya no es un prócer, ni una estatua o una figura escolar sino que Bolívar ha sido rescatado como un fundador de la unidad latinoamericana y por lo tanto cualquier libro que analice a fondo a Bolívar es un libro oportuno e importante, con el añadido de que aquí no estamos ante cualquier libro sobre Bolívar.

Yo creo que estamos ante una gran obra teórica y política porque está centrada en el análisis de la historia concebida como lucha social y Bolívar es visto desde ese ángulo. El análisis que tenemos en este libro intenta ver a Bolívar como ejemplo de lucha, como brújula de proyectos liberadores y por lo tanto analiza la historia de tal forma que nos permita buscar nuestras raíces, madurar la conciencia de clase, encontrar continuidades entre la lucha de hoy y la lucha de ayer, forjar identidades colectivas y —como señala Néstor Kohan— avanzar en la recuperación de la autoestima popular.


Por lo tanto este libro sobre Simón Bolívar es una obra donde la historia está vista como historia de la lucha de clases y nos permite abordar la historia desde el ángulo de los oprimidos. Con esta mirada, con este enfoque, con esta visión se recorre toda la historia. La independencia como una lucha social donde vemos el poder colonial, el poder de las elites criollas y las mayorías excluidas. El libro está estructurado sobre un relato donde vamos viendo a lo largo de toda una historia los momentos de convergencia de los oprimidos con las elites y los momentos de divergencia entre estos sectores. Néstor relata muy bien la primera etapa jacobina de la independencia: Moreno, Belgrano, Monteagudo… Hace un interesante paralelo entre lo ocurrido en el Río de la Plata y la Gran Colombia y luego la segunda etapa. Aquella etapa de la independencia, la de la guerra social y colonial. Bolívar apelando a la doctrina del pueblo en armas, el “contagio” de Haití, la decisión de liberar a los esclavos, el sostén de sus luchas en los llaneros, en los montoneros, en las fuerzas plebeyas, la convergencia con San Martín, su oposición a las oligarquías sudamericanas que los traicionaron y los abandonaron.


Por lo tanto este libro sobre Simón Bolívar ve este proceso desde el ángulo de la lucha social. Recorriendo la historia de la independencia latinoamericana constituye un gran libro de polémicas con la historiografía oficial que ignoró o impugnó a Bolívar.


Y si el libro fuera esto, solamente lo que acabo de describir hasta ahora, ya sería un libro magistral, ya sería un instrumento de lucha, ya sería un libro militante, ya sería una obra para el debate político.

Pero yo creo que el libro de Néstor Kohan tiene un agregado adicional, importante para nosotros. Y cuando digo “nosotros” me refiero a nosotros los marxistas.

Hay una segunda lectura, un segundo nivel analítico, mucho más detallado, mucho más complejo, que nos sirve para la elaboración propia de quienes formamos parte del pensamiento marxista.


Y esto sucede porque —como señala Néstor— Bolívar es un “problema” para los marxistas. No es un tema sencillo para los marxistas, desde el momento en que Marx escribió aquel famoso texto sobre Bolívar más que polemizando, yo diría caricaturizando a Bolívar. Marx escribió una burla de Bolívar. Y a partir de allí Bolívar fue un tema controvertido para la historia del marxismo. Hubo un desencuentro entre Marx y Bolívar.

Néstor ha trabajado este tema en libros anteriores (Marx en su (Tercer) mundoNuestro Marx), principalmente las causas de ese desencuentro. Yo agregaría a las que explica Néstor otra más, el contexto en el cual Marx veía América Latina. Esto lo descubrió Álvaro García Linera [Bolivia, 1962]. Marx escribe su texto sobre Bolívar cuando el bolivarianismo ya está en reflujo, cuando hay una victoria conservadora, cuando triunfa la contrarrevolución sobre la revolución. Por lo tanto habría que fijarse en el escenario latinoamericano que no es ese escenario que tuvo Marx en Irlanda, en la India, en Turquía, en China, donde se replantea el problema nacional pero viendo un contexto de sujetos nacionales sublevados. También el desencuentro de Marx con Bolívar obedece a causas teóricas. El Marx que escribe sobre Bolívar es un Marx más centrado en la lógica objetiva de la acumulación que en la lógica de la lucha de clases. Pero lo interesante del “Bolívar” de Marx es que cuando este contexto cambió y la lucha plena de América latina resurgió ante los ojos de Marx —hablo del México de Benito Juárez— Marx no dudó un segundo en elogiar a Benito Juárez y en reivindicar la lucha nacional latinoamericana.

Por lo tanto este libro de Néstor Kohan retorna a esta problemática. Vuelve de hecho, con nuevos argumentos, y nos lleva a que profundicemos nuestro reencuentro de Marx con América latina. Néstor lo hace desde un marxismo bolivariano, desde un marxismo latinoamericano, que está en polémica con otros tres tipos de marxismo.

En primer lugar está en polémica con el marxismo liberal. Esto es explícito. Este es un libro contrapuesto al marxismo eurocéntrico, al marxismo mitrista [defensor del general Bartolomé Mitre], que denigró y denigra a Bolívar. Aunque hoy ya no es marxista, el representante caricaturesco de este pensamiento es Juan José Sebreli [Buenos Aires, 1930], quien continúa denigrando a Bolívar y sigue imaginando un Marx librecambista, un Marx procolonialista, aunque Sebreli lo hace hoy en día desde las filas políticas de la derecha neoliberal. Este es un libro que polemiza con otros matices de ese marxismo mitrista.

En segundo lugar, esta obra polemiza con el marxismo nacionalista, que tuvo en la figura de Jorge Abelardo Ramos [Buenos Aires, 1921-1994] un primer intento de fusionar bolivarismo y marxismo. Hay muchos que están en deuda con ese primer Abelardo Ramos. En ese primer Abelardo Ramos hubo muchas intuiciones interesantes de fusión de Bolívar con Marx aunque muy rápidamente Abelardo Ramos pasó a ser el Abelardo Ramos que conocimos nosotros, una figura que en lugar de fusionar bolivarismo con marxismo comenzó, primero, a distanciarse del marxismo, luego a denigrar al marxismo y finalmente a terminar en un chauvinismo patriotero anticomunista, abiertamente antimarxista.

En tercer lugar hay una polémica más sutil, más compleja, en la forma en que Néstor aborda el problema. Quisiera mencionar a una escuela, una tercera escuela, que en el libro no está explicitada pero que yo la voy a explicitar. Se trata del marxismo dogmático. Esta escuela, más que condenar a Bolívar, siempre lo vio como un “bonapartista fallido” y siempre imaginó la historia del siglo XIX como la historia de sujetos pasivos condenados a la derrota y sin actuar como sujetos reales en el proceso histórico.

José Aricó [1931-1991] plantea el libro clásico de Marx y América latina [1980], aquel libro que en los últimos treinta años condujo a generaciones de historiadores a estudiar el problema de Marx y América latina a partir de Aricó, quien fue una gran figura historiográfica. Hizo importantes aportes a la comprensión del problema pero todavía no hemos hecho la crítica a José Aricó. Le hemos hecho la crítica a Abelardo Ramos, a Juan José Sebreli, podemos discutir a Milcíades Peña [1933-1965], pero todavía no está hecho el debate con José Aricó. No me refiero al Aricó alfonsinista o socialdemócrata. No es ese el problema que estamos discutiendo hoy. No, no es ese nuestro tema. El problema es la formulación teórica que hizo José Aricó. Yo creo que la clave está en este libro de Néstor Kohan. Porque este libro, convergiendo en muchos aspectos y elementos comunes con Aricó, tiene una mirada desde otro lado que la que tiene Aricó. Aricó estudia el problema de América Latina del siglo XIX desde arriba. Estudia América Latina como una frustración de un proyecto histórico porque América Latina no tuvo un sólido Estado continental construido desde arriba. Aricó se preocupa por esa construcción desde arriba. ¿Qué falló en las elites? ¿Qué falló en las clases dominantes? Y ¿qué tuvieron de bueno esas elites y esas clases dominantes? Incluso cuando Aricó rescata muchos elementos de Hegel contra Marx es porque sugiere lo siguiente: “Mira, se podría haber hecho una construcción que vos, Karl Marx, no viste, a partir de un Estado continental”.


Y esto sucede porque —como señala Néstor— Bolívar es un “problema” para los marxistas. No es un tema sencillo para los marxistas, desde el momento en que Marx escribió aquel famoso texto sobre Bolívar más que polemizando, yo diría caricaturizando a Bolívar. Marx escribió una burla de Bolívar. Y a partir de allí Bolívar fue un tema controvertido para la historia del marxismo. Hubo un desencuentro entre Marx y Bolívar.

Néstor ha trabajado este tema en libros anteriores (Marx en su (Tercer) mundo; Nuestro Marx), principalmente las causas de ese desencuentro. Yo agregaría a las que explica Néstor otra más, el contexto en el cual Marx veía América Latina. Esto lo descubrió Álvaro García Linera [Bolivia, 1962]. Marx escribe su texto sobre Bolívar cuando el bolivarianismo ya está en reflujo, cuando hay una victoria conservadora, cuando triunfa la contrarrevolución sobre la revolución. Por lo tanto habría que fijarse en el escenario latinoamericano que no es ese escenario que tuvo Marx en Irlanda, en la India, en Turquía, en China, donde se replantea el problema nacional pero viendo un contexto de sujetos nacionales sublevados. También el desencuentro de Marx con Bolívar obedece a causas teóricas. El Marx que escribe sobre Bolívar es un Marx más centrado en la lógica objetiva de la acumulación que en la lógica de la lucha de clases. Pero lo interesante del “Bolívar” de Marx es que cuando este contexto cambió y la lucha plena de América latina resurgió ante los ojos de Marx —hablo del México de Benito Juárez— Marx no dudó un segundo en elogiar a Benito Juárez y en reivindicar la lucha nacional latinoamericana.

Por lo tanto este libro de Néstor Kohan retorna a esta problemática. Vuelve de hecho, con nuevos argumentos, y nos lleva a que profundicemos nuestro reencuentro de Marx con América latina. Néstor lo hace desde un marxismo bolivariano, desde un marxismo latinoamericano, que está en polémica con otros tres tipos de marxismo.

En primer lugar está en polémica con el marxismo liberal. Esto es explícito. Este es un libro contrapuesto al marxismo eurocéntrico, al marxismo mitrista [defensor del general Bartolomé Mitre], que denigró y denigra a Bolívar. Aunque hoy ya no es marxista, el representante caricaturesco de este pensamiento es Juan José Sebreli [Buenos Aires, 1930], quien continúa denigrando a Bolívar y sigue imaginando un Marx librecambista, un Marx procolonialista, aunque Sebreli lo hace hoy en día desde las filas políticas de la derecha neoliberal. Este es un libro que polemiza con otros matices de ese marxismo mitrista.


En segundo lugar, esta obra polemiza con el marxismo nacionalista, que tuvo en la figura de Jorge Abelardo Ramos [Buenos Aires, 1921-1994] un primer intento de fusionar bolivarismo y marxismo. Hay muchos que están en deuda con ese primer Abelardo Ramos. En ese primer Abelardo Ramos hubo muchas intuiciones interesantes de fusión de Bolívar con Marx aunque muy rápidamente Abelardo Ramos pasó a ser el Abelardo Ramos que conocimos nosotros, una figura que en lugar de fusionar bolivarismo con marxismo comenzó, primero, a distanciarse del marxismo, luego a denigrar al marxismo y finalmente a terminar en un chauvinismo patriotero anticomunista, abiertamente antimarxista.


En tercer lugar hay una polémica más sutil, más compleja, en la forma en que Néstor aborda el problema. Quisiera mencionar a una escuela, una tercera escuela, que en el libro no está explicitada pero que yo la voy a explicitar. Se trata del marxismo dogmático. Esta escuela, más que condenar a Bolívar, siempre lo vio como un “bonapartista fallido” y siempre imaginó la historia del siglo XIX como la historia de sujetos pasivos condenados a la derrota y sin actuar como sujetos reales en el proceso histórico.

José Aricó [1931-1991] plantea el libro clásico de Marx y América latina [1980], aquel libro que en los últimos treinta años condujo a generaciones de historiadores a estudiar el problema de Marx y América latina a partir de Aricó, quien fue una gran figura historiográfica. Hizo importantes aportes a la comprensión del problema pero todavía no hemos hecho la crítica a José Aricó. Le hemos hecho la crítica a Abelardo Ramos, a Juan José Sebreli, podemos discutir a Milcíades Peña [1933-1965], pero todavía no está hecho el debate con José Aricó. No me refiero al Aricó alfonsinista o socialdemócrata. No es ese el problema que estamos discutiendo hoy. No, no es ese nuestro tema. El problema es la formulación teórica que hizo José Aricó. Yo creo que la clave está en este libro de Néstor Kohan. Porque este libro, convergiendo en muchos aspectos y elementos comunes con Aricó, tiene una mirada desde otro lado que la que tiene Aricó. Aricó estudia el problema de América Latina del siglo XIX desde arriba. Estudia América Latina como una frustración de un proyecto histórico porque América Latina no tuvo un sólido Estado continental construido desde arriba. Aricó se preocupa por esa construcción desde arriba. ¿Qué falló en las elites? ¿Qué falló en las clases dominantes? Y ¿qué tuvieron de bueno esas elites y esas clases dominantes? Incluso cuando Aricó rescata muchos elementos de Hegel contra Marx es porque sugiere lo siguiente: “Mira, se podría haber hecho una construcción que vos, Karl Marx, no viste, a partir de un Estado continental”.

* Claudio Katz es profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, investigador del CONICET, integrante del colectivo “Economistas de Izquierda”.