lunes, 24 de septiembre de 2012

La Independencia inconclusa

Manuel Cabieses

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“El territorio continental de Chile y sus islas adyacentes forma de hecho y por derecho un Estado libre, independiente y soberano y queda para siempre separado de la monarquía de España, con plena aptitud de adoptar la forma de gobierno que más convenga a sus intereses”;con estas palabras la Declaración de la Independencia de Chile del 1º de enero de 1818 marcó una voluntad y un destino.
Bernardo O’Higgins las escribió en tiempos azarosos: el triunfo en Chacabuco no garantizaba la victoria decisiva. Pero O’Higgins quiso hacer las cosas de manera definitiva. Los chilenos debían y querían ser independientes, libres y soberanos. En otras palabras, tener la capacidad de adoptar la forma de gobierno que más les conviniera.La Declaración explicitaba y profundizaba el significado independentista de la Primera Junta de Gobierno del 18 de septiembre de 1810.
La verdad es que en estos 202 años no hemos logrado ser verdaderamente independientes, libres y soberanos.
Después de la Independencia el latifundio se mantuvo en manos de los descendientes de los encomenderos y terratenientes coloniales. Comenzó, al mismo tiempo, a despertar la codicia para apoderarse de las tierras de los mapuches, más allá del río Bío Bío, lo que terminaría mediante la masacre y los atropellos en la llamada “pacificación de La Araucanía”. La economía pasó a ser dominada por capitales ingleses. Los atisbos de desarrollo propio fueron ahogados por la oligarquía. El presidente de la República más importante de este periodo -José Manuel Balmaceda- pretendió que el salitre quedara en poder de los chilenos. Ese proyecto le costó la vida y la guerra civil tuvo un saldo de más de diez mil muertos, en su inmensa mayoría pobres.
No fueron las únicas víctimas. En las primeras décadas del siglo XX hubo sangrientas represiones a los trabajadores, con miles de muertos, en especial en la zona minera del norte grande. Los trabajadores luchaban por mejores salarios y por una Patria que acogiera a sus hijos como iguales. Para eso, no obstante, Chile debía liberarse de la oligarquía aliada al capital extranjero que, mediante restricciones legales y represión, impedía que los sectores mayoritarios pudieran elegir gobiernos que los defendieran.
En el siglo XX, la figura del presidente heroico Salvador Allende se agiganta. La vocación patriótica, independentista y soberana de ese mandatario y de su programa de gobierno estaban al servicio del pueblo y de las transformaciones estructurales que podían cambiar a Chile. Se intentó una revolución pacífica que aseguraba al país una sociedad integrada, con una base material que permitiera el desarrollo pleno de los individuos y de las familias.
Enfrentando las presiones y amenazas del imperialismo, Salvador Allende nacionalizó el cobre y otras riquezas básicas, controló los monopolios industriales, los bancos y el comercio exterior, nacionalizó las telecomunicaciones y asestó un golpe definitivo al latifundio al duplicar en tres años las tierras expropiadas en los seis años anteriores.
Pero Allende fue víctima de la conspiración de los poderosos y de la ingerencia del gobierno norteamericano, aliado con traidores a la Patria, la Constitución y las leyes, como el dueño de la cadena de diarios El Mercurio, Agustín Edwards, y los jefes golpistas de las instituciones armadas. Los conspiradores consiguieron crear una situación caótica que atemorizó a la clase media y a los oficiales -muchos de ellos formados en la Escuela de las Américas- que dieron el golpe de Estado.
En 1973 se impuso un modelo económico antinacional que subordinó la economía al capital extranjero mediante la aplicación del modelo neoliberal. Eso permitió el surgimiento de una nueva burguesía transnacionalizada -incluso con participación de conversos de la propia Unidad Popular- que se alió con los restos de la oligarquía tradicional. Esos sectores constituyen hoy los “poderes fácticos” que controlan el país. En lo político han constituido dos bloques para turnarse en el poder mediante una comedia de alternancia: la Concertación de Partidos por la Democracia y la Coalición por el Cambio, hermanos siameses e hijos de la derecha oligárquica que los amamanta. Su juego político demuestra una notable capacidad histriónica para absorber conflictos. Esa habilidad permite engañar a vastos sectores del pueblo y cuando el engaño no resiste más, se echa mano al golpe de Estado o a la guerra civil.
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¿Es Chile hoy un país independiente y soberano después de 17 años de dictadura militar-empresarial, de veinte años de gobiernos de la Concertación y casi tres de un empresario-presidente? Rotundamente, no. En Chile existe una independencia inconclusa y una democracia fallida. Es tiempo de retomar la lucha de los padres de la Patria para conquistar plena independencia en el ámbito de integración y unidad que vive América Latina.
¿Cómo podríamos decirnos independientes si nuestra principal riqueza natural, el cobre, en dos terceras partes está en manos de transnacionales protegidas por sus gobiernos como se evidenció en el caso Anglo American, en que el gobierno británico se permitió “hacer presente” su preocupación por un eventual perjuicio que afectara al mencionado consorcio? ¿Somos independientes si las principales reservas de agua pertenecen a Endesa España? ¿Podemos sentirnos soberanos si lo que llamamos democracia está todavía bloqueada por las amarras de la dictadura que protegen los intereses de la derecha, impidiendo que tengamos la posibilidad de “adoptar la forma de gobierno” que más convenga a los chilenos mediante un sistema electoral proporcional, con revocación de mandatos y plebiscitos vinculantes? ¿Se es independiente si se impide convocar a una Asamblea Constituyente que someta a referéndum una nueva Constitución? ¿Se puede ser independiente si los fondos de la previsión, la salud y hasta parte importante de la educación superior están en manos de consorcios transnacionales?
El resultado es escandaloso. Chile es uno de los países más desiguales del mundo en una tendencia que no ha variado. La pobreza no baja, aunque se manipulen las estadísticas. La corrupción campea por todas partes. Y los índices de salud en materia de alcoholismo, consumo de drogas y trastornos sicológicos y siquiátricos son desastrosos. La educación resulta virtualmente incosteable para las familias modestas que tienen que endeudarse para sobrevivir. Y a pesar de ser pagada, la educación no garantiza calidad. Año a año miles de egresados universitarios salen a engrosar la cesantía. La zona mapuche ha sido militarizada. La represión parece ser el único camino que están dispuestos a utilizar los gobiernos neoliberales para afrontar la protesta social. El nivel cultural de un importante porcentaje de la población presenta una penosa realidad de analfabetismo virtual, que le impide entender hasta los textos más simples.
Chile, miembro de la OCDE, es una lastimosa imitación de países avanzados del capitalismo que ahora mismo se debaten en una profunda crisis. La manipulación del mercado y los medios de comunicación actúa sobre grandes sectores de la población, arrastrándolos a la confusión y a a creer que el consumismo es sinónimo de felicidad.
Se hace necesario pues tomar conciencia del estado de nuestro país. Afortunadamente está adquiriendo fuerza la protesta social -encabezada por los estudiantes- que debería buscar cauces de expresión en un proyecto colectivo de carácter patriótico, latinoamericanista, democrático y soberano, que actúe sobre la razón y también sobre la sensibilidad de los chilenos. Un proyecto que permita -para usar palabras de O’Higgins- que “la dulce patria, el hermoso Chile vuelva a ocupar el rango de nación”.
Serán los jóvenes y los viejos, las mujeres, las minorías, los profesionales y científicos, los pequeños y medianos empresarios y también los militares comprometidos con un proyecto patriótico y de justicia social los que tomen la palabra. Ya lo hacen muchos, como lo demuestran las incesantes movilizaciones de estudiantes universitarios y secundarios desde el año pasado. Los movimientos sociales y los partidos que asumen la necesidad de cambios profundos y que rehúsan hacer el papel de tontos útiles de cualquiera de las versiones políticas de la derecha, deben movilizarse para construir la Patria independiente y justa. No olvidemos las palabras de Neruda en su poema “América insurrecta”:
Patria, naciste de los leñadores,
de hijos sin bautizar, de carpinteros
de los que dieron como un ave extraña
una gota de sangre voladora
y hoy nacerás de nuevo duramente,
desde donde el traidor y el carcelero
te creen para siempre sumergida”

LECTURA DE GRAFICO:

RADIOGRAFIA DEL DESPOJO.- 

Este gráfico muestra el trato colonial que recibe la inversión extranjera en Chile. Bajo los gobiernos de la Concertación -y en especial de Ricardo Lagos y sobre todo de Michelle Bachelet- las remesas netas de las transnacionales superan largamente la inversión extranjera directa (IED). El año 2007, por ejemplo, la IED alcanzaba a 1.369 millones de dólares y la remesa neta se elevó a ¡18.856 millones de dólares! La tendencia ascendente en la renta de la IED, como se observa en el gráfico, comenzó el año 2003. En el 2011, durante el gobierno de Sebastián Piñera, la inversión extranjera directa fue de 4.140 millones de dólares y la remesa neta de ganancias alcanzó a ¡14.014 millones de dólares! En otras palabras, la inversión extranjera directa se ha recuperado decenas de veces mediante ganancias exorbitantes que significan un despojo para Chile y sus necesidades en educación, salud, vivienda, etc. 

Esta situación vergonzosa no puede ser tolerada por ninguna nación que se precie de independiente.
Publicado en “Punto Final” 766, edición del 14 al 27 de septiembre de 2012.

jueves, 20 de septiembre de 2012

miércoles, 19 de septiembre de 2012

CHILE, 202 Años: De la independencia colonial a la dependencia empresarial



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Luego de más de tres décadas de “reformas económicas estructurales” para instalar el modelo de libre mercado desregulado, Chile ha terminado convertido en otro país, en una nación defendida a rajatabla por aliancistas y concertacionistas que tras la ilusión del consumo y su publicitada modernidad, ha comenzado a exhibir las opacidades de su realidad.

Los ritos celebrados a inicios de la transición democrática, como fue el iceberg remolcado desde la Antártica hacia el verano andaluz para demostrar el encuentro de empresarios y socialdemócratas de ambos continentes, y de paso declamar la nueva independencia latinoamericana bajo la égida de los mercados, han dado paso a otra ritualidad, esta vez también en ambos continentes. Lo que se elevó como epifanía hace más de veinte años regresa como tragedia.

En este proceso, que ha creado enormes riquezas en manos de unas pocas corporaciones y un puñado de multimillonarios, no solo se ha venido abajo la economía, sino también la confianza en la política y los proyectos de vida. Como indican no pocas estadísticas, en estos treinta años la mitad del producto nacional, unos 250 mil millones de dólares anuales, está concentrado en poco más del diez por ciento de la población. Chile pasó a ser el país latinoamericano con el ingreso per cápita más alto, pero con la peor distribución en el ingreso.

Quienes defienden el modelo neoliberal lo hacen para proteger una compleja institucionalidad, en la que prevalecen los mercados controlados por las grandes corporaciones así como la estructura política, controlada por elites cooptadas por el poder económico. Sobre esta realidad, ocultada desde sus bases fundadas durante la dictadura, el discurso que se levanta cual nueva religión ha sido el de las ventajas del mercado y el acceso al consumo masivo. Bajo esta ilusión, esta adicción y encantamiento, los ciudadanos fueron perdiendo sus derechos más básicos. Con los cantos de sirena del libre mercado, no sólo se les vendió tecnología y otros trastos asiáticos, sino también el acceso a la salud, a la educación, a la energía y el agua, a la movilidad y al uso del espacio urbano. Se comercializó el derecho a vivir y a morir con dignidad. En este proceso el pueblo chileno perdió su capacidad de decidir, su libertad de elegir, su independencia.

Hemos perdido la condición de ciudadanos para tener la función de consumidores. En esta mutación, que se inició hace treinta años con las privatizaciones, cada faceta de nuestras vidas ha quedado al arbitrio de la búsqueda de rentabilidad de los inversionistas. En pocas décadas la ciudadanía fue despojada de todos los derechos obtenidos por los movimientos sociales, sindicales y políticos durante el siglo pasado, como trofeo de guerra para esos inversionistas. Aquellos derechos, tal como en las épocas más nefastas del capitalismo, pasaron a estar prohibidos o a la venta, como las antiguas conquistas laborales y todo lo demás.

LA COMERCIALIZACION DE LA VIDA

No hay área que no esté en manos del mercado. Esto es, controlada por grandes grupos económicos. Si hacemos una enumeración, posiblemente todos los sectores y rubros de la economía, salvo aquellos todavía no rentables, están en poder de inversionistas, fondos de inversión, especuladores varios y otros operadores. Desde las autopistas a la movilización colectiva, desde la telefonía a Internet, desde el agua a la electricidad, desde la salud a la educación, desde la alimentación a las ferreterías, desde los combustibles a la banca, desde la diversión -como el cine- a las farmacias, desde los cementerios al vestuario. Cada actividad humana, por muy elemental o compleja que sea, ha sido entregada a las grandes corporaciones.

El gobierno de Sebastián Piñera ha celebrado la disminución estadística de la pobreza, aun cuando el guarismo marca 14,4 por ciento: todavía casi dos millones y medio de personas viven bajo la línea de pobreza o con ingresos menores a 72 mil pesos. Si bien estas cifras son publicitadas por el gobierno, no sucede lo mismo con quienes superan ese umbral de la miseria. A partir de este portal se ingresa en la tierra desconocida, pero igualmente descampada, denominada “clase media”. Si los pobres son materia de programas sociales, compasión política, algunas ayudas y bonos, quienes han “superado la pobreza” a partir de esos 72 mil pesos han de competir en el feroz mercado de la vida.

Aquí se inicia el gran drama de la “clase media” chilena, Para solventar gastos corrientes, desde la salud, educación y los servicios básicos, ha de recurrir al esfuerzo, al ingenio y, claro está, al crédito. La cultura del mercado, que es consumo, individualismo y supervivencia, se ha trasladado a la vida diaria, a la subsistencia de la dignidad. 

UN MODELO EN QUIEBRA

El sistema de vida que sostiene a la “esforzada clase media” está quebrado, ha tocado fondo. Se expresa en muchas variables, como fue la estafa de La Polar, o al observar la lista negra llamada Dicom. En enero pasado el Congreso aprobó eliminar a casi cuatro millones de deudores morosos con deudas de hasta dos millones y medio de pesos de esta base de datos. Pero a poco andar, ya había ingresado a Dicom la misma cantidad de personas. El sistema aprieta por abajo para exprimir la riqueza generada, que fluye hacia los grandes inversionistas que operan hoy todos los servicios, tendencia propia del neoliberalismo que en estas latitudes ha creado la desigual sociedad que padecemos.

Las diferencias en los ingresos que periódicamente ratifican estudios y encuestas se expresan en todas las áreas y rincones de la vida cotidiana, pero es en la institucionalidad económica y su sistema productivo donde está la fuente de la brecha. La economía de libre mercado desregulada, como gran motor de la segregación, ha modelado una estructura de los medios de producción concentrada en pocos propietarios. Un proceso que no surge de la creación de más mercado, sino de la eliminación del mercado. Cada punto de concentración de las ventas y las ganancias significa cientos o millares de pequeños productores en quiebra o en nivel de subsistencia, recortes salariales y despidos e intereses usurarios sobre los créditos.

Hace unas semanas publicamos en estas páginas lo que sucede con el mercado de la alimentación, concentrado desde la producción a la distribución. La memoria está muy fresca con la colusión entre los productores de carne de pollo, pero menos conocida es la enorme concentración de la distribución de los alimentos, con solo cuatro empresas (Cencosud, Walmart, Tottus y SMU) que controlan el 95 por ciento de las ventas. Estas cuatro corporaciones deciden qué vender y a qué precios: en este momento la Fiscalía Nacional Económica investiga una supuesta colusión en las carnes y marcas propias.

Bien conocido es el sector de la distribución farmacéutica, que también controla casi la totalidad del mercado. ¿Cómo se llegó a este extremo nivel de densidad? Eliminando del negocio a miles de pequeñas farmacias de barrio. Si en la década de los 70 existían unas dos mil farmacias, hacia los 90 quedaban no más de 1.600. Hoy, tras los procesos de fusiones y adquisiciones de los grandes grupos, sólo 500 boticas se reparten ese cinco por ciento de las ventas. Lo mismo sucede con las ferreterías. Con la fuerte penetración de Sodimac, Easy y Construmat, hacia mediados de la década de los 90 llegó la hora a las ferreterías. Si hace una década había en el país unas ocho mil ferreterías, hoy no alcanzan a 2.500. Una estadística que no relata las angustias y sufrimientos detrás de miles de quiebras.

La penetración y control de mercado se hace de esta manera: sacando a los pequeños o dejándoles la escoria. Un estudio de la Cámara Nacional de Comercio ofrece cifras impactantes. De los más de 300 mil establecimientos comerciales registrados, un 98 por ciento está en la categoría de medianas, pequeñas o microempresas. Pero las grandes empresas del sector, que son apenas el dos por ciento, concentran más de la mitad del total de las ventas. El poder de las grandes corporaciones, que ha logrado penetrar hasta en los mercados más sencillos y humildes, ofrece una doble estructura: la integración vertical. Controlan no sólo un sector de la economía, sino toda la cadena productiva. Dominan no sólo el comercio, sino la extracción, elaboración y distribución. La gran empresa adquiere características de ubicuidad, en tanto su afán de crecimiento y rentabilidad las impulsa a ganar más mercados, a sacar del escenario a la competencia en toda la cadena de producción y distribución. Es la naturaleza del libre mercado desregulado.

Algunos casos: la farmacia Cruz Verde, que tiene un 40 por ciento de las ventas de medicamentos, cuenta con el laboratorio Mint Lab Co., a través del que importa y fabrica genéricos. En la distribución tiene a Socofar y el negocio financiero lo realiza a través de Solventa, aliada con CMR Falabella. Farmacias Ahumada, que controla más del 30 por ciento del mercado de medicamentos, produce sus medicamentos a través del Laboratorio Fasa. La construcción de locales la realiza con la inmobiliaria Fasa. Este fenómeno, extendido en las farmacias, se replica también en todas las áreas de este comercio corporativo.

¿Qué efectos tiene esta doble concentración? Falta de competencia, poder ilimitado y deterioro de los empleos, lo que es, en el otro extremo, empobrecimiento y pérdida de poder. Porque cuando la economía crece, no todos los chilenos crecen por igual, como se ha visto en la evolución de la distribución de la riqueza durante los últimos cinco años. Porque si el país crece a un promedio del cuatro o cinco por ciento, las grandes corporaciones lo hacen, como la minería o la banca, a tasas sobre el veinte por ciento. En el otro extremo están los trabajadores y las pequeñas empresas. La evolución de los salarios y de las ventas apenas registra tasas del uno por ciento al año. Esta economía de varias velocidades sólo tiene una explicación: la apropiación de la riqueza a través del control de los mercados, pero también, por la utilización de mano de obra barata, desregulada y desorganizada (hasta ahora), por unas pocas gigantescas corporaciones.

LA EDUCACION DE MERCADO

Esta misma estrategia se reproduce en todos los “mercados de servicios”, como por ejemplo la educación. Pero aquí ha habido un quiebre: la ambición desmedida de inversionistas y especuladores ha llevado a liquidar este “mercado”, lo que ha gatillado por primera vez en décadas una protesta generalizado que surge desde una ciudadanía consciente.

El estudio de Cenda sobre el que se basó la Confech el año pasado para apoyar sus demandas nos da una clara pista de los extremos inmorales de este negocio. El monto promedio de los créditos contratados para financiar la educación superior en 2010 fue de 1,46 millones de pesos por alumno. Con esta base promedio, el endeudamiento total de un alumno que cursa una carrera de cinco años fue de 7,3 millones de pesos y más de 10 millones si estudia siete años en una carrera de costo promedio. Esta cifra sube considerablemente y puede duplicarse en el caso de alumnos de carreras largas y caras, como medicina.

Teniendo en cuenta el mercado laboral, su informalidad, inestabilidad y el deprimido nivel de remuneraciones promedio, los futuros profesionales no ganarán lo suficiente para solventar estos dividendos. Es decir, “aquí hay un castigo que se acarreará por gran parte de la vida laboral sobre aquellos que contrataron créditos, quienes en su mayoría provienen de sectores medios y populares”. Se trata de otro dato para la desigualdad.

¿Y cómo solventa sus niveles de consumo la “clase media”? No con mejores salarios, sino con más endeudamiento, lo que finalmente redunda en buenos negocios para la banca y en un aumento de las diferencias en la distribución de los ingresos: por cada crédito el deudor se empobrece y la corporación financiera se enriquece. Si se revisa el nivel de endeudamiento de las familias chilenas durante los últimos años se puede observar un persistente aumento. Desde 2003 a 2008 la relación de la deuda sobre los ingresos disponibles pasó desde 33,4 por ciento a 60,2 por ciento, según se desprende de un informe del banco BBVA. Este aumento constante de las deudas familiares se debe a que los ingresos, generalmente salarios, han crecido muy por detrás de los préstamos.

La salida hacia el desarrollo, entendido no como paraíso del consumo sino como dignidad y justicia, no está ni en las estériles políticas asistenciales, ni en el engaño publicitario ni en la fruición por el emprendimiento, entregado éste a la competencia voraz de las grandes corporaciones. El desarrollo es la reducción de las brechas y el acceso universal a todas las oportunidades, algo que hemos perdido durante la pesadilla neoliberal.
PAUL WALDER

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 766, 14 de septiembre, 2012


domingo, 2 de septiembre de 2012

Estudiantes abren las grandes alamedas


Manuel Cabieses Donoso/Punto Final/Clarin

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Se cumplen 39 años de la traición militar -alentada por Estados Unidos- que aplastó el proyecto de libertad e igualdad más hermoso que el pueblo chileno haya gestado en 200 años de vida republicana. El gobierno derrocado se proponía construir -en palabras del presidente Salvador Allende- 
“el socialismo en forma progresiva, a través de la lucha consciente y organizada en partidos y sindicatos libres. Nuestra vía, nuestro camino, es el de la libertad. Libertad para la expansión de las fuerzas productivas, rompiendo las cadenas que hasta ahora han sofocado nuestro desarrollo”.(1)
La vía chilena al socialismo planteaba la igualdad “para superar progresivamente la división entre chilenos que explotan y chilenos que son explotados”. Ese reclamo de igualdad -“imprescindible (decía Allende) para reconocer a cada hombre la dignidad y el respeto que debe exigir”-, es el mismo que el pueblo exige hoy, sobre todo a través de las demandas y movilizaciones de los estudiantes.

Allende cometió errores pero no era un iluso -un soñador sí, como todo revolucionario-. Conocía nuestra historia y sabía los riesgos de la tarea que proponía. Lo anticipó con lucidez: “Las pocas quiebras institucionales fueron siempre determinadas por las clases dominantes. Fueron siempre los poderosos quienes desencadenaron la violencia, los que vertieron la sangre de chilenos, interrumpiendo la normal evolución del país. Así como cuando Balmaceda, consciente de sus deberes y defensor de los intereses nacionales, actuó con la dignidad y el patriotismo que la posteridad ha reconocido”.

Para Allende -el soñador- en Chile se cumplía el supuesto planteado por Federico Engels: “Puede concebirse la evolución pacífica de la vieja sociedad hacia la nueva, en los países donde la representación popular concentra en ella todo el poder, donde de acuerdo con la Constitución se puede hacer lo que se desee, desde el momento en que se tiene tras de sí a la mayoría de la nación”. Y éste es nuestro Chile, agregaba el presidente, donde “la voluntad popular nos legitima en nuestra tarea”. Sin embargo, los hechos demostraron -a costa de la vida del propio Allende y de la sangre derramada por miles de chilenos durante 17 años de terrorismo de Estado- que en ese punto su análisis era equivocado. Chile no reunía -ni de lejos- las condiciones para el tránsito pacífico al socialismo. El gobierno popular no concentraba todo el poder, ni la Constitución permitía las tareas de la transición ni se contaba con el apoyo de la mayoría.

Esta es la experiencia que debe recoger un nuevo proyecto revolucionario para Chile. Si el socialismo -democrático e igualitario que propuso Allende- era necesario para destrabar la crisis política y social de los años 70, hoy es asunto de vida o muerte para la democracia y para lograr el justo reparto de la riqueza y del bienestar. El capitalismo ha consolidado en Chile un modelo injusto que costará arduo trabajo remover. La derrota de 1973 quedó grabada a fuego en la memoria y es el principal factor que ha impedido levantar una alternativa de cambio. El temor, el desencanto y la desconfianza permitieron que la dictadura, obligada a retirarse, fuese reemplazada por los gobiernos hermafroditas de la Concertación. Sus políticas ambiguas condenaron al Estado a seguir sirviendo los mismos intereses nacionales y extranjeros que instrumentalizaron la dictadura militar. El estado de ánimo del pueblo -que oscilaba entre la perplejidad y el desprecio por la traición concertacionista- hizo crisis en las elecciones de 2009. Se quería un cambio -pero sin correr los peligros que supone un verdadero cambio- y así se entregó el gobierno a la derecha empresarial.

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La administración de Piñera no ha sabido interpretar el reclamo ciudadano. Está en línea con los gobiernos de la Concertación. Le ha dado continuidad a sus políticas, sobre todo en el área social. En la práctica, el actual gobierno es uno más de la misma serie, quizás más avanzado en algunos aspectos. Ha tomado iniciativas políticas a las que no se atrevió la Concertación. Sus complejos la llevan aún hoy a negar el origen izquierdista de algunos de sus partidos formateados por el neoliberalismo. Sin embargo, Piñera no se atrevió a iniciar los cambios -que en su mayoría dicen relación con la igualdad- en los que podía avanzar sin herir intereses vitales del capitalismo.

Comprobar que no se ha producido ningún cambio lleva el estado de ánimo de los chilenos a la confusión y contradicciones que reflejan las encuestas. La desilusión y la falta de una alternativa -más el espejismo del crédito que sostiene la economía- hacen posible que mientras el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD nos declara el país más “feliz” de América Latina, la encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) confirme por enésima vez el rechazo a las instituciones políticas y a los partidos. Mientras el 50% dice que votará por Michelle Bachelet -que llevó a la derrota a su coalición- sólo el 17% apoya a la Concertación, cifra inferior a la que alcanza la Alianza derechista. Y entretanto, Piñera continúa recuperando puntos, rumbo al 40% tradicional de la derecha.

En medio de este guirigay -o despelote- de la opinión ciudadana, fruto de la codicia atornillada en el poder, el movimiento estudiantil crece torrencialmente. Cuando se le creía agotado, vuelve a la carga con más fuerza. Nadie logra explicarse cómo la protesta social rebrotó bajo el humus del horror y del silencio que la cubría. Fueron 17 años de dictadura y 20 de traición.

Los estudiantes que hoy se toman las calles y las escuelas, están abriendo las grandes alamedas que anunció Allende minutos antes del fogonazo final. Los jóvenes -y adolescentes- se han hecho cargo de reiniciar la lucha por justicia e igualdad. Están despertando al pueblo y convocándolo a dignificar la política. Lo suyo no son los compadrazgos electorales para escamotear los cambios. El 45% de los jóvenes entre 18 y 29 años, según el Instituto Nacional de la Juventud, dice que no votará en las elecciones municipales, y un 17% responde que “quizás”. Ese castigo a la politiquería rompe la lógica del temor, cuestiona el “sentido común” que agarrota la voluntad y hace frente a la indefinición y al doble discurso que imperan en la sociedad chilena.


La abstención activa en las elecciones municipales será el castigo que merecen los abusadores de la paciencia y buena fe del pueblo. Castigar a los partidos demagogos es lo menos que puede hacer el pueblo que intentó escalar las cumbres que proponía Allende y que libró una heroica lucha de resistencia contra el terrorismo de Estado. Los estudiantes merecen respeto y apoyo incondicional. Están abriendo “las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Su norte es la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución. Pero, claro, no el pastiche que insinúan el ex presidente Lagos y el presidente de la DC. Convocar a una Constituyente no será instrumento de chantaje para lograr acuerdos con la derecha. Será la victoria del pueblo movilizado por el ejemplo estudiantil.



(1) Esta -y las citas que siguen- son del discurso del 5 de noviembre de 1970 en el Estadio Nacional.

sábado, 1 de septiembre de 2012

¿Crisis económica Europea y Mundial? ASÍ JUEGAN CON LA IDEA DEL MIEDO



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Hugo Farias Moya

El miedo a la crisis. El miedo a la incertidumbre. El miedo al futuro incierto. Y así reparten el miedo que hoy lo ocupan como instrumento de dominación y de sumisión. Esto lo hemos visto demasiadas veces. Lo utilizó la derecha con la campaña del terror en la campaña presidencial de 1970 cuando resultó ganador Salvador Allende. Lo utilizaron antes, durante y después del derrocamiento del Presidente. Esta cantinflera que ocupa la derecha y el empresariado mundial ya lo estamos viendo nuevamente.

Para aclarar a algunos desmemoriados les recuerdo que siempre han existido las mal llamadas crisis. Hay algunas que van y otras que vienen. La crisis asiática y la sub prime en EE.UU. y la de Portugal, la de Grecia y la de España, y la que viene y las que vendrán. Las que suman hasta hoy la no despreciable cifra de más de 280 crisis desde la gran depresión y también desde que el capitalismo financiero, con sede en la Bolsa de Wall Street de Nueva York, comenzó a imponer sus políticas neoliberales a nivel mundial.

Existen varias hipótesis sobre el origen de estas crisis, entre ellas la que sostiene que éstas corresponden a ciclos inevitables de un modelo económico irreal basado en la especulación financiera, el narcotráfico y una variada gama de negocios ilícitos y muy turbios que poco tienen que ver con las leyes que rigen las economías reales. En todas ellas existe un denominador común que es la corrupción de la clase política que gobierna. Otros dicen que es la ley de oferta y la demanda cuyo dogma es el mercado, ya sea la economía planificada o una mezcla de ambas.

Lo que es claro, sea cual sea su origen, ya sean producidas por el cansancio del modelo, otras provocadas a propósito o simplemente por la propia ineficacia de los gerentes planificadores que todo lo saben. Estas son manipuladas tal forma que en los hechos no hacen otra cosa que fortalecer la hegemonía global del capital financiero en desmedro de la ciudadanía y del tambaleante capitalismo a medias, no tan extremo (aún vigente en países como China, Rusia y Brasil).

Es así como para superar estas crisis o esto miedos, se impulsan desde los países, presionados por los banqueros y las grandes empresas multinacionales, procesos de privatización de todo lo que puede considerarse fuente de lucro y concentración de capital. Todo se vuelve mercancía, la salud, la educación, los servicios de utilidad pública, el agua. Se refunda el Estado poniéndolo al servicio exclusivo del capital financiero y la democracia no vuelve a ser ni la sombra de lo que era. Es decir que estas crisis, que son de una pequeña élite o pandilla mundial de especuladores, mafiosos e ineptos ricachones dueños del dinero, de los grandes medios de comunicación y la tecnología, se vuelven contra nosotros. Es decir se vuelve en contra sobre el resto de la población mundial que aun sigue creyendo en el miedo a una catástrofe financiera y económica.

En el fondo de las llamadas “CRISIS”, en los hechos, aparece la artimaña que usa el capitalismo para reacomodarse y profundizar el modelo de dominación. De ir generando a través de los mecanismos que impone para la resolución de cada una de ellas mayor concentración de la propiedad y de los recursos del Estado. Cada una de éstas crisis es una ocasión más para apropiarse a como dé lugar de los recursos naturales y el fruto del trabajo de todos los habitantes del planeta, ya sea por la “buenas” utilizándolas como subterfugio o ya sea por medio de guerras y golpes de estado en nombre de la supuesta defensa de la democracia y la lucha contra el terrorismo. O por el menos, pero oculta trama, de comprar y corromper a los políticos (que no se demoran mucho en ser cooptados). Y la última, de mantener a una población en silencio frente a la coyuntura política en nombre del miedo.

Estas formas de salidas a las crisis son posibles por el control que ejercen sobre los países, especialmente sobre los Estados Unidos, el capitalismo financiero. Así como también de la apropiación de los medios de comunicación y de la clase política mundial, amparados en la ventaja de contar con el monopolio de las armas y la falta de una alternativa popular y democrática.

Los resultados de estas llamadas crisis han sido hasta hoy y siempre los mismos: los ricos se hacen más ricos (y cada día son menos),  y los pobres más pobres (y cada día somos más). Así el planeta continúa su acelerado deterioro y la democracia se va quedando en los huesos o la penumbra. Y aquí me quiero explayar un poco mas sobre esto; la democracia no es aquel ejercicio cívico de ir a votar cada cuatro años, sino todo lo contrario y en esto los jóvenes demostraron su valía; la democracia es participación, debate continuo, movilización ciudadana, opiniones diversas, y por sobretodo respeto a la opinión contraria.

El fin del Estado de bienestar en el primer mundo

Si algo caracterizó hasta hace muy poco tiempo atrás a los países Europeos  y del primer mundo fue una cierta equidad en la repartición de la riqueza. Cuestión que permitía a sus ciudadanos gozar de un relativo bienestar. Esto fue posible gracias a la existencia de un Estado regulador y redistribuidor de la riqueza, la que en gran medida se obtenía del comercio desigual con el tercer mundo, (entre ellos los países sudamericanos) y la apropiación de sus recursos naturales y la propiedad de la tecnología. Una concepción de Estado el que aun siendo capitalista, aseguraba al ciudadano del primer mundo ciertas cuestiones básicas como salud, educación, etc., al que se le denominó “estado de bienestar”.

Todo esto ha comenzado a desaparecer y muy pronto se extinguirá producto de las llamadas políticas de recortes o de austeridad, supuestamente necesarias para superar la crisis. Las que se aplican contra los trabajadores y la población en general para desviar recursos hacia la banca privada y para la transformación del “estado de bienestar” por uno de nuevo cuño orientado a favorecer exclusivamente al capital financiero. Del mismo modo ocurre con la apropiación de la riqueza del tercer mundo la que hoy se destina sin más a engrosar las arcas de la banca y las corporaciones transnacionales (En el caso de Chile esto último lo hemos visto con el desvío de fondos de Enersis y las AFPs para cancelar la deuda de los bancos españoles).

Es así como los propios ciudadanos del primer mundo están viendo día a día como se deteriora su calidad de vida, disminuyen sus ingresos y la pérdida paulatina, pero a este paso inevitable, de la gran mayoría de los beneficios alcanzados por las reivindicaciones de los años anteriores.

Después de esta crisis y otras que vendrán será aún más difícil distinguir entre un pobre europeo o un norteamericano de un pobre del tercer mundo, como tampoco será posible distinguir entre los ricos de los países centrales y los ricos del tercer mundo. De continuar en esta dinámica, en unos años más ya no seremos sólo los africanos, los latinoamericanos, los vapuleados tercermundistas los que habremos de sufrir las penurias inherentes al subdesarrollo, sino también los ciudadanos de lo que hoy se conoce como el mundo desarrollado. Con esta nueva política todos quedaremos nivelados: unos muy arriba, otros muy abajo y al centro una pequeña franja de la sociedad constituida por aquellos y aquellas que cuenten con la suerte de quedar entre los elegidos para administrar el modelo. Como los nuevos gerentes o como empresario de segunda supeditado al capital financiero, profesional de elite, político institucional, militar o juez de alta jerarquía.

Este es el futuro que nos ofrece el capitalismo financiero norteamericano y judío, crisis y más crisis en las que ellos se enriquecen, los recursos naturales se agotan, el planeta se extingue y la gran mayoría de la población se pauperiza a niveles extremos.

Todo esto en el contexto de un mundo que disponiendo de todas las bases tecnológicas y materiales para resolver los problemas que aquejan a la humanidad, éstos, lejos de resolverse, se agudizan y amplían a todos los habitantes del mundo, producto de la voracidad del capitalismo.

No todo está todo dicho ni perdido

No obstante no está todo dicho; la emergencia en la economía mundial de otros actores con economías fuertes como la de Brasil, India, Rusia, India y China que abogan por un capitalismo de corte neo keynesiano y la multipolaridad. También se le suman los gobiernos progresistas de Latinoamérica y de otras latitudes. Esto países presionan y de una forma u otra y resisten la voracidad del capitalismo y no aceptan su hegemonía. Como tampoco aceptan la imposición de la crisis y a sangre y fuego de las políticas impulsadas por el FMI y sus acólitos, abogando por formas capitalistas más equilibradas.

No obstante lo anterior, los unos y los otros representan fórmulas agotadas que no apuntan a la solución del tema central y es que jamás al capitalismo le ha interesado resolver la explotación del trabajo asalariado, las sociedades divididas en clases, la intolerancia étnica, religiosa y cultural, la reorientación del desarrollo tecnológico, la sobrevivencia del planeta y la humanidad. Como tampoco aseguran la superación de la democracia representativa la que no garantiza la auténtica participación democrática que hoy reclaman los ciudadanos del mundo.
Como me dijo un gran amigo: “Es mas fácil pedirle a un muerto que se levante a que la burguesía y el capitalismo sean justos”

Los nuevos aires que soplan en el mundo.

La superación definitiva de lo anteriormente señalado no podemos esperarla de ninguno de aquellos actores que propugnan variaciones sobre el mismo tema, es decir de la clase política actual que gobierna. La verdadera solución debe salir de la propia gente, de aquellos que con su trabajo generan la riqueza, el conocimiento, la ciencia y la tecnología.

Así lo están entendiendo amplios sectores de la ciudadanía, los que en diversas latitudes del orbe se organizan, salen a las calles a expresar su descontento y sobre todo, en una primera instancia, a resistir las políticas que intenta imponer el capital financiero a nivel global. La verdadera crisis del capitalismo será cuando éste, cuando amagado por las grandes mayorías, ya no pueda reinventarse para prolongar su agonía, ni con falsas crisis y soluciones de parche, ni con guerras y golpes de estado, ni con corrupción, ni con todo su poder nuclear. Para terminar y para ser más claros, la crisis del capital será posible cuando la ciudadanía definitivamente pierda el miedo.



La política se hace en las calles



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Es posible que tras las múltiples manifestaciones de las últimas dos semanas, las que han superado ya varias decenas, los procesos sociales en Chile hayan ingresado en una nueva fase. Aun cuando el gobierno  ha preferido insistir en la descalificación de los movimientos sociales y mantener su gastado discurso del orden público, desde otros ámbitos institucionales de la política  han comenzado a elevarse voces que confirman el traspaso de un nuevo umbral.

Durante estos días se ha hablado de “crisis institucional”, de una “situación inmanejable”, de “pérdida de rumbo”, además, claro es, del síndrome del “pato cojo”, que es la condición en la que ha mutado la figura de Piñera, desde ahora enfrentado a un sistema político que mira el presente en una relación de rentabilidad que apunte a las elecciones presidenciales del próximo año.
Lo que puede verse de aquí al futuro es un gobierno acabado en su capacidad de establecer un rumbo y hacer proposiciones. No solo porque sus niveles de aprobación se mantienen en mínimos históricos para esta democracia tutelada, sino también porque sus grandes propuestas, como ha sido este año la reforma tributaria o la ley de pesca, están en el congreso en un áspero proceso y bajo la observación externa de activistas y organizaciones sociales. Si la reforma tributaria ha dejado ver los descuentos en los impuestos con los que el gobierno intenta beneficiar al primer quintil de ingresos, ensanchando aún más la brecha de la desigualdad estructural, en el caso de la ley de pesca busca consolidar un proceso iniciado hace más de una década por los gobiernos de la Concertación para privatizar los recursos pesqueros en manos de las grandes pesquerías depredadoras.

El último intento por copar la agenda comunicacional fue el fiasco de la encuesta Casen y la reducción de la pobreza. Las odiosas declaraciones que las estadísticas esgrimidas por el gobierno de Piñera estimularon entre ex ministros de los anteriores gobiernos administradores del modelo neoliberal no solo sirvieron para poner en duda la idoneidad y integridad de los ingenieros de Piñera sino a la misma metodología de la Casen. La encuesta, a los ojos de gran parte de la población, es una entelequia funcional a sociólogos y políticos que una expresión de la verdadera cara social y económica del país.

Pese a gozar de la complicidad de los medios corporativos de comunicación, son escasos y efímeros los eventos que logran fluir bajo el control comunicacional del gobierno. Lo usual, desde hace más de un año, es que sean los movimiento sociales, encabezados por los estudiantes, los que han marcado la pauta política. Ni durante las vacaciones ha tenido tregua: en pleno febrero fueron los habitantes de Aysén quienes se encargaron de mantener a la ciudadanía como el primer actor de la agenda.

La penúltima semana de agosto, con la nueva y poderosa arremetida de los estudiantes secundarios, el gobierno agotó sus respuestas, las que si bien no habían logrado destrabar el conflicto con los jóvenes y adolescentes, sí pudieron distender el problema y confundir a dirigentes y estudiantes.  A diferencia de los años y meses precedentes, esta vez ya ha utilizado todos los cartuchos legislativos, todos ellos hoy rechazados por el movimiento estudiantil, desde las becas a la reforma tributaria.

Lo que le queda al gobierno, y eso es lo que hemos observado en estas semanas, es negar, quizá engatusar, también descalificar. Algo así hizo el ministro de Educación, Harald Beyer, durante la jornada de protesta de los secundarios. Con el cinismo propio de la oligarquía y de funcionarios de la dictadura reciente, daba una conferencia de prensa para defender las iniciativas del gobierno en materia educacional, las que son, decía, una respuesta a las demandas de los estudiantes. A la misma hora, el presidente Piñera hacía sus cálculos y declaraba que los colegios en toma representaban solo el 0,1 por ciento del total de los establecimientos.

Con esta actitud, Piñera cortó las comunicaciones con los grupos movilizados. El discurso del gobierno   se ha cerrado sobre sí mismo, sobre las clases financieras y empresariales y sobre las elites políticas. La insistencia de responder a esas demandas con ajustes al mercado y no desde fuera del mercado, tal como exigen los jóvenes, representa, además de su encierro ideológico y los límites de un deteriorado y   cada día más desprestigiado modelo de mercado, su fracaso político para resolver la crisis educacional.

El duopolio, descalificación y represión

Tal como hemos venido observando desde hace meses, la negación de la magnitud de la crisis y la descalificación que se hace al movimiento estudiantil, obedece a una estrategia comunicacional de La Moneda canalizada y amplificada a través de los medios de comunicación funcionales al gobierno y al empresariado. Se trata de un discurso mediatizado que apunta a los efectos y no ve causas, que busca atemorizar a la población con la amplificación de la “violencia de los intransigentes líderes estudiantiles”, el que reproduce casi literalmente los calificativos del gobierno. El editorial de La Tercera del 24 de agosto reproduce ese relato casi con puntos y comas. “La convocatoria de ayer confirma otra vez que un grupo minoritario de alumnos de establecimientos municipalizados insiste en recurrir a medidas de fuerza...”, mensaje de Piñera,  por tanto los estudiantes deben “desistir de las tomas y aportar con propuestas a la discusión de los proyectos que se tramitan en el Congreso”, que es el mismo mensaje de Beyer.

Esta naturaleza de declaraciones, que expresan con toda claridad un cerrojo a los cambios demandados, no se lanzan solas. Van reforzadas con un despliegue masivo de fuerzas policiales, las que reprimieron aquel jueves 23 de agosto con una refrescada energía a los jóvenes y adolescentes. Las escenas en las calles para cualquier observador, algunas de ellas capturadas por los medios independientes que circularon profusamente por internet y las redes sociales, recordaban sin ninguna exageración a las de la dictadura. Así escribió con su habitual agudeza nuestro compañero Ricardo Candia horas después de la violenta jornada en un artículo titulado “La guerra de Piñera” publicado por el diario electrónico El Clarín de Chile. “El régimen se ha armado y apuesta a aumentar su poder de fuego. Dispone para el efecto uno de los más grandes presupuestos de la historia. Suma a esa medida la guerra sicológica disponiendo que los medios de comunicación busquen las contradicciones entre los dirigentes, aumenten las hogueras y quebrazones, oculten las causas que dan origen a la rebelión y mientan todo lo que les permita la imaginación y el sueldo”.

El Mercurio ha ido aún más lejos: ha detectado un nuevo enemigo interno. El 22 de agosto un editorial alertaba a sus lectores porque “actualmente minorías audaces pero organizadas pueden ampararse en aspiraciones estudiantiles, regionales, laborales, indígenas para enseñorearse por horas de carreteras, recintos educacionales, industrias”. El peligro de desestabilización del statu quo, advertía el matutino, se halla en “grupos políticos radicalizados que están instrumentalizando a los estudiantes con objetivos que ya distan mucho de su demanda original porque su meta es un estallido social que cambie el sistema y la institucionalidad del país (...) son grupos minoritarios que repudian por igual a partidos gobiernistas y opositores, recurriendo a toda la violencia que puedan desplegar “. Como sugerencia al gobierno, el diario propuso una mayor eficacia en la represión policial y en el trabajo de las fiscalías.

Pero desde otras tribunas surgen opiniones menos ideológicas y bastante más reflexivas. Aquellos mismos días, en el diario electrónico El Mostrador se podía leer un editorial que apuntaba en un sentido opuesto al del gobierno y el duopolio. “Resulta preocupante la manera cómo el gobierno hace frente a las movilizaciones sociales y gestiona los conflictos. Lo está haciendo sin atender al hecho que las razones que los mueven poco tienen que ver con diferencias doctrinarias o ideológicas. La mayoría, como la educación, por ejemplo, a estas alturas una encarnizada demanda por la gratuidad y la calidad, son transversales y tienen el apoyo de la mayoría de la población”.

El duopolio y los poderes establecidos pueden olfatear el nuevo clima nacional, aun cuando no consiguen ni desean determinar sus causas. Porque no se trata, como dice El Mostrador, ni de minorías ni de radicalización, sino de una  masa crítica cuyos problemas cotidianos han terminado por desbordar su paciencia.

Una creciente movilización social

El movimiento estudiantil no está solo y se inscribe en una corriente social que tiene características globales e históricas, flujo con una fuerte inspiración antineoliberal y anticapitalista. Los estudiantes, si bien partieron bastante solos el 2006 y un poco más escoltados el 2011, hoy forman parte de una tendencia que aglutina múltiples otras demandas impulsadas por diversos movimientos sociales. Aquellos reclamos puntuales por deficiencias en infraestructura, hoy, tras el despertar ciudadano, han mutado en la necesidad de cambios políticos integradores impulsados por la misma ciudadanía. Ante el deterioro del sistema binominal y el absoluto descrédito de toda la clase política la única salida que el pueblo ha comenzado a ver es a través de una asamblea constituyente.

El gobierno ha entrado en una etapa de repliegue que queda representada en una Moneda vallada y por calles reforzadas por una creciente fuerza policial. Es la rendición de Piñera ante los poderes de la oligarquía nacional, representada por los medios de comunicación, las grandes corporaciones, los grupos económicos y los partidos de su coalición. Hace un año atrás, en medio del fragor del movimiento universitario, tal vez Piñera pudo haber inscrito su propio rumbo a las demandas de la historia mediante una reforma profunda al sistema educacional, pero hoy ya es tarde. El presidente ha sucumbido a su clase empresarial y política, a sus socios y colegas, a la mercantilización de la educación. El neoliberalismo y los grandes negocios ya han escrito su pobre lugar en la política.

El gobierno está en las cuerdas ante un movimiento en pleno crecimiento y organización. El historiador Gabriel Salazar, en una entrevista reciente a un diario del duopolio, hizo una evaluación del movimiento estudiantil, el que “está lejos de haber perdido fuerza”. Lo que viven hoy los estudiantes es un momento de transición, “sumido en una reflexión interna a nivel de sus bases, con el propósito de levantar una propuesta política”. Un trance que requiere de otros actores sociales como aliados.

No sabemos aún el rol que jugará la CUT sin Arturo Martínez a partir de ahora. Pero sí es posible observar un proceso de incorporación de nuevas temáticas a la agenda política. Lo que hace unos pocos años y tal vez meses era impensable, hoy está de manera creciente incorporada en el habla política. La Asamblea Constituyente, que es una manera de “resetear” el actual sistema binominal junto a toda la institucionalidad económica, ya es materia que aterra a concertacionistas, aliancistas, gobiernistas y editorialistas del duopolio.

La idea de una Asamblea Constituyente ha venido ganando terreno desde las primeras movilizaciones estudiantiles hace ya más de un año. En la convicción que la traba a los necesarios cambios que pide la población no es este gobierno ni la Concertación, sino ambos bajo la institucionalidad heredada de la dictadura, la única salida hoy posible es una recomposición de todo el sistema político y económico desde sus cimientos y con la participación de las organizacciones sociales. De lo contrario, el deterioro institucional conducirá al país a una crisis sin precedentes en esta larga transición.

PAUL WALDER
Artículo publicado en revista Punto Final