martes, 15 de marzo de 2011

MAPUCHE NILSA RAIN EN UNIVERSIDAD DE ALICANTE

“CHILE HOY: REALIDAD DEL PUEBLO MAPUCHE”

El jueves 24 de Febrero en la SEU de la Universidad de Alicante pudimos asistir a una charla sobre la realidad del pueblo mapuche. Entre los ponentes contamos con Nilsa Rain Huentemilla, líder de la comunidad mapuche de Matrenko, o Danilo Aravena Ross, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Ambos nos acercaron a la realidad, no sólo de un pueblo, sino de un mundo globalizado que ha traído consecuencias desastrosas para los pueblos indígenas, en este caso los indígenas mapuches en Chile.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen. En la actualidad el conflicto mapuche ha cobrado una creciente importancia ya que pese a la implementación de la ley indígena y los crecientes esfuerzos del pueblo mapuche por recuperar sus derechos, no se han conseguido logros importantes en su reconocimiento como pueblo, en la recuperación de las tierras, en frenar la represión, las aberraciones judiciales… La lucha del pueblo mapuche es una disputa por la dignidad de un pueblo, y Nilsa en su conferencia abordó una crítica a esa dominación política, jurídica y económica a la que están subordinados, ampliando toda esta ponencia en una previa entrevista.


1. Nilsa Rain Huentemilla, me gustaría que te presentaras tu misma…

Mi nombre es Nilsa Rain Huentemilla, vengo de una comunidad mapuche que queda en Metrenko, al sur de Chile. En nuestra estructura de organización geográfica y territorial es muy importante el lugar de origen, de uno viene, porque eso habla también de ti en tanto que no somos personas, entes individuales, somos seres sociales. Yo soy yo en tanto yo vengo de un lugar, una familia, donde existe una forma de pensar y una forma de luchar.

Mi territorio más amplio es el Maquewe, éste pertenece a su vez a un movimiento que se llama Alianza Territorial Mapuche. En los últimos años ha llevado a cabo movilizaciones para recuperar territorios que históricamente nos han pertenecido.

Mi ilusión al estar acá, en Europa, después de un tiempo fuera de Chile, es dar a conocer esta situación que nosotros vivimos, los problemas que nos afectan, pero sobre todo, dar a conocer cuáles son nuestras pretensiones como pueblo Nación Mapuche.


2. ¿Cómo definirías la relación de la sociedad mapuche con la sociedad chilena?

Nosotros diferenciamos entre la sociedad y el pueblo chileno, y el Estado de Chile. Esta es una instancia que desde su constitución en nuestro territorio lo hace sobre la base de la invasión, del despojo de nuestros territorios. Nuestra relación siempre ha sido de desencuentro, de sufrir nosotros un sometimiento a la fuerza que se disipa también en lo ideológico, en la escuela; de una religión cristiana occidental, de una estructura social piramidal donde debemos obedecer a autoridades que no han sido elegidas por nosotros y donde se nos impone una estructura de desarrollo económico que no considera la relación armónica que nosotros tenemos desde hace siglos, por ejemplo, con la naturaleza.

Nuestra relación con el Estado Chileno ha sido siempre sobre la base de que ellos nos han sometido a través de sus políticas y nosotros históricamente luchamos contra ese tipo de sometimiento.

En cuanto a la población de Chile, aquellos sectores que son pobres, que no tiene un sistema de vida digno son nuestros hermanos porque sufren como nosotros, y de parte de la misma instancia que es el pueblo chileno sufren esas políticas económicas, políticas capitalistas neoliberales. A ellos los tienen sometidos también.

Aún así, hay que decir que la sociedad chilena producto de esta política del Estado chileno se ha conformado con una visión ideológica muy clasista respecto a nosotros como pueblo indígena, pero si tuviéramos que analizar las causas, el porqué, buscar culpables, ellos son el producto de una política ideológica de Estado que ha formado con absoluta conciencia. Tiene así, un mecanismo social que nos reprime, que nos sigue humillando al decirnos que somos seres inferiores.

Visto desde esa perspectiva el pueblo chileno debiera ser un aliado nuestro ese es un proceso que nosotros como pueblo mapuche siempre hemos intentado explicar. Necesitamos puentes para construir esas relaciones de solidaridad, de intercambio con nuestro pueblo, y ese proceso no está acabado, no obstante, existen muchas instancias chilenas solidarizadas con nosotros.

3. Los Gobiernos de la Concertación, ¿significaron avances reales en el mejoramiento de las condiciones de vida de los indígenas?

Esta es una de las mentiras. La llegada de la esta coalición a Chile, formada por la concertación de diversos partidos, aparentemente de una línea de izquierdas, hay que llamarla con todas las letras. Esto fue una entrega negociada de un poder económico capitalista que traspasa sus arcas a otro sector que sigue estableciendo el mismo modelo económico neoliberal y que se rige por una Constitución escrita y aprobada por una dictadura. Cómo vamos a hablar de una democracia nosotros si estamos siendo guiados por una Constitución represora, que niega la diversidad del pueblo indígena, que niega incluso la diversidad del pensamiento mismo del pueblo chileno.

Si hay que hacer un balance de los alcances que tuvo para nosotros estos Gobiernos es que fue una continuidad de una política de despojo de nuestros territorios , una política de marginación, una política en la que no sólo nosotros seguimos siendo más pobres, sino que subimos los niveles de pobreza, estamos más miserables que antes.

4. ¿No hubo cambios tras la ratificación del Convenio 169 de la OIT tras 17 años de discusión parlamentaria?

Lo que ocurre es que este Convenio debería ser de alguna manera una victoria de los pueblos indígenas, tanto en su configuración como en su aprobación, pero si bien es cierto que el Gobierno de forma reciente lo termina aprobando, las primeras intervenciones en este convenio es querer cambiar algunas cláusulas que no son cambiables porque estamos hablando de decretos internacionales, que para poder cambiarlos, necesitan del fórum de esas instancias internacionales que lo hicieron, pero lo primero que hace el Gobierno de la Concertación es querer cambiar, y de hecho lo hizo, el concepto de “pueblos indígenas”. Ellos cambian ese concepto de pueblo por el de grupo o etnia, y este grupo puede ser ecológico, deportivo… y eso nos quita a nosotros que al no hablar de pueblo se eliminen los derechos políticos que deben ser respetados a nivel internacional, entonces si tú sacas ya ese concepto, tú bajas también el nivel de reconocimiento de nuestros derechos.

Por otro lado, una de las partes más importantes de este convenio 169 es la consulta que se debe hacer al grupo donde va a ser instado, ya sea una represa, una carretera, o una explotación de recursos naturales. Todos los gobiernos hasta ahora lo que han hecho es encargar informes a especialistas que den cuenta de cuáles van a ser los niveles de impacto que tienen los proyectos.

Pudiera ser que este estudio arrojara que los impactos ambientales van a ser negativos, pero en ningún momento dice que si es así, no deben construirse. ¿De qué promoción de Ley estamos hablando?

En términos de aplicaridad es muy ambigüo, y no ha significado cambios sustantivos para el proceso de demanda y reconocimiento que nosotros estamos exigiendo hacia el Estado chileno. En tanto que se hace la consulta, o te preguntan, o a veces a grupos muy reducidos el gobierno llama a una reunión informativa y eso lo considera como consulta, entonces dice ha cumplido con el convenio. Tenemos una lista enorme de intervencionismo de transnacionales en nuestros territorios sobre la base a este sistema.

5. Muchos dicen que ha habido un recrudecimiento del conflicto que puede llevar a un conflicto armado en Chile en el futuro, ¿Qué opinas?

Creo que con el gobierno actual la situación no es mejor ni peor. Con el gobierno de Bachelet hubo dos jóvenes asesinados por la policía en una de las manifestaciones que organizamos de manera pacífica. Durante el gobierno de Bachelet fue cuando hubo una violación mayor a los derechos de la infancia mapuche.

Cuando yo estuve allí en el verano de 2010 haciendo una investigación sobre la percepción de los niños sobre su entorno socio-cultural no tenía ni siquiera que preguntarles a los niños sobre el tema de los niños, o que pasaba con la policía cuando iba a las comunidades, el niño estaba impactado porque la policía, decían, les daban dulces a cambio de que les dijeran donde estaban escondidos sus padres. Y luego, llegó la ministra del Gobierno, Carolina Toao, una mujer socialdemócrata también y da una conferencia de prensa diciendo que se realizaron unas llegadas de policías a las comunidades mapuches limpias, y no era así; tuvimos niños heridos, niños con traumas, padres que no quisieron llevar a los hijos a los hospitales por miedo a ser interrogados, etc. Y todo esto, está programado, automatizado, profesionalizado. Utilizan el mismo sistema que utilizan en Palestina con los niños, para poder coartar a un pueblo que está luchando por sus derechos hay que empezar por la raíz, amedrantan así a una generación que viene potente, cargándola de miedo para así parar las movilizaciones. Y si esto no es una información concreta, si no es una violación a los derechos humanos, si eso no es aplicación armada en contra de un pueblo, la verdad es que no sé tan que peor va a ser con Piñera. Va a ser la continuidad, no estamos viviendo nada nuevo.

6. ¿Qué opinas sobre la ley antiterrorista?

Fue creada durante la dictadura de Pinochet como una forma de aplicársela a todos los líderes sociales y políticos que lucharon por la defensa de sus derechos, pero fue tanta la presión internacional que Pinochet se negó a aplicarla, quedo en stanby.

Cuando llegó la Democracia el movimiento indígena mapuche era el movimiento social más fuerte y la herramienta que el Gobierno tenía más a mano fue esta ley que aplicó para frenar este movimiento. Hasta el momento hay un gran porcentaje de líderes mapuches encarcelados porque se les aplicó la ley por lo que el mensaje que ellos nos están mandando es muy claro a quienes se organizan y protestan, la condena que se les está aplicando a los líderes mapuches amparados bajo esta ley es de 103 años.

Esto muestra lo desmesurado de la aplicación de esta ley aún cuando los delitos que se les imputan a los detenidos son tan absurdos como decirle que ha asaltado una casa o presunción de ataque incendiario. Todo siempre sobre la base de presunción, que es lo mismo que decirle “te encarcelo porque estoy presumiendo que tú estás pensando hacer tal cosa”.

7. ¿Qué llamado realizarías al movimiento mapuche y a la sociedad en general?

Ha habido muchas políticas provenientes desde el Estado chileno desde que se conformó en nuestros territorios hace 128 años destinados a hacernos desaparecer.

Ahora el Estado sigue queriendo desintegrarnos con la aplicación de la ley antiterrorista pero está consiguiendo el efecto contrario, está unificando a un movimiento histórico como es el de nuestro pueblo.

El llamado que nosotros hacemos siempre es a organizarnos, a tomar conciencia, a establecer lazos de solidaridad con otros pueblos que sufren como nosotros, porque en el fondo es un sistema que está afectando no sólo a los mapuches sino a los chilenos, a los españoles, a los inmigrantes…es un sistema que nos afecta a todos y que en el fondo con diferentes matices va a lo mismo: sometimiento y esclavitud. La solución es la solidaridad mutua y unirse como movimiento.

8. ¿Va a haber un final feliz aunque sea a largo plazo para el pueblo mapuche?

Como cultura nosotros tenemos un sentido distinto del concepto tiempo. Yo llevo mucho tiempo como dirigente, como representante mapuche aportando mi grano de arena a este proceso y todos tenemos el sueño de ser un país, ser un pueblo nación autónomo y recuperar nuestros territorios, restablecer nuestras vidas, vivir ese respeto a la naturaleza, que podamos vivir en armonía con ella. Es posible que algún día, de hecho estoy segura, que yo aunque pasara de esta vida a la otra en noventa o cien años, no lo voy a ver. Yo no voy a ver esos cambios, pero en la medida que yo soy una herramienta en ese proceso yo me siento satisfecha. Hay una entrega que va más allá de lo individual, de lo personal, no lucho por lo que yo vaya a conseguir sino por la generación que viene, que van a poder disfrutar y van a poder entender que para poder llegar a lo que se va a tener en el futuro, todo es un proceso. Así como yo también lo siento en mí, que yo estoy aquí, que yo soy yo, que soy parte de un colectivo, de un pueblo en tanto que en mí habitan espíritus milenarios que vienen conmigo. Esa conexión del tiempo es la que tenemos.

MªEUGENIA BERRUEZO ROSILLO

lunes, 14 de marzo de 2011

Libia y el regreso del Imperialismo Humanitario


Volvió la vieja pandilla
Libia y el regreso del Imperialismo Humanitario


Traducido por Silvia Arana para Rebelión


Ha vuelto la pandilla completa: Los partidos de la Izquierda Europea (los partidos comunistas "moderados"), los "Verdes" de José Bové, ahora aliados de Daniel Cohn-Bendit, quien aún no ha hallado una guerra de EE.UU.-OTAN que le caiga mal, varios grupos troskistas y, por supuesto, Bernard-Henri Lévy y Bernard Kouchner, todos pidiendo una suerte de "intervención humanitaria" en Libia o acusando a la izquierda latinoamericana, cuyas posiciones son más sensibles, de actuar como "idiotas útiles" del "tirano libio".

Doce años después, es exactamente igual a Kosovo. Cientos de miles de iraquíes muertos, la OTAN en una posición dificilísima en Afganistán, y ¡no han aprendido nada! La guerra de Kosovo se hizo para parar un genocidio inexistente, la guerra de Afganistán para proteger a las mujeres (vayan y verifiquen la situación de ellas ahora), y la guerra de Irak para proteger a los kurdos. ¿Cuándo van a entender que todas las guerras se atribuyen justificaciones humanitarias? Hasta Hitler "protegía minorías" en Checoslovaquia y Polonia.

Por el otro lado, Robert Gates advierte que cualquier secretario de estado que le aconseje al presidente de EE.UU. a enviar tropas a Asia o África "debe ser examinado de la cabeza". El Almirante McMullen también aconseja prudencia. La gran paradoja de nuestros tiempos es que los cuarteles de la paz estén en el Pentágono y el Departamento de Estado, mientras que el partido pro-guerra es una coalición de neoconservadores y liberales intervencionistas, incluyendo guerreros izquierdistas humanitarios, al igual que ecologistas, feministas o comunistas arrepentidos.

Entonces ahora, todos tenemos que consumir menos por el calentamiento global del planeta, pero las guerras de la OTAN son reciclables y el imperialismo se ha vuelto un desarrollo sostenible.

Por supuesto que EE.UU. va a ir o no a la guerra por razones totalmente independientes de los consejos ofrecidos por la izquierda pro-guerra. El petróleo no va a ser probablemente un factor decisivo porque cualquier nuevo gobierno libio tendrá que vender petróleo y Libia no tiene la influencia necesaria para tener un peso importante en el precio del petróleo. Claro que la inestabilidad de Libia genera especulación que por sí misma afecta los precios, pero eso es diferente. Los sionistas tienen probablemente dos ideas encontradas sobre Libia: odian a Khadafi, y les gustaría derrocarlo, como a Sadam, de la manera más humillante, pero no están seguros si les gustará la oposición (y por lo poco que sabemos, no les gustará).

El principal argumento pro-guerra es que si las cosas se hacen rápida y fácilmente, se rehabilitará la OTAN y la intervención humanitaria, cuya imagen quedó manchada por Irak y Afganistán. Una nueva Grenada o, al menos, un nuevo Kosovo, es exactamente lo que se necesita. Otra motivación para una intervención es la mejor manera de controlar a los rebeldes, al ir a "salvarlos" en su marcha por la victoria. Pero es improbable que funcione: Karzai en Afganistán, los nacionalistas kosovares, los chiítas en Irak y por supuesto Israel están muy felices de recibir la ayuda estadounidense, cuando la necesitan, pero después continúan con sus propios planes. Además, una ocupación militar completa de Libia después de su "liberación" será difícil de mantener, lo que por supuesto hace que la intervención sea menos atractiva desde el punto de vista de EE.UU.

Por el otro lado, si las cosas salen mal, será probablemente el principio del fin del imperio estadounidense, de ahí la prudencia de los funcionarios a cargo, cuya ocupación no es meramente escribir artículos para Le Monde o hablar contra dictadores frente a las cámaras.

Es difícil para un ciudadano cualquiera saber qué está pasando exactamente en Libia, porque los medios occidentales se han desacreditado completamente por su cobertura en Irak, Afganistán, Líbano y Palestina, y las fuentes alternativas no son siempre confiables. Eso no ha afectado por supuesto a la izquierda pro-guerra que está absolutamente convencida de que los peores informes sobre Khadafi son verdaderos, como hace doce años sobre Milosevic.

El rol negativo de la Corte Penal Internacional se ha hecho visible otra vez, aquí, como sucedió con el Tribunal Penal Internacional para Yugoeslavia, en el caso de Kosovo. Una de las razones por las que hubo derramamiento de sangre relativamente limitado en Túnez y Egipto era que había salidas posibles para Ben Alí y Mubarak. Pero la "justicia internacional" quiere asegurarse de que no haya salida posible para Khadafi, ni probablemente para la gente cercana a él, y con esto los incitan a una lucha hasta el fin.

Si "otro mundo es posible", como repite la Izquierda Europea, luego, otro Occidente debería ser posible y la Izquierda Europea debería empezar a trabajar en ello. Las reuniones recientes de la Alianza Bolivariana pueden servir de ejemplo: La izquierda en América Latina quiere la paz y se oponen a la intervención de EE.UU. porque saben que ellos también están en la mira de EE.UU. y que sus procesos de transformación social requieren, sobretodo, de la paz y soberanía nacional. Por lo tanto, sugieren enviar una delegación internacional, posiblemente liderada por Jimmy Carter (al que nadie puede llamar marioneta de Khadafi), para comenzar un proceso de negociaciones entre el gobierno y los rebeldes. España ha expresado interés en la idea, pero por supuesto Sarkozy la ha rechazado. Esta propuesta puede sonar utópica pero no lo sería tanto si tuviera el respaldo de las Naciones Unidas, que de esta manera cumpliría con su misión -pero ello es imposible debido a la influencia de EE.UU. y Occidente. Sin embargo, no es tan imposible que ahora, o en algunas crisis futuras, una coalición no-intervencionista de naciones, incluyendo Rusia, China, países de América Latina y quizás otros, aúnen esfuerzos para construir alternativas confiables frente al intervencionismo occidental.

A diferencia de la izquierda de América Latina, la patética versión europea ha perdido todo sentido de lo que significa hacer política. No intenta proponer soluciones concretas a los problemas, y sólo es capaz de tomar posiciones morales, en particular la denuncia de dictadores y las violaciones de derechos humanos en tono grandilocuente. La izquierda social democrática sigue a la derecha con algunos años de retraso y no tiene ideas propias. La izquierda "radical" se las ingenia para denunciar a los gobiernos occidentales de todas las maneras posibles y al mismo tiempo pedir que esos mismos gobiernos intervengan alrededor del mundo para defender la democracia. Su falta de reflexión política los hace altamente vulnerables a las campañas de desinformación y a volverse aficionados pasivos de las guerras de EE.UU.-OTAN.

Esa izquierda no tiene un programa coherente y no sabrían qué hacer en el caso que un dios los coloque en el poder. En lugar de "apoyar" a Chávez y la Revolución Bolivariana, un reclamo sin significado que algunos adoran repetir, deberían aprender humildemente de ellos, y antes que nada, reaprender el significado de hacer política.

jueves, 10 de marzo de 2011

Entrevista-Reportaje en 'Público': En Chile no hay ningún preso por los asesinatos de mapuches

Comentar | HERBERT HOLGUÍN V.

Portavoz mapuche. Asevera que todos los gobiernos de Chile, incluido el actual, han ignorado las exigencias de su pueblo.

Igualdad de derechos para los inmigrantes: la clave para organizar sindicatos

Estados Unidos y México

VS 0 | | sección: web | 15/02/२०११

David Bacon (Monthly Review)

[El tema de este artículo es la necesidad de una lucha común de los inmigrantes y de los trabajadores norteamericanos, así como de la solidaridad entre trabajadores de los dos lados de la frontera. Pero muchas de las conclusiones se pueden extrapolar a todas las fronteras].

En mi época de representante sindical tuve una experiencia que a mi juicio ilustra el peso de las tradiciones culturales e históricas que traen consigo los inmigrantes mexicanos cuando llegan a Estados Unidos y el modo en que estas tradiciones afectan a la forma de organizarse.

Yo pertenecía al sindicato de trabajadores del sector eléctrico (United Electrical Workers), uno de los sindicatos más progresistas de EE UU. Un grupo de trabajadores de una gran fábrica, Cal Spas, conocida por la salvaje explotación a que somete a sus trabajadores, se puso en contacto con nosotros. Descontentos con los bajos salarios y las condiciones de trabajo abusivas, empezaron a organizar un sindicato. Un día dieron una paliza al cabecilla del comité organizador en plena calle delante de la fábrica. Se trataba, claro está, de meter miedo a los trabajadores para que desistieran de organizarse.

Esa noche, el comité se reunió para discutir la respuesta. Muchos miembros eran trabajadores indocumentados sin estatuto legal de inmigrantes. Carecían de recursos, en algunos casos ni siquiera tenían reservas de alimentos en casa debido a que los salarios eran tan bajos. Sin embargo, la mayoría estaba a favor de ir a la huelga.

No obstante, tenían una gran duda: querían saber si hacer huelga era legal. Les expliqué que las huelgas en esas circunstancias son legales en Estados Unidos, y entonces decidieron lanzarse. Al día siguiente celebraron un gran mitin a la hora de comer junto a las puertas de la fábrica. El comité se subió a la plataforma de un camión y sus miembros pronunciaron discursos sobre las palizas y la intimidación. Al término del mitin, el comité llamó a los trabajadores a no volver al trabajo. Cientos de ellos formaron un piquete y la huelga se hizo realidad.

A la mañana siguiente, sin embargo, acudieron docenas de personas a las oficinas de la fábrica para solicitar empleo. La empresa se pasó el día entero contratándolas. Al día siguiente llegó la policía para realizar una imponente demostración de fuerza. Escoltados por los agentes, los nuevos contratados cruzaron las barreras del piquete y entraron a trabajar.

El comité de huelga vino a verme. Un trabajador dijo —en un tono que indicaba que pensaba que yo les había mentido— que les aseguré que la huelga era legal. Le contesté que así era, y entonces me hablaron de los rompehuelgas. ¿Cómo puede ser legal, preguntaron, si hay gente que entra a trabajar?

Diferentes maneras de entender los derechos

Las diferentes maneras de entender los conceptos son un aspecto fundamental. Aquellos trabajadores se referían a una cosa cuando hablaban de legalidad y yo a otra. En México, durante una huelga legal, los trabajadores pueden colocar banderas rojas y negras en las verjas de la fábrica y la empresa ha de permanecer cerrada mientras dure la huelga. Nadie puede acudir legalmente a trabajar. El problema, por supuesto, es que para la mayoría de los trabajadores es muy difícil conseguir que se legalicen sindicatos independientes y se autoricen huelgas legales.

En Estados Unidos, los sindicatos no tienen por qué registrarse oficialmente y cualquiera puede constituir uno. Pero la protección legal de los sindicatos es en realidad muy enclenque y son pocos los derechos que tienen estos. Una empresa puede romper legalmente una huelga, tal como hizo Cal Spas.

Estas diferencias se derivan de distintas concepciones de los derechos. En Estados Unidos, el derecho a la propiedad prima sobre todos los demás, inclusive sobre los derechos laborales. La legislación en materia de inmigración también prima sobre los derechos de los trabajadores. En sus sentencias sobre los casos Sure-Tan y Hoffman, el Tribunal Supremo estableció que las empresas declaradas culpables de despedir a trabajadores indocumentados por desempeñar actividades sindicales no están obligadas a readmitirlos o indemnizarles.

En México, las tradiciones jurídicas y políticas de la Revolución de 1910 siguen estando relativamente vivas. Los trabajadores tienen importantes derechos legales y sociales, al menos sobre el papel, y se supone que el Estado ha de respetarlos y defenderlos. Por desgracia, en muchos casos esos derechos se quedan en el papel, es decir, no se aplican en la vida real.

La constitución mexicana otorga a las personas el derecho a la alimentación y la vivienda, pero hay gente que pasa hambre y carece de hogar. Existe efectivamente el derecho de huelga, pero en la práctica se reprime a los sindicatos independientes y democráticos. En el peor de los casos, el gobierno recurre a la policía o incluso al ejército para romper huelgas, como hizo el año pasado con los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y los mineros de Cananea.

Tanto el gobierno mexicano como el estadounidense impulsan una política encaminada a favorecer la inversión extranjera y para ellos la conflictividad laboral y el aumento de los salarios son obstáculos en ese camino. Por eso se cuestiona cada vez más la estructura sindical corporativista de México, al igual que el sistema de convenios protectores que sirven para controlar la mano de obra por parte de las empresas que abren fábricas en el país. Sin embargo, debido a la política de desarrollo aplicada de fomentar la inversión extranjera a toda costa, estas cuestiones dan lugar a duras batallas. La legislación que ha protegido en el pasado los derechos de los trabajadores está siendo socavada.

Estos problemas se agravan a medida que se refuerza el modelo económico neoliberal. La crisis política, social y económica que generan impulsa la emigración a Estados Unidos. Al mismo tiempo, cada vez más plantas industriales abandonan este país en busca de bajos salarios al otro lado de la frontera.

Las maquiladoras y el TLCAN

Cuando comenzó el programa de maquiladoras en 1964, ese tipo de instalaciones se enfrentaban a fuertes restricciones. Desde el final de la Revolución mexicana en 1920 hasta comienzos de los años setenta, el gobierno mexicano trataba de fomentar el desarrollo económico favoreciendo a las empresas mexicanas que producían bienes para el mercado nacional. La inversión extranjera era limitada. El Programa de Industrialización Fronteriza estaba destinado originalmente, en parte, a absorber a los trabajadores en la frontera que se quedaron sin empleo a raíz de la cancelación del programa bracero. /1.

Sin embargo, bajo la presión de la creciente deuda extranjera, la política económica mexicana empezó a cambiar. Las empresas del Estado se vendieron a inversores privados y se permitió a empresas estadounidenses adquirir tierras y fábricas en cualquier parte de México, sin la obligación de asociarse con empresas mexicanas. Se liberalizaron los precios de los productos básicos y se recortaron o suprimieron totalmente las subvenciones públicas a alimentos y servicios para los trabajadores y los pobres.

México era un laboratorio de las reformas económicas que han transformado las economías de los países en vías de desarrollo, sustituyendo las políticas encaminadas a favorecer el desarrollo nacional por políticas de apertura a la inversión extranjera. Hoy en día, la economía mexicana no tiene nada en común con lo que era treinta años atrás.

Las maquiladoras representan una de las principales fuentes de divisas extranjeras, después del petróleo, para la economía mexicana. Las remesas que envían a casa los trabajadores desplazados al extranjero por culpa de las políticas neoliberales constituyen otra fuente muy importante de divisas extranjeras. Esto ha creado una cultura en la que se fomenta todo lo que favorezca la producción en régimen de maquila, despreciando el coste humano del sistema. El gobierno mexicano ha generado un clima favorable a la inversión basado en la disponibilidad de una gran masa de mano de obra barata. Este clima centra toda la atención del gobierno en detrimento del consumo interior, es decir, de la capacidad de la población de comprar lo que produce.

Bastante antes de que entrara en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la diferencia de salarios entre EE UU y México estaba aumentando. Los salarios mexicanos representaban un tercio de los pagados en EE UU hasta los años setenta. Actualmente ni siquiera alcanzan un octavo, y en algunos sectores tan solo llegan a una quinceava parte, incluso en un periodo en que los salarios estadounidenses han perdido poder adquisitivo.

En los dos últimos decenios, el salario de los trabajadores mexicanos ha perdido más de la mitad del poder adquisitivo. Presionado por los acreedores extranjeros, el gobierno mexicano ha anulados las subvenciones a productos de primera necesidad, entre ellos la gasolina, la luz, el transporte urbano, las tortillas y la leche, cuyos precios han aumentado vertiginosamente. Se calcula que hay 40 millones de personas que viven en la pobreza y 25 millones en la extrema pobreza.

Los trabajadores estadounidenses también se han visto afectados por la creciente miseria en México, que actúa como un imán que atrae la producción hacia el sur. Las promesas de que el TLCAN crearía puestos de trabajo en EE UU para compensar el traslado de centros de producción no fue más que un ardid político para conseguir que el Congreso ratificara el TLCAN,

El lobby empresarial USA*NAFTA, favorable al TLCAN, solo logró documentar 535 empleos creados en EE UU en virtud del tratado en 1994 (su primer año de vigencia), a pesar de las promesas de que las exportaciones estadounidenses a México generarían 100.000 puestos de trabajo ese mismo año. Al mismo tiempo, el Ministerio de Trabajo de EE UU recibió solicitudes de ayuda por regulación de empleo relacionadas con el TLCAN para 34.799 trabajadores. En 2002 ya eran 403.000. De acuerdo con “NAFTA at Seven”, un informe del Instituto de Política Económica, “el TLCAN eliminó 766.030 puestos de trabajo reales y potenciales en EE UU entre 1994 y 2000 debido al rápido crecimiento del déficit comercial neto de este país con México y Canadá”. Hoy en día, el número es mucho mayor. En 2003, un estudio de Robert E. Scott para el Instituto de Política Económica concluyó que “el aumento del déficit comercial de EE UU con Canadá y México hasta 2002 originó la deslocalización de una producción que sostenía 879.280 puestos de trabajo estadounidenses”.

Las exportaciones no siempre generan empleo. En los cinco sectores que producen la mayor parte de las exportaciones a México —material eléctrico, maquinaria, material de transporte, productos químicos y metales primarios— desaparecieron más de 1,5 millones de puestos de trabajo en los años ochenta y noventa, mientras que las exportaciones a México fueron aumentando. El TLCAN favoreció la exportación de capitales, no de productos y servicios. La inversión extranjera en fábricas y equipamientos mexicanos, en su gran mayoría procedente de EE UU, aumentó en 8.000 millones de dólares tan solo en la primera mitad de 1994. Los centros de producción mexicanos de General Electric vieron crecer sus ventas un 18 % en 1994, alcanzando un volumen de mil millones de dólares. El entonces director general, Jack Welch, declaró a Business Week que el futuro de General Electric se hallaba en México.

Solidaridad internacional

A través de las ayudas y las condiciones de los créditos que concede, el gobierno de EE UU impone una política de bajos salarios en la economía mexicana con la cooperación activa del gobierno de este país, a fin de fomentar el sistema de maquiladoras. A raíz de ello han estallado conflictos laborales en una factoría tras otra a lo largo de los dos últimos decenios, de un extremo a otro de la larga frontera. Y a medida que se han ido intensificando esos conflictos se ha organizado un movimiento de apoyo a los trabajadores afectados en el norte, es decir, en EE UU y Canadá.

Este movimiento de solidaridad internacional no sólo presta apoyo directo a los trabajadores afectados, sino que además, por el hecho de que el modo de producción a base de maquiladoras transforma la economía de países en vías de desarrollo como México, constituye un terreno de pruebas para un nuevo modelo de relaciones internacionales entre trabajadores y sindicatos. Hoy en día, la solidaridad en la base a través de la frontera entre EE UU y México se desarrolla en distintos terrenos, utilizando diversas estrategias. Estas tienen en común su carácter democrático y de base, lo que las distingue claramente del enfoque jerárquico que caracterizó las relaciones internacionales entre sindicatos en la época de la Guerra Fría. Son los propios trabajadores quienes protagonizan las nuevas acciones transfronterizas.

Los conflictos laborales en la frontera mexicana son en gran medida resultado de las reformas económicas impuestas a México por el Fondo Monetario Internacional, reforzadas por las condiciones de los créditos bancarios y las ayudas de EE UU. La más importante de esas condiciones —más incluso que la supresión de las subvenciones a productos de primera necesidad y la apertura de la economía mexicana a las importaciones— es la que se refiere a la privatización.

En países como México, que tienen una economía mixta, gran parte de los trabajadores han estado empleados históricamente en empresas públicas. La mayoría de los obreros industriales mexicanos trabajaban para el Estado hasta que las reformas económicas empezaron a transformar la economía en los años setenta. El movimiento obrero organizado mexicano tenía su fuerza principal en el sector público.

Mientras que hace tres decenios tres cuartas partes de la mano de obra mexicana estaba sindicada, hoy esta proporción ha descendido a menos de un tercio. En la empresa petrolera estatal, PEMEX, todavía pertenece al sindicato el 72 % de la plantilla. Sin embargo, cuando se privatizó la industria petroquímica en el curso de los últimos quince años, la tasa de sindicación descendió al 7 %. Los nuevos propietarios privados redujeron la afiliación al sindicato de ferroviarios de 90.000 a 36.000 trabajadores en ese mismo periodo.

El año pasado, una de las luchas obreras más importantes de México se libró en torno a la privatización del sistema eléctrico del centro del país y la destrucción de su sindicato. Esa lucha se inició hace diez años. En 2000, el SME movilizó a sus aliados y en tres semanas recogió un millón de firmas en apoyo de una petición de que se suspendiera la venta de su empresa, la Compañía de Luz y Fuerza del Centro de México. El año pasado, sin embargo, el gobierno despidió a 44.000 trabajadores de la empresa, envió a la policía federal a ocupar sus instalaciones, canceló el convenio con el SME y llevó a miles de trabajadores para reemplazarlos. Desde entonces, los miembros del SME han sido golpeados cada vez que intentaban manifestarse delante de centrales eléctricas y decenas de ellos realizaron una huelga de hambre en la plaza principal de la Ciudad de México, el Zócalo. Para los sindicalistas, el ataque el SME fue un intento de destruir un sindicato que ha sido un bastión de la izquierda y el principal obstáculo a la privatización de la electricidad.

Los despidos masivos y la destrucción de los sindicatos son experiencias a las que ya se han enfrentado los trabajadores de las aerolíneas mexicanas, el ferrocarril, las empresas de autocares, el sistema telefónico y otros muchos sectores. Desde hace más de tres años, los mineros de Cananea están protagonizando huelgas para impedir la destrucción de su sindicato y la supresión de los puestos de trabajo en una de las minas de cobre más antiguas de México y escenario de la histórica batalla de 1907 que anunció la Revolución mexicana.

En una huelga de 1998, cientos de mineros de allí perdieron su empleo después de que hubiera amenazas de ocupación militar para imponer recortes por parte de Grupo México, un enorme conglomerado que prácticamente recibió la mina de regalo al amparo de la ola de privatizaciones impulsada por el presidente Carlos Salinas. Puesto que en Cananea, una pequeña ciudad en la montaña, casi no hay otra actividad que la minera, los desempleados tuvieron que irse a otro lugar. Muchos de ellos cruzaron la frontera con EE UU, que se halla a unos 80 kilómetros al norte, para buscar trabajo y un nuevo futuro. Si la huelga actual en Cananea resulta derrotada y el sindicato destruido, cientos de mineros más perderán su empleo. En efecto, están luchando por su derecho a seguir viviendo y trabajando en México.

Buscando un futuro

¿Adónde van los mineros cuando pierden su empleo y su sindicato? ¿Adónde irán los 44.000 trabajadores de la electricidad despedidos para encontrar trabajo si no pueden recuperar sus empleos, su sindicato y sus derechos? La emigración, en este caso a Estados Unidos, es una consecuencia directa de la represión, la privatización y la imposición de reformas económicas basadas en el mercado.

Los mineros y los trabajadores del sector eléctrico no son los únicos. Migrant Rights International, una organización de defensa de los derechos de los migrantes con sede en Ginebra, calcula que actualmente más de 200 millones de personas viven fuera del país en que han nacido. No van únicamente de México a Estados Unidos, sino de los países en desarrollo a los países desarrollados en todo el mundo.

¿Y qué encuentran cuando llegan soñando en una vida mejor? En EE UU pasan a formar parte de una fuerza de trabajo inmigrante con unas condiciones de trabajo y unos salarios que se sitúan en la parte más baja de la escala. Les niegan los derechos más fundamentales, como el seguro de desempleo, el seguro de enfermedad o cualquier prestación social. No tienen derecho al trabajo: no sólo pueden ser despedidos sin previo aviso, como la mayoría de trabajadores, sino que para ellos el hecho de trabajar ya constituye de por sí un delito, una infracción de la ley, conforme a la disposición de la Ley de Reforma y Control de la Inmigración de 1986 que establece sanciones a las empresas que les contratan.

A estos trabajadores les deniegan el derecho a residir en una comunidad estable, a vivir en este país. Y la trágica ironía es que a menudo acaban trabajando para las mismas empresas cuyas filiales en su país de origen tienen la culpa de que no les quedara otra salida que emigrar.

Los trabajadores de Estados Unidos se convierten en víctimas de la misma economía de libre comercio: pierden su empleo cuando cierran sus fábricas o cuando el recorte de impuestos con que se financian los servicios sociales obliga a reducir el empleo. Cuando esto ocurre, les dicen que busquen a quien echar la culpa. Entonces, en lugar de señalar a las grandes empresas, los gobiernos y las entidades financieras, que son quienes realmente toman las decisiones, les dicen que acusen a otros trabajadores. Que acusen a los trabajadores de México o China de quitarles su puesto de trabajo. Que acusen a los inmigrantes.

A resultas de esto, la histeria contra la inmigración se ha convertido en un problema muy serio en todos los países desarrollados, donde los inmigrantes constituyen un ejército de reserva laboral transnacional y se integran en la fuerza de trabajo de los países a los que van.

Las empresas multinacionales lo quieren todo: invertir en los países en vías de desarrollo, presionando los salarios a la baja en busca del máximo beneficio, y contratar en los países desarrollados a trabajadores que han sido desplazados debido al desempleo, la privatización y la caída de los salarios, para utilizarlos como mano de obra barata y de “usar y tirar”.

En su afán por maximizar los beneficios, las grandes empresas se apoyan en la legislación estadounidense en materia de inmigración. Mientras que las leyes sobre inmigración siempre se presentan en los medios de comunicación como un instrumento para controlar las fronteras e impedir que las crucen personas ilegalmente, en realidad han desempeñado una función mucho más importante: a lo largo del último siglo han servido de válvula para regular la oferta, y con ella el precio, de la mano de obra inmigrante.

Por muchas vallas que se construyan en la frontera, por muchos soldados o guardias o helicópteros que patrullen por ellas, siempre habrá trabajadores que las crucen en busca de un futuro mejor mientras los tratados comerciales y los programas de ajuste estructural no les den otra alternativa para sobrevivir. No hay prueba más fehaciente de esto que el hecho de que cada año mueren en el desierto cientos de mujeres y hombres, trabajadores y campesinos, en su intento de pasar del norte de México a los Estados Unidos.

Durante toda la Guerra Fría, en lugar de luchar por los derechos de estos trabajadores migrantes, el movimiento obrero de EE UU estuvo dominado por actitudes hostiles hacia la inmigración. Al mismo tiempo, los sindicatos apoyaron la expansión del libre comercio, la inversión de las empresas estadounidenses en el exterior y en general la política exterior de EE UU, es decir, las causas del desplazamiento de trabajadores y de la inmigración. En 1986, la citada Ley de Reforma y Control de la Inmigración, que declaró ilegal el simple hecho de trabajar, de tener un empleo, por parte de los inmigrantes indocumentados, contó con el apoyo de la AFL-CIO /2, que lo justificó con el argumento de que si no podían trabajar, se irían a casa, o de entrada ya no vendrían.

Pero cuando trabajar es delito, a los trabajadores les resulta muy difícil organizar sindicatos, declararse en huelga y luchar por la mejora de sus condiciones. En la medida en que los gobiernos de Clinton, Bush y ahora el de Obama controlan el cumplimiento de las leyes sobre inmigración en los lugares de trabajo, estas dificultades se han agravado todavía más.

Actualmente, los formularios que han de rellenar los trabajadores para que les contraten son revisados por agentes del Departamento de Inmigración, que obligan a las empresas a despedir a aquellos cuyos documentos no están totalmente en regla. La Administración de la Seguridad Social se ha visto presionada para que preste su base de datos para la búsqueda de inmigrantes indocumentados. Nada más que el año pasado, en Minneapolis fueron despedidos 1.500 celadores, otros 300 en Seattle, 475 en San Francisco, al igual que 2.000 costureros en Los Ángeles. Centenares más perdieron su puesto de trabajo en casos similares en todo el país. El Departamento de Seguridad Interior dice que está verificando los registros de personal de 1.654 empresas, lo que puede conducir al despido de cientos o miles de personas. Esto causará de por sí un profundo impacto en los sindicatos, ya que los afiliados que han estado pagando sus cotizaciones, en muchos casos durante años, esperan que los sindicatos defiendan sus empleos y el sustento de sus familias. Si no lo hacen, esperarán en vano que se afilien trabajadores inmigrantes.

Al mismo tiempo que se intensifica el control de la inmigración, las empresas proponen programas que en teoría permiten a los trabajadores quedarse en EE UU, pero únicamente como trabajadores autónomos, en unas condiciones en que cualquier protesta para reivindicar salarios más altos o cualquier intento de afiliarse a un sindicato suponen la deportación.

Trabajadores, no víctimas

Por otro lado, el sentimiento de hostilidad hacia los inmigrantes que cunde en el movimiento obrero estadounidense también ha tenido siempre sus detractores. Además, en las últimas dos décadas los sindicatos se han mostrado mucho más interesados en organizar a trabajadores inmigrantes y luchar por sus derechos.

En parte es una cuestión de pura supervivencia. Los trabajadores inmigrantes, que están en lo más bajo de la escala, son los que más desean y necesitan sindicatos y los que más dispuestos están a asumir un riesgo cuando se organizan. A la luz de este hecho fundamental, en 1999 varias organizaciones de base defensoras de los derechos de los inmigrantes y comités de empresa de todo el país presentaron conjuntamente una propuesta de resolución al Congreso de la AFL-CIO celebrado en Los Ángeles. Esta resolución exigía poner fin a las sanciones a las empresas que contraten a indocumentados y lanzar un nuevo plan de regularización para legalizar a los trabajadores que ya están en el país, además de reclamar la suspensión del programa de control de la inmigración por parte del gobierno. En el Congreso hubo dirigentes sindicales nacionales que se expresaron a favor de un cambio de política de inmigración.

Hoy en día, los sindicatos de EE UU representan al 12 % de la fuerza de trabajo. Tienen que afiliar a 400.000 trabajadores cada año simplemente para mantener ese porcentaje. Si desean pasar del 12 al 13 %, es decir, subir nada más que un punto porcentual, tienen que afiliar a 800.000 trabajadores en un año. Lo cierto es que en los últimos años ha habido ocasionalmente un ligero incremento, pero más a menudo un descenso. El porcentaje de trabajadores afiliados ha venido disminuyendo desde la década de 1950. Cuando desciende la tasa de sindicación, los salarios menguan al igual que la capacidad para enfrentarse a las grandes empresas y las poderosas instituciones de nuestra sociedad.

Pero mientras que este declive sindical es un fenómeno generalizado, lo cierto es que los inmigrantes han luchado por organizarse. En California, la mayoría de iniciativas sindicales habidas a lo largo de la última década se han basado al menos en parte en trabajadores inmigrantes. No se trata tan sólo de acciones lanzadas por los sindicatos, sino también de muchas huelgas espontáneas y de creación de sindicatos por iniciativa de los propios inmigrantes.

Este fenómeno se deriva en parte de la evolución demográfica. La fuerza de trabajo está cambiando en muchos sectores, y los trabajadores inmigrantes representan una proporción cada vez mayor de la mano de obra en actividades como la limpieza de edificios, la sanidad, la fabricación, el sector alimentario, la construcción y la hostelería. Algunos sectores siempre han contado con una fuerte presencia de mano de obra inmigrante, como la agricultura, la confección, la electrónica, etc.

Se trata de actividades basadas en una intensa explotación de la mano de obra, explotación que va en aumento. En el sector de la confección de Los Ángeles, por ejemplo, el nivel salarial ha venido disminuyendo en términos reales desde 1986, cuando se promulgó la ley de reforma de la inmigración, y al mismo tiempo se han deslocalizado puestos de trabajo al extranjero. Esto ocurrió también en el sector de la construcción, donde los sindicatos perdieron toda representatividad en la década de 1950, hasta que en 1992 hubo una huelga de albañiles y peones inmigrantes que duró un año y la tendencia empezó a invertirse.

El cambio demográfico y el aumento de la explotación no son fenómenos que se circunscriben a California. Es un proceso que se da en todas partes, incluso en Estados en los que históricamente no hubo nunca muchos inmigrantes latinos o asiáticos.

Aunque los inmigrantes sufran la explotación, no son víctimas. Cuando la AFL-CIO estaba debatiendo sobre su cambio de postura en el Congreso de Los Ángeles, un grupo de trabajadores dejaron de trabajar en una planta de productos cárnicos de St. Paul, Minnesota y enviaron una delegación a la sede del sindicato de trabajadores del comercio y la alimentación para comunicar que estaban en huelga y dispuestos a afiliarse.

En el mitin masivo sobre inmigración que tuvo lugar después del Congreso, una trabajadora explicó que su empresa, un hotel de Palm Springs, despidió a algunos empleados cuando estos empezaron a organizar un sindicato. En respuesta a ello, las limpiadoras se negaron a trabajar para el hotel durante tres meses. Cuando el Consejo Nacional de Relaciones Laborales ordenó al hotel que readmitiera a los despedidos y el hotel se negó a readmitir a los que no tuvieran papeles, la huelga prosiguió durante un mes más hasta que fueron readmitidos todos.

Los inmigrantes no son los únicos trabajadores que han protagonizado luchas. Hay también otros grupos favorables a la sindicación y que batallan valientemente por sus derechos. No obstante, entre los inmigrantes se observan más experiencias de autoorganización, más luchas emprendidas por los trabajadores y actos de apoyo a las mismas desde el exterior. Los inmigrantes indocumentados no son una amenaza, sino un factor de fortalecimiento del movimiento obrero. A muchos trabajadores inmigrantes no hace falta explicarles qué son sindicatos, ni en muchos casos cómo deben organizarse, al margen del hecho de que tal vez desconozcan las leyes y derechos laborales vigentes en EE UU. Tienen cosas que ofrecer al movimiento sindical aparte de la mera posibilidad de crecer.

En Filipinas, por ejemplo, los trabajadores, cuando emprenden una huelga, instalan tiendas de campaña y acampan delante de la puerta de la fábrica. Ningún acoso policial es capaz de echarles de allí. Esta combatividad permitió a inmigrantes filipinos organizar sindicatos en las empresas de enlatado de pescado de Alaska y del Noroeste de EE UU en la década de 1930. La gran huelga de la viticultura de 1965, cuando nació el sindicato de trabajadores del campo (United Farm Workers), fue iniciada por aquella generación de sindicalistas filipinos.

En México y El Salvador, a pesar del acoso y a veces incluso de la represión sangrienta, la ley todavía prohíbe a las empresas mantener la actividad y contratar a esquiroles durante una huelga legal (a pesar de que el gobierno conservador mexicano haga todo lo posible por suprimir este derecho al calor de alguna “reforma”). A menudo, esta experiencia hace que los trabajadores de estos países tengan puestas más expectativas en sus derechos laborales, lo que a su vez influye positivamente en los sindicatos estadounidenses. Esto ayuda a los trabajadores a elevar sus aspiraciones, de modo que no den por seguro que la patronal va a romper la huelga ni lo consideren una cosa normal. Estas expectativas culturales sitúan los derechos laborales por encima de los derechos de propiedad, un cambio de la escala de valores que beneficiaría mucho a los trabajadores estadounidenses en su conjunto.

Mientras que los huelguistas de Cal Spas de que hablábamos más arriba tal vez sintieran al principio cierta desconfianza hacia el sindicato, sus expectativas con respecto a su derecho de huelga eran efectivamente mayores que las de la mayoría de trabajadores estadounidenses. Muchos representantes sindicales han aprendido a aprovechar esas expectativas para convencer a los trabajadores inmigrantes de que se afilien al sindicato.

Las comunidades inmigrantes suelen apoyar muy activamente las luchas obreras y los propios trabajadores tienen una gran tradición de apoyo mutuo. En el barrio, las huelgas se convierten a menudo en luchas de toda la comunidad contra una gran empresa.

Sin embargo, para convencer realmente a los trabajadores inmigrantes hace falta una alianza estratégica entre los sindicatos y las comunidades inmigrantes. La tarea de afiliar a los trabajadores no es tan simple como plantarse ante las puertas de la fábrica con carnets y folletos y pedir a la gente que firme. Es una lucha prolongada que requiere una labor de organización efectiva entre los propios trabajadores, un plan de lucha contra la empresa para cambiar realmente las condiciones en el lugar de trabajo, y generar solidaridad y forjar alianzas efectivas en el seno de la comunidad, como Jobs with Justice /3 y sus Consejos de Derechos de los Trabajadores.

Muchas comunidades inmigrantes ya están bien organizadas. Entre mexicanos y filipinos, por ejemplo, son muy comunes las agrupaciones de personas procedentes de la misma ciudad en su país. En la huelga de la construcción de 1992 en el sur de California, los trabajadores, que en gran parte venían de unas pocas ciudades del centro de México, paralizaron todas las obras desde Santa Bárbara hasta la frontera mexicana. Estas asociaciones también desempeñaron una función importante en la organización de grandes marchas, desde la que protagonizaron cien mil personas contra la Proposición nº 187 de California /4 en 1994 hasta las marchas de 2006 por los derechos de los inmigrantes, que reunieron a un millón de personas.

Las asociaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes son las aliadas naturales del movimiento obrero. Algunos de los derechos más fundamentales que se deniegan a los inmigrantes son derechos que les corresponden como trabajadores.

Economicismo e igualdad de derechos

Siempre ha habido dos maneras de pensar sobre los inmigrantes en el seno del movimiento obrero. Una es el economicismo estrecho, por el que los sindicatos han aspirado a limitar la oferta de mano de obra, convirtiéndose de hecho en un club de unos pocos privilegiados. En la época en que el economicismo era dominante en el movimiento obrero, como ocurrió durante la Guerra Fría, los sindicatos no defendían más que los intereses de sus propios miembros, mientras que los demás trabajadores y sus aspiraciones eran objeto de discriminación por motivos de racismo, machismo y sentimientos hostiles hacia la inmigración.

En 1999, la AFL-CIO dio un enorme paso adelante hacia una visión totalmente distinta, que concibe los sindicatos como movimientos sociales que pretenden organizar a todo el mundo. El cambio de postura de la AFL-CIO sobre la inmigración implicaba que el movimiento obrero iba a luchar por los intereses de los trabajadores como clase: de todos los trabajadores, incluidos los indocumentados. Al enfrentarse al poder patronal con una visión más amplia de la justicia social, esta postura anticipaba que el movimiento obrero iba a combatir el racismo y la histeria contra los inmigrantes.

La resolución de 1999 llamaba a los sindicatos a oponerse a las sanciones a empresas que contrataran a indocumentados. Estas sanciones, en efecto, están dirigidas contra los trabajadores, no contra las empresas. Cuando el trabajo es declarado ilegal, las empresas obtienen un arma poderosa frente a cualquier esfuerzo por organizar sindicatos o luchar por la mejora de las condiciones. Este cambio de posición asume la igualdad de derechos para todos los trabajadores. Es más, las sanciones se justifican con el argumento de que si los inmigrantes no pueden trabajar, se irán del país. Al reclamar la abolición del régimen de sanciones, los sindicatos rechazan esta exclusión racista y deciden en su lugar que lucharán por el derecho de esos trabajadores a quedarse para sostener a sus familias.

El movimiento obrero no debe abandonar esta postura. La resolución de 1999 fue el fruto de una lucha de trece años, en la que los sindicatos se convencieron de que la defensa de los indocumentados era la clave de su propia supervivencia. Se convirtió en el motor de una alianza cada vez más estrecha entre el movimiento obrero organizado y las comunidades inmigrantes. Por eso dicha resolución no debería sacrificarse en el altar de la negociación política en Washington.

La AFL-CIO también exigió una nueva regularización, a cuyo amparo los indocumentados pueden legalizar su situación. Los trabajadores que se interesan por su comunidad también tienen interés en organizarse para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. Pero cuando los inmigrantes son vulnerables, su condición de personas de segunda clase no solo se utiliza contra ellos mismos, sino también contra todos los demás.

¿Qué queremos?

Las empresas y la clase política de EE UU siempre han utilizado la legislación en materia de inmigración como un medio para regular la oferta de mano de obra a fin de presionar a la baja sobre los salarios y las condiciones de trabajo. Hoy en día existen muchas categorías de visados que las empresas usan para traer a trabajadores a EE UU contratándolos como autónomos. Existen programas de este tipo para empleos de alta tecnología, de la sanidad, trabajos agrícolas, de confección, etc.

Cuando los trabajadores tratan de mejorar sus condiciones y organizan un sindicato, resulta fácil despedirlos, sean inmigrantes o no. Pero cuando un trabajador inmigrante es despedido, no solo pierde su puesto de trabajo, sino también el derecho a permanecer en el país. Esto otorga efectivamente a las empresas el poder para despedir y deportar a los trabajadores, y hace que estos trabajadores sean vulnerables y se hundan en la desesperación. Dejar que estos trabajadores busquen un nuevo empleo les sirve de muy poco si son deportados cuando están desempleados durante un tiempo.

La mayor vulnerabilidad es la razón por la que las empresas reclaman nuevos programas o la ampliación de los ya existentes. En el sector de alta tecnología, la industria electrónica cuenta con una larga historia de discriminación de ingenieros afroamericanos y apenas los contrata. Muchos trabajadores negros han estado llamando a sus puertas para que los emplearan, pero en lugar de contratarlos y tener que aumentar los salarios para competir en el mercado de trabajo nacional, las empresas prefieren traer a trabajadores de otros países con contrato de obra, es decir, como autónomos.

Esta industria y los programas de visados hechos a la medida de las empresas se basan en la idea de que la legislación en materia de inmigración debe servir para ofrecer mano de obra a las empresas. Estas propuestas anulan cualquier posibilidad de una reforma real y significativa de la inmigración, especialmente desde que resulta necesario reforzar los controles para que estos trabajadores no logren escapar de esas situaciones de intensa explotación.

Y esto es lo que está sucediendo. La reforma de la inmigración pactada por los presidentes Obama y Calderón es un programa de contratación de trabajadores temporales. Para Calderón, un programa de contratación de autónomos le permite proclamar que ha abierto las puertas de Estado Unidos y que los mexicanos ya no tendrán que cruzar el desierto y jugarse la vida para buscar trabajo. Los tres últimos presidentes de EE UU han apoyado todos los programas de “trabajadores visitantes” (guest workers) porque constituyen la variante de reforma de la inmigración que desean las grandes empresas.

Es importante para los trabajadores y sindicatos de ambos lados de la frontera decidir qué es lo que quieren y no aceptar sin más las propuestas de las empresas y los políticos conservadores. ¿Queremos garantizar que todos los trabajadores tengan derecho a organizarse y nos opondremos a cualquier propuesta en materia de inmigración que socave este derecho? ¿Queremos una política de unificación familiar y no de separación de familias? ¿Queremos que haya comunidades estables, en las que los trabajadores puedan construir un poder político? ¿Queremos unidad e igualdad de los trabajadores, blancos y negros, inmigrantes y nativos? ¿Queremos tratados comerciales y reformas económicas que se usan para desplazar a comunidades enteras y forzar a las personas a migrar en busca de trabajo?

Hemos de decidir y luego luchar por lo que realmente queremos.

¿Para cuándo lo queremos?

El presidente de AFL-CIO, Richard Trumka, dice: “Necesitamos asegurar que cada trabajador —documentado o indocumentado— en EE UU esté protegido por nuestras leyes en materia laboral”. Añade que necesitamos una reforma de la inmigración que “permita a los inmigrantes integrarse con garantías en nuestro país desde el primer día, con capacidad para afirmar sus derechos legales, incluido el derecho a organizarse, sin miedo a que le rescindan el contrato”.

Pero no todas las propuestas de reforma servirán a este objetivo. De hecho, las que se han formulado en el Congreso en los últimos cinco años apuntan en sentido contrario. Hace poco, el Consejo de Relaciones Exteriores /5 propuso dos objetivos para la política de inmigración estadounidense: “Deberíamos reformar el marco jurídico de la inmigración de manera que resulte más eficiente, responda mejor a las necesidades del mercado de trabajo y refuerce la competitividad de Estados Unidos”. Esto implica en lo esencial utilizar la inmigración como fuente de abastecimiento de mano de obra a precio competitivo, es decir, con bajos salarios. “Deberíamos restablecer la integridad de las leyes sobre inmigración”, prosigue el Consejo, “mediante un mecanismo de control que disuada con firmeza a las empresas y a los trabajadores de situarse al margen del sistema legal”. Esto asocia el actual mecanismo de control, con sus inspecciones y despidos, a aquel sistema de abastecimiento de mano de obra.

Una política de inmigración destinada a suministrar trabajadores a las empresas siempre tiene dos consecuencias. El desplazamiento de comunidades en el extranjero se convierte en una política tácita, pues resulta necesaria para que haya trabajadores disponibles. Y la desigualdad en los países de destino de esos trabajadores se convierte en política oficial.

Estados Unidos tiene que elegir. Una orientación como la que desean las grandes empresas gestionaría el flujo de personas con nuevos programas de “trabajadores invitados” y un aumento de las sanciones a quienes traten de migrar y trabajar al margen de este sistema. Algunas propuestas incluyen asimismo una legalización selectiva de los indocumentados, en la que se descalificaría a la mayoría de las personas o se les haría esperar años para obtener el visado.

La historia nos enseña que una orientación mejor no solo es posible, sino que también se hizo realidad en parte al amparo del movimiento por los derechos civiles. En 1964, varios héroes del movimiento chicano, como Bert Corona, Ernesto Galarza, César Chávez y Dolores Huerta, forzaron al Congreso a cancelar el Programa Bracero. Al año siguiente, trabajadores mexicanos y filipinos se declararon en huelga en los campos de Coachella y Delano, dando nacimiento al sindicato de trabajadores del campo. Al año siguiente, en 1965, aquellos dirigentes, junto con otros muchos, volvieron al Congreso y lograron que se promulgara una ley que estableció la unificación familiar como criterio de admisión de inmigrantes en lugar de las necesidades de mano de obra de las empresas. El movimiento por los derechos civiles logró imponer esa ley, y su lucha no ha terminado.

Necesitamos la regularización para que doce millones de personas puedan obtener rápidamente el derecho de residencia y la tarjeta de residencia permanente. Necesitamos abolir las leyes que hacen del trabajo un delito, junto con los centros de detención gestionados por empresas privadas.

Hemos de asegurar que los responsables políticos de Washington no hundan en la pobreza a las familias en México, El Salvador o Colombia y fuercen a una nueva generación de trabajadores a salir al extranjero para buscar trabajo en fábricas de muebles y lavanderías, edificios de oficinas y centros de embalaje, en obras de construcción o simplemente en los jardines y guarderías de los ricos.

Las familias en países en los que la gente es desplazada por culpa del libre comercio y de las políticas neoliberales, tienen derecho a sobrevivir, derecho a no emigrar. Para que este derecho sea realidad, necesitan puestos de trabajo y explotaciones agrarias productivas, buenas escuelas y atención sanitaria en su propio país.

La solidaridad es el arma para conquistar estos derechos. Tenemos una ventaja en este mundo cada vez más globalizado. Más de 200 millones de personas, casi todas ellas obreros y campesinos, forman parte de un gran flujo migratorio, un gran vínculo humano que conecta los países del mundo desarrollado y en vías de desarrollo. ¿Existe algún vehículo para la solidaridad más natural que los propios trabajadores? ¿Quién sabe más de las condiciones de trabajo en ambos hemisferios del mundo que aquellos que han trabajado en los dos? ¿Quién es capaz de ver más claramente cómo funciona la economía global y quién tiene más interés en cambiar las cosas? ¿Quién puede ayudarnos a cambiar nuestros sindicatos, que son organizaciones preponderantemente nacionales, acostumbradas a funcionar dentro de las fronteras nacionales, para convertirlos en organizaciones realmente globales, uniendo a los trabajadores por encima de las fronteras?

Organizar a las comunidades de inmigrantes no es una cuestión de compasión con los pisoteados. Es fruto de la comprensión de lo que hace falta para asegurar la supervivencia de nuestras comunidades, de nuestro movimiento obrero. Si nos tomamos en serio el deseo de acumular poder político, entonces tenemos que incorporar a los trabajadores inmigrantes, luchar por sus derechos y hacer nuestro el movimiento por la justicia social, tanto para documentados como indocumentados.

10/2010

David Bacon es colaborador de la Monthly Review, escritor y fotógafo. Durante veinte años trabajó como organizador sindical de trabajadores inmigrantes. Ha publicado el libro Hijos del libre comercio. Deslocalización y precariedad (2005), Barcelona: El Viejo Topo.

Traducción: VIENTO SUR


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1/ El programa bracero fue un acuerdo firmado en 1942 entre los gobiernos de los Estados Unidos y México, motivado por la falta de mano de obra durante la segunda guerra mundial, mediante el cual varios millones de campesinos mexicanos se convirtieron en trabajadores temporales de la agricultura norteamericana. Fue suprimido en 1964.
2/ La AFL-CIO es la principal confederación sindical de EE UU
3/ Jobs with Justice (Empleos con derechos) es una asociación creada en 1987 que ayuda a los trabajadores y comunidades a luchar por unas condiciones de trabajo y de vida dignas.
4/ Propuesta sometida a referéndum para impedir el acceso de los indocumentados a los servicios básicos de atención médica, enseñanza pública y otros servicios sociales.
5/ El Council on Foreign Relations es un instituto de estudios sobre cuestiones relacionadas con la política exterior de EE UU.


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domingo, 6 de marzo de 2011

MADRID: Coordinación Apoyo al Pueblo Mapuche


DECLARACIÓN PÚBLICA EN APOYO AL PUEBLO MAPUCHE

Con fecha 2 de Marzo del 2011, en la sede de ECOLOGISTAS EN ACCIÓN de Madrid, contando con la presencia de Nilsa Raín, Representante de la Comunidad territorial Mapuche de Metrenko, que forma parte de la Alianza territorial de Maquehue (IX Región-Temuco, Chile); ha tenido lugar la conformación de la Coordinación de entidades sociales españolas, asociaciones chilenas y personas, en Apoyo al Pueblo Mapuche, cuyo objetivo central será el apoyar y difundir el proceso de reivindicaciones, demandas, movilizaciones y propuestas que viene desarrollando este pueblo nación originario de Chile y Argentina.

Las entidades y personas que participamos de esta coordinación levantamos nuestras voces para exigir al Estado chileno la eliminación real de la aplicación de la Ley Antiterrorista, bajo la cual han sido procesados y condenados, recientemente, cuatro líderes sociales y políticos mapuche: Hector LLaitul, Jose Huenuche, Ramon LLanquileo y Jonathan Huillical.

Esta ley vulnera, entre otros principios, el de Igualdad y No Discriminación, en la medida que se ha aplicado principalmente a personas que pertenecen a organizaciones representativas de las reivindicaciones del pueblo mapuche. Ello claramente da lugar a penalizar y criminalizar las legítimas movilizaciones, demandas políticas y protestas sociales emprendidas históricamente por este pueblo, lo cual transforma este proceso judicial en una persecución política de parte del Estado chileno.

El Estado chileno, liderado en la actualidad por el presidente Sebastián Piñera y quien realiza una visita por Europa en estos días, tiene como fin sentar un precedente para detener el proceso de demandas por los legítimos Derechos sobre sus Territorios ancestrales e impedir, a todo precio, que las comunidades continúen la recuperación de sus territorios expropiados por el Estado chileno, hoy en manos de las empresas forestales, mineras y transnacionales europeas.

Estos proyectos de trasnacionales, caso Ralco, caso Mehuín, Panguipulli (con capitales de Endesa España y ENAL Italia, SN Power de Noruega, entre otros) son favorecidos por el Estado chileno, en complicidad con los grupos de poder económico, evidenciando claramente su apoyo irrestricto a las inversiones nacionales y extranjeras, especialmente referidas a la explotación forestal, hídrica y minera.

No obstante, con dicha política el gobierno de Sebastian Piñera bloquea, limita y reduce los derechos del convenio 169 de la OIT que fue ratificado por el Estado Chileno en el año 2008 y que obliga a consultar previamente a los pueblos originarios en materias que afecten a sus territorios y recursos, particularmente en relación con el desarrollo, la utilización o la explotación de recursos minerales, hídricos o de otro tipo, vulnerando así lo estipulado en el Convenio Internacional.

La lucha mapuche, por sus legítimos derechos colectivos como pueblo, se expresa en el derecho a la autonomía y recuperación de su territorio ancestral como base fundamental de su existir. Por lo anterior, el gobierno de Sebastian Piñera, está contraviniendo tanto la ley chilena como el Derecho Internacional, con su política de privilegiar la entrada de transnacionales a territorio mapuche.

Por ello, exigimos al Gobierno de Sebastián Piñera:

-Aplicación del Convenio 169 (sin enmiendas)

-La eliminación de la aplicación de la ley antiterrorista a líderes sociales

y políticos mapuche!!

-Dejar de criminalizar las movilizaciones sociales del pueblo Mapuche

-Reconocimiento de sus legítimas demandas

-Paralizar la entrada de empresas nacionales y transnacionales a

territorio Mapuche

COORDINACIÓN DE APOYO AL PUEBLO MAPUCHE

Ecologistas en Acción

Fedaches

Puentes No Muros

Casa Pueblos

Agenda Viva

Izquierda Anticapitalista

Alianza Intelectuales Anticapitalistas

Álvaro (expulsado de Chile por apoyo a mapuches)

domingo, 20 de febrero de 2011

Lo que no se conoce sobre Egipto


VICENÇ NAVARRO

La caída del dictador Mubarak como resultado de la movilización popular es un motivo de alegría para toda persona con sensibilidad democrática. Pero esta misma sensibilidad democrática debiera concienciarnos de que la versión de lo ocurrido que ha aparecido en los medios de información de mayor difusión internacional (desde Al Yazira a The New York Times y CNN) es incompleta o sesgada, pues responde a los intereses que los financian. Así, la imagen general promovida por aquellos medios es que tal evento se debe a la movilización de los jóvenes, predominantemente estudiantes y profesionales de las clases medias, que han utilizado muy exitosamente las nuevas técnicas de comunicación (Facebook y Twitter, entre otros) para organizarse y liderar tal proceso, iniciado, por cierto, por la indignación popular en contra de la muerte en prisión, consecuencia de las torturas sufridas, de uno de estos jóvenes.Esta explicación es enormemente incompleta. En realidad, la supuesta revolución no se inició hace tres semanas y no fue iniciada por estudiantes y jóvenes profesionales. El pasado reciente de Egipto se caracteriza por luchas obreras brutalmente reprimidas que se han incrementado estos últimos años. Según el Egypt’s Center of Economic and Labor Studies, sólo en 2009 existieron 478 huelgas claramente políticas, no autorizadas, que causaron el despido de 126.000 trabajadores, 58 de los cuales se suicidaron. Como también ocurrió en España durante la dictadura, la resistencia obrera democrática se infiltró en los sindicatos oficiales (cuyos dirigentes eran nombrados por el partido gobernante, que sorprendentemente había sido aceptado en el seno de la Internacional Socialista), jugando un papel clave en aquellas movilizaciones. Miles y miles de trabajadores dejaron de trabajar, incluidos los de la poderosa industria del armamento, propiedad del Ejército. Se añadieron también los trabajadores del Canal de Suez (6.000 trabajadores) y, por fin, los empleados de la Administración pública, incluyendo médicos y enfermeras (que desfilaron con sus uniformes blancos) y los abogados del Estado (que desfilaron con sus togas negras). Uno de los sectores que tuvo mayor impacto en la movilización fue el de los trabajadores de comunicaciones y correos, y del transporte público.Los centros industriales de Asyut y Sohag, centros de la industria farmacéutica, energía y gas, también dejaron de trabajar. Las empresas en Sharm El-Sheikh, El-Mahalla Al Kubra, Dumyat y Damanhour, centros de la industria textil, muebles y madera y alimentación también pararon su producción. El punto álgido de la movilización obrera fue cuando la dirección clandestina del movimiento obrero convocó una huelga general.Los medios de información internacionales se centraron en lo que ocurría en la plaza Tahrir de El Cairo, ignorando que tal concentración era la cúspide de un témpano esparcido por todo el país y centrado en los lugares de trabajo –claves para la continuación de la actividad económica– y en las calles de las mayores ciudades de Egipto.El Ejército, que era, y es, el Ejército de Mubarak, no las tenía todas consigo. En realidad, además de la paralización de la economía, tenían temor a una rebelión interna, pues la mayoría de soldados procedían de familias muy pobres de barrios obreros cuyos vecinos estaban en la calle. Mandos intermedios del Ejército simpatizaban también con la movilización popular, y la cúpula del Ejército (próxima a Mubarak) sintió la necesidad de separarse de él para salvarse a ellos mismos. Es más, la Administración Obama, que al principio había estado en contra de la dimisión de Mubarak, cambió y presionó para que este se fuera. El Gobierno federal hasubvencionado con una cantidad de 1.300 millones de dólares al año al Ejército de aquel país y este no podía desoír lo que el secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates, estaba exigiendo. De ahí que el director de la CIA anunciase que Mubarak dimitiría y, aunque se retrasóunas horas, Mubarak dimitió.Ni que decir tiene que los jóvenes profesionales que hicieron uso de las nuevas técnicas de comunicación (sólo un 22% de la población tiene acceso a internet) jugaron un papel importante, pero es un error presentar aquellas movilizaciones como consecuencia de un determinismo tecnológico que considera la utilización de tecnología como el factor determinante. En realidad, la desaparición de dictaduras en un periodo de tiempo relativamente corto, como resultado de las movilizaciones populares, ha ocurrido constantemente. Irán (con la caída del sha), el Muro de Berlín, la caída de las dictaduras del Este de Europa, entre otros casos, han caído, una detrás de otra, por movilizaciones populares sin que existiera internet. Y lo mismo ocurrió en Túnez, donde, por cierto, la resistencia de la clase trabajadora también jugó un papel fundamental en la caída del dictador, cuyo partido fuetambién sorprendentemente admitido en la Internacional Socialista.El futuro, sin embargo, comienza ahora. Es improbable que el Ejército permita una transición democrática. Permitirá establecer un sistema multipartidista, muy limitado y supervisado por el Ejército, para el cual el enemigo número uno no es el fundamentalismo islámico (aunque así lo presenta, a fin de conseguir el apoyo del Gobierno federal de EEUU y de la Unión Europea), sino la clase trabajadora y las izquierdas, que son las únicas que eliminarían sus privilegios. No olvidemos que las clases dominantes de Irán, Irak y Afganistán apoyaron el radicalismo musulmán (con el apoyo del Gobierno federal de EEUU y de Arabia Saudí) como una manera de parar a las izquierdas. Una de las primeras medidas que ha tomado la Junta Militar ha sido prohibir las huelgas y lasreuniones de los sindicalistas. Sin embargo, esta movilización obrera apenas apareció en los mayores medios de información.Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de Public Policyen The Johns Hopkins UniversityIlustración de Mikel Jaso

...pasan los días...los años...y no aprendemos la lección...