Mostrando entradas con la etiqueta neoliberalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta neoliberalismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de abril de 2010

Bilderberg, el club secreto que elige líderes mundiales

El grupo, formado por un centenar de los más influyentes políticos, banqueros y periodistas, analizará la agenda internacional en Sitges (Barcelona) entre el próximo 3 y 6 de junio

- Se reúnen, según The Times, para planear hechos que luego han sucedido

Magda Bandera, Barcelona. Diario Público

Barack Obama acudió a la reunión del Club Bilderberg en junio de 2008, en Virginia (EEUU). Cinco meses después, fue elegido presidente estadounidense. Un ascenso igual de fulgurante tuvo en 1991 el poco conocido gobernador de Arkansas, Bill Clinton, tras ser invitado en 1991 por este grupo, que congrega cada primavera a un centenar de los más influyentes políticos, banqueros y periodistas del mundo, y cuya próxima edición se celebrará en Sitges del 3 al 6 de junio, según fuentes de este municipio.

Los ejemplos de carreras similares abundan en los organismos internacionales. Así, todos los secretarios generales de la OTAN han sido antes bilderbergers, como se conoce a quienes acuden a los encuentros en hoteles de lujo que escoge el club para que sus socios e invitados intercambien impresiones al más alto nivel. "En las últimas ediciones, ha destacado el español Bernardino León", subraya Daniel Estulín, experto en el grupo y autor de La historia definitiva de el Club Bilderberg.

El secretario general de la Presidencia del Gobierno "ha sido invitado a cuatro ediciones seguidas desde 2006. Es inaudito que el comité ejecutivo de Bilderberg convoque tantas veces a alguien que no forma parte de él, pero David Rockefeller adora a León y le gustaría que fuese presidente de España", asegura Estulín.

Socios destacados

El banquero es, junto al político estadounidense Henry Kissinger, uno de los pilares del Club Bilderberg, fundado en 1954 por el príncipe Bernardo de Holanda, conocido por su ideología nazi. Sin embargo, el grupo incluye invitados de todas las tendencias; entre ellos, Paul Wolfowitz, George Soros o los presidentes de Coca-Cola, Fiat y France Telecom. La representación española coprre a cargo de la reina Sofía, Matías Rodríguez Inciarte, Juan Luis Cebrián, Joaquín Almunia, Esperanza Aguirre y Pedro Solbes.

Bernardino Léon no ha contestado a ninguna de las preguntas planteadas por este diario. Imposible confirmar si participará en la próxima reunión del club, aunque todo apunta a que lo hará junto al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. El club suele invitar al gobernante del país anfitrión.

El rechazo a hablar sobre lo que ocurre esos días es general entre los participantes. En su invitación, la organización exige que nadie "conceda entrevistas" ni revele nada de lo que "un participante individual haya dicho durante el meeting". Pese al secretismo, dos bilderbergers han accedido a hablar con Público. Guillermo de la Dehesa, ex secretario de Estado de Economía y presidente del Centre for Economic Policy Research, aclara que, tras participar en varias ediciones, dejó de hacerlo a mediados de los años 90 porque "ahora tienen menos sentido y son menos atractivos". Aun así, admite que las sobremesas con gente tan influyente "enriquecen mucho". Según De la Dehesa, los asistentes tratan "temas que preocupan, pero no se adopta ninguna decisión importante. Hay una agenda y reuniones informales en las que se intercambian ideas. Los ponentes sólo pueden hablar durante diez minutos. Después, interviene el resto de la gente durante dos minutos".

Los participantes se sientan siguiendo un estricto orden alfabético que los sitúa al mismo nivel. Desde hace algunos años, la organización facilita el listado definitivo de asistentes junto a una escueta nota de prensa en la que nunca se incluyen conclusiones. La selección de invitados corre a cargo del comité ejecutivo. "También existe un comité en cada país" que busca a las personas idóneas para cada encuentro, confirma De la Dehesa, aunque evita citar cualquier nombre.

El ex secretario de Estado explica que la primera vez fue convocado por un amigo y "luego ya por el Comité". Un procedimiento en el que no ve nada extraño: "No entiendo algunas cosas alucinantes que se dicen sobre el club, como que está formado por masones". La falta de transparencia fomenta toda clase de especulaciones entre quienes acusan al club de tomar decisiones que afectan a la política y a la economía mundiales.

"Un club exclusivo con influencia"

La periodista de The Times Caroline Moorehead definía el grupo en 1977 como "un club exclusivo, quizá sin poder, pero, sin duda, con influencia". Fue más allá al afirmar "que se reúnen secretamente para planificar acontecimientos que más tarde simplemente aparecen como que han sucedido". Entre estos, algunos expertos sitúan la invasión de Irak en 2003, las recientes subidas y bajadas del precio del petróleo, la creación del euro y el modelo de la Transición de España.

Muchas de estas afirmaciones son "especulaciones descabelladas" para el bilderberger Mauricio Rojas, director de la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación, que contestó a Público por e-mail. Pese a todo, entiende que es "un precio a pagar por mantener ese ambiente único de diálogo y reflexión". Los "cafés y paseos relajados con personas de alto interés" son la parte más valorada por este intelectual sueco de origen chileno, que participó en 1991 y que recuerda que casi todos los temas "eran de actualidad candente, como los conflictos en los Balcanes".

El club suele invitar a personalidades de todas las tendencias. Incluso perdona que al principio sean poco locuaces. Basta recordar a Margaret Thatcher, quien, según The Times, fue una "tímida participante" en la edición de 1975. Cuatro años después, se convirtió en la Dama de Hierro.

INFORMACIONES ANTERIORES:
Los amos del mundo
06-06-2007 (Terra.es)

- ¿Qué es el Club Bilderberg?
Se trata de un selecto grupo formado por 130 personas poderosas de todo el mundo, que cada año se reúne en secreto durante tres días seguidos, pero... ¿para qué?

- ¿Cómo podemos hacer frente a este club?

Según los especialistas en el tema, el fin último de este encuentro anual es tratar cuestiones trascendentales para mantener el control absoluto del mundo.

La conferencia reúne a banqueros, economistas, políticos y a los líderes de gobierno más influyentes... en definitiva, las personalidades más poderosas del mundo. Eso sí, sólo pertenecientes a EEUU o Europa, y con marcado anticomunismo, a fin de fortalecer la unidad atlántica.

El club está presidido por David Rockefeller, y se calcula que un tercio de sus miembros pertenecen al mundo de la política, mientras que el resto lo completan personajes de las finanzas, medios de comunicación, industria, del mundo científico y de las casas reales.

Han formado y forman parte de estas congregaciones importantes personajes como Aznar, Bill Clinton, Tony Blair, Solbes, la Reina Sofía o Esperanza Aguirre.
El lugar de la cita anual no es un secreto, ni la lista de invitados, pero sí los asuntos que se tratan.

- ¿Cuál es su objetivo?
El fin último es alcancar una economía universal, un ejército universal, controlar la educación, aceptar sólo 3 monedas: euro, dólar y otra para Asía-Pacífico, una sociedad con crecimiento cero y por supuesto, un gobierno universal. Como dijo Rockefeller: 'Algo debe reemplazar a los gobiernos, nada mejor que la iniciativa privada para poder lograrlo'.

Por su agenda ya han pasado temas espinosos que hoy estamos viviendo: la invasión de Irak, Afganistán, la crisis nuclear iraní y norcoreana,...

El nombre de Bidelberg le viene del hotel de Holanda en el que se celebró la primera reunión, en 1954. El lugar de la cita anual no es un secreto, ni la lista de invitados, pero sí los asuntos que se tratan. Bidelberg suele ser una vista preliminar de lo que se discute después en la reunión de los G-8.

Daniel Estulin, un periodista ruso, varias veces amenazado de muerte, es el mayor especialista en el tema. Según él, 'se reúnen para que seamos unos esclavos que trabajen para ellos. Cada vez perdemos más poder adquisitivo y estamos más controlados por gente más poderosa. Su objetivo es crear una especie de empresa mundial que lo controle todo, para recortar nuestros derechos'.

miércoles, 21 de enero de 2009

Los diez mandamientos y el siglo XXI

Carlos Fernández Liria , en El Viejo Topo

En tanto que se cree en Dios, es plausible hacer el Bien PARA ser moral. La moralidad se convierte en un cierto modo de ser ontológico e incluso metafísico que nos es posible alcanzar. Y como se trata de ser moral a los ojos de Dios, para alabarle, para ayudarle en su creación, la subordinación del hacer al ser es legítima. Pues, practicando la caridad no servimos más que a los hombres, pero, siendo caritativo, servimos a Dios. (...) Es legítimo ser el más bello, el mejor posible. El egoísmo del Santo está justificado. Pero que muera Dios, y el Santo no será más que un egoísta: ¿a qué sirve que tenga el alma bella, que sea bello, sino a sí mismo? A partir de este momento, la máxima "actúa moralmente para ser moral" está envenenada. Lo mismo que "actúa moralmente por actuar moralmente". Es preciso que la moralidad se supere hacia un objetivo que no sea ella misma. Dar de beber al sediento no por dar de beber, ni para ser bueno, sino para suprimir la sed. (...)

[La moralidad] debe ser elección del mundo, no de sí. JEAN PAUL SARTRE

Nota aclaratoria:
Este artículo es la transcripción de una ponencia que pronuncié el 25 de julio de 2006 en uno de los Cursos de Verano de El Escorial (“Occidente: Razón y Mal”) organizado por la Universidad Complutense de Madrid y patrocinado por la Fundación del BBVA. Estaba previsto publicar las ponencias del curso en un libro financiado por esta Fundación. Durante ya casi dos años mostraron todo tipo de reticencias para la publicación de mi artículo, alegando que no se trataba de censura ideológica, pues mi intervención había carecido de “rigor académico y de seriedad científica”. Para no perjudicar a los otros autores que participaban en el libro, accedí varias veces a practicar la autocensura, limando expresiones coloquiales y suavizando el tono en la versión escrita de mi ponencia. Pero finalmente, han dejado claro que el libro no saldría si yo no retiraba mi contribución. Hacía año y medio que estaba deseando quedar liberado de mi compromiso, de modo que me alegro de poder publicar por fin este texto por otras vías. Lo grave no es el tiempo que se me ha hecho perder (desdichadamente el tema está lejos de quedarse anticuado). Lo grave es que esta anécdota es un síntoma fatal que anuncia un futuro muy nefasto para el mundo académico y la Universidad pública. El proceso de Convergencia Europea en Educación Superior, lo que se llama el “proceso de Bolonia”, se articula sobre la subordinación de toda financiación pública a la previa obtención de una financiación privada. Así, en lugar de financiar el mundo académico con criterios científicos, independientemente de la autoridad del mercado, se financia con dinero público tan sólo aquellos proyectos que interesan al mundo empresarial. Somos muchos los que llevamos advirtiendo que esta mercantilización de la Academia supone el colapso de la Universidad pública a medio plazo. Mi “competencia científica” y mi “rigor académico”, por ejemplo, tendrían que haber sido juzgados exclusivamente por los organizadores académicos del Curso (o por los miembros del tribunal de oposiciones con el que gané en su día la libertad de cátedra en tanto que profesor Titular de la UCM). Repugna a la idea misma de Academia que una institución privada, un Banco, tenga algo que opinar al respecto. Sin embargo, esta es la situación que se está generalizando con el proceso de Bolonia: la financiación privada tendrá en adelante la última palabra en el mundo académico, condicionará los planes de estudios, los proyectos de investigación, la distribución de departamentos, facultades y escuelas. La Convergencia Europea es el equivalente de una reconversión industrial en la Universidad. Es difícil entender cómo puede haber quien no lo vea claro 2.

Para ilustrar la anécdota con la Fundación del BBVA, he preferido dejar el texto lo más parecido posible a la versión original del evento, respetando el estilo oral de la intervención. Esta anécdota es un síntoma fatal que anuncia un futuro muy nefasto para el mundo académico y la Universidad pública.

Nuestro tema es “Occidente: Razón y Mal. El mal en la política”. Hay que comenzar constatando una desorientación moral muy profunda. Esto es algo que podemos apreciar fácilmente con tan solo que pensemos en lo que a mí me parece un misterio insondable. Diez millones de votantes del PP apoyaron la invasión de Iraq argumentando que Sadam Hussein disponía de armas de destrucción masiva. El misterio, lo que a mí me parece el enigma moral más profundo de lo que llevamos de siglo, es que ahora que se sabe que jamás hubo en Iraq armas de destrucción masiva, y ahora que, además, se sabe que siempre se supo que no las había (ahora que se sabe que Bush, Blair y Aznar mintieron) de todos modos, esos diez millones de votantes van a seguir votando al PP (y muchos más millones a Blair y Bush). Se trata, como digo, de un misterio insondable que, por cierto, nosotros tenemos la obligación de abordar, pues para eso nos pagan a los profesores, investigadores, becarios y catedráticos de ética. Nuestra obligación, si es que queremos cumplir con nuestra profesión, es abordar la cuestión de qué ha ocurrido con la consistencia moral contemporánea para que ocurran esas cosas tan extrañas. Yo diría que todos deberíamos estar escribiendo un libro que, por cierto, ya ha escrito Fernando Savater: Los diez mandamientos en el siglo XXI. Lo que pasa es que ese libro es malo, pero malo con ganas. Pero su título es de lo más oportuno: tiene que haber algo muy mal planteado en la manera en que entendemos los mandamientos para que nuestra conciencia moral haya enfermado hasta los límites nihilistas que traspasan todos los días nuestros medios de comunicación. El delirio moral en el que estamos sumidos es sólo comparable al descalabro que causó la Iglesia católica durante el franquismo en la conciencia de los españoles.

Cuando yo era pequeño, era pecado ver Lo que el viento se llevó, y los adolescentes, según los padres de la iglesia, iban al infierno por masturbarse. Sólo una secta de psicópatas puede perder hasta ese punto el sentido de las proporciones, pues en esa misma época se consideraba cosa discutible si también deberían ir al infierno los policías de la dictadura argentina que (en el cumplimiento de su deber) violaban, torturaban y desaparecían a no pocos de esos adolescentes abocados a las llamas del infierno. Para ser realistas, hay que decir que la Iglesia no ha recuperado demasiado el sentido de las proporciones. Aplicando sus peculiares parámetros, el papa Woytila, al que ahora quieren canonizar, le daba la comunión a Pinochet y medio excomulgaba a los teólogos de la liberación, dejándoles con el culo al aire en una situación en la que muchos de ellos no tardarían en ser asesinados. Tan sabia decisión se tomó por consejo del cardenal Ratzinger, nuestro papa actual 3. Ahora bien, no cabe duda de que el papel de los medios de comunicación respecto del nihilismo contemporáneo es mucho más importante que el de la Iglesia. Los periodistas y los intelectuales mediáticos son los nuevos sacerdotes y obispos de este mundo secularizado en el que se ha vuelto imposible distinguir el bien del mal. Y algo de responsabilidad tendremos también en el mundo académico. Probablemente, como consecuencia del bloqueo a Iraq a partir de la primera guerra del golfo, murieron un millón y medio de personas inocentes. Cerca de un millón más han muerto a causa de la guerra y de la destrucción de infraestructuras. El país está sumido en una guerra civil y sembrado de uranio empobrecido. En Iraq las embarazadas ya no preguntan al médico si es niño o niña, sino si viene o no con malformaciones.

La gravedad de todo esto sólo es equiparable a la gravedad de que todo esto esté ocurriendo mientras conservamos nuestra tranquilidad de conciencia. Probablemente el nihilismo nunca había llegado tan lejos entre nosotros ni había gozado de tanta impunidad. Ni siquiera en esa situación tan vehementemente denunciada por Hannah Arendt, lo que ella llamó “el colapso moral de la población alemana”, una población que más o menos sabía y no quería saber que sabía de la existencia de Auschwitz y que con su indiferencia y su banalidad se hizo cómplice del holocausto. Los campos de concentración sobre los que se levanta nuestra tranquilidad de conciencia europea son demasiado grandes para rodearlos con alambradas. Nos sale mucho más rentable rodearnos nosotros mismos de alambradas: encerrarnos en una fortaleza inexpugnable, materializar con púas y cuchillas la “solución final” de nuestras leyes de extranjería, y dejar que la economía internacional se encargue por sí sola de perpetrar el exterminio. No es sólo que esto salga mucho más barato. Es que sale muy rentable, tan rentable que sus efectos superan con mucho la audacia de los surrealistas. La realidad se ha convertido en un chiste, en una broma de mal gusto. Según el último informe de Naciones Unidas, por ejemplo, resulta que el 1 % de la población adulta del planeta acapara el 40 % de la riqueza mundial, mientras que en el otro extremo el 50 % de la población apenas cuenta con el 1 % de la riqueza. Cuando lees estos datos piensas que están equivocados. Claro que, según un cálculo elemental, para que una de las 2.500 millones de personas que subsisten al día con 2 dólares diarios, llegara a amasar, con el sudor de su frente, una fortuna como la de Bill Gates, tendría que estar trabajando (ahorrando todo lo que ganara) 68 millones de años. Otro chiste: por un anuncio de zapatillas deportivas Nike, Michael Jordan cobró más dinero del que se había empleado en todo el complejo industrial del sureste asiático que las fabricaba. Por supuesto que para que un absurdo tan abyecto se encarne en la cruda realidad de cada día hace falta administrar mucha violencia, cortar el planeta con muchas alambradas, deslocalizar poblaciones, descoyuntar, en definitiva, el cuerpo entero de la humanidad.

Es muy sintomático que Hannah Arendt esté hoy día tan de moda. Los estantes de las librerías están repletos de libros de Arendt, se cita a Arendt en el Parlamento, tenemos a Arendt hasta en la sopa. A todo el mundo le resulta interesantísimo que un pueblo entero, el pueblo alemán, colapsara moralmente en los años treinta del pasado siglo XX. En cambio, se lee muy poco (de hecho, ni siquiera se le traduce demasiado) a Günther Anders, quien fuera, por cierto, su marido. Anders se ocupó más bien de denunciar la continuidad de ese colapso moral entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habíamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a un abismo moral en el que todos nos hacíamos cómplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido. A mediados de los ochenta, Anders renegó del pacifismo en el que había militado toda su vida de forma tan activa y argumentó que la única solución era la violencia. “Hemos hecho todo lo posible por convencer al mundo y está claro que no vale de nada”. “El mundo no está amenazado por seres que quieren matar sino por aquellos que a pesar de conocer los riesgos sólo piensan técnica, económica y comercialmente”. La economía capitalista ha llevado el planeta a un callejón sin salida 4. La situación es tan grave que, hoy día –plantea Anders– el recurso a la violencia por parte de los movimientos antisistema debe considerarse, sin más, legítima defensa. Estamos amenazados, la población mundial está amenazada de muerte, por vulgares hombres de negocios con aspecto inofensivo. “Considero ineludible que nosotros, a todos aquellos que tienen el poder y nos amenazan, los asustemos. No hay que vacilar en eliminar a aquellos seres que por escasa imaginación o por estupidez emocional no se detienen ante la mutilación de la vida y la muerte de la humanidad”.

Estas citas están sacadas de un libro titulado Llámese cobardía a esta esperanza, que publicó una editorial marginal 5 que, por supuesto, no ha gozado de la fortuna comercial de los editores de Hannah Arendt. Günther Anders explica el insólito fenómeno de la tranquilidad de conciencia contemporánea aludiendo a lo que el llama “el desnivel prometeico”. Es la idea de que, actualmente, somos capaces técnicamente de producir efectos desmesurados con acciones insignificantes. Aprietas un botón y una bomba cae sobre Hiroshima y mata a 200.000 personas. La desproporción entre la acción y sus efectos es tan grande que la imaginación se desorienta. Es imposible, por otra parte, vivir emocionalmente la muerte de 200.000 personas. Los seres humanos estamos hechos para sentir la muerte de un ser querido, incluso de bastantes seres queridos y no queridos. Pero el número 200.000 no nos dice nada emocionalmente. Hannah Arendt contaba que, durante su juicio en Jerusalén, el genocida Eichmann explicaba con naturalidad que su trabajo consistía en aligerar el ritmo de la cadena de exterminio de judíos. Así pues, desde su punto de vista, era un éxito laboral el que, gracias a ciertas mejoras técnicas en la rutina del exterminio, se lograra eliminar 25.000 personas al mes, en lugar de 20.000. Ahora bien, en una ocasión en que unos testigos le acusaron de haber estrangulado a un muchacho judío con sus propias manos, Eichmann perdió los estribos y se puso a gritar desesperado que eso era mentira, “que él nunca había matado a nadie”. Estrangular a una persona es insoportable para una conciencia moral normal, administrar la muerte de un millón de personas es pura rutina. Pero el problema es que siempre estamos ya, lo queramos o no, apretando esos botones que producen efectos demasiado grandes para nuestra capacidad de imaginar y de sentir.

Susan George comparaba a los ejecutivos que teclean pacíficamente en su ordenador del Fondo Monetario Internacional con los pilotos de un B-52 que aprietan los botones de un tablero de mandos para dejar caer toneladas de bombas sobre una población civil. Probablemente los pilotos no pueden representarse fácilmente el desajuste que hay entre la insignificancia de su gesto sobre el tablero y la desmesura de sus efectos, ahí abajo, sobre la ciudad bombardeada. Con mucha menos razón, el ejército de ejecutivos que deciden sobre las medidas económicas que se aplican a lo largo y ancho del planeta (y el ejército de periodistas e intelectuales que les hacen el juego), no están en condiciones de hacerse cargo moralmente de este “desnivel prometeico” entre “su trabajo”, rutinario y pacífico, y el océano de miseria y de dolor sobre el que están produciendo sus efectos. Anders responsabiliza a la complejidad de la técnica y la industria de este “desnivel prometeico”. Yo diría que no se trata tanto de una cuestión de complejidad técnica como de una cuestión de complejidad estructural. Sea como sea, su intuición es acertada. Cuando la voluntad está separada de sus efectos por una complejidad muy grande, la voz de la moral se desconcierta por entero. En general vivimos en un mundo tan complejo desde un punto de vista técnico y estructural que todas nuestras acciones, incluso las más aparentemente insignificantes, tienen unos efectos colaterales imprevisibles. Dicho brevemente: estamos sumidos en una situación en la que no hay manera de saber lo que estás haciendo cuando haces lo que haces. Por supuesto, en estas condiciones, la voz de la moral no sabe a qué atenerse. Es demasiado complejo distinguir entre el bien y el mal.

Voy a poner un ejemplo. Tengo aquí unas páginas de "El País" 7. Son del 2 de septiembre de 2001, publicadas a todo color en la sección de los domingos. La gente debió de leerlas mientras lavaba su coche o desayunaba con su familia, a la salida de misa o durante una comida campestre. Quizás sintieron que su conciencia caía en un abismo ético... o quizás no sintieron nada. No se trataba de un panfleto de extrema izquierda, de esos que se leen con escepticismo. Era "El País", un reportaje sobre la guerra del Congo, por cierto que muy bueno, de esos que se cuelan de vez en cuando en los medios. El titular de la noticia decía: “Según Naciones Unidas, el tráfico ilegal de coltan es una de las razones de una guerra que, desde 1997, ha matado a un millón de personas”. En las minas de coltan en la República Democrática del Congo, se nos decía, trabajan niños esclavos. Los ejércitos de Ruanda y Uganda se disputan el tráfico de este mineral sumiendo el país en una guerra civil en la que nadie quiere pensar. El caso es que este mineral es vital para el desarrollo de la telefonía móvil y de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, la escasez de este mineral había provocado otro efecto dramático: la videoconsola Play Station 2 tuvo que posponer su lanzamiento al mercado, provocando grandes pérdidas de beneficios a la casa Sony. Mirado fríamente, es insólito que eso salga un día en "El País" y al día siguiente todo siga igual. Es incluso enigmático. El otro día decían (también en "El País") que los muertos de la guerra del Congo se calculan ya en cuatro millones. Mientras tanto, la videoconsola Play Station 2 ya se quedó anticuada y los móviles siguieron desarrollándose vertiginosamente desde ese domingo en que salió la noticia.

No es fácil saber hasta qué punto tenemos las manos manchadas de sangre cada vez que llamamos por el móvil o que nuestro hijo juega a la videoconsola. Sin duda que estamos metidos hasta las cejas en el entramado estructural que genera esas guerras. Sin embargo, llamar por el móvil es llamar por el móvil, no matar a nadie. Y por supuesto, dejar de llamar por el móvil tampoco va a salvar la vida a nadie. El móvil, bien mirado, es un invento magnífico ¿quién puede negarlo? Si cuando llamo por el móvil estoy teniendo una oscura e imprevisible relación intangible con no sé qué conflicto sangriento de África, la culpa, desde luego, no la tiene el móvil, ni yo por utilizarlo. No podemos evitar ser piezas de un engranaje muy complejo, en el que todo está ligado entre sí por caminos imprevisibles que nadie ha decidido. Esta complejidad, es cierto, hace que, como decía Günther Anders, nunca podamos estar seguros de lo que estamos haciendo cuando hacemos lo que hacemos. Nunca podemos estar seguros de los efectos indirectos de nuestra acción directa, como dice Franz J. Hinkelammert 8. El problema es que cuando el mundo alcanza un determinado nivel de complejidad, la máxima de no violar los mandamientos se convierte en una receta envenenada. La propia moralidad se transforma en la gran coartada de un mundo criminal. Todo el mundo llama por el móvil y todo el mundo revienta en el Congo sin que nadie viole los mandamientos. Nadie tiene la culpa de que el mundo se haya convertido en algo tan complejo. En esta complejidad insondable, por ejemplo, se amparan los votantes del PP para considerar que algo bueno tendrá incluso algo evidentemente malo, como la invasión de Iraq. Al final, todo será para bien. Hay cosas que parecen muy dañinas para los seres humanos, pero que son muy buenas para que vaya bien la economía. Y no hay que olvidar que los seres humanos dependen a vida o muerte de su economía.

Conviene, por lo tanto, hacer las cosas que convienen a los que tienen la sartén por el mango de la economía internacional. Conviene, pues, apoyar la política de los Estados Unidos, y vuelta a empezar, así con cualquier tema imaginable. Mientras tanto, todo el mundo puede vivir con la conciencia tranquila: hasta donde nos llegan las narices, no se ve que nadie haya violado ningún mandamiento. Y sin embargo, por muy complejo que se haya vuelto en este mundo distinguir el bien del mal, hay una cosa que seguro que es mala, y esta cosa es, nada más ni nada menos, el hecho mismo de que exista un mundo así. Si vivimos en un mundo en el que “es imposible saber qué es lo que realmente estás haciendo cuando haces lo que haces”, entonces es que vivimos en un mundo muy malo. El lema de los movimientos antiglobalización –“otro mundo es posible”, “otro mundo tiene que ser posible”– se convierte en un imperativo ético insoslayable. Es insoportable vivir en un mundo en el que basta meter los ahorros en una cuenta corriente de Caja Madrid para tener que preguntarte con cuántas ignominias y matanzas estás colaborando sin saberlo. Es intolerable un mundo en el que te tienes que alegrar de que en España se fabriquen bombas de racimo, pues al menos en eso parece que sí que somos competitivos a nivel internacional9. Sin duda alguna, el concepto más interesante que se forjó en la reflexión ética y moral del siglo XX fue el concepto de “pecado estructural”. Este concepto era la columna vertebral de la llamada Teología de la Liberación y los que se ocuparon de pensarlo eran fundamentalmente curas, obispos, cristianos de base que estaban directamente comprometidos en cambiar un mundo injusto y criminal. Mientras ellos se jugaban la vida y daban de lleno en la diana del problema ético de nuestro tiempo, la filosofía académica de izquierdas y de derechas estaba completamente en la Luna, haciendo tonterías con los textos de Deleuze y de Foucault, ideando genialidades para poner a discutir a Rawls con Habermas, a ver si así descubrían la pólvora, y, también, cómo no, leyendo a Rorty y cositas de parecido calado.

En este mundo las estructuras matan con mucha más eficacia y de forma mucho más masiva que las personas. La capacidad de ser inmoral que tienen las personas es casi patética comparada con la inmoralidad de las estructuras. En estas condiciones, la cuestión moral pertinente es qué responsabilidad tenemos respecto a las estructuras. La pregunta ya no puede ser ¿qué puedo hacer yo para no violar los mandamientos en ese mundo que no llega más allá de mis narices? En un mundo en el que las estructuras violan los mandamientos con una eficacia colosal e ininterrumpida, es inmoral limitarse a respetar los mandamientos… y las estructuras. El primer mandamiento, por el contrario, atañe a nuestra actitud respecto de las estructuras. Y para responder a esta cuestión, en primer lugar, hay que responder a esta otra ¿en qué consisten esas estructuras? ¿De qué son estructuras esas estructuran? Así pues, en primer lugar, deberíamos estar todos estudiando economía. El primer mandato moral debería ser: ponte a estudiar economía y no pares hasta que no averigües en qué consiste este mundo. Y mucho cuidado con dejarte engañar por la Escuela de Chicago, que de eso también eres responsable. Si, por ejemplo, acabáramos por concluir que la economía mundial puede ser llamada con rigor y sentido la economía capitalista, lo que no cabe duda es que nuestra máxima responsabilidad moral, inmediatamente después, sería volvernos comunistas (al menos si llegamos a la conclusión de que ser comunista es la manera adecuada de combatir el capitalismo).

Por supuesto que ese fue el camino que, muy a menudo, siguió la Teología de la Liberación en Latinoamérica 10, el camino que tanto escandalizó al cardenal Ratzinger. Una serie de obispos latinoamericanos, de pronto, pusieron toda su red de catequistas a estudiar economía, especialmente, crítica de la economía política. Pusieron a todos sus feligreses a leer El capital y a estudiar marxismo. Lo demás se dejaba ya a la conciencia de cada uno. Aunque no por casualidad la conciencia de cada uno aconsejaba montar una guerrilla para combatir el sistema capitalista. El ejercito zapatista del subcomandante Marcos, por ejemplo, no cabe duda de que se montó desde la red de catequistas de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. En un mundo en el que las estructuras son mucho más inmorales de lo que jamás pueden llegar a serlo las personas, la cuestión crucial no es saber en qué medida somos piezas de ese engranaje estructural o en qué medida podemos dejar de participar en él. Esto es lo que a veces sugería Günther Anders, pero no es ni mucho menos suficiente. Dejar de llamar por el móvil no vale absolutamente de nada y dejar de consumir coca-cola, de casi nada. Puede que negarse a trabajar en la industria del armamento valga para algo si se consigue que ese gesto sirva de propaganda a los programas políticos pacifistas. De lo contrario, ese gesto no sirve más que para que corra un puesto la lista de parados que esperan a trabajar en cualquier cosa y a cualquier precio. Retirar el dinero de una cuenta de Caja Madrid si sospechas que esa entidad invierte dinero en la producción de armamento no sirve de nada si luego es para meterlo en el Banco de Santander, es decir, para confiar en el humanitarismo de un sujeto como Emilio Botín. Y tampoco es buena idea esconder tu birria de sueldo debajo de una baldosa.

La verdadera cuestión moral es qué responsabilidad tenemos en que determinadas estructuras perduren y qué estaría en nuestra mano hacer para sustituirlas por otras. Es obvio que eso pasa por la acción política organizada y no por el voluntarismo moral que intenta inútilmente apartarse de la maquinaria del sistema. No es a fuerza de no mover las fichas o de moverlas lo menos posible como se consigue dejar de jugar al ajedrez, si eso es lo que se pretende. Para dejar de jugar al ajedrez y comenzar a jugar al parchís hay que cambiar de tablero. Si no, lo único que se logra es perder el juego, y el juego del ajedrez, no del parchís. No sé si se capta el mensaje: vivimos en un mundo tan inmoral que no tiene soluciones morales, aquí no valen más que soluciones políticas y económicas muy radicales. Y la única cuestión moral relevante que todavía tenemos sobre la mesa es la de qué tendríamos la obligación de estar haciendo políticamente para que el mundo dejara de jugar en este tablero económico genocida. La cuestión no es la de si puedo beber menos coca cola o llamar menos por el móvil para participar lo menos posible en esta matanza. La cuestión es cómo y de qué manera atacar los centros de poder que la generan. Mi responsabilidad en la matanza no es la de llamar por el móvil. Mi responsabilidad es la de aceptar vivir en un mundo en el que llamar por el móvil tiene algo que ver no sé con qué guerras en el continente africano. Es el mundo lo que es intolerable, no nosotros. Pero sí es intolerable que aceptemos de brazos cruzados un mundo intolerable. Es grotesca la indiferencia que ha habido en la
reflexión ética de los medios académicos europeos y estadounidenses hacia el concepto de “pecado estructural” y, en general, respecto a toda la filosofía de la Teología de la Liberación. Se trataba de lo único interesante que parió el siglo XX en el campo de la ética, pero la Academia estaba demasiado ocupada en intentar comprender a Derrida y en hacer el payaso con el dilema del prisionero.

Para ser justos, hay que recordar que mucho antes de que la Teología de la liberación planteara el problema, lo teníamos ya abordado con mucha contundencia en la historia de la filosofía por filósofos como Jean Paul Sartre o Bertolt Brecht. Claro que Sartre no está tan de moda como Hannah Arendt, porque Sartre era comunista, así es que se le lee bastante poco actualmente. Sartre había explicado muy bien por qué la elección moral no tenía que ver con elegirnos buenos a nosotros mismos, sino con elegir un mundo bueno. Elegir ser bueno en un mundo en el que no se necesita pecar para vivir de la injusticia que se comete sobre los demás, es, sencillamente hacerte cómplice, no de un crimen, sino, como decía Andres, de “todo un sistema de crímenes” 11. !

Notas
1. Cahiers pour une morale, Editions Gallimard, Paris, 1983, pág. 11.
2. Cfr. Fernández Liria, Carlos / Alegre Zahonero, Luis: “La revolución educativa. El reto de la Universidad ante la sociedad del conocimiento “, Revista Logos, nº 37, Madrid, 2004. Cfr. también la siguiente página web: http://fs-morente.filos.ucm.es/convergencia/debate/inicio.htm
3. Ratzinger, J. Libertatis nuntius Instrucción sobre algunos aspectos de la "teologia de la liberación" (Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 Agosto 1984)/ “Presupuestos, problemas y desafíos de la Teología de la Liberación.” Paramillo 5 (1986): 574-580. También en La Segunda, Santiago de Chile, jueves 5 de enero de 1984, pp. 15-16; Tierra Nueva 49/50 (abril-julio 1984): 93-96 / 95-96. Edición digital preparada por Holly Ann Hughes. Marzo de 2004.
4. El desánimo de Günther Anders respecto al pacifismo recuerda al de Dennis Meadows en el campo del ecologismo. Meadows, como se sabe, fue el coordinador del informe del Club de Roma sobre los Límites del crecimiento, el estudio que en 1972 daría el pistoletazo de salida al movimiento del ecologismo político. Mucho tiempo después, en una entrevista de 1989, al ser preguntado si aceptaría realizar hoy un estudio semejante, respondía: “Durante bastante tiempo he tratado ya de ser un evangelista global, y he tenido que aprender que no puedo cambiar el mundo. Además, la humanidad se comporta como un suicida, y ya no tiene sentido argumentar con un suicida una vez que ha saltado por la ventana” (Der Spiegel, nº 29, 1989, pág. 118).
5. Günther Anders, "Llámese cobardía a esa esperanza", Besatari, Bilbao, 1995.
6. Cfr., en castellano, Nosotros, los hijos de Eichmann y Más allá de los límites de la conciencia, Paidós. La obra más importante de Günther Anders es Die Antiquierheit des Menschen.
7. La fiebre del coltan (Ramón Lobo, Diario El País, domingo, 02/09/2001).
8. Franz J. Hinkelammert (Berlín, 1931), economista y teólogo de la liberación, ganador del Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2005 del Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela, con su libro "El sujeto y la ley". El retorno del sujeto reprimido, Euna, Costa Rica, 2005.
9. Algunas referencias para el seguimiento del tema: http://www. rebelion.org/noticia.php?id=43604 , http://www. rebelion.org/noticia.php?id=43581 , http://www.rebelion.org/noticia.php?id=44188
10. Quizá resulte interesante la siguiente entrevista con un comandante colombiano del ELN, guerrilla que se reclama heredera del pensamiento del sacerdote pionero de la teología de la liberación, Camilo Torres: Cuatro intelectuales españoles se reúnen con el Ejército de Liberación Nacional de Colombia (Santiago Alba, Carlos Fernández Liria, Belén Gopegui y Pascual Serrano entrevistan a Milton Hernández, comandante del ELN) Cfr.: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=9100
11. Anders, G.: "Nosotros, los hijos de Eichmann", Paidós, Barcelona, 2001, pág. 92. El concepto más interesante que se forjó en la reflexión ética y moral del siglo XX fue el concepto de “pecado estructural”.

martes, 21 de octubre de 2008

Mario Vargas Llosa y los mestizos latinoamericanos criollos e hispanohablantes


Antonio Rodríguez Salvador
Rebelion.org

Según el diario español "El País", que tomó el reporte de Efe, Mario Vargas Llosa ha afirmado que “Evo Morales no es un indio, sino un criollo latinoamericano típico, un mestizo hispanohablante”. Eso dijo en Barcelona, el 1 de octubre pasado, en una rueda de prensa antes de impartir la conferencia titulada Sueño y realidad de América Latina, y apenas empecé a leer el artículo fruncí el entrecejo. Había algo que no me encajaba en el concepto de “criollo latinoamericano típico”, de alguna manera opuesto al de indígena; ya se sabe que “criollo” fue un término empleado por primera vez en el siglo XVI, en Latinoamérica, y que servía para diferenciar a los descendientes de los colonizadores europeos, respecto de los indios y los negros.

En fin, de inmediato me asaltaron varias dudas: ya se sabe que durante el proceso de comunicación la mente humana suele generar conexiones de diversa índole: examina referentes, dispone de arquetipos; asigna sentidos. No daré una clase de lingüística aun cuando el término hispanohablante opuesto al de indio alcanzaría para ello —sobre todo porque pasan de varios cientos los vocablos indígenas que forman parte del español. Para aclararle al lector —o quizá para confundirlo aún más— solo pondré un ejemplo de los arduos laberintos por los que suele transitar el idioma, y que de alguna manera tienen relación con mis ansiedades cognoscitivas ante lo dicho por Mario Vargas Llosa. Se sabe que, según la teoría de la evolución de Darwin, un perro es un ser superior a una planta: al menos siente y padece y se mueve por su propio impulso; no vejeta. Sin embargo, veamos una paradoja de la comunicación: a una mujer seguramente le halagaría que la comparasen con una flor, pero nunca que le digan pareces un animal. Incluso, en un poema nuestra amada pudiera ser un ave: o sea, una tórtola o una gaviota; y hasta un insecto, es decir una mariposa; pero difícilmente acepte ser comparada con una víbora o una mona… En fin, el lenguaje es asunto complejo, y más complejo entenderlo, porque a veces su lógica no tiene sentido, y viceversa. De modo que me dije, no te adelantes, continua leyendo. Espera que Vargas Llosa argumente la idea; ya sabrás por qué un indio de Bolivia de pronto no clasifica entre los latinoamericanos; por qué no debe ser hispanohablante. Pero he aquí que de pronto la explicación me llenó de mayor perplejidad: “Evo está acabando con Bolivia”; “está creando problemas monstruosos con la cuestión racial”.

Ya mencionamos el tema de los arquetipos; y, como Vargas Llosa es escritor —y también articulista, y orador, y sobre todo fue candidato a la presidencia del Perú— ha disparado ya suficientes palabras al aire y al papel y al éter y al mundo virtual, para que, más o menos, uno puede hacerse un cuadro de cómo piensa. Por ejemplo en una oportunidad dijo: “hay que modernizarlos, (a los indios) aunque ello signifique sacrificar sus culturas, para así salvarlos del hambre y la miseria”. Pero de pronto descubro que no sería modernizarlos según el método de Evo, es decir: alfabetizándolos, repartiéndoles tierras, posibilitándoles el acceso a la medicina: parece que esto significa destruir a un país.

La modernización a lo Vargas Llosa quién sabe si hubiera sido como aquella ordenada hace ya casi medio siglo atrás por cierto militar panameño: las indias no se pintarán la nariz, sino las mejillas como debe ser, y tampoco usaran aros en la nariz, sino en las orejas… Como debe ser. Esa es una variante posible; pero quizá tan solo los modernizaría de otra manera. Por ejemplo naturalizándolos ciudadanos españoles, tanto como él hizo consigo mismo, porque está claro, según ya vimos, que no sería convirtiéndolos en criollos hispanohablantes; es decir, en latinoamericanos típicos: ¿no acaba de amonestar a Evo por poseer esa condición?

En fin, yo suponía que el reproche al presidente boliviano vendría por aquello de: Caramba, hombre, de alguna manera usted es parte de nosotros —desde luego, el nosotros en el sentido de los colonizadores, las trasnacionales, la oligarquía, etc.— entonces, don Evo, qué hace usted nacionalizando hidrocarburos y despojando de tierras a la misma gente suya para darle propiedades y medios de vida a esos indiotas (Aclaro que el término indiota lo tomé prestado de la novela Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa)

Nada, que tampoco Vargas Llosa estaba diciéndonos: Caramba, miren qué oveja descarriada nos ha salido este don Evo Morales; vean cómo tiene un por ciento de esta muy valiosa sangre aria nuestra —es decir, goda— y, sin embargo, ahí está creando esas rentas llamadas Dignidad y esos bonos Juancito Pinto, a cuenta de nuestros bolsillos, que son como los de él. Qué va. No era ese el reproche. Entonces pensé que en realidad habría querido expresar otra cosa; algo así como: Óigame, Evo, no quiera usted beneficiarse con el complejo de culpa que los europeos (naturales y no naturales) padecemos con los indios americanos: sabido es que ya los señores europeos de los discursos y los medios de difusión no dicen “Descubrimiento de América”; ahora han asumido su deuda con los indios, y la pagan con el eufemismo “Encuentro entre dos culturas”; pero usted, Evo, es un simple criollo mestizo hispanohablante que no clasifica en la categoría de los que a veces nos hacen recordar cierta culpa nuestra: a ustedes, los criollos, no se les asesinó tanto ni se les esclavizó o condenó a vivir como burros, sino en todo caso como a caballos, dos categorías que son muy distintas, sobre todo porque, simbólicamente hablando, distintos son los arquetipos que el idioma le carga a ambas bestias.

Vean como el asunto del idioma me asalta una y otra vez. Y es que en realidad suena bastante a regaño el hecho de que Evo hable el idioma español. Pero reitero mi compromiso anterior: no abundaré demasiado en cuestiones lingüísticas, ni tampoco en el hecho de que, antes de volverse europeo, Mario Vargas Llosa fuera un criollo latinoamericano típico, aunque justo es aclarar que todavía es hispanohablante. Sólo me pregunto —si lo que en verdad reprocha a Evo es que gobierne pensando en los indios— cómo iba a gobernar él mismo en el Perú donde uno de cada dos habitantes es indígena. ¿Cómo iba a conseguir modernizarlos si, aunque la constitución peruana reconoce la igualdad de condiciones entre el quechua y el español, habría que apuntar como Eduardo Galeano: “La Constitución lo dice, pero la realidad no lo oye. El Perú trata a los indios como África del Sur trata a los negros. El español es el único idioma que se enseña en las escuelas y el único que entienden los jueces y los policías y los funcionarios. (El español no es el único idioma de la televisión, porque la televisión también habla inglés.)”

En fin, yo permanecía colmado de dudas, y lo peor: estas crecían en la medida en que avanzaba en la lectura del artículo. Vean ustedes, el caso es que yo también soy un típico criollo hispanohablante, y algo de mestizo también habré de tener: en Cuba decimos que quien no tiene de congo tiene de carabalí. De modo que continué leyendo hasta el final: confieso que me picaba bastante la curiosidad; sobre todo quería ver qué parte del pecado original de Evo yo también debía cargar. Pero terminé la página, y del susodicho tema indígena, así como de los orígenes del criollo, solo se me explicaba que, si quería ahondar en mis conocimientos, debía consultar las primeras crónicas que se escribieron por estas tierras. Caramba, qué dilema, qué prodigio de la información moderna con todos esos hipervínculos que ahora convierten a un simple artículo en una historia interminable. Sin embargo, no encontraba por ninguna parte del texto esas palabras en fuente de color azul que trastoca en una simpática manito la flecha del cursor, y que en este caso significaría “pinche aquí para acceder a los cronistas de Indias”.

Perdonen la digresión, pero ahí mismo empecé a echar la culpa del dislate a los diseñadores de periódico El País: ya se sabe que con frecuencia se equivocan. Por ejemplo hace un par de meses presentaron la foto de una pacifica reunión de miles de indígenas partidarios de Evo como si en verdad estuviesen a favor de sus opositores, y luego, en cambio, colocaron una incendiaria revuelta de autonomistas —con sus escudos verdes y sus cruces bizantinas, emblemas de estos— y el pie de foto equivocadamente decía: “Partidarios del presidente de Bolivia, Evo Morales”.

Sí, estos diseñadores de El País que no hacen correctamente su trabajo, para que luego la gente diga que es la gerencia del Grupo Prisa que teme a las nacionalizaciones en Bolivia, un país donde controlan el diario La Razón, y hasta hace muy poco el matutino El Nuevo Día. ¡Cómo si El País no fuera un diario plural y de izquierda!

Bien, siguiendo el orden cronológico de mis razonamientos, luego me dije: Hombre, quizá no han colocado el hipervínculo para evitar demandas legales: conocido es el caso de lo ocurrido al periodista Pascual Serrano, que por citar someramente a Vargas Llosa recibió un correo electrónico de la gerente comercial de “El País Internacional” exigiéndole pagar derechos de autor. Entonces salté iluminado: Caramba, tiene lógica. Puede que tanta brevedad confusa del artículo haya sido engendrada por la prudencia. Vaya usted a saber si los de Efe temieron que de pronto el propio Vargas Llosa les presentara una demanda por citarlo en exceso (quién sabe si por eso el artículo nos está haciendo un guiño al advertir que este señor es un “liberal a ultranza”: ya sabemos que para los liberales, —calculo que mucho más para los liberales a ultranza— business are business, y que, para el triunfo legítimo de una individualidad liberal a ultranza, funcione muy bien la máxima de que el dinero es amigable, pero no tiene amigos)

En fin, que otra vez me enredé en las elucubraciones, porque de pronto caí en cuenta de que los Cronistas de Indias no tienen copyright. Así que me armé del consabido refrán: Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña; y entonces pinché el URL de una biblioteca virtual.

Como es lógico, empecé la lectura por los cronistas de la conquista del Perú. El primero que cayó a mano fue Pedro Cieza de León; pero a poco de avanzar en la lectura, comprobé que, sobre todo, aquél veía en los indios a unos salvajes capaces de la crueldad y “del pecado nefando de la sodomía”. Así pasé a Agustín de Zárate, solo para ver que usaba un tono arbitrariamente condenatorio al juzgar a los gobernantes de Cuzco. Salté entonces a Pedro Sarmiento de Gamboa, y este me explicó que los incas eran unos tiranos usurpadores; en su Historia de los incas, pinta cuadros de terror e infamias indígenas. En fin, no seguí leyendo después de consultar a Francisco López de Jerez, porque me parecieron un poco exageradas las hazañas de los conquistadores hasta la muerte de Atahualpa. (Aclaro que desde el principio descarté leer a Garcilaso de la Vega, el Inca, porque este era un típico criollo mestizo e hispanohablante)

O sea, que por esa vía me iba a costar una eternidad encontrar el cronista adecuado, aquel que por fin evacuara todas mis dudas anteriores, y que de paso me explicara si era un mito o una realidad —por ejemplo— la masacre de Pando. El asunto es que Vargas Llosa apunta que hay dos caras de América Latina, una concreta y otra llena de mitos. Por ejemplo, dice que la política de Evo es concreta, pero tiene una lectura que la convierte en fantasía. Esto, que a mí también me suena a cosa concreta, pero con su correspondiente lectura de fantasía, ahora mismo me hace recordar algo que recientemente publicó en El País, en un artículo titulado Caracas al vuelo. Allí escribió que Teodoro Petkoff le había contado una anécdota: Al tomar un taxi en el centro de Caracas, fue reconocido por el chofer. Este era un médico cubano que, en sus ratos libres, hacía de taxista para mejorar sus ingresos. Puestos a conversar, el médico-taxista le confesó a Petkoff una debilidad: “Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas". Vean entonces la moraleja de Vargas Llosa: “Si después de medio siglo de revolución, ese símbolo quintaesenciado del capitalismo despierta semejantes emociones en un cubano nacido y educado bajo la prédica ideológica de Fidel Castro, ¿quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?”

Gracias a Dios, y con el perdón sea dicho, soy de los que se permite dudar y por eso pregunto. O sea, antes de preguntar necesito hacer una introducción. Recientemente se publicaron dos trabajos científicos contradictorios sobre la Coca-Cola. El primero fue publicado por los norteamericanos Sheree Umpierre, Joseph Hill y Deborah Andersson, en el New England Journal of Medicine, y afirma que la Coca-Cola tiene propiedades espermicidas; y, el segundo, apareció en Human Toxicology, suscrito por los taiwaneses C.Y. Hong, C.C. Shieh, P. Wu y B.N. Chiang, y por casualidad afirma todo lo contrario. En fin, mi pregunta a Vargas Llosa es la siguiente: ¿Cuál de los dos tipos de Coca-Cola se tomó el taxista de Petkoff?

Confieso que iba a dejar el asunto aquí, pero entonces fue que me asomé a la ventana de mi casa y vi que en el río flotaba una botella de Coca-Cola. Corrí a buscarla, y perplejo descubrí que dentro de ella había un mensaje. Increíble, me asombré, porque de pronto, y de acuerdo con sus diversos matasellos, descubrí que la botella había sido arrojada al río Manzanares en Madrid; de ahí fue a dar a Lisboa por el Tajo, bajó a Canarias por la corriente ecuatorial norte, atravesó el Atlántico y entró al Mar Caribe, y, al llegar a Cuba, subió por el río Jatibonico del Sur hasta cerca de mi casa. El mensaje era un artículo de Vargas Llosa, La segunda oportunidad, publicado hace un par de años en El País, y en el que al fin creí entender lo que éste deseaba para Bolivia. Al reflexionar sobre la democracia en su país natal, dice Vargas Llosa que el Perú necesita de una transición definitiva hacia “el progreso, la prosperidad y la libertad”, y como ejemplo de esas transiciones exitosas toma de modelo, nada menos y nada más, que a España y Chile. Entonces me estremecí. Dije: Caramba, para que un socialista pueda gobernar un país que marche camino de una sociedad avanzada, primero tiene que hacer un tránsito desde el fascismo. O sea, tener antes a un Pinochet o a un Franco sobre los cuales erigirse, perdonarles a los torturadores y asesinos todos sus crímenes y atrocidades, y por supuesto mantener intacto el modelo capitalista. Vamos, que ahora sí me pareció entender lo que deseaba Vargas Llosa para Bolivia; y todo gracias a una botella que algunos dirán que es de pura fantasía, pero sin poder negarle su lectura concreta.